UNTA TARDE CON EL PADRE ALDEA. CURA DE PUEBLO

cura

El presbítero de la catedral de El Burgo de Osma, el padre Aldea, visita todas las tardes a sus feligreses enfermos o imposibilitados. El padre Aldea es, desde siempre, cura de pueblo. Sus andares son de cura de pueblo, sus hábitos de frotarse las manos, de pasear arriba y abajo la calle Mayor, son hábitos de cura de pueblo. Su sotana, su boina, su bufanda negra, desflecada y algo brillante, son típicas de cura de pueblo. El padre Aldea es, por así decirlo, el prototipo de cura de pueblo.
¿Hace una jícara de chocolate, padre Aldea?
Quite, quite, hermana. Esas son costumbres de curas postconciliares. De curas de esos que se visten como el padre Peyton y que huelen a Varon Dandy. Lo mío es un buen trago de la bota y un torrenillo.
Pero padre, si han dicho por el televisor que el cerdo hace daño a las diversas tuberías del cuerpo. A saber: la arteria íntima; la media; la externa o adventicia y a ambos dos intestinos.
¡Bah!, paparruchas. Si Dios Nuestro Señor, que siempre es justo y necesario, hubiera discernido que el cerdo ibérico; nuestro negro cerdo de montanera fuese malo para los cristianos lo habría situado en tierras moras y no aquí, en la tierra de María Santísima. ¿Para qué cree usted que Dios Nuestro Señor dotó al campo español de robles, encinas, alcornoques y quejigos? Para que alimenten de gordas y salutíferas bellotas al cerdo ibérico; no para que hagamos gachas; que para eso están las almortas.
Yo le saco a usted un torrenillo, si es lo que quiere, pero cualquier día le va a dar a usted un aire o un torozón y ya veremos qué ocurre entonces.
El Señor dispondrá. Mire usted el ejemplo de San Sebastián. Asaeteado como el Toro de la Vega y no se le ocurrió quejarse. El Señor me lo envía; ¡bendito sea el Señor! ¿Y lo de san Lorenzo qué? Recuerde usted aquello de decirle al moro que el aceite estaba frío y, cuando metió la mano, se escalfó. ¿Cree usted que se quejó? En absoluto. ¡Jódete, infiel!, le dijo. Ahora vas y te untas la mano de tocino de cerdo y Alá te castigará sin montar a las cien mil huríes del Paraíso moruno.
¡Pero… padre!
No hay peros que valga. La Historia de la Religión está plagada de ejemplos de renuncia; como debe de ser. Así pues, ¡venga ese torrenillo!
El padre Aldea acompañaba el torrezno con un cantero de aromático pan sobao y, a ratos, daba unos apretones a la bota que le sacaba hasta la pez.
¡Qué tío, el padre Aldea!
Diga usted que sí, padre; decía el marido de doña Remedios. A mí, porque esta no me deja, sino ya vería usted lo que era un trago de tornillo; de comisura a comisura.
Yo, dijo el padre Aldea, a ese trago le llamo el aspersor. Un trago así sí que limpia la boca y no los locutorios esos de menta
Colutorio, padre. No locutorios; dijo el monágo que recibió, por corregir al padre, una colleja tal que le introdujo la boca y la nariz en la misma taza del chocolate.
De Juan a Pedro, exclamó el padre Aldea elevando ambas dos palmas de las manos hacia el cielo.
Volviendo a lo del cerdo, padre. ¿Usted cree que un católico puede comer cerdo los días de precepto?
Pues según y cómo. Si es cerdo ibérico; si. Si es blanco; no. El cerdo ibérico está bendecido por Nuestro Señor el Apóstol…
¿Santiago?
¡Hombre, doña Remedios! No va a ser el apóstol Mateo que era, además de un descreído, publicano y recaudador de impuestos. El apóstol Santiago. O Santiago Matamoros, como usted prefiera. Ese sí que era un apóstol como Dios manda. Con un par…
Oiga, padre, hoy nos contará la vida de algún santo ¿verdad?
Pues si es cortita, sí. Que tengo que hacer otras dos visitas.
Hoy les voy a contar a ustedes la vida y milagros de san Argimiro, cordobés, como Manolete.
Ese sí que era un torero ¿eh, padre? ¡Qué mano izquierda! ¡Qué quietud en el pase ayudado por alto! ¡Que…!
Calla, mamarracho, le riñó doña Remedios. Deja al padre que nos cuente la historia de san Argimiro.
Pues, como decía, san Argimiro era cordobés y fue martirizado, en tiempos de Mohamed II, que le persiguió con sus sarracenos y, cuando al fin le encontraron, ya mayor y con muy poca salud, fue invitado a negar a Cristo.
¡Y una mierda!, dijo san Argimiro…
¿Pero un santo puede decir y una mierda, padre?
¡Hombre, claro! Con los infieles no hay que tener miramiento. Ya tendrán ellos tiempo de aprender dengues y educación cuando Satanás les arrime el mechero al bandujo.
Pues bien, como decía, no adjuró de su religión y fue martirizado de una manera horrible. Con unas guindillas cayenas le frotaban las hemorroides de forma aviesa y torticera.
¿Qué te parece, Argimiro? –Los moros nunca dan el título de santo a los cristianos- ¿Qué? ¿Pica o no pica?
Oiga usted, Mohamed, esta cataplasma suaviza bastante la piel ¿Podría darme un poco en las durezas de los talones? Es que las sandalias me han hecho una rozadura.
¡Qué cuajo! ¿Verdad, Remedios?, dijo el marido todavía incrédulo de tamaña proeza.
Adjuráis o no adjuráis; preguntó el moro
Reportaos, Mojamed. Sed escrupuloso y respetuoso con la voluntad del Señor y no me obliguéis a pedir al Señor vuestra condena en el averno calentorro y proceloso.
La jarca pedía sangre incesantemente y Mohamed (que ya estaba un poco acojonado con los indignados, esa es la verdad) no tuvo más remedio que darles la sangre que pedían.
La ley del de Alá, por la que gobierno a mis tropas y entre las que reparto los tesoros y las cristianas que prendo me obligan a complacer a mis hombres ¿entendéis, Argimiro, mis argumentos?
¡Anda y que te den! Contestó el santo
De entre la turbamulta salió una lanza que fue a clavarse junto a la tetilla izquierda de san Argimiro. Allí donde Avicena dice que se aloja el corazón y el mecanismo del alma.
De los bordes mismos de la lanza brotó un manantial de miel y crema pastelera. En seguida, la herida se cerró con una fina costra, como de hojaldre, mantequilla, canela y piel de limón. Algunos, en La Roda, provincia de Albacete, dicen que de esa herida salió la receta de los Miguelitos; dulces típicos de La Roda y aún de los alrededores. Esto, naturalmente, la Santa Iglesia no lo reconoce dentro del martirologio romano, pero yo aquí lo dejo por si es de su interés, doña Remedios.
¡Qué pico tiene usted, padre Aldea!
¡Bah!, favor que usted me hace.

Anuncios

Una respuesta a “UNTA TARDE CON EL PADRE ALDEA. CURA DE PUEBLO

  1. miguel ángel

    No puedo estar más de acuerdo con el padre.El cerdo es el mejor animal que Dios a inventado. Además don Angel tenemos un cerdo pendiente, no es ibérico pero es de la península, ya me entiendes.