EL DUERO SORIANO II. SAN ESTEBAN DE GORMAZ

Hemos decidido que, para no hacer tanto viaje de ida y vuelta, vayamos viendo los distintos pueblos en orden alterno, primero el más lejano y al día siguiente el más cercano. Así ahorramos viajes en automóvil a lo tonto. Hoy, por lo tanto, nos toca San Esteban de Gormáz, el siguiente pueblo desde Langa en dirección a Soria.
San Esteban de Gormaz es, con mucho, el pueblo más alegre de todos los municipios sorianos. Los santestebeños son, de por sí, muy dados a la juerga y a alternar en los bares, que siempre están de bote en bote. Los bares de San Esteban de Gormaz son muy pincheros y taperos y siempre tienen el torrenillo –emblema de la provincia- a mano. También gastan buen vino por estas tierras. Vino de denominación, pero al que no tiene nada que envidiar el vino de gasto que se hace en cada una de las bodegas privadas. Este, como ustedes comprenderán, es más de mi gusto. En San Esteban hay muy buen pan. Hay varias tahonas y panaderías en el pueblo y hacen una hogaza bien cocida para lo que ahora es norma. Hay una panadería, la del Cagalera, a la que nunca he acudido. No sé… esto de la publicidad al final tiene más valor del que se le da. Eso de meterte en una panadería que se llama El Cagalera, da como cosa ¿no les parece? Otro tanto le pasa a El Burgo de Osma, que tiene un electricista que se apellida Espeso. Espeso Espeso y al que llaman, como no podía ser de otra manera, El Espeso. Claro, que en este caso te viene dado por el apellido… pero mira que El Cagalera.
San Esteban está situado en la Ruta de la Lana, ruta jacobea que enlaza las localidades de Monteagudo de las Salinas, en Cuenca y Burgos. También pasa por San Esteban el Camino de El Cid, por donde pasó don Rodrigo en su destierro. Su término municipal es muy extenso y administra hasta 18 localidades. San Esteban ha conocido asentamientos humanos desde siempre. Vamos, yo creo que ya, en la Prehistoria, ya había un Bomba sirviendo cañas. Del paso de los árabes por estas tierras queda incluso la denominación anterior, Castromoro. San Esteban es, posiblemente, zona fronteriza desde siempre. Ahora también lo es entre Segovia y Soria. La línea del Duero es lo que configuró, en el escudo soriano, su lema: “Soria pura, cabeza de Extremadura”. No es que esté sobre la región extremeña; no. Es que Extremadura hace mención a su situación fronteriza.
En 1187 se celebran en San Esteban las primeras Cortes de Castilla, siendo a finales del siglo XIII cuando logra su mayor esplendor con 3000 habitantes, cuatro parroquias y dos monasterios situados allende el Duero.
Buen pueblo este, ¿eh, don Dimas?
Ya lo creo, menudo ambiente más bueno hay en la calle
Don Matías cree que no deberíamos alejarnos de la plazuela que forman las escuelas. Del restaurante La Rivera del Duero, con uve, como si fuera la Riviera francesa, sale un aromático olor a lechazo que le mantiene turbado.
Este hombre es un tripero, dice don Dimas.
Finalmente conseguimos arrancarlo de la plazuela y paseamos la villa. Ascendemos hasta el punto más alto del pueblo para ver las dos iglesias románicas del pueblo; la de Nuestra Señora del Rivero y la de San Miguel. Esta última es más hermosa y se conserva mejor. La del Rivero, por su parte ha sufrido innumerables restauraciones que han terminado por conservarla, casi, medio alicatada. ¡Qué lástima!, con la de cárceles que hay en el país y los responsables de patrimonio siguen paseando libremente mientras continúan destrozando nuestros edificios.
La iglesia de San Miguel se construyó finalizando el primer milenio y se constituye en el primer románico de la provincia. Como casi todo el románico de la zona tiene una galería porticada que está orientada al sur. Es normal, en una zona fría, que la orientación sea al sur pues allí se reunía, en concejo, el pueblo para determinar sus necesidades. La base de la iglesia está asentada sobre algunas estelas iberas. Su parte alta, en cambio, está rematada en ladrillo.
La iglesia del Rivero, ya se dijo antes, está excesivamente restaurada. Es de finales del siglo XII y está construida sobre un templo anterior. La iglesia del Rivero sufrió, hace varios siglos, un derrumbe producido por un terremoto que asoló la zona. En el siglo XVI se añade un arco plateresco en el que se alude al milagro del Vado del Cascajar, cantado en las Cantigas de Alfonso X. Según este relato se cuenta que el caballero Fernán Antolínez yendo en la mañana de Pascua a incorporarse en las huestes del conde de Castilla, García Fernández, oyó tocar a misa en el templo de Nuestra Señora del Rivero y, entrando a oír el rezo dejó el caballo amarrado a la puerta del atrio. Salió después de haber oído tres misas y, al tomar el caballo y las armas para dirigirse al campamento, le anunciaron que se había realizado la batalla quedando victoriosas las tropas cristianas.
Pensando que atribuirían a cobardía su tardanza quedó indeciso de presentarse al conde, pero se resolvió a hacerlo, recibiendo la agradable sorpresa que el conde le dio, al saludarle, con estas palabras: «¡Por ti hemos tenido feliz día, Pascual! ¡Vivas muchos años!». Desde entonces cambió su nombre haciéndose llamar ¡Pascual Vivas!, en memoria de este fausto acontecimiento.
Según la Crónica General y el Romancero, mientras Fernán Antolínez permaneció en el templo del Rivero, asistiendo a la misa y pidiendo a Nuestra Señora su protección, un mensajero divino, un ángel del cielo tomó la forma del piadoso caballero y esgrimiendo sus brillantes armas derribó al jefe de los infieles en el paso del Vado de Cascajar. El hecho sucedió, no en el Convento de Santa Olalla, según afirman algunos, porque desde él no se podía ver la pelea, como dice la Historia General, sino en el de Nuestra Señora del Rivero, que está encima del Vado.
Cuando murió Antolínez dejó encargado que lo enterrasen en el Templo de Nuestra Señora del Rivero. El epitafio del sepulcro dice así. “Aquí yace ¡Vivas Pascual! cuyas armas lidiaban oyendo misa…”.
O sea, Soria, que el tal Antolinez, que se fue de varetas al ver a los moros, quedó como el salvador de la villa ¿no?
Bueno, don Matías, usted siempre simplifica las cosas. Al final, parece ser, que gracias a la Virgen y al esfuerzo de Antolinez, se ganó la batalla, que era de lo que se trataba.
Sobre el Duero pasa un puente medieval que, debido al intenso tráfico de la nacional que enlaza la A-1 con Soria, ha visto desaparecer los apartaderos triangulares y semicirculares que poseía en origen, como los que aún conserva el puente de Langa. También desapareció la torre donde contenía la hornacina de la Virgen de la Cántara.
Lo que yo le digo, Soria, dice don Dimas. Mucha modernidad, muchas obras y, al final, se acaba destruyendo todo el Patrimonio, mientras los golfos encargados de ellos se forran de comisiones.
Pues así es, don Dimas. ¡Pero qué le vamos a hacer!
En la Pacituela hubo, en su momento, otra iglesia, esta parroquial, llamada de San Esteban. La placituela antaño conocida por Plaza de los Cerdos, porque en ella se llevaba a cabo el mercado del cerdo, databa del siglo XII. Algunas piedras se utilizaron para la construcción del campanario de la iglesia actual y el resto se vendió a un catalán que la trasladó a Camprodón. Si hubiera sido al revés ya estarían los catalanes pidiendo su devolución, como los papeles de Salamanca, pero esto es Soria, y aquí todo se da por perdido incluso antes de reclamarlo.
En esa iglesia había una pintura al fresco de la cena de Jesús en casa de Simón, el leproso, y fue visitada por el rey Felipe IV en 1660.
En el actual hotel El Convento hay un hotel muy vistoso y de mucho lujo. También se localiza, en este lugar, el monasterio de san Francisco, donde las hijas de El Cid se alojaron tras el triste acontecimiento del Robledal de Corpes. El Cantar dice que “Los de SantEstevan siempre mesurados son…”
En la parte más alta del pueblo quedan restos del magnífico castillo de San Esteban, del que hoy solo queda un lienzo o tapial. También el Cantar deja dicho “Un castiello tan fuort” y de la ciudad “que es una buena cibdad”.
Bueno, Soria, ya vale ¿no?, que parece usted un guía de esos para guiris. ¿No le parece que es el momento de tomarse unos vinos?
Claro que sí, don Dimas. Allá vamos.
San Esteban tiene, al menos dos abrevaderos, de gran categoría: El Arco, en la muralla que da a la carretera de Ayllón y Riaza y el mencionado Rivera del Duero; este ya en la plazuela frente a las escuelas. En el primero trabajan muy bien la parrilla. Su especialidad, a la hora de tomarse unos pinchos, es la oreja de cerdo cocida y luego albardada. Está realmente tierna y resulta exquisita. Carnes y pescados son magistralmente asados a la parrilla. Los fines de semana, sobre todo, suele estar siempre lleno ofreciendo un ambiente único.
La Rivera del Duero, por el contrario, tiene una buena barra pero, es el restaurante, lo que destaca. La cocina es bastante elaborada y, además del lechazo que tan obnubilado tiene a mis abueletes, ofrece un lomo de corzo del país con trufa que vuelve loco al más cuerdo. Buena cocina de setas en temporada y, como no podía faltar, una buena parrillada de chuletillas. Las manitas de cordero, las mollejas, los riñoncitos a la plancha dan a conocer las delicias del cordero ojalado. Del cerdo, como puede suponerse, todo: el picadillo, las morcillas –con el permiso de doña Pilar M. Sancho- mejores que las burgalesas. Toda la caza, las setas, un buen escabechado y un más que apañado surtido de delicias del pato que, en Soria, se cría de buen grado. Los platos fuertes, ya se dijo, son el cordero lechal, el corzo, las carrilleras, la liebre, el pollo de corral con setas, y las perdices. ¡Vamos, que hemos tripitido! durante dos días comiendo y cenando.
Don Dimas y don Matías salen con el cinturón suelto y la color rejuvenecida.
Así es como tiene que comer un cristiano, Soria. Lo demás son zarandajas y dengues. ¡Sí señor!
Vaya, que ustedes, a lo tonto, tienen un saque que para qué…
Para bajar la dieta nos hemos dirigido al parque del Románico, una reproducción bastante así, todo hay que decirlo, de los monumentos de la zona. También nos hemos acercado al Ecomuseo Molino de los Ojos, donde los abueletes han vuelto a sus tiempos viendo aquellos achiperres propios de su juventud.
Bueno, Soria, todo esto está muy bien, pero ya son las ocho y habrá que ir pensando en volver a Langa ¿no le parece?
Como ustedes quieran pero, ¿no les hace una cenita en el restaurante del Rivera otra vez?
¡Hombre!, por no desmerecer. Claro que sí.
Así fue, como pasamos un par de días en San Esteban de Gormaz.

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