LOS VASOS APOLINARES

ad morum

Mi tío, don Termópilas Achalandabaso Juarros estudió notarías, pero se retiró en la segunda convocatoria. No es que no estuviera preparado, es que era tartamudo y, ¡ya se sabe!, estos cátedros son tan tiquismiquis con el tiempo que nunca llegaba al final. Con el paso de los años se le pasó la tartamudez y se colocó en el economato del INI. Yo creo que la tartamudez era producto de los nervios. ¿No cree usted?, don Dimas.
Igual sí. El sistema nervioso es muy desconocido y zascandil. Igual te retiene la lengua como te afloja el vientre. A algunos, incluso, les da por peer.
A mi tío no, don Dimas. Mi tío era muy jurispecto y cabal.
No digo yo que no, don Matías; pero si me permite la observación jurispecto es palabra que no existe. Jurisperito, sí; pero jurispecto, no.
Pues debería de existir porque es la que mejor define a mi tío don Termópilas.
Por cierto, ¿cómo es que su tío se llamaba Termópilas, que es nombre de batalla?
Pues por doña Águeda, la vecina.
¿Es que su vecina se llamaba Águeda Termópilas?
No, quite. Quite. Es que, cuando nació mi tío, la señora Águeda le regaló a mi abuela un termo, para guardar el Pelargón, que se mantenía caliente mediante dos pilas de petaca. Lo compró en la Exposición Universal de Amberes. El caso es que mi abuela, para agradecer convenientemente el regalo, le puso Termopilas. No le iba a poner Águedo, ¿verdad?
Claro; claro. Pues menos mal que no le regaló un sonajero o un orinal ¿no le parece?
El caso es que mi tío don Termópilas se casó con la tía Francis…
Que la pusieron ese nombre por la del consultorio, claro.
Pues no. Se lo pusieron por la mula
¿Y eso?
Pues porque de niña era muy burra.
¡Ah, claro!
Bueno, si no me va a interrumpir más continúo ¿estamos?
Estamos.
Pues bien, don Termópilas y la tía Francis se casaron contra la voluntad de mi abuela que no veía mucho fundamento en casar a la niña con un tendero. ¡Ya ve usted. Tendero a un empleado del INI!, que tenía cuatro pagas, economato y el puesto para toda la vida…
Siga, siga.
Pues el caso es que se fueron de viaje de novios a Las Navas de San Juan, en la provincia de Jaén.
¿Es que eran de allí?
No. Es que mi tío don Termópilas era muy amigo del torero Enrique Ponce, que tenía allí una finca…
Pero bueno, si Enrique Ponce tiene que ser mucho más joven que don Termópilas.
¡Huy!, eso es lo que usted se cree. Estos toreros de ahora están operados de todo y parece que tienen menos edad de la que en realidad tienen. ¿Desde cuándo hace que usted oye hablar de Enrique Ponce?
Pues sí; la verdad. Ya lleva unos añitos.
Lo que yo le diga. A Ponce le dio la alternativa Curro Cúchares, siendo testigos Lagartijo y Frascuelo.
¡Caray!, quien lo diría. Pero siga, siga…
El caso es que al llegar a Las Navas observaron unos vasos, como de alpaca, que los llevaba un muchacho.
Oye hijo, ¿cómo te llamas?, le preguntó don Termópilas
Apolinar, dijo el muchacho
Se puede saber qué llevas ahí
Son unos vasos de plata.
Sí, sí… dijo la tía Francis. De la que cagó la gata.
Calla, burra; le dijo el tío Termópilas.
Déjame verlos, muchacho.
El Apolinar, que era un si es, no es, desconfiado le dijo.
Se los dejo si me da mil duros en prenda.
¡Qué jodío, aquí el chaval!, se rió don Termópilas.
Te dejo en prenda a mi mujer.
Y una mierda, dijo el chico. Con lo fea que es, igual se da el piro con los vasos y me deja aquí con la mona.
El Apolinar consintió en dejarle ver los vasos y mi tío, que era aficionado desde las notarías, a latines y otras zarandajas leyó Ad Morum, que en cristiano quiere decir junto al moral, que era el nombre romano de la venta de Las Navas de San Juan.
¿Tú sabes que estos vasos son romanos?
Pues claro. Aquí todo el mundo lo sabe. Los dejó Ben-Hur cuando cambió los caballos de la cuadriga
El tío Termópilas creyó ver algo de burla pero se hizo el sueco.
¿Cuánto quieres por ellos?
No; no. Que no los vendo…
Estando en esas apareció por allí un hombre más alto, con una camisa morada y un cordón de hábito amarillo.
Mira, le dijo el tío Termópilas. Aquí viene este hombre que nos ayudará a ponerle un precio justo a los vasos.
Usted dirá, dijo el hombre del hábito.
Aquí el muchacho, que tiene unos vasitos que no valen para nada y quiere un dineral por ellos. Habíamos pensado que, igual usted, nos podría echar una mano para poner un precio justo.
No sé, vamos a ver. ¿Cuánto lleva usted?
Pues mire, aquí llevo tres mil pesetas, que son para el tren de vuelta a Madrid.
¿A ti, Apolinar, te hace tres mil pesetas?
Bueno, dijo el Apolinar y le entregó los vasos.
El tío Termópilas y la tía Francis se largaron acelerando el paso con una sonrisa triunfal. ¿Qué te parece cómo les hemos engañado, Francis? ¿Vale tu Termópilas o no vale para esto?
Cuando llegaron a Las Navas de San Juan, justo en la primera casa, encontraron un tenderete que tenía miles de copias del denominado Vaso Apolinar a tres pesetas la unidad.
Oye, Termópilas, le preguntó mi tía. Tú no viste aquella película de Los Tramposos en que Tony Leblanc y Ozores daban el timo de la estampita a un paleto ¿verdad?
No, amor. Aquel día, si recuerdas, estábamos en el INI haciendo arqueo. ¿Por qué lo dices?
Por nada, Termópilas. Por nada…

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