MENTES EVANESCENTES (III)

GARROTE

La charanga se arrancó con el Carrasclás que los mozos acompañaron dando palmas y agarrándose, los unos a los otros –los que no daban palmas, claro- por los hombros.
¿No saca usted a bailar a la Cirila, don Maxencio?
Hombre…, si fuera un fox, o un bougui o un ritmo lento, no sé… un bolero. Pero esta pieza tan chabacana yo no creo que sea digna de mi Cirila ¿No les parece?
En eso tiene usted razón don Maxencio. Si fuera un baile suelto o Mi casita de papel, que están ahora tan de moda, pero mire usted que esta pieza, o La vaca lechera que son propias de borrachuzos y de gentuza, dijo don Salvio.
Los árboles, los benéficos y singulares árboles de Perales de Torquemada crecen sólo hacia arriba. En esto son como los de otras latitudes, pero en cuanto a sus funciones ecológicas constituyen el espectáculo más grandioso de la flora peraleja.
Muy bien dicho, don Maxencio…
Gracias. Gracias.
El tejo, el acebo y el cedro se dan bien junto al río. También el moral y los enguelgues, que son más propios de Las Batuecas. El castaño, las secuoyas y los bojes se dan más en el monte. En el sotobosque, sin embargo, proliferan los lodones, o almez, las encinas y el roble. El olmo y la olma de la plaza murieron de la grafiosis, o enfermedad holandesa, que es el cáncer de los árboles.
Pues bien, señores. En todos ellos se posan lo mejor de nuestra silvicutura: el jilguero, el pardillo común, el verderón serrano que llaman verderol, el verdecillo, el camachuelo común, el pinzón vulgar, el gorrión y hasta el Cardenalito de Venezuela, que el demonio Demóstenes le regaló a doña Críspula y que le se escapó, se conoce que por celos, cuando el demonio le trajo al guacamayo Antofagasta.
¡Qué lección, don Maxencio! Eso es hablar y no lo que hecho el pisaverde ese de la capital.
Calle, calle… Que ustedes me encumbran por amistad, más que por méritos.
Los árboles y los pájaros, aunque nadie quiera confesarlo, se nutren del despojo de las mujeres asesinadas. También de los hombres asesinados, pero estos son más dados al uxoricidio que las mujeres. Las mujeres matan también, es cierto, pero lo hacen de forma más ladina y, casi siempre, entierran a sus maridos con todo el boato que es menester. Los hombres, por el contrario, son más de arrojar los cuerpos al río o enterrarlos bajo un árbol para que sirva de abono.
Los árboles que más arriba se relacionaron y aún otros que quedaron sin incluir en el rol, estaban alimentados de la sangre, de las vísceras y del cuerpo hecho tajadas de la Servanda Botella Marqueríe, suripanta que hacía al por mayor y al detall. La suripanta Servanda Botella Marqueríe dejó fuera del refocile de sus magras carnes al Silvino Barragán, verdugo en ejercicio y natural de la provincia de Palencia. El verdugo Silvino, se conoce que horro de espíritu deportivo, se encabritó con la suripanta Servanda y, tras hacerla tragar media arroba de anís Machaquito la descuartizó y transportó sus restos hasta el pie mismo del arboreto que los frailes premonstratenses habían plantado en la banda de estribor del río.
La Guardia Civil inició pesquisas, que es como lo definió el locutor del Parte de Radio Nacional y que quiere decir que empezaron la investigación. En principio buscaban a un secuestrador dado que la Servanda había hecho un capital con una publicidad muy agresiva que decía: por seis duros deje usted a su mujer tranquila durante el Santo Rosario. La Guardia Civil es muy pesada y administrativa en esto de rellenar papeles para las denuncias y en todo lo que se refiere al tráfico y las multas; pero que en esto de seguir asesinos se le da como hongos. Enseguida reconstruyeron el escenario del crimen y encontraron en la casa de la Servanda una toba de cigarro puro. Una tagarnina de las que se vendía en el café Novelty. Además encontraron una tarjeta de visita que decía: Tarsicio Azpiri Rodríguez. Perito en fluidos. Gas, aguas limpias y sucias. Pozos negros, atarjeas y demás fosas pútridas. Calle del Subdelegado, 5. Dejar recado a la portera. Sin número de teléfono. La Guardia Civil acudió al Novelty y allí se enteró que tan solo el verdugo Silvino fumaba esos cigarros puros. Investigaron al perito en fluidos y, efectivamente, había dado su tarjeta al verdugo Silvino para darle presupuesto por vaciar un canalón que estaba atorado.
A partir de la declaración del perito y de la pista del camarero del Novelty, todo fue coser y cantar. El verdugo Silvino cantó a la primera ronda de bofetadas.
El verdugo Silvino Barragán fue condenado a morir agarrotado. Pero el destino escribe sus crónicas con renglones torcidos. Resulta que, como había una crisis gubernamental, no había suplente de verdugo y, el Silvino no podía autoajusticiarse porque entonces, en lugar de justicia, habría resultado un suicidio, y el suicidio está prohibido por la Santa Sede, según el Concordato vigente.
Las autoridades querían que el Silvino, pese a todo, cumpliera su último trabajo consigo mismo, pero el Nuncio intervino y la historia llegó hasta El Pardo. Nuevamente el Silvino tenía el santo de cara. Era dieciocho de julio, y Franco estaba en La Granja de San Ildefonso para ver correr las fuentes.
Excelencia, se le acercó el ministro de Justicia, don Antonio María de Oriol y Urquijo, tendríamos que tratar del cumplimiento de la pena de muerte del verdugo de Perales de Torquemada, el Silvino Barragán…
Calle, don Antonio, que ahora va a cantar Estrellita Castro que le gusta mucho a Carmen.
Pero, Excelencia, insistió el ministro, el Nuncio se ha puesto como un cochero y dice que, como se autoajusticie denuncia el Concordato ante la Santa Sede.
Pues se le amnistía y ya está, dijo Franco. Total ¿no dijo usted que la difunta era una mujer de la vida?
Efectivamente, Excelencia…
Pues, hala. Calle y dele la amnistía, que va a empezar Estrellita y no la vamos a escuchar. Atiende, Carmen, que va a cantar Mi Jaca. Mira, mira a Joselito, es aún más bajito que yo…
El verdugo Silvino quedó libre y, a la semana, volvió de nuevo al pueblo. Como era de natural bueno y sin ningún tipo de malicia, perdonó a la suripanta Servanda Botella Marqueríe y le pagó una sepultura de mucho postín, con vistas al río.
¡Qué corazón!, ¿verdad don Maxencio?
¡Ya les digo! Esta es la clase de gentes que dan prez y loor a nuestra querida villa de Perales de Torquemada. Gentes con pronto; sí señor. Pero con un corazón de oro.
Matías Roces Lahoz era preso y expreso. No como los ferrocarriles o los cafés de cafetera, sino recluso en excedencia. Al Martiniano le metieron en la cárcel primero los unos y después los otros. En esto no hicieron distingos los contendientes. Se conoce que tenía querencia al presidio. El Martiniano Roces Lahoz tenía un tío en Acción Católica y otro sindicalista. La familia no sirve más que para pejigueras y engorros, y buena fe de ello que podía dar el Matías. Una mañana en que el cielo tronaba como si fuera a descoyuntarse de arriba a abajo vinieron dos guardias de asalto y se lo llevaron, entre medias de cada uno de ellos, camino de El Dueso. Cuando las tornas cambiaron el Martiniano quedó libre  y  volvió al pueblo. Al día siguiente de su llegada fueron otros dos guardias -esta vez, guardias civiles- los que se presentaron en su casa. Nuevamente, y entre medias de ambos, le llevaron de paseo. Esta vez hasta El Puerto de Santa María.
Se conoce que, por aquello de los paseos, o por la falta de hábito al soplar la cuchara, al Martiniano se le fueron secando las meninges. El Martiniano había aprendido en el cuarto de curas del penal los fundamentos; los difíciles y confundidores fundamentos que se precisan para poner de un modo exacto y puntual las inyecciones y hasta las lavativas. Las inyecciones las colocaba al quiebro, como el novillero Mariano Martínez, de Camas, en la provincia de Sevilla, al que llamaba “El Avivador”. Las lavativas no. Para las lavativas no hacen falta quiebros ni otros dengues. Basta un buen pulso, para no enfangar las nalgas de los enfermos y también se requiere el tacto necesario para no quemar, con el calor del agua, los dos intestinos del receptor. El Martiniano probaba el calor de la lavativa echándose unas gotas de agua sobre el dorso de la mano, como había visto que hacían las madres lactantes con los biberones de Pelargón.
El Martiniano, con la boquilla de baquelita en el culo de la enferma y la goma ascendiendo hasta la cantarilla del agua parecía, talmente, la estatua de la Libertad de Nueva York. ¡Qué tío!, ¡vaya pulso el del Martiniano!
¿Quema, doña Pura?
No, hijo. Está en su temperatura ideal.
El Martiniano hacía como que abandonaba el domicilio de doña Pura por la puerta de servicio, pero se quedaba en la cocina con la Goyita, la criada de doña Pura. La Goyita le hacía de comer y le planchaba y lavaba las cuatro ropitas. También se las remendaba cuando era menester. El Martiniano, nada más que por cumplir, le hacía una faena de aliño sobre la dura realidad del catre. Nunca amores gozosos, sino amores cumplidores; amores sin gemidos; amores desenfrenados y sin marcha atrás. Acabada la faena la Goyita le pagaba los nueve reales de su salario de enfermero y le daba una copia de Ojén y una Faria. También le daba una naranja y un plátano para la cena. El plátano tiene mucho potasio y hace recuperarse a los deportistas y a los folladores de los músculos propios de los jarretes y de los isquiotibiales, que tanto sufren en la coyunda.
El Martiniano y el verdugo Silvino toman todos los días un par de chatos de vino. Ambos se cuentan, a diario, sus cuitas carcelarias y se intercambian recuerdos y anécdotas de otros presos que ambos conocieron de las distintas cárceles en las que estuvieron presos.
Ellos ya pagaron su deuda con la ley. La pagaron con su libertad, como los canarios que, entre rejas, ven pasar el día a día silbando y alimentándose de agua y alpiste. ¿Quiénes somos nosotros para exigirles lo que la justicia les ha perdonado?
La justicia terrenal, señor alcalde. Pero no la Divina, que es la que vale.
Esas son cosas de su ministerio, don Tirso. Además, ya sabe lo que tiene usted que hacer. Rezar por él para su salvación, que tal es su oficio…
Una tarde, se conoce que a resultas de la ingesta de Ojén, el Martiniano se le declaró a la Goyita y, hombre de palabra como es, cumplió con ella como un caballero. Doña Pura le regaló el traje a la Goyita y ésta le pagó el alquiler del chaqué al Martiniano. La pobre Goyita estaba realmente fea con su vestido de novia, pero nadie tuvo los hígados o la caridad cristiana de decírselo. El traje era, todo él, de tul ilusión, con bordados de organza y organdí. Unos bordados que parecían huevos fritos. El escote era de Palabra de Honor, pero hacía tan poco realce a su menguado busto que más que Palabra de Honor parecía de Por estas, que son cruces. El Martiniano, en cambio, parecía un lord inglés. En una manga, es cierto, llevaba una mancha blancuzca de merengue de la boda anterior, pero la Goyita se lo restregó con un trapo impregnado en sifón y casi ni se le notaba. El pantalón le estaba bien, aunque una pata era más corta que la otra; pero dejándoselo caer del lado más corto resultaba casi imperceptible.
El párroco, don Tirso estuvo un punto impertinente con la pareja, y dedicó casi toda la homilía, a la parábola del buen ladrón y a los siete pecados capitales.
Como todo lo que empieza suele tener su final, el Martiniano y la Goyita salieron cogidos del bracete y encaminaron sus primeros pasos como matrimonio en dirección al café Novelty, donde convidaron a sus invitados a un pequeño refrigerio: croquetas de bacalao y unos aros de jibia a la romana; entremeses fríos (salchichón con unos granos de pimienta tremendos, chorizo de Pamplona, una rodaja de mortadela de aceitunas y una cucharada de ensaladilla rusa que, por aquello del Régimen, llamaban nacional) y, para finalizar y como plato fuerte, dos lonchas de ternera a la jardinera. Todo un banquete. Tras los brindis con sidra El Gaitero; café, copa y una Faria algo seca. Tarta no hubo porque, en verano, el merengue, la nata y la crema pastelera se corta y se agria.
Tras bailar unos valses y otras melodías más movidas interpretadas por el acordeón del Estebancito, el hijo del Esteban el de abastos, la pareja abandonó el ágape en dirección al cuarto con derecho a cocina que habían alquilado en el centro del pueblo.
El amanecer, tras la noche de bodas, siempre es claro y alegre, como los ojos de una sueca borracha. La Goyita, deslavazada por el trajín del tálamo, escuchaba feliz  cómo  dos  buchonas  reclamaban  a  sus  pichones. A lo lejos una codorniz –igual era una perdiz, ¡quién sabe!- cuchicheaba su melodía. En la calle, el ruido de un carro, el triste gemir de su eje y el lento golpear de las pezuñas de las vacas que tiraban de él, rompieron la idílica imagen de amor y despertar.
¿Estás contento, Martiniano?
Mucho, Goyita. ¿Y tú, estás satisfecha?
¡Pletórica, Martiniano! Pletórica
Pues levántate y me haces unas gachas espesitas y me fríes unos torreznillos para acompañarlas. Y date prisa que no me gusta esperar al desayuno…
Esto es un hombre, dijo la Goyita en alto, y no el Robert Taylor ese del cine de verano.

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