MENTES EVANESCENTES (II)

novelty

La charanga se arranca por Francisco Alegre y los mozos corren a sacar a las mozas a bailar. Las mozas dicen que no, pero cuando los mozos las cogen por las muñecas y tiran de ellas, sonríen y se alborozan mientras un arrebol inunda sus mejillas. Del puesto del churrero viene un olor a fritanga que hace toser a los más viejos.
¡A cinco la docena! ¡Qué churro tengo, oiga! ¡Qué churro tengo! ¿Y la porra? ¡Cómo tengo la porra!, grita el churrero con evidente doble intención.
¡Esa forma de expresarse, tío grasoso!, le reconvino el cabo de la guardia civil que rondaba el puesto.
Pero mi cabo, dijo el churrero en evidente tono guasón, si solo estoy enseñando la porra. Mire usted que ejemplar.
A callar he dicho. Resolvió el cabo poniendo firme al churrero.
Del suelo de la plaza se levanta una polvareda. Es lo que tiene el pasodoble, dice don Salvio. En cambio, con la jota, como se trata de dar brincos, es mucho más higiénico. ¿No le parece a usted, don Deodato?
¡Donde va a parar! Además, es más nuestro… ¿Cómo le diría…? Más atávico y nacional ¿No le parece?
¡Hombre, don Deodato…! Nacional, también es el pasodoble. Si fuera el tango, que quitando a Rafa Brancas sólo lo bailan los argentinos. Pero el pasodoble es tan nacional como la jota.
Quite; quite… Donde esté la jota. Con esa letra tan nuestra. Con esa doble intención… No sé, a mi me parece que es más nacional que el pasodoble.
Por qué no se echa usted una jota, don Salvio. Usted se sabe algunas que ya, ya…
Bueno. Si usted insiste. Allá va.

Quien estuviera, mozaaaaaa
Como los pies del Señooooor
El uno encima del otrooo
Y un clavito entre los dooos

Muy buena, don Salvio. Está usted hecho un jotero. Y luego dicen de los de Aragón y de los navarros ¿verdad?
Y tanto. Pero ya sabe usted. Con esto de la Feria del Campo y los XXV Años de Paz, las capitales se llevan la fama; pero donde estén los pueblos, que se quiten las mierdas esas de la capital. Con tanto tranvía y tanto spleen ¿No le parece?
Y tanto, don Salvio. Y tanto.
La Cirila salió por fin de la iglesia y, acompañada de la Remedios, una tía segunda que era algo tuerta y con mostacho, como un guardia de asalto, pasearon por los puestos de los vendedores de cintas, botones y fornituras. La Remedios es soltera, como lo era su madre. ¡Vaya, por Dios! La Remedios tuvo una vez un pretendiente. Un viajante de mercería que le propuso matrimonio.
Ven conmigo, Remedios, le propuso el viajante. Yo corro cintas de tafetán, organdís, satenes, gros grain y pasamanería. Cintas, abalorios, bieses, lazadas, cocas, ondulinas, puntillas, cintas yute y decorativas… Además, con los cuatro duros que tengo ahorrados, nada nos ha de faltar.
La Remedios echó dos lágrimas salobres y frías, como el rocío de la madrugada.
Tómame, garañón. Hazme tuya
El Rufino, que era como se llamaba el viajante, se portó como un caballero y, tras el himeneo la regaló un muestrario completo. Esto se lo regalas a tu madre como agradecimiento por cuidarte y guardarte para mí.
¿Has disfrutado, Reme?, le dijo tuteándola con esa familiaridad que da la coyunda.
Mucho, Rufi. Tómame otras diez veces, charrán.
El Rufino, que estaba algo delgado para tanto desgaste se asustó y, temiendo ser desnatado como la leche esa que toman los que están a plan de adelgazar se ausentó, con el debido permiso de la Remedios y, anunciando que salía a hacer un pis al corral, echó a correr y no paró hasta llegar a Arévalo en la provincia de Ávila.
Al día siguiente la Remedios estuvo más de seis horas, con su maletita y su cabás-neceser sentada en el poyo de la puerta.
¿Qué, Remedios, de viaje?, le preguntaban las vecinas.
Pues no. He sacado las maletas para que se oreen, decía la Remedios escamada por el plantón. Cuando llegó la hora de merendar la Reme recogió su maletita y su cabás-neceser y se metió en casa.
¿Te hago la cena, Reme?, le dijo su madre.
No, madre. No tengo hambre.
Desde entonces, la Remdios, cuando vienen viajantes y corredores de comercio al pueblo mira con mala cara a todos mientras se tienta, bajo la faltriquera, una pequeña tijera de cortar retales. No quisiera ser yo el Rufino, si se le ocurre volver por el pueblo.
Y tanto, don Salvio. Y tanto…
El demonio es caprichoso. Caprichoso y voluble. También es versátil y cambiadizo. Algunas veces, el demonio, se vuelve súcubo y otras veces íncubo, depende del sexo del que quiera confundir y a quien se quiera trajinar. En esto del demonio hay mucha literatura. Literatura seglar y literatura episcopal, naturalmente.
El demonio de Perales de Torquemada se llama Demóstenes Pellejero Abilleira y monta en bicicleta con una pinza de la ropa en cada una de las perneras del pantalón. La bicicleta del demonio Demóstenes Pellejero Abilleira es de la marca Orbea y está construida en Eibar, provincia de Guipúzcoa. La bicicleta del demonio Pellejero no tiene ni timbre ni redecilla en la rueda trasera. Tampoco tiene cesta para guardar los recados delante del manillar, ni faro con su luz para andar de noche. Los demonios, ya se sabe, hacen los recados de noche, y no necesitan ni cesta, ni luz, ni bolsa de plástico. Lo que sí que tiene la bicicleta del demonio Pellejero es una barra trasportín para llevar a las mozas cachondas montadas a la española. A los hombres, por el contrario, los lleva delante del manillar, sentados a horcajadas.
En cada pueblo de la geografía española hay un demonio oficial. No es un demonio municipal, ni un demonio funcionarial; no. Es un demonio autónomo y sin sindicar. El demonio Demóstenes Pellejero Abilleira, demonio oficial de Perales de Torquemada, se beneficiaba, entre otras, a la señorita doña Críspula Taperol Ayuso. El demonio Demóstenes Pellejero Abilleira era muy gimnástico y cumplidor y le hacía las cochinadas en todas y cada una de las posturas del Kamasutra, libro que, como todos ustedes saben, es como La Guía del Ocio del rijo. Una tarde, en que doña Críspula hizo gozar de lo lindo al demonio Pellejero, éste le obsequió con un guacamayo de color amarillo y verde lima, como la bandera del Brasil y con el pico encarnado y ganchudo. Un guacamayo al que la señorita Críspula bautizó con el nombre de Antofagasta, que es el nombre de una región chilena conocida como La Perla del Norte.
¿Y habla el loro?
¡Cómo que si habla…! Como una cotorra. No es solo que habla, sino que recita, de cabo a rabo, las Tragedias shakesperianas.
¿Y lo hace en inglés?
Pues no señor. Los que hablan en inglés son los lores, y no los loros. Los loros no pueden hablar en inglés porque no sabrían decir my darling ya que no tienen glotis.
¡Ah!
Solo habla en castellano y, cuando está borracho de aguardiente de hierbas, también las recita en el bable de Lugones, provincia de Oviedo. Hay que escuchar al guacamayo Antofagasta declamar Hamlet, o Romeo y Julieta. Sin embargo Julio César, Otelo y el Rey Lear se le resisten; pero con un poco de ayuda consigue terminarlos. En cambio Marco Antonio y Cleopatra, Macbeth y Tito Andrónico los borda. Ahora está terminando de aprenderse Troilo y Crésida y va muy avanzado con Timón de Atenas.
¿Y el Corolario?
¡Hombre!, dele usted tiempo al tiempo. A ver si se cree que el loro es Richard Burton.
A ver, Antofagasta, empieza Macbeth, le urge doña Críspula.
Calla –comienza el guacamayo- no me hables de ello; siento mucho que tú, a quien entregué mi bolsa…
¡Loro cabrón!, le dice doña Críspula, arreando un garrotazo sobre la jaula. Te he dicho Macbeth y no Hamlet. ¡Te has quedado sin cena!
Ragú de ternera, codillo con chucrut, callos a la madrileña…
¡Alpiste!. Alpiste y agua; para que aprendas a responder, le riñe doña Críspula. ¡Vamos!, qué habrá pensado aquí, este señor, de un guacamayo que recita lo que le da la gana.
No; doña Críspula, si yo me hago cargo…
La señorita Críspula Taperol Ayuso tuvo, en paralelo, amores con el demonio Demóstenes Pellejero Abilleira y con don Niceto Copín Magallanes, sobrino tataranieto del navegante, que perdería la vida a manos del caudillo Lapu-Lapu, en la isla de Mactán. Don Niceto llegó hasta la Críspula a base de labia, que es la fórmula habitual cuando no se tienen posibles suficientes como para convidar a las señoras a tomar el té en el Palace. Don Niceto contaba, día sí y día también a doña Críspula las andanzas y desventuras de su tío tatarabuelo don Fernando y cómo Juan Sebastián de Elcano se llevó finalmente la fama de la circunnavegación de la Tierra. Bien es cierto que la mayoría de las tardes contaba una trola tras otra. La señorita Críspula, que era muy abierta para el sexo y el turismo de aventura aguantaba lo que el don Niceto le quisiera contar porque en la cama era un fenómeno paranormal.
Cuénteme, don Niceto, las historias truculentas entre los seminaristas y las aborígenes. ¿A cuántas indias se calzó su tío tatarabuelo?
Pues a unas cuantas, doña Críspula. A unas cuantas.
¡Ay, hijo!, que sosería de relato.
Doña Críspula y don Niceto no se apearon el tratamiento jamás. Tan solo en el momento del climax consentían alguna licencia.
¡Ay, don Niceto! Que gusto me dio usted, garañón…
¿Marañón?
No; Marañón, no. Garañón… Ya sabe usted, el asno de extraordinaria corpulencia que se echa a las yeguas para la procreación de mulas y machos.
No me sea usted puta, doña Críspula. Y guárdeme las formas que si no me apeo de su grupa y me vuelvo por donde vine.
Usted perdone, don Niceto
Está usted perdonada. Por cierto; ¿Cuándo va usted a abandonar al demonio Demóstenes Pellejero Abilleira?
Eso es cosa mía, don Niceto. Usted céntrese en la faena y déjeme a mí libre, como los taxi del aeropuerto y como las suaves y cálidas brisas del levante benidormí.
Pues como no le abandone usted me suicido, dijo el don Niceto que, siendo como era, hombre de palabra, se tiró por el balcón aún sin subirse el pantalón y los calzoncillos. El don Niceto fue a parar a un parterre de crisantemos. Los sobrinos nieto de marinos ilustres y los aparejadores de segundo curso siempre se suicidan tirándose por el balcón. Se conoce que es costumbre atávica y consuetudinaria. Los militares, no. Los militares se disparan; los profesores de segunda enseñanza se ahorcan y los de pueblo se tiran al río. En esto hay que guardar las costumbres para facilitar en trabajo al señor Juez.
¿Y los serenos?
Los serenos, no. Los serenos nunca se suicidan. Se conoce que, como son todos asturianos, no hay costumbre en ese país.
A don Niceto le enterraron en una caja de pino blanco. Una caja de infante púber e inocente. No es que reuniera las condiciones para ser enterrado de blanco, claro, es que, como no tenía deudos, el entierro fue a costa de las arcas municipales y aprovecharon la caja que tenía encargada un padre que, por intercesión del Espíritu Santo, salvo al niño en el último momento.
El funerario don Trifón Coladeiro Mugardos, que era natural de Petín de Valdeorras, en la provincia de Orense –ahora se dice Ourense, lo que el cronista desconoce es si se dice también Ouviedo- se puso tan contento. La caja que ya fue pagada por el anterior cliente interruptus se cobró dos veces. El funerario don Trifón, para celebrar el negocio de la doble venta se acercó hasta el café Novelty donde se tomó dos blancos con seltz y se comió un zarajo al que le invitó el dueño del bar.
¿No estará malo, verdad?
¿El zarajo? No creo. Lleva aquí dos meses y no dio sensación de estar enfermo. Además, si se lo lleva a usted por delante, con la industria que usted posee no tendrá problemas para encontrar quien le atuse el pelo y le vista las galas del más allá.
Pues sí; dijo el funerario Trifón. Eso también es cierto.
En el café Novelty se anunciaba un ciclo de conferencias cuyo título es “La renuncia de la carne propia”, a cargo del coronel de Estado Mayor don Lisandro López Efímero, profesor becario de la Academia del Ejército de Madrid. Don Lisandro atacó la conferencia ensalzando a Abraham y terminando con loas a Guzmán el Bueno. Algunos parroquianos levantaban, de vez en cuando, la vista de los naipes pero sin ninguna afición. Otros, por el contrario, miraban más atentos al escote de las señoritas Adoratrices que al conferenciante. El gilé, el mús y el tute subastado se llevan fatal con la filosofía. También se llevan mal con la filosofía el hijoputa y las siete y media. Al final de la disertación don Lisandro fue obsequiado con una ovación cuasi taurina. Una ovación, todo hay que decirlo, por haberse callado a tiempo más que por lo que allí dejó explicado. Algunos -los menos- entusiasmados por el ejemplo de Abraham y de Guzmán el Bueno quisieron tirar a sus hijos al río, como si fueran gatos. Gracias a Dios que el conferenciante explicó que estos dos ejemplos lo fueron en tiempos de probatura divina y ahora, vistas las circunstancias y el gobierno ejemplar del almirante Carrero, no era preciso ofertar la vida de infante alguno.
Esto de los ciclos de conferencias debería estar prohibido en los pueblos de menos de mil habitantes, dijo uno de los espectadores.
¿Y eso?, preguntó don Maxencio
Imagine usted que el señor conferenciante no hubiera frenado el entusiasmo de los asistentes. Eso luego sale en las noticias y deja al pueblo con una fama que ya no hay quien la levante. En las ciudades y en los pueblos grandes es distinto. Allí mueren cada día miles de personas en el metro o en las apreturas de El Corte Inglés y no salen en las noticias. En cambio en los pueblos pequeños alborota el día a día y las cosechas, por eso de acompañar a la familia, se quedan abandonadas y no resultan tan productivas.
¡Como se nota que es usted ingeniero agrónomo!
¿Verdad usted que sí? Ya me lo dice mi Rosario. Bartolo –mi mujer me dice Bartolo en la intimidad- tienes que relajar el rictus y el esfínter. No puedes estar todo el día poniendo la cara y el ojete como un ingeniero agrónomo.
¿Y por qué le dice su mujer Bartolo?
Pues porque me llamo Santiago.
¡Ah, claro!

Continuará…

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