DON SILVERIO TORRETA SISANTE. ESCRITOR ANÓNIMO

CANTAR

Don Silverio Torreta Sisante, natural de la parroquia pontevedresa de San Lourenzo de Oliveira, en el concejo de Ponteareas fue, desde siempre, un hombre poco dado a alharacas y a fantasmagorías. Don Silverio Torreta Sisante nació, allá por la edad media, aunque siempre pareció más joven de lo que en realidad era. Don Silverio era escritor, pero nunca dio su nombre a sus escritos. Su padre siempre se lo dijo:
Mira, hijo, cuando vayas a la mili, tú, ni tonto ni listo; tú de los de en medio ¿me entiendes?
Si, padre.
Y como buen hijo que era le hizo caso y nunca presumió, ni de su inteligencia, ni de sus escritos.
El rey Alfonso Díez, también llamado “equis” como en las quinielas y que se llamaba como el marido de la duquesa de Alba, aunque para no confundirlos le decían el Sabio, también se lo decía:
Mira, Silverio, tú debes firmar tus libros. Si no es por presumir, al menos que te reconozcan tu autoría. Que el día de mañana, a algún cantamañas le da por inventar la SGAE y se queda con todas las peluconas.
Verá usted, majestad. Mi padre siempre me dijo, tú hijo, ni tonto ni listo; tú de los de en medio. Y yo, como vuestra majestad, tengo mi propio lema: el que firma, confirma ¿me sigue su majestad?
Pues no. ¡Y mira que soy sabio!, pero ni por esas.
Don Silverio Torreta Sisante, que quedó muy desconcertado con la ignorancia del rey sabio, se encerró en su chalet de Jávea y se puso a escribir.
¿Qué escribes, Silverio?, le preguntó su esposa, doña Sancha, hija legítima del rey Alfonso V, de León, que era, a su vez, tío segundo del rey sabio.
El Lazarillo de Tormes, Sancha, gordi; mi amol
¡Ay!, que no me llames gordi, que luego a una le entra la murria y acaba con depresión. Llámame churri, que es más fino.
Como quieras, churri.
¿Has pensado ya un seudónimo, como te dijo don Alfonso?
Pues sí; dijo. He pensado llamarme Anónimo.
¡Huy, por Dios!, qué cosa más poco enjundiosa. Anónimo. Para mí que es nombre de canción. Como Anónimo veneciano
¿Y por qué no me escribes un bolero, como hizo Almodóvar con Miguel Bosé?
No seas burra, Sancha. Que ese bolero no lo escribió Almodóvar, sino Agustín Lara.
¡Anda!, el del Lamento Jarocho
El mismo.
Pero mira, Sancha. Estoy escribiendo, también, el Cantar del Mío Cid y el Cantar de Roldán.
Desde luego… mira que eres sieso, Silverio. Pudiendo escribirme cantares a mí se los escribes a esos dos tíos. La Historia va a decir de ti que si eras algo tralará.
¿Tú crees?
¡Hombre! Ya me dirás…
Entonces lo firmo como anónimo y no se enteran.
Pues también es verdad.
Don Silverio Torreta Sisante y doña Sancha de León tuvieron cuatro vástagos. A saber: doña Urraca, que se compró un partido magenta y gobernó el reino de Madrid junto a un perro de siete cabezas, como el de Baskerville; y que movía las siete como una foca malabarista mueve el pelotón de Nivea. Doña Elvira, señora de Toro, o sea vaca. Don Sancho, quien reinó en Castilla como Ese punto Ancho; de ahí viene lo de Ancha es Castilla que se oye por los manantiales de Montespino y Don Alfonso y don García quienes reinaron en León y Galicia, respectivamente. Don Silverio, como tuvo que dar carrera a tanto gañán tuvo que ponerse a escribir con un nombre supuesto; Sitosi, acrónimo que tuvo mucho éxito en la Cuesta de Moyano cuando la Vicalvarada.
A don Silverio, por aquellos entonces, le dio por la Historia de la Medicina. Puesto que, con cuatro carreras en casa, tenía que llevar algo de liquidez para pagar los colegios mayores, los libros, las tasas y hasta el IVA. Don Silverio se empleó cogiendo puntos a las medias en la mercería “Merche” y, cuando llegaron los pantys dejó la aguja de coger puntos y empezó de practicante en la rebotica de la mercería. Allí, escribió un manual titulado “Ptolomeo y la cistitis. Una aproximación a las vías menores”. Más tarde, y ya con ciento diez años escribió un tratado que aún está de pleno vigor en la Escuela Nacional de Estomatología de Brazzaville, en el Congo belga : “La Sonda Nasogástrica para chatos con úlcera de duodeno”.
¿Oiga usted. La escuela de Estomatología no trata de la odontología?
Ahora sí; desde que se creó la Academia de la Lengua, que todo lo lía y lo enmaraña con sus prácticas funcionariales.
Pero oiga, si el diccionario…
El diccionario, el diccionario. ¿Cuándo se darán ustedes cuenta que el diccionario es una obra de estajanovistas de la lengua? La lengua es una herramienta fundamental que argamasa el idioma y la literatura y no puede, ni debe, ser constreñida en un ladrillo de tapas más o menos flexibles. Eso que ustedes llaman diccionario.
¡Jó!, don Silverio. ¡Qué perorata!
¿Le gusta?
Un horror.
Pues se la cedo, don Marcial Lafuente, por si le viene bien para una de sus novelas del oeste.
Muchas gracias.
¡Psche. No las merece!
Don Silverio, antes de retirarse a descansar al sanatorio de enfermos mentales que la Comunidad de Madrid tiene en La Barranca, Navacerrada, escribió su obra máxima que llegó a ser, incluso póstuma, titulada “La nécesité de garantir des lois équitables la liberté des citoyens contre les autorités publiques”. Obra, toda ella, escrita en tagalo.
Pero oiga, si el título está en francés.
¡Claro! ¿Y qué quería usted, que nadie lo entendiera? A ver si cree usted que el tagalo tiene muchos lectores.
Pues a lo que iba. Escribió esta obra, cumbre de la política, en versos alejandrinos.
¿Con catorce sílabas métricas compuesto de dos hemistiquios de siete sílabas con acento en la sexta y decimotercera sílaba?
¿Cómo dice?
Sí; ¿que si entre ambos hemistiquios heptasílabos, donde existe una censura o pausa medial, que funciona como la pausa final de verso y no admite la sinalefa, con perdón, y hace equivalentes los finales agudos, llanos y esdrújulos según las reglas métricas del español?
¡Huy! A usted ha debido de darle el sol. Eso pasa por no ponerse un pañuelo con cuatro nudos para la solanera. No, hombre, no. Versos alejandrinos llamo yo a la composición tipo Alejandro Sanz, ya sabe, el del Corazón partío…
Don Silverio, gritaba una monja disfrazada de enfermera a la que se le veían las ligas al agacharse.
¡Qué tía, la sor! ¿Verdad usted que sí?
¡Ya lo creo!
Oiga, una cosa tan solo ¿cómo es que encerraron a don Silverio por loco si era tan culto y preparado?
Pues ya ve usted. No ir con los tiempos. Le dio por decir que el deporte, las tisanas y la dieta eran la base en la que se sustentaban todos los crímenes horribles de la Sociedad. Él sostenía que, desde Landrú al Shaolín bilbaíno, todos los grandes criminales en serie eran hombres delgados. Decía que nunca un hombre de carnes cumplidas y generosas era capaz de matar a nadie. Los gordos, decía él, después de clavarse un cocido completo, dos filetes de secreto ibérico a la brasa y un par de docenas de sardinas cabezonas hechas al espeto, era incapaz de levantarse y blandir un cuchillo con el que hacer tajadas al prójimo. Decía que esas cosas sólo las hacían los delgados que están todo el día a plan de adelgazar, tomando tés y manzanillas y oliendo palitos de pachulí, mientras envolvían su cuerpo con sábanas teñidas con azafrán.
¿Y él, quiero decir, don Silverio, era gordo?
No; él era moderadamente obeso. Tenía incluso un certificado médico que lo decía. Pero ya ve usted, se enfrentó a la nueva religión del siglo XXI: la ecología, la delgadez y las religiones low cost.
No me extraña que lo encerraran, don Dimas.

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