EL DUERO SORIANO (I)

Tradicionalmente traigo a este blog una crónica anual de mis vacaciones. El año pasado tocó la zona noroeste de la Península. El Bierzo, país de Juanín y Mise, también de Gaspar, el perro hijo de emperador romano. Finalmente, el país de las tormentas en Cariño, donde nuestra amiga Maru Outeiriño y el condottiere Billotti tan bien saben recibir en su precioso molino. Este año no podía ser menos y, puestos a pasarlo bien, he decidido rodearme de buenos amigos y visitar, pueblo a pueblo, toda la Soria regada por el Duero.
El río Duero es una de las arterias principales de España y, su cuenca, la más grande del país. El río Duero cruza las provincias de Soria, Burgos, Valladolid, Zamora y, tras embalsarse, riega Portugal, desembocando, finalmente, en Oporto. A lo largo de su recorrido se entretiene en bañar y alimentar cepas como un loco. Vinos de la Ribera del Duero, de las Tierras de Castilla y, finalmente, los blancos y ácidos vinhos portugueses. Vamos pues, con la faena, y sepan disculpar la pesadez de este cronista que, harto de pintar ventanas, se pasa al teclado para huir de la monotonía, de la brocha y de Mutriku. Muchas gracias.

DURUELO DE LA SIERRA. Nacimiento del río Duero

Aquí me tienen ustedes -¡quién lo diría!- vestido con un pantalón corto y una pequeña mochila pateando la sierra de Urbión para descubrir el nacimiento del río Duero. La hazaña, pues hazaña es conseguir moverme a mí de Langa en vacaciones, la han conseguido unos buenos amigos para quienes no pasan los años: don Dimas y don Matías que se han venido a veranear al pueblo. Ver a estos dos abueletes tan ilusionados con la excursión ha supuesto para mí un imput, que dicen ahora los nietos de aquellos tecnócratas de nuestra juventud.
Subimos despacio -más por mí que por ellos- y vamos ascendiendo desde la pista asfaltada que sube desde Duruelo de la Sierra, el primer pueblo que baña el río. De allí, parte un camino que, al poco rato, alcanza la orilla de la Laguna Negra y por el que vamos a subir hasta la Muela de Urbión, que casi alcanza los 2.300 metros. Si acaso palmo por el camino les dono a ustedes mi colección de discos de Mirinda y la de discos del coñac Fundador donde, como en la serie de Cuéntame cómo pasó, arranca mi vida musical.
La zona más visitada de Duruelo y sus alrededores es la Laguna Negra. La laguna pertenece por igual, digan ellos lo que digan, a Vinuesa y Covaleda. Es una laguna glaciar lo que da idea de cómo deben de estar de frías sus aguas. Dice la leyenda que la Laguna Negra no tiene fondo y que, a través de cuevas y corrientes ignotas, comunica con la mar; yo creo que lo que no tiene fondo es la capacidad de inventiva de nuestros paisanos. Don Antonio, el maestro, al que allende Soria llaman Machado, recreó aquí su Leyenda de Alvargonzalez. La leyenda es un remake pedestre y asilvestrado del Rey Lear, trata de un rico campesino y de la avaricia de sus herederos. Esta es una temática que, pese a lo mucho que se ha escrito, sigue en nuestro ADN –en el de los humanos, en general, quiero decir- y no parece que vaya a cambiar, sino todo lo contrario. Hay otras lagunas –la Helada o la Larga, por ejemplo- pero es la Laguna Negra la que todo turista que se precie quiere visitar. Se conoce que Alvargonzález sigue alimentando la leyenda.
Caminamos los paisajes que la circundan y vemos a uno y otro lado, pinares y pasto. El pino Alvar, (yo creo que don Antonio tomó del pino el nombre de su protagonista) es el rey de la zona. La madera es comunal y eso se nota en la limpieza y en la numeración de los árboles. También hay manchones de hayas, rebollos, quejigos, abedules, robles y algún que otro acebo. En Vinuesa se localiza la mancha más meridional del mundo de pino uncinata, ese que tan solo crece en canchales y quebradas. Según vamos ascendiendo van apareciendo matorrales de brezo, unas veces de color rojo y otras de color violáceo bellísimos. También se cría la olorosa y pegajosa retama de flor blanca. Algún piornal y abundantes enebros rastreros aparecen también a lo largo y ancho del paisaje. Ya hemos dejado atrás las dehesas con su pastizal de pradera y verdes prados donde, de vez en cuando, las vacas hacen sonar dolientemente sus esquilones. Son vacas gordas, grandes, del color de la canela, propio de la raza limousina. Aquí no hay vacas frisonas; o al menos yo no las vi.
Cuando las copas de los pinos lo permiten no es difícil adivinar la presencia del buitre leonado, el señor de los cielos, siempre oteando una carroña. También pueden verse águilas reales, gavilanes y algún que otro azor que se distinguen perfectamente por la figura de su cola en forma de lazo francés. Esta definición es un recuerdo a mi padre, Antonio, que era carpintero y definía así al ensamble de los cajones. Permítanme la cita. Gracias. Ladran los ciervos y los corzos, estos más abundantes que aquéllos. Cuchichean la perdiz roja y la pardilla. Chochea la sorda y hozan los jabalíes. Alguna liebre y el asustadizo conejo salen al paso, asustando a don Dimas, que es menos silvestre que don Matías. En la claridad de los regatos se pueden ver truchas y cangrejos. También algún barbo nadando contra corriente.
Aquí es donde coge los migueles mi amigo Aldea.
Se dan bien ¿no?
Ya lo creo. Yo pienso que deberíamos haber invitado al Navegante para acompañarnos.
Ni pensar, dice don Matías. Yo con gente mayor no subo, que son muy pachorrones.
Pero si Aldea es más joven que usted; ¡y tiene una marcha que para qué!
Ya, pero va como los lebreles, buscando entre las matas y en los hacecillos de las tarambujas los marzuelos, los níscalos y los migueles. Y así no hay quien prospere en la ascensión.
Oiga, Soria, esto de tarambujas ¿qué es?
Verá usted, don Matías, tarambujas se dice, en la zona segoviana de Fuentepelayo a las agujas de los pinos.
¡Ah!, usted perdone, pero como estamos en un país, y usted nos habla del idioma de otro, no hay quien lo entienda.
Pues ustedes perdonen.
Llegando a la cima vemos, desde la parte más alta, un paisaje excepcional. Zonas erosionadas por los vientos y el clima y, en el valle, un tapiz de manto verde inmenso.
Oiga, Soria. Usted que es de aquí. Esto cuando debe de resultar una gozada verlo es en otoño, cuando las hayas tomen ese color encarnado tan característico.
Efectivamente, don Dimas. Se producen unas tonalidades muy bonitas y cambiantes. Miles de tonos de verde, el ocre de algunas ramas y el rojizo de las hayas y otras leñas que desconozco. De entre los árboles siempre se eleva un manto de niebla que te cala los huesos. Es una zona muy fría pero también muy sana. Cuando nieva, o está todo helado, da gusto venir por las trochas y las cañadas medio patinando y medio arrastrando el culo por las cuestas.
¿Y usted dice que hasta aquí sube Aldea?
Pues sí señor. Hasta aquí mismo. En esta peña, sentado, y con la Laguna Negra a los pies, suele disfrutar de un paisaje único.
Pues si hace tanto frío, va a ser de eso de lo que perdió el pelo. ¿No cree?
Pues igual sí. ¡Vaya usted a saber!
Si les parece a ustedes podemos ir sacando el almuerzo.
Y el vino, dice don Matías, siempre preocupado por hidratarse convenientemente.
Trajo usted el sacacorchos ¿verdad, don Matías?
¿Quién, yo…?
Eso quedó a su cargo, Soria. Está usted de un modorro que no sé…
Que era broma, don Matías. No se preocupe que por aquí lo tengo, guardado junto con el abrelatas.
Con esas cosas no se bromea, Soria.
El cielo está de un azul inmaculado. Hace mucho calor, es cierto, pero a la sombra de un pinazo enorme desplegamos el mantel y vamos depositando el almuerzo. Una vuelta de chorizo, unas costillas adobadas, un trozo de panceta en su adobo, unos muslos de pollo escabechado y una hogaza de pan sobao. Don Dimas corta el chorizo, con una maña, que da gusto de verlo. Rodajas gordas, generosísimas y las va depositando sobre un plato de forma parsimoniosa. No hay prisa. Don Matías ya le ha dado un par de apretones a la bota. Para mí que como siga tan dispuesto al trago vamos a tener que bajarlo en andas, como al Santo. Corto el pan a pellizcos, grandes dejando los canteros enteros. Cada uno, con su navajita, puede depositar sobre el cantero de pan la tajada apetitosa y reconfortante.
¡Qué malo es el hambre!
Y usted que lo diga, Soria… Y usted que lo diga.
Después de almorzar nos acercamos hasta el manadero del que, presumiblemente, nace el Duero. Don Dimas se nos ha adelantado y ya está, tumbado en el suelo bebiendo de él. Don Matías le hace una broma tradicional.
¿El doctor Livingston, supongo?
El doctor cojones, dice don Dimas malhumorado…
Aquí empezamos una pequeña charla en la que yo, pedante para no variar, trato inútilmente, de dar mi opinión acerca de la partícula “ur” del idioma de los pueblos iberos de estas tierras. Ur, en vascuence, que yo creo que es el mismo idioma que el de los iberos, significa agua. De hecho existe un río, el río Ura en el valle de Covarrubias que tiene ese nombre.
Pamplinas, me dice don Dimas. Duero proviene del latín Durius flumen, así lo dejó escrito Ptolomeo y lo que escribió don Ptolo va a misa.
Bueno, don Dimas. Para usted la perra gorda; que no vengo yo aquí a discutir con usted.
¡Ah, bueno!, dice don Dimas cortando toda discusión.
¿Qué, vamos bajando?. Mientras llegamos a Duruelo se nos pasan un par de horas y, aunque estemos bien servidos con el almuerzo, les recuerdo que nos esperan unos judiones con sus sacramentos que quitan el sentío, que dicen los andaluces.
Vamos pues, no vaya a ser que éste -por don Matías- termine el vino y se nos muera de sed.
Caminando, un pie tras otro, por espacio de hora y media llegamos a Duruelo de la Sierra, que es partido judicial de Soria y está enmarcado en la Comarca de Pinares y en la Diócesis del Burgo de Osma. Estos datos puede que a ustedes no les interese pero, como son de balde, igual les hace apaño. Duruelo de la Sierra es un pueblo hermoso. Con buenas casas de piedra y bastante oferta hostelera para lo que se estila por estas tierras. Antes de comer paseamos el pueblo. El Duero, en Duruelo, recibe las aguas del río Triguera donde, si tiene usted mucha suerte, pero mucha, mucha, puede contemplar alguna nutria. Yo creo que ya no quedará ninguna. No sé… Igual alguna libró de los cantazos de los muchachos. Garduñas, ardillas y lirón careto sí que pueden verse de forma habitual pero las nutrias, ya digo, ni creo que quede alguna. En las márgenes del río lo que sí que abunda son los sapos comunes y los parteros; también las ranas -tanto la común, como la de san Antonio-; el tritón; la salamandra y, en las zonas secas, hermosos y gordos lagartos que ahora está prohibido comer pero que, en su momento, eran un plato muy considerado. También hemos visto la culebra de agua o viperina y la lisa meridional que da mucho más yuyu que la de agua. Igual luego no te hace nada; pero acojona lo suyo.
La industria más extendida en Duruelo -superior incluso que la hostelera y turística- es la de la madera. El bosque duruluense está acogido a la denominada “Suerte de pinos” que es el modo tradicional de gestión del bosque. Esta suerte de pinos ha evitado los incendios que, en otras latitudes son tan habituales, ya que el suelo del bosque está cuidado y sin ramajes que provoquen la artera llama que termina, fatalmente, en desastre. La suerte de pinos es un privilegio de posesión comunal que se remonta a las Cartas pueblas concedidas a los pobladores para asentar su presencia. Es en 1288 cuando Fernando III, el Santo, concede estos derechos de explotación comunal a los que fuesen a poblar el valle del río Gomiel. Estos derechos fueron confirmados posteriormente por los demás reyes que iban subiendo al trono.
O sea, dice Don Dimas, como los vascos con el pufo ese del que habla Mikel Buesa, o como los navarros con el fuero.
Algo similar. Es que Castilla, como tierra despoblada y siempre fronteriza entre árabes y cristianos, tuvo que tener este tipo de amejoramientos para asentar la población. Si los castellanos hiciéramos valer todos y cada uno de los aforamientos que se nos concedieron…
Bueno, bueno, sigamos que ya va entrado el hambre.
Si a ustedes les parece nos acercamos hasta la Cueva Serena y el Castroviejo, lugares muy peculiares donde se rodaron películas y series de televisión. Es un paisaje único y seguramente nos recordarán escenas inolvidables.
¿Qué películas, Soria?
Bueno, la más famosa, desde luego, fue El Doctor Zhivago, que se rodó en toda la provincia de Soria y El rey de la montaña que se rodó en los pinares. En las películas en que se recrean escenas de pinares siempre salen Duruelo o Valsaín, el pueblo de Fuentetaja.
¡Coño!, ¿Alex Fuentetaja? ¿el de BioValsaín?
Ese mismo. ¿No sabían ustedes que es un muy buen amigo mío?
Pues sí; sí que lo sabíamos. Pero como usted siempre saca al Aldea y nunca a Fuentetaja.
Hombre, es que Alex vive más lejos y nos vemos menos. Aunque hablamos por teléfono casi a diario.
Pues como les decía aquí se rodaron muchas escenas también de Curro Jiménez.
¡Anda…!
En Castroviejo paseamos la pradera y bebimos agua de su fuente. Visitamos la cascada, que por estas calendas es más una ilusión que una realidad. Nos gustó especialmente el paseo por entre las rocas erosionadas que presentaban formas curiosas. Aquí, como en la contemplación de las nubes, cada uno encuentra una similitud. Yo creo que es más la necesidad de encontrar la similitud que lo que, en realidad, descubrimos. Llegamos hasta una balconada donde se contempla un paisaje único de un mar inmenso de pinos. De vez en cuando, y a lo lejos, se adivinan los pequeños pueblos desperdigados de piedra con sus chimeneas cónicas tan diferentes de otras latitudes.
Oiga, Soria, ¿y si vamos para el restorán?
¡Ay, don Matías. Cómo se nota que se acabó el vino de la bota!
No pensará usted que vengo ajumado ¿No?
No, hombre; no. Pero ¿a que le apetece un trago?
¡Hombre!, eso nunca se rechaza.
Nos habíamos decidido por el hotel restaurante Casa Rómulo, un edificio de piedra y algo blasonado que tenía un amplio salón con un ambiente rústico un poco a lo Falcon Crest. La carta era toda una invitación al colesterol. Ya habíamos encargado unos alubiones que nos sirvieron con sus tropezones de chorizo, oreja de cerdo y buena panceta. Como segundo plato pedimos el ajo carretero, unos pimientos rellenos de boletus que compartimos y un solomillo de cerdo con guarnición. Tres botellas de vino tinto y una clarete de la Ribera del Duero, una por cabeza, –ya saben ustedes que yo el tinto de esta denominación no lo pruebo- y unos cafés con sus correspondientes copas de aguardiente dieron paso a una tertulia prolongada donde, cada uno, dimos cuenta de dos farias.
Así da gusto, ¿verdad don Dimas?
Y ¡Viva el Rey! ¿Eh, don Dimas?
Y su yerno, contesta el abuelo con socarrón sarcasmo.
Mientras fumábamos en la terraza (dentro está prohibido, claro), charlamos con los empleados que iban y venían. En Duruelo se baila y se festeja san Miguel Arcángel y los Cristos, que es la denominación de la festividad del Santo Cristo de las Maravillas, que se celebra a mediados de septiembre. El ayuntamiento –de lo que no cuesta se llena la cesta- regala un jamón a cada peña. No lo regala el alcalde de su bolsillo, claro, sino del peculio municipal. Por Santa Marina, 17 y 18 de julio, también hay fiestas. Duruelo es pueblo festero y danzarín. ¡Hacen bien, qué coño! En Duruelo se baila La Rueda, como en tantas localidades sorianas. Antes no. Antes se perdió con esto de las modernidades y el baile a lo suelto; pero ahora lo recuperaron y están de lo más ufanos con su jota autóctona. Hay otra festividad, ésta en la madrugada del sábado al domingo santo, en que los quintos cuelgan al Judas. Este Judas suele representarse por un pelele vestido con un mono de trabajo relleno de paja. Antes del pregón de fiestas, el 13 de septiembre, se pinga el mayo, que es tradición en casi todo el país de los Pinares.
Después de fumar y charlar largo, pero no tendidos, nos repusimos de la caminata y dirigimos nuestros pasos a lo que nos quedaba por ver: la necrópolis, que han convertido en una especie de parterre municipal de la muerte y el puente romano, que está en una zona llamada Las Tozas y que conserva un pequeño puente en bastante buen estado. Regresamos al pueblo y, ya en la plaza, observamos el ayuntamiento y las escuelas, sus edificios más representativos.
Lo hemos pasado bien, ¿verdad, amigos?
Pues sí, Soria. Muy curioso y sano esto de los pinares… Y ahora ¿qué? ¿A Langa? ¿O dormimos por la zona?
Pues ustedes verán. Si quieren podemos quedarnos aquí y cenar un yogurt o una tortilla francesa, o bien vamos a Langa y nos comemos una buena parrillada de chuletillas que tengo en la fresquera.
¡Hombre Soria!, eso es jugar con ventaja ¿No le parece?
Pues claro, don Dimas. Pero creo que a don Matías y a mí mismo nos va más la chuletilla que la tortilla.
¡Toma, y a mí!
Pues hala, que para luego es tarde. Mire, don Dimas. Ahí está el maitre del restorán que le está diciendo adiós con la mano.
Buena gentes esta de Pinares ¿eh?
Ya lo creo. Muy buena gente.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.