EL DUERO SORIANO III. LA CAPITAL. PRIMER DÍA

Si la provincia de Soria es un territorio hecho para los hombres, su capital, es una ciudad hecha para los poetas. Soria, su centro histórico; sus monumentos; sus leyendas; su río, este Duero que vamos visitando pueblo a pueblo, han sido y serán, lugar de encuentro entre los poetas y sus musas. Machado, Bécquer, Gerardo Diego, Ridruejo… han paseado y cantado a Soria a lo largo de sus vidas. Vamos a dedicar un par de días en visitar esta ciudad, casi desconocida para la mayoría de las gentes y que tan próxima resulta a quienes la hemos disfrutado.
Soria no puede entenderse sin la épica de Numancia. La ciudad arévaca de Numancia –algunos dicen que pelendona- está situada en una muela, delimitada por los picos de Urbión, en el Sistema Ibérico y el Moncayo y por los fosos del Duero y el río Merdancho y es un ejemplo típico de asentamiento castreño. La bronca con los romanos, según algunos historiadores, comienza con el asilo a unos fugados de la tribu de los Bellos. Los numantinos dieron matarile a Quinto Fulvio Nobilior y sus 30.000 cuates y, claro, eso cabreó y mucho al Escipión, que era un borde del carajo de la vela y les tuvo cercados por espacio de trece meses, el muy burro. Los numantinos, que también tenían lo suyo, les dio por matarse y aquello, aún se recuerda, como una gesta contra el poderoso imperio.
Hoy, superado felizmente, el empecinamiento de los nuevos escipiones, el sitio de Numancia se ha librado de la presencia de un polígono industrial hollando la gesta de nuestros antepasados.
El Duero baja lentamente en dirección a la capital. Tras pasar las ruinas de la heroica población se adentra ya en tierras de la capital. Aquí aparece la curva de ballesta del Duero, cantada por don Antonio:

¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria mística y guerrera,
hoy siento por vosotros en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor!

¿Qué más se podría añadir?. Tan solo el silencio y la rumia de todos y cada uno de sus versos.

ARCOS

Siguiendo el río llegamos a lugares tan emblemáticos como los Arcos de San Juan de Duero, San Saturio, San Polo, el Soto Playa y la sierra Santa Ana. Si apuramos un poco más la marcha llegaremos a la Sequilla, Valhondo o Valdebecerro, ya camino de Los Rábanos. Pero no nos alejemos tanto…

san saturio

Comenzamos una ligera tertulia, con los abueletes mientras vamos andando. Aquí, Juan Antonio Gaya, nos habla del Santero de San Saturio. Vemos árboles grandes (chopos, sauces, fresnos, abedules; otros arbustos (majuelos, rosales, endrinos) y lianas (madreselva, lúpulo, zarzamoras…). Junto al agua juncos de lago, platanarias y sumergidas adelfillas, salicarias, malvaviscos. De vez en cuando el salto de una carpa nos recuerda la vida interior del río. Bogas, carpas, barbos, cangrejos…
El enclave de San Saturio es la joya de los paseos sorianos. Su enclave y el roquedal sobre el que está construido atraen a los sorianos de un modo especial. Desde San Saturio, en el mismo margen, se encuentra el monasterio de San Juan de Duero, especialmente recordado por sus arcos románicos. El monasterio templario, que posteriormente pasó a la orden de San Juan de Jerusalém, presenta un claustro, al aire libre, con cuatro tipos de arcos: unos son románicos de medio punto, otros son apuntados de herradura. También los hay calados entrecruzados y secantes.
Frente a la ciudad el Monte de las Ánimas, que nos trae recuerdos de Gustavo Adolfo y sus Rimas y Leyendas: Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

vista_miron

Ya en la ciudad nos acercamos hasta El Mirón; otero desde el que se ve una imagen bucólica del paisaje y de la naturaleza que rodea a Soria.
Don Dimas, que es más poético que don Matías queda extasiado con la belleza que se muestra a sus pies. Don Matías nos insta a llegarnos hasta el centro de la ciudad. Quiere ver otro tipo de monumentos. Seguramente se refiere a ambos dos Tubos; la zona de vinos por antonomasia.
Descendemos hasta la carretera que nos lleva al Palacio renacentista de los Condes de Gómara, sede de la Audiencia Provincial. Desde allí, y bajando hacia San Juan se puede ver la Concatedral.
Oiga Soria, ¿y cómo es que la catedral está en El Burgo en lugar de en la capital?
¡Ah, amigo!, eso lo podría explicar mejor el Navegante. Al parecer hubo sus más y sus menos entre los burgenses y los sorianos y, tuvo que ser el propio Papa de Roma, quien diera la razón a los primeros.
Bueno, Soria, ¿no cree que ya está bien de literatura? ¿Cuándo vamos a visitar los famosos Tubos sorianos?
Ahora vamos, don Matías. No se acelere. Mire subiendo esa cuesta se llega hasta la entrada de los Tubos. Primero veremos Santo Domingo, que nos pilla al paso y luego ya entramos en la parte histórica donde están El Collado y los dos Tubos.

SANTO DOMINGO

La iglesia de Santo Domingo, tiene una portada, con un rosetón grandioso y se constituye en el mejor románico de toda España. Así, con un par. Está construida en una piedra rosácea y presenta, al decir de Gaya, “una distribución decorativa riquísima que es la más homogénea y armoniosa de toda la Península”.
Pero oiga, Soria ¿qué coño hacen los tres Reyes Magos metidos en la misma cama? Para mí que esto es arte románico pornográfico.
¡Qué sé yo, don Dimas! Se lo encargarían así al cantero; o igual es una licencia suya. Ya sabe que, en la catedral de Cáceres, enseñorea el escudo del Athletic de Bilbao en todo lo alto. Los canteros, en esto de dejar su firma, siempre han sido muy suyos…
Como lo prometido es deuda, bajamos en dirección a El Collado por la calle de de la Aduana Vieja y vemos el instituto Antonio Machado, donde dio clases de francés don Antonio. Un poco más abajo, y en la acera contraria, el palacio de los San Clemente, donde tiene su residencia nuestro común amigo Álvaro de Marichalar, que ahora está de travesía desde el Japón hasta la Florida y no le podemos visitar. Bien que lo sentimos.
Es simpático Alvarito, ¿verdad, Soria?
¡Ya lo creo! Y algo zascandil, todo hay que decirlo. Pero es muy buena gente.
Llegamos por fin a El Collado y bajamos hasta la Plaza de Herradores para que los abueletes puedan recorrer la calle en su totalidad. En cada casa un bar y en cada bar una promesa de buenos pinchos y raciones y un vino goloso que se nos antoja escaso. Don Matías quiere entrar en todos los bares, pero le hemos convencido de que una de las dos aceras hay que dejarla para la tarde.

Soria__Plaza_Mayor_02_thumb_l

Nos llegamos hasta la plaza Mayor soriana. Nos apoyamos, para verla en su totalidad, en el acceso a la calle Zapatería, en la zona llamada El Cuerno, que es donde se situaban los toriles cuando la plaza servía para festejos taurinos. De izquierda a derecha la Casa del Común, donde se conservan los fueros entregados a los sorianos; la iglesia de Nuestra Señor la Mayor, la mal llamada Torre de doña Urraca, o palacio de los Beteta, el palacio de la Audiencia y en el centro de la plaza la fuente de Los Leones, verdadero pegote horroroso del que los sorianos parecen muy contentos. Frente a todo ello, el palacio de los Doce Linajes que ahora es el ayuntamiento.
Frente al ayuntamiento hay un par de bares-restaurantes en los que no hay forma de arrancar a don Matias. Nos decidimos por el Mesón Castellano en el que, nada más entrar, se acodó don Matías y no conseguimos arrancarlo de allí hasta que se comió tres torrenillos y un par de tanques de tinto. ¡Madre mía, este hombre, el saque que tiene! Cuando el maitre nos acompaña a nuestra mesa es cuando, finalmente, nos cree que íbamos a comer.

pecho

Allí, uno tras otro, fueron cayendo diversas glorias gastronómicas: unos torrenillos para abrir boca, un picadillo al muerto que estaba de lujo, unas costillejas de lechazo y unas migas bastante bien hechas. Finalmente un cuarto de cabrito asado y, para finalizar, una porción por barba, de tarta costrada. Dos cafés, unas cuantas copejas de aguardiente y un par de Farias que nos fumamos en uno de los kioskos que existen en la Alameda de Cervantes, bajo un plátano grande, de generosa sombra.

Digo yo, Soria, que no me extraña que don Antonio escribiera un poema a las moscas. ¡Vaya cantidad de ellas que hay en toda la alameda!
Es que ya barruntan las uvas en sazón, don Matías, y se ponen algo modorras.
No sé como al alcalde de Soria no se le ha ocurrido poner un impuesto por el uso y disfrute de las moscas. Seguro que se forraba.
Eso, dele usted ideas, ande…
A la tarde paseamos ambos dos Tubos, el estrecho y el ancho, que surgen de la plaza de San Clemente, donde nos acercamos a visitar la llamada Casa de la Inquisición y vimos, por fuera, el palacio de los Río y Salcedo, ya en la calle de la Aduana Vieja. Nos acercamos al mercado y callejeamos todo el centro histórico, del que, la desidia de los continuos alcaldes ha permitido todo tipo de tropelías en sus fachadas. Cables aéreos, cables telefónicos por todas las fachadas, cartelería de todo tipo sin ninguna uniformidad, etc.
¿Y no habló usted de ello con el alcalde actual, Soria?
Pues lo intenté. De hecho le envié una carta, dado que prometió que contestaría a todos los sorianos que le hicieran algún tipo de pregunta, pero nunca recibí respuesta. Ya saben ustedes, prometer hasta meter… que dice el chiste.
¡Pues vaya!
Han dado las siete de la tarde y, pasito a pasito, se ha hecho la hora de tomarse unos vinos. Don Matías se muestra contento.
La tarde promete, Soria. Menos mal que dejó usted el oficio de cicerone hasta mañana.
Hombre, don Matías. Mi intención era que conocieran ustedes la capital.
No, si es muy hermosa. Pero ya sabe que a mí, y a este ganapán –dice por don Dimas- lo que nos gusta es el alterne. Que para monumentos las sorianas que van pasando…
Cenamos en Casa Augusto, -¡Cualquiera le dice a don Matías que perdone la cena!-. Yo pensaba en algo ligero, más por la edad de mis amigos que por mí mismo. Pero, ¡quiá!. Tomamos un Pie sucio relleno, que es una manita de cerdo deshuesada y rellena de picadillo y ciruelas con salsa de hongos y, de segundo plato, un pecho de cordero podrido, con su tomillo y su romero, hecho al horno y pasado luego por la parrilla. De verdad que para quitarse la boina. ¡Cómo no cenaríamos que los abueletes no quisieron postre!. Esto es de nota…
Tras tomar unos cafés y empujarnos media botella de aguardiente fuimos disfrutando de un puro hasta el hotel que habíamos cogido en las afueras. El paseo nos hizo mucho bien y pudimos, con más suerte de la que merecíamos, llegar al descanso sin reventar. Mañana más, que estos dos “chavales” son incansables.

Anuncios

2 Respuestas a “EL DUERO SORIANO III. LA CAPITAL. PRIMER DÍA

  1. Fresita Magenta

    D. Ángel… Hace unos años yo tuve la inmensa fortuna de compartir nueve cortas horas con D. Miguel Moreno, cronista oficial de la ciudad de Soria. Fue con ocasión de un homanaje que brindamos a Machado en “su ciudad”… Era un hombre magnífico con el que disfrutamos un montón recorriendo todos los rincones de Soria y, sobre todo, con sus explicaciones. Usted me lo ha recordado con su estupendo recorrido.

  2. Fresita Magenta

    Veo que no se anima Ud. a opositar… a cronista mayor de la ciudad.