MENTES EVANESCENTES (IV)

escuela

La Servanda, ya quedó dicho más adelante, recibía en su meublé la visita de algunos caballeros que no querían molestar en casa. La Servanda tenía un chulo que cobraba los servicios y amedrentaba a los borrachos que se quisieran sobrepasar. El chulo de la Servanda se llamaba el Teodomiro y entre los clientes le llamaban el Pantocrátor, porque siempre estaba sentado y rodeado de sus cuatro guardaespaldas, a quienes se conocía, como no podía ser de otra forma, como Tetramorfo. A saber; el Ladislao, el Wenceslao, el Estanislao y el Aurelio, que no terminaba en “ao” pero que, como siempre estaba alelao con eso cumplía.
La Servanda era muy limpia y aseada y no consentía ningún trato carnal si antes el cabrito no se había lavado y restregado los pies con jabón Lagarto y estropajo de estopa. Si, además, tenía durezas le prestaba una piedra pómez para que se restregara los talones.
Muchas gracias, Servanda. Así da gusto.
Y tanto, don Sísifo
Del resto del cuerpo no se preocupaba. Lo que no mata, engorda, ¿verdad usted que sí, don Sísifo?
Ya lo creo, Servanda. Ya lo creo.
La Servanda, mientras daba gusto a sus clientes, hacía chaquetitas de punto, y patucos y hasta mantillas de acristianar. Se conoce que eso le ponía.
Mire usted, don Sísifo, cómo me quedó esta chaquetita. ¿Ve usted? Es de punto garbanzo. Es que las de punto inglés o las de punto maíz me cuesta más hacerlas ¿Qué? ¿Qué le parece? Aquí lo ve: dos puntos del derecho y uno del revés. Se giran las agujas y ¡ya está!
¿Y cadeneta? ¿También hace usted cadeneta?
¡Huy!, la mar de bien. Para mí el crochet y el punto enano no tienen secretos.
A ver, Servanda, le gritó el Teodomiro, o sea el Pantocrátor, que ya va siendo la hora. Ya te he dicho que el servicio tiene que ser como el reloj de la puerta del Sol, que cuando suenen los cuartos se les tienen que bajar las bolas…
¡Qué hombre!, don Sísifo. Y con ese bigote retorcido y engominado con grasa consistente. No sabe usted qué hombre es mi Teodomiro.
Ya veo, ya… Es como un Omega
Es cierto, don Sísifo. Siempre puntual.
El Teodomiro, o sea el Pantocrátor, siempre bebe lo mismo: vino de valdepeñas con gaseosa La Pitusa. Una tarde en que el Aurelio, o sea el alelao, le trajo una gaseosa de La Flor de Baco, le abrió la cabeza con ella. ¡Cómo sangraba el Aurelio! Pero lo más risa daba era que la sangre se mezclaba con la gaseosa y parecía que de la brecha de la cabeza manaba tinto de verano. Al Aurelio nunca más se le olvidó la marca La Pitusa. No hay como los golpes en la cabeza para aprender.
Los guardaespaldas, o sea el Tetramorfo, nunca bebían. El Wenceslao, que era la mano derecha del Pantocrátor siempre llevaba un palillo entre los labios para cuando su amo tenía que pinchar alguna aceituna. El tabaco lo llevaba el Ladislao y el fuego era responsabilidad del Estanislao. El Teodomiro, cuando quería fumar giraba la cabeza hacia el Ladislao y luego hacia el Estanislao.
Y a usted, don Sísifo, además de la coyunda ¿qué es lo que le gusta?
Pues a mí, ¡ya ve usted!, la vida sencilla. Un libro de Platón, una tisana de romero y hierbabuena y unos ejercicios de yoga. A mí el yoga y el follar me relajan mucho.
Pues qué suerte. Yo, como no tengo tiempo, no puedo hacer yoga. Follar sí, como puede usted suponer, pero lo que es el yoga… Siempre quise hacer la postura que llaman flor de loto. Yo me quedé en el Simhasana, porque una es muy bruta ¿sabe? Una empezó en esto de la jodienda muy joven y no tuvo tiempo de ejercitar su cuerpo y su mente. Y gracias a la calceta, que si no, ¡menuda vida tan monótona y aburrida!. ¿Verdad usted que sí, don Sísifo?
Ya lo creo, Servanda.
Y usted, don Sísifo ¿por qué cree que Platón escribió las Cartas y la Apología en forma de diálogos y no como la mayor parte de los escritos de la época, como poemas pedagógicos?
Pues no le sabría decir, Servanda. Para mí que Platón era muy suyo y nunca se sujetaba a normas ni a reglamentos. Ya lo dijo Aristóteles, que fue su alumno favorito, este Platón está como una puta cabra.
Anda que también los filósofos… Todo el día dándole vueltas a la cabeza para ver de quitarle la razón al resto de la gente. Ya son ganas de amolar, ¿verdad don Sísifo?
Bueno, ellos en lo suyo eran, como usted en su industria…
¡Hombre!, no compare
No; si no lo digo por molestar. Lo digo porque se ganaban la vida con eso, como usted con el rijo.
¡Ah!, claro.
El Teodomiro, que ya había dado dos avisos no se lo pensó dos veces. Hizo un gesto al Wenceslao y se fueron a por él. El Teodomiro le cogió por las axilas, o sea, por los sobacos y el Wenceslao por las corvas y le tiraron por la ventana. El Ladislao, que llegó más tarde, tiró el bombín y el bastón. El Aurelio ni se movió.
Afortunadamente la casa de la Servanda estaba en el principal y no había casi altura, pero sí la suficiente como para que al pobre don Sísifo se le mancara una pierna.
¡Ay, madre! Ayuda… por favor.
El sereno; un sereno grande como un armario de tres cuerpos y un chuzo que le llegaba a la cintura, se acercó al trote. Al ver a don Sísifo en aquella postura pensó que de allí no se levantaba.
Por favor, ayúdeme.
¿Quiere usted que le lleve a la Casa de Socorro?
No, por favor. Que hacen muchas preguntas. Acompáñeme a mi domicilio, que con esta pierna no puedo llegar solo.
Mire usted, es que yo… al sereno, que era orensano, le salió el aire del país y no se sabía si iba o si volvía.
Yo le daré a usted una gratificación. Tenga, coja este billete de un duro y acompáñeme, por favor. Pero no le diga usted a mi esposa dónde me encontró.
No se preocupe, señor, que uno está de vuelta de todo. ¡Si viera usted lo que uno tiene que ver todos los días…!
Calle, calle, y ayúdeme a incorporarme.
Cuando llegaron a casa de don Sísifo el sereno golpeó la puerta con el chuzo. Doña Virtudes, la esposa acudió presta a abrir. Le dio el pálpito que algo malo acontecía.
¡Ay, Señor! ¡Santa Compaña, que venga mi Sísifo bien y te pongo tres cirios en la Novena de mañana!
Abre, mujer. Que vengo en un alarido, dijo don Sísifo.
¡Ay, ya sabía yo que algo malo había pasado!. Pasen, pasen. Déjemelo ahí, sobre el sofá. Espera un momento Sísifo, que ponga una sábana, para que no me manches el sofá con los zapatos…
¿Qué es lo que ha pasado?, preguntó doña Virtudes al sereno.
Este miró para don Sísifo, quien le hizo un gesto de complicidad.
Un tranvía, señora. Le atropelló un tranvía
Pero si en Perales de Torquemada no hay tranvías
Pues eso es lo que le ha salvado. Si llega a haber tranvías ni lo cuenta…
El hijo de don Sísifo y de doña Virtudes, se llama Gaudencio, como el abuelo de doña Virtudes. Al Gaudencio le dicen en el pueblo el Tostao, porque tiene la piel clara, como de flor de estufa. En los pueblos te ponen un mote y lo arrastras por generaciones. El Gaudencio, el Tostao, va para tonto del pueblo. No es que se necesite una oposición para ello; no. Es que le ha dado por el lapicero. Su madre siempre se lo echa en cara a don Sísifo.
Si algún día el Gaudencín nos sale tonto de baba la culpa ha de ser tuya por aficionarle al lapicero.
El don Sísifo, cuando el niño cumplió cuatro años le preguntó qué es lo que quería de regalo de cumpleaños.
Un lapicero, padre.
¿Y para qué quieres tú un lapicero? A ver si te va a dar por las cuentas y las letras y nos traes la desgracia a casa.
Que no, padre. Es que en la escuela ninguno niño tiene lapicero y todos tenemos que pedírselo a don Hermógenes, el maestro.
El padre -¡que no ha de hacer un padre por su vástago!- transigió en lo del lapicero y, desde entonces, cada vez que el muchacho cae enfermo (viruelas, sarampión, fiebres del crecimiento, lombrices y dolor de oídos) su madre aprovecha para recordarle lo del lapicero.
Si algún día el Gaudencín se nos muere con unas fiebres o le da un paralís la culpa será tuya, por comprarle el lapicero.
El Gaudencín, todas las mañanas, después de sorber un tazón de leche con sopas de pan duro, se marchaba al colegio más ufano que un quinto con su lapicero y su cabás. Doña Virtudes le ponía un medio bocadillo de chicharrones, que era lo que más le gustaba, y salía dando chingoletas y corriendo para llegar el primero. Todas las mañanas abría la puerta de la escuela y cargaba la estufa de papel y astillas de tea para que don Hermógenes tuviera la clase caliente al llegar. El Gaudencín, tampoco hay que ser muy listo para imaginarlo, era el alumno preferido de don Hermógenes. No solo por sus atenciones, sino porque tenía lapicero y era de lo más aplicado.
A ver, señores, los ríos de España
El Tajo y el arroyo Mierdero, don Hermógenes.
El Segura y el Manzanares, don Hermógenes.
Dígalos usted, don Gaudencio, le decía el maestro
El Miño, el Duero, el Tajo, el Guadiana, el Guadalquivir, el Júcar, el Segura, el Sil…
Vale, vale. ¿Notan ustedes la diferencia, caballerías?
Don Hermógenes nunca apeaba el tratamiento a los educandos, pero eso sí, cuando no cantaban la tabla en condiciones, cuando no conjugaban con aplicación y cuando no se sabían la lección, les llamaba caballerías, asnos y pollinos.
Estos insultos provocaban las risas a los alumnos que se tapaban la boca con la mano para disimularlo.
¿Quién escribió El Quijote? Don Longinos
El manco, don Hermógenes.
¿Y quién era el manco?
El que le faltaba un brazo, don Hermógenes.
Don Hermógenes, entonces, daba por superada su pequeña dosis de paciencia y dibujaba en la pizarra un san Cristóbal, con su vara de avellano y su niño sobre el bracete y ponía debajo, y en redondilla muy bien estructurada: vida y milagros de San Cristóbal. Redacción.
Hacedme este dibujo y redactáis aquello que sepáis sobre la vida y los milagros de San Cristóbal. A media mañana se pasará por la clase don Tirso para examinarles a ustedes de la Doctrina. Don Hermógenes, entonces, desplegaba el Alcázar y disfrutaba como un agüista en los baños, mientras leía las colaboraciones de lo más granado y florido del régimen. Su preferido era don José María Pemán. ¡Ay, don José María!, quien supiera escribir como usted escribe. Y recitaba, para sus adentros aquella copla que don José María, le había escrito a Lola Flores:

Torbellino de colores
no hay en el mundo otra flor,
que el aire mueva mejor,
que se mueve Lola Flores

Qué ritmo, decía don Hermógenes, qué soltura en los versos, qué aroma desprenden sus letras…
También le gustaba un jovencito que firmaba como Antonio D. Olano quien, por su juventud, era tan aguerrido y echado para adelante. Este pollo cualquier día hace la revolución pendiente. ¡Qué pluma tan bizarra!
A don Hermógenes, le despertó de su sueño el Gaudencín.
Que ya me leí La vida es sueño. Tendría, por casualidad, algo de don Francisco de Quevedo, que me divierte mucho más.
Sí, hijo. Como no voy a tener algo de Quevedo. Pero mira de leerlo en el corral, cuando vayas a tirar los pantalones. Don Francisco no está bien visto por la Santa Madre Iglesia y, si te pilla don Tirso con El Alguacil endemoniado es capaz de medirte las costillas con la cachaba.
Don Hermógenes siempre dejaba libros de autores clásicos al Gaudencio quien los devoraba página tras página. A don Sísifo, que no era fácil engañarle, no le gustaba nada que el maestro le secara los sesos con esas historias de la literatura.
Mire usted, señor maestro, en mi casa nunca naide leyó un libro, salvo a Platón, y hemos progresado y salido adelante como personas decentes. Nunca naide en mi casa se dedicó al lapicero. Yo no quiero que se entere la Virtudes, mi esposa, pero como un día se entere de que le está usted calentando la cabeza al muchacho con libros y mierdas de esas, prepárese. Yo se lo advierto.
Don Hermógenes y el Gaudencio fueron toreando la vigilancia paterna y la ignorancia materna día tras día hasta que, una vez cumplidos los trece años el señor maestro tuvo que tomar la determinación de presentar al Gaudencín al bachillerato. Como quiera que los padres le negaran su permiso, el maestro decidió presentar al Gaudencín por libre y sin avisar a nadie. Don Hermógenes se presentó en casa del muchacho para solicitar permiso para llevar al niño a la capital para inscribirlo en la OJE. Una mentira piadosa, Gaudencio, le dijo al niño. Ya verás cómo, una vez que te examines y apruebes, tus padres se muestran de lo más orgullosos.
Don Sísifo y la Virtudes se miraron aterrados. No eran partidarios de que el Gaudencín acudiera a la capital pero, ¡cualquiera se negaba a que el niño se inscribiese en la OJE!. Aún recordaban los cortes de pelo y las cucharadas de aceite de ricino que el delegado del Movimiento les administraba a los rojos y a los ateos del pueblo…
¡Ay, madre mía!. ¡Qué desgracia más grande! Lloraba la Virtudes mientras se tiraba de los pelos. ¡Qué es lo que ha hecho este desgraciado con nuestro Gaudencio!. Mira que hacerle bachiller. En nuestra familia a nadie le dio nunca por el lapicero. Y la culpa es tuya; muerto de hambre, le gritaba al padre.
Al pobre don Sísifo le caían dos lagrimones, uno por cada una de las mejillas.
Mujer, decía, igual es para bueno y el niño ha podido hacer aquello que quería. ¡Qué sabemos nosotros de esto si somos unos ignorantes!
¿Ignorantes? Ignorantes, sí. ¡Pero decentes!. ¡Vete a saber qué va a ser de este niño ahora!
Afortunadamente para ambos intervino el alcalde, el boticario, el señor cura y hasta el Maxencio, que no era fuerza viva pero que, como tenía una medalla de herido por la Patria, estaba asimilado.
Se acabó el duelo, señora, dijo el alcalde. Aquí, el señor maestro no ha hecho más que lo que debía hacer, desasnar al Gaudencín y hacerle un hombre de provecho. A partir de ahora, Perales de Torquemada tendrá un bachiller, lo que dará fama a nuestro pueblo. ¿Quién no les dice a ustedes que un día, sin mucho tardar, no le tendrán ustedes aquí, en el casino, dando una conferencia sobre aquellas materias en las que destaque?.
¡Ay!, volvía a llorar la Virtudes. Mi hijo dando conferencias. ¿Qué habremos hecho nosotros de mal en la vida para llegar a esto?
El alcalde, viendo que no se callaba y no había forma de tranquilizarla se dirigió al boticario quien, en su maletín, traía los archiperres necesarios para calmar a la doliente madre.
A ver, boticario. Proceda. Pínchela usted una de esas boticas que calman a las histéricas.
Don Deodato procedió a montar la jeringuilla y, cuando presionó la base, para soltar unas gotas por la aguja, a la doña Virtudes se le vino el cielo abajo y se desmayó.
¡Joder, boticario! Un poco de caridad cristiana, le dijo don Tirso. Mire usted lo que ha conseguido.
Yo…
Sí, usted. Ustedes los universitarios que no tienen el más elemental tacto con las personas. ¿A quién se le ocurre sacar ese pedazo de aguja? Si me ha acojonado a mí mismo, que fui castrense.
Caramba, don Tirso, le dijo el alcalde. Vaya palabras para un clérigo.
Usted dispense, señor alcalde, pero estos universitarios que creen que son la élite de la sociedad. Pues no va el tío y saca ese cacho de aguja…
Miren, yo, si se va a dudar de mi capacitación, me retiro a la rebotica. Pues estaría bueno…
Oiga; ¡qué bonito! Primero hace desmayarse a la pobre mujer y ahora ¿qué? Ahora el señorito se va para la rebotica a ponerse morado de chocolate y picatostes y nos deja aquí con el muerto.
¡Hombre, muerta no está!
¡Faltaría más!
A ver. Si la señora no está en disposición de tomar la inyección pinchele usted al marido. Ya que ha desenfundado no vamos a estropear la medicina ¿no les parece? Preguntó el cura.
Yo creo que sí, dijo el alcalde. Total, por una inyección de nada.
Joder, de nada… dijo don Sísifo. ¡Menuda aguja! Si a mí no me pasa nada…
Pero hombre, dijo el Maxencio. Si eso no es nada. Pues vaya mierda de tío. ¿Usted sabe lo que me pasó a mí en mis partes pudendas con el machete?
Ya, dijo don Sísifo. Pero luego le dieron la medalla y el dinero para el tractor. Pero yo, ¿qué gano con la inyección?
Pues no haber avisado, le dijo el cura. Vamos, boticario, que nosotros le sujetamos.
Dicho y hecho. Entre todos se tiraron a por él y le colocaron un cuarto litro de somnífero. El pobre don Sísifo durmió casi una semana. De doña Virtudes nadie supo nada hasta que la vieron ir a comprar el pan, dos días después. A la pobre no le quedaban ya pelos en la cabeza de tanto estirón. Iba toda ella vestida de negro y llorando como una magdalena.
¿Qué?, le preguntó la panadera. Murió don Sísifo con la inyección.
Aún no lo sé. Allí sigue, en la cama. Respirar, parece que respira…
Pero ¿Y el luto?
Por el Gaudencín, que se me ha hecho bachiller.
Pues la acompaño a usted en su sentimiento, doña Virtudes.
Gracias, doña Clara. Al final, una tiene que vivir con ello. Ahora, que lo que es yo, se lo he ofrecido a santa Gema Galgani como penitencia.
Eso ayuda mucho, ¿verdad, doña Virtudes?
Si, hija. Pero el luto lo llevo por dentro
Y por fuera, dijo el hijo de la panadera. Si parece un cuervo.
El Gaudencín pudo seguir estudiando. Finalmente los padres no tuvieron más remedio que acceder. La OJE y santa Gema Galgani tiran mucho. El muchacho se sienta todos los días en el poyo de la puerta y, con su libro de versos en la mano, pasa las horas muertas. Los mozos, los de su quinta y aún los mayores, cuando pasan cerca de él se burlan y le cantan coplas aludiendo a su tontuna.
Mira que darle por leer. Eso va a ser del lapicero, decían.
El Gaudencio fue, pues, declarado oficialmente tonto del pueblo. Con los años terminó la carrera de Filosofía y Letras y emigró a la capital. Don Hermógenes le había recomendado a un alumno suyo, de su paso por Palencia, que puso en Madrid una editorial y don Germán, que así se llamaba el antiguo alumno de don Hermógenes, don Germán Sánchez Ruiperez, propietario de la Editorial Anaya, le enchufó en las oficinas como corrector de estilo.
Nunca se sabrá si por la murria o porque no cuajó en la capital, el Gaudencín volvió al pueblo a los dos años de haberse ido. Sus padres le recibieron con los brazos abiertos y como si se hubiera recuperado del tifus. El Gaudencín, pese a que los padres le pidieron que no lo hiciera, seguía saliendo todos los días al poyo a leer poesía y a poner los ojos en blanco mientras se extasiaba con alejandrinos y sinalefas.
Los muchachos; los nuevos muchachos y algún otro ya entrado en quintas, seguían burlándose de él y diciendo aquello de: pobre Gaudencín; para mí que lo que tiene es por el lapicero.

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