MENTES EVANESCENTES (VI)

tontuna

Al día siguiente, don Filemón se hizo el encontradizo con el Gaudencín, el Tostao, para ver de sonsacarle acerca de sus problemas con los vecinos. El Gaudencín estaba, como siempre, a la puerta de la casa con su libro de poemas en la mano.
Buenas tardes tenga usted
Muy buenas tardes, forastero. ¿Qué le trae por nuestro pueblo?
Pues ya ve usted, el camino de Santiago. Uno es peregrino por devoción y lo quiere caminar de arriba abajo.
Pues no es por llevarle a usted la contraria, pero se ha desviado lo suyo. La etapa más próxima está en el reino de León y al menos a un centenar de kilómetros.
Bueno, contestó, el Subdelegado, realmente voy haciendo un recorrido alternativo, a la vez, y así, en un solo viaje veo lo que otros en dos o tres viajes. Es más largo pero, ya puestos, me trae más cuenta.
No sé, no sé… Por menos de eso igual aquí le ponen a usted mote. Tenga cuidado…
Joder con el Tostao, pensó el Subdelegado para sus adentros: este, de tonto tiene lo justo.
Me alojo donde el señor Justo, el que tiene el huerto orilla al río. Me dijo que volvió usted de la capital. ¿Es que no le hizo apaño la capital?
Pues no señor. La gente en Perales de Torquemada dice que los de fuera del pueblo están todos locos. Yo, por aquello de comprobarlo, me decidí a visitar la capital y pasar allí el tiempo justo de hacer la carrera y trabajar en algo para ayudarme. Pero en verdad le digo que si no están locos poco les falta. ¿Usted vive en la capital?
Pues no, yo vivo de aquí para allá. Las capitales se me hacen grandes. No crea, yo también pienso sino será un despropósito eso de vivir hacinado y sin nada de tiempo libre. Aquí, en el campo, la vida es más lenta y más vivida.
En Italia la llaman slow life; que quiere decir la vida lenta. Tratan de que cada uno sea dueño de su tiempo y temen, como a la bicha, el refrán de “el tiempo es oro”.
¡Anda! Pero eso es pura filosofía
Todo en la vida es filosofía
¿Pero usted que es universitario no estaría mejor en una gran ciudad? En un pueblo como este no creo yo que usted pueda dar rienda suelta a todo lo que le han enseñado en la Universidad. No sé, ¿no tiene usted interés por comprarse un piso, un automóvil, ir de vacaciones al extranjero, cosas de esas que quieren las personas de su edad?
Pues no crea usted; cuando estuve en la capital pensé en hacerlo. Pero enseguida comprendí que algo no iba bien. Tuve unos compañeros que sacaron un préstamo en el banco para casarse, comprar un piso y un auto y, con un poco más que les daba el banco, irse de vacaciones al Caribe. Pero al final todo se desbarató.
¿Pues qué pasó?
Pues verá usted. Resulta que el novio y la novia trabajaban en una empresa de mucho futuro. Algo de la energía solar. Pidieron el crédito y el banco se lo dio sin ningún tipo de aval ni nada por el estilo. Al poco se casaron y fueron al viaje de novios. Cuando volvieron, la empresa había entrado en crisis y, se conoce que por contagio de eso de la crisis, se separaron a los dos meses. Estuvieron dos meses casados y no se pudieron arreglar más que para juntar cada uno lo que pudieron para pagar al banco. Era un sinsentido. Todos los meses se reunían para entregar su parte del pago del crédito. Al poco, perdieron también el trabajo, ya sabe usted… la crisis. El caso es que el banco les quitó el automóvil, el piso y ahora tienen que vivir cada uno en casa de sus padres y seguir pagando el piso y el coche a pesar de que ya no lo tienen. No me diga usted que no hay que estar loco para no desbaratarle la cabeza al banquero.
Pero así es la vida. A ellos nadie les obligó a tomar el crédito. Si lo pidieron y no pudieron seguir con los pagos ya sabían lo que les pasaría. Es que, aunque usted no lo crea, no podemos vivir por encima de nuestras posibilidades.
Mira, justo lo que le dijeron en el banco. Se nota que usted también está al tanto de ello… Pero ellos no vivían por encima de sus posibilidades. La empresa sí; la empresa vivía de las subvenciones y el Estado se las daba a manos llenas. Como no era su dinero… El banco también vivía por encima de sus posibilidades. Daba el dinero como si no hubiera de devolverlo. Daba más de lo que sus acreedores podían devolver. Sin ningún miramiento ni orden, ni concierto. Pero lo que es ellos, desde luego que no vivían por encima de sus posibilidades. De hecho nunca faltaron a una mensualidad. Pero la empresa quebró y allí quedó toda manga por hombro.
Pero esa es la vida real, amigo…
Pues no estoy yo muy de acuerdo. Ellos contrataron con el banco con una vida por delante. No creo que tuvieran culpa de que la empresa en la que trabajaban tuviera que cerrar porque se acabaran las subvenciones. Además, el banco, al no pedir avales o asegurarse el pago, también estaba corriendo sus riesgos. Lo lógico es que, si estaban de acuerdo en dar el crédito, los riesgos los pagaran a medias. Ellos por darlo y los otros por tomarlo. ¿No le parece?
¡Ah, mi amigo!, cómo se nota que viven ustedes tan felices en este mundo. No saben los riesgos que se toman fuera del pueblo.
¡Vamos!, que usted también cree que los de la capital están locos y no los de Perales ¿no?
Bueno, no sé qué decirle.
Aquí nadie va al banco a pedir nada. De hecho no hay banco. El que tiene un duro lo gasta o lo ahorra a su conveniencia. Si no tiene para ir a la feria no va, y se queda en casa. O va y no gasta. Pero si hubiera un banco que te dice: ¡vete a la feria!, toma; yo te presto el dinero y tú, cuando puedas, me lo devuelves. Pero si no puedes yo me quedo con tus tierras y con tu casa. ¿Usted cree que alguien de este pueblo, o alguien que no esté loco tomaría ese dinero?.
Pues no, la verdad.
Pues eso. Ahí lo tiene.
Pero hombre. Usted mismo, en la capital, tendría otro tipo de vida. No sé… museos, cines, teatros. Entretenimientos que no son excesivamente caros. Cosas que aquí, en el pueblo, no tiene. Porque tengo entendido que no tienen ni televisor ¿verdad?
Pues no señor. Pero tenemos mucho tiempo. ¿Sabe usted a cuántos cines, a cuántos teatros, a cuántos museos pude ir yo en mis días de la capital? A ninguno. No tenía tiempo. Ahora sí; ahora tengo tiempo que empleo en hablar con los vecinos, con los amigos. En pasear y disfrutar del río, del campo. Tiempo libre para tener una huerta y no tener que depender del frutero o del intermediario de turno que sube los precios a su libre albedrío. ¿Cuánto tiempo hace que no echa usted una partida en el bar con sus amigos? ¿Cuánto hace que no escucha usted la tormenta o el canto de un pájaro, o el rumor del río cuando crece por las lluvias?
Pues bastante, la verdad.
¿Cuánto tiempo le dedica usted a sus hijos al día?
Es que salgo muy tarde de la oficina y, cuando llego, ellos ya están acostados porque al día siguiente tienen que ir en la ruta y madrugan bastante.
¿Y por qué no les lleva usted a un colegio más próximo?
Pues porque quiero que aprendan inglés y alemán y francés. Es el futuro. Ya sabe, la Comunidad Europea…
Pues hace usted muy bien en que aprendan inglés y alemán y francés; ya que, como no hablan con los amigos del barrio ¿para qué quieren el español? ¿No le parece?
Hombre… así, en crudo…
Pues así es. Mire usted; a mi en el pueblo me llaman loco, dicen que soy el tonto del pueblo porque leo y me gusta la poesía. En la capital me llamaban loco porque me gustaba la vida al aire libre. Porque no quería tomar un préstamo del que no estaba seguro de poder pagar. Porque me gustaba la lectura y no quería ir a las cafeterías a gastar el poco dinero del que disponía. El caso es que, aquí y allí era loco por hacer lo que me gustaba. ¿Usted cree también que estoy loco?
No, hijo. Eso desde luego que no.
Entonces, pensará que soy un excéntrico ¿no?
Bueno; no. Yo creo que está usted viviendo una vida plena y que no está sujeto a ninguna de las normas que la sociedad nos exige. Eso sí.
¿Y eso es motivo de locura?
Pues no; desde luego que no.
El Subdelegado y el Tostao se fueron haciendo amigos con el paso de los días. El Subdelegado no dejaba una hora libre sin acercarse hasta la casa del Tostao para tener una conversación sobre literatura, sobre filosofía, sobre la vida lenta que tanto le gustaba.
Mañana, si usted quiere, nos podría acompañar a Astudillo. Hay mercadillo y venderemos los excedentes de las huertas. Así comprenderá mejor cómo conseguimos las cuatro perras que necesitamos para ir tirando.
Pues me encantaría, no crea.
Astudillo, en la comarca de Cerrato, es un pueblo más grandecito que Perales. Por Astudillo pasa el río Pisuerga, y celebra sus fiestas del Toro enmaromado. Astudillo tiene un mercado al que acuden los pueblos de alrededor. En Astudillo nació María de Pineda, que fue amante del rey Pedro I de Castilla. El mercadillo de Astudillo se celebra los domingos, pues, al igual que en otras ciudades importantes de Castilla, el jueves es festivo y el domingo día de labor. Los comercios también abren y algunos de ellos –la mayoría, en realidad- se quejan de la competencia desleal de estos mercadillos. Sobre todo de los puestos de los peralejos, que no pagan ningún tipo de tasa. A los habitantes de Perales de Toquemada ni les gustan las tasas ni, mucho menos, los impuestos por su actividad laboral. Los vecinos saben que sus productos son los más naturales y los más baratos y, por ello, son los primeros en vender todo el producto que llevan.
No hay derecho, decía un comerciante a la puerta de su establecimiento.
¿Qué le ocurre, preguntó el Subdelegado?
¿Usted cree que hay derecho a esto?. Esta gente ni paga impuestos ni paga tasas, ni paga nada. Vienen aquí y venden todo a mitad del precio que ponemos los comerciantes. Así no hay quien haga negocio.
Pues hagan ustedes lo mismo. Pónganlo al precio de ellos y verán cómo lo venden
Pero es que no podemos hacerlo. Entre los impuestos y los dependientes se nos va todo el beneficio.
Pero ustedes tienen toda la semana para realizar sus ventas. Ellos solo vienen a Astudillo los domingos.
Pues por eso aguantamos. Con eso de que están locos ni el alcalde ni el Subdelegado, ¡que vaya cuajo que tiene el tal Subdelegado!, hacen nada por arreglar esta situación.
Hombre, igual el Subdelegado ni sabe lo que está pasando.
Eso es lo que creo yo. Lleva ya un año en la poltrona y ni se ha dignado venir a ver cómo está la situación de los pueblos.
¿Qué, don Filemón, nos vamos yendo?
¿Ya vendieron todo?
Ya está. Ha ido muy rápido.
Pero si el resto de puestos ni tan siquiera han abierto.
No abren hasta que nos vamos. No quieren saber nada con nosotros. Ya ve como nos dan de lado.
Hombre, es normal. Tenga usted en cuenta que ellos pagan unas tasas y ustedes no. A eso se le llama competencia desleal.
Pues que hagan lo que nosotros. ¿Para qué pagan esas tasas? ¿Usted cree que es normal que tengamos que dar una parte de nuestros beneficios por ponernos en una calle. Si no ensuciamos, ni gastamos luz, ni agua, ni nada por el estilo?
Pero hombre, es que con esas tasas el ayuntamiento atiende las necesidades de los vecinos.
Pues que paguen las tasas los vecinos. Nosotros no nos beneficiamos de nada. ¿Por qué tenemos que pagar por algo que no nos beneficia?
Pero es que ustedes, el día de mañana, pueden necesitar algo del ayuntamiento o de la Junta y entonces ¿cómo van a acudir a ellos si no participan del gobierno?
Quite, quite… Ellos a lo suyo y nosotros a lo nuestro. En veinte años no hemos necesitado nada de ellos. Si tuviéramos que poner en el fiel de la balanza lo que nos tendrían que haber dado con los impuestos de estos veinte años y lo que hemos hecho nosotros con ese dinero, nuestro pueblo estaría ahora como están estos pueblos. ¿Se ha fijado cómo estaban las aceras?, todas levantadas. El agua la cortan de ocho a doce del mediodía y luego por las noches. Por no tener no tienen ni médico las veinticuatro horas, como tenemos nosotros. No han recibido ni un 10% de lo que han aportado. Los impuestos se ingresan en la Diputación y ¡vaya usted a saber qué hacen con ellos!. Hay algunos pueblos, los que les interesan para las elecciones, a los que meten todo el dinero, pero al resto… Lo tienen como un erial.
Con esas y otras disquisiciones llegaron hasta Perales de Torquemada. Don Filemón ya dudaba, el pobre, sobre si no sería mejor la anarquía de los peralejos que el presunto orden establecido.
Joder con los locos, se decía para sí. Al final va a resultar que los locos somos los demás.
Don Filemón pasó el resto de la semana alojado en casa de su amigo Justo. Le ayudaba en el riego del huerto y pasaba las tardes charlando con el Tostao. A cada rato le sorprendía más y más la claridad con la que éste se expresaba. Charlaban sobre política, sobre filosofía, sobre literatura, sobre economía. El Tostao resultó ser un águila en todo lo referente a impuestos. A cada momento le hacía preguntas sobre las cantidades que el gobierno entregaba, como subvención, a los partidos políticos, a los sindicatos de trabajadores, a los sindicatos empresariales. Le preguntaba acerca del destino de los fondos que la Unión Europea empezaba a entregar a España. Llegaba un momento en que, al propio don Filemón, le resultaba difícil explicar los motivos de estas subvenciones.
¿Usted cree que es normal que un sindicato, o un partido político viva de los demás, cuando tienen sus propios afiliados? ¿Por qué no viven de sus afiliados? ¿Usted cree que, por ejemplo, en la Subdelegación existan más de doscientas personas entre secretarios, funcionario de confianza y asesores? ¿A usted le parece normal que la gente tenga que trabajar quince días al mes para pagar a toda esta gente que, en la mayoría de los casos no sirve más que para poner trabas a los propios ciudadanos?
¡Hombre!, visto así…
¿Es que hay otra manera de verlo? ¿A usted le parece normal que los ciudadanos tengan que pagar un dinero en la capital, por ejemplo, para que el ayuntamiento conceda la exclusividad por la custodia de los aparcamientos a una empresa privada? Esa empresa privada, en el mejor de los casos es de un comisionista que se lleva un dineral y que reparte un tanto a quien se la concede. Pues bien, al final ¿Quién paga a ese comisionista, a la empresa y a todo lo que se mueve alrededor? Pues el ciudadano con sus multas. ¿A usted le parece normal pagar a un tío para te multe?
No, si en el fondo tiene usted razón…
Tampoco me haga usted mucho caso, dijo el Gaudencín. A fin de cuentas yo no soy más que el tonto del pueblo, dijo mientras asomaba una sonrisa de complacencia en su rostro.

Continuará…

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