ANDANZAS Y DESVENTURAS DE DON ABDON, MARINO SORIANO

MARINO

El navegante soriano don Abdón quería hacerse un tatuaje sobre el pecho derecho, a estribor decía, del pezón izquierdo, en la enramada que formaba su pelambrera rizada y entrecana. Un tatuaje, explicaba, que no llevase nadie. Un tatuaje que, en caso de ahogarse en una de sus singladuras le sirviera para ser identificado por los habitantes de la playa donde vaya a parar su menguado esqueleto, una vez mondo y lirondo, por la acción de tiburones, cigalas y otros pescados de menor enjundia.
Pero oiga usted, navegante, si le dejan el esqueleto mondo y lirondo ¿para qué quiere usted un tatuaje que le identifique?
También es verdad. Dijo el navegante soriano don Abdón.
¿Usted no sabrá quién puede hacerme un tatuaje que no se infecte y que no duela mucho.
Pues pruebe usted con el chino de la tienda de abalorios. Él tiene buena mano para hacer sudokus y cerrar con el seis doble. Lo que no sé es si le dolerá. Infestársele, seguro, porque esto de las tintas de ahora es lo que tiene, pero frotándose con orín de rumano se va en unos días. El orín de rumano es muy salutífero y sanador con las partes rozadas, las partes sobadas y con el enfisema parapseptal.
¿También con el enfisema paraseptal?
No es costumbre, como con las erosiones y los sabañones, pero siempre ayuda.
El navegante soriano don Abdón se hizo un tatuaje de una hawaiana que, al contraer el nervio pectoral medial, bailaba el hula-hop moviendo una falda hecha con tiras de badana. Si contraía la arteria axial se le salía una teta que llevaba metida en un sujetador dibujado con dos conchas de viera.
¿Y la otra teta no la enseñaba?
La otra no. La segunda teta funcionaba sólo con el nervio pectoral mayor y, este, no lo movía el navegante soriano don Abdón. Se conoce que, cuando se le cayó encima el palo de mesana en el Pérsico, se le averió de por vida.
Vaya, por Dios. ¿Y no era el navegante soriano, natural de El Burgo de Osma y respondía al nombre de Aldea?
Pues no. Tenga usted en cuenta que la marina castellana, empezando por el almirante de Castilla y terminando por el último grumete del Titanic, es amplia y abundante, como las aguas del Duero. El río Duero ha dado, de siempre, buenos marineros. No sólo el Duero; también el Ucero, el Abión, el Añamaza, el Cidacos, el Jalón, el Lobos y el Torete.
Pero ya no hay navegantes sorianos como los de antes ¿verdad usted que no?
Desde luego. Es lo que ha traído el enciclopedismo y la trashumancia.
¿Usted cree que los navegantes sorianos, como los feos, hacen los recados de noche?
No; eso sí que no. Los navegantes sorianos llevan sus mercaderías por ríos y mares al albur de su rictus serio y compungido. Los navegantes sorianos, cuanto más feos y peor encarados, menos tienen que temer a la piratería malaya y los marineros maricones de la islas Ryukyu, al sur de Nagasaki. Goethe, por citar un solo feo famoso, cuando pidió luz, más luz no sabía que Edison aún no había inventado el hilo incandescente y ahí lo tiene. Se fastidió por no tener más luz pero no torció el gesto.
¡Qué falta de previsión! ¿Verdad usted que sí?
Ya lo creo.
Los azores son aves que solo comen animales que tengan que tenga la letra “P” en su denominación. Palomas, pichones, pollos y palometas.
¿También palometas?
Sí; efectivamente. Pero solo cuando están con la tripa suelta. Se conoce que las palometas y otros pescados azules retienen el esfínter de los azores y les sujetan la pirrilera.
¿Y la comen con tomate?
No; porque el tomate, como es sabido, es ácido e irrita las almorranas y otros pliegues del ojete. Los azores son muy hijoputas y, en cuando bajan a deponer sus marranadas al llano, y se percatan de la presencia de cazadores, pegan un arreón para arriba y no hay plomo que los alcance.
El navegante soriano don Abdón, cuando volvió del mar de la China y del mar Amarillo, que viene a ser lo mismo pero pintado de una sola mano, paró a tomarse unos chatos de ron en la casa de putas La caballa sandunguera en Panay, al sur de Filipinas. Como hacía mucho calor y una gran humedad salió a tomarse el ron a la calle. Estando apoyado en el quicio de la mancebía pasó por allí doña Concha Piquer que tenía un bolo en Macao y se enamoró perdidamente de ella. Doña Concha le compuso una canción que decía así:

Él vino en un barco, de nombre extranjero.
Lo encontré en el puerto un anochecer,
cuando el blanco faro sobre los veleros
su beso de plata dejaba caer.

Doña Concha, que se tatuó su brazo con el nombre del navegante soriano don Abdón, quedó prendada de la hawaiana del pecho del marino. Pero don Abdón, el navegante soriano, no estaba en aquellos momentos para coplas y se marchó a Tennessee, que es una región que repite casi todas sus letras a capturar y domar búfalos al quiebro. Pronto ganó fama de intrépido y le contrataron como banderillero en la cuadrilla de Marcial Lalanda. Había que ver cómo banderilleaba don Abdón, el navegante soriano, al quiebro a pablorromeros y carriquiris.
¿También a los de El Puerto?
A esos no. Esos son más mansos y los banderilleaba al tresbolillo que es una suerte que aún no ha entrado en el Cossío. Una tarde, fue tal el éxito, que le concedieron las dos orejas del toro antes de matarlo. ¡Dios, como berreaba el animal mientras le cortaban las orejas!. Marcial, que todavía no era el más grande, se ve que cogió pelusa y se mosqueo, despidiendo al navegante soriano, don Abdón quien se marchó con cajas destempladas y, con el finiquito, se compró dos cartones de Chesterfield y puso un negocio de venta de cigarrillos al detall; esto es, al menudeo en la esquina del paseo del Cisne con Almagro. Muy cerca del edificio de La Mutua Madrileña. Una tarde, en que el negocio no andaba muy mollar se acercó hasta la Cava Baja, donde pensaba vender sus cigarrillos a los japoneses que los pagaban con tarjeta VISA y American Express. Estando en tratos con un nipón se le pararon frente al puesto los Siete Niños de Écija, quienes venían de levantarle un par de diligencias a El Pernales en las afueras de Cuatro Vientos.
¿Tiene usted Fetén o Un equis dos?
Pues no; mire usted. Los últimos se los llevó el Rey Nuestro Señor, don Carlos III, el que tiene nombre de coñac, que iba a poner la primera piedra de la Puerta de Alcalá.
¡Vaya por Dios!… También es mala suerte.
El navegante soriano don Abdón también vendía preservativos recauchutados a las coimas de la calle de la Ballesta. El navegante soriano don Abdón, aunque usted no lo crea, inventó el preservativo con sabor a melón de Villaconejos y a lima-limón, pero este último lo retiró del catálogo porque a las suripantas les daban ardores y se gastaban los beneficios en bicarbonato y en sal de frutas.
¡No me diga!
¡Cómo que no le diga! Yo le diré a usted lo que me dé la gana. No te digo aquí el muerto de hambre este… El primer preservativo, después de retirar el de lima-limón fue uno con sabor a Suguss de fresas y, posteriormente y a petición de las izas sacó otro con sabor a violeta, que era mucho más ecológico y campestre.
¿Tan ecológico y campestre como un campo de espliego y lavandas?
Tanto y más.
Es usted un pozo de sabiduría
¡Bah!. Favor que usted me hace
Las tres potencias del cuerpo –las del alma son fe, esperanza y caridad- son también tres. A saber: el virgo, la andorga y las gónadas inferiores. Se conoce que las capacidades masculinas no dan para más de sí y se tienen que conformar con la letra “G”.
¿Y la lengua?
La lengua no. La lengua es lo que pierde al hombre en los negocios del cachondeo y el arrime. Hombres se han conocido que, perdieron esa ocasión que la Fortuna -¡oh veleidad, oh capricho inconstante!- se presenta de golpe, como el cobrador del frac en día de paga. Al salir de su casa se encontró, de manos a bruces, con Ava Gadner, la diosa de los ojos suplicantes y chisposos, buscando un taxi para ir a Chicote a tomarse unos gintonics, como si fuera una diputada a Cortes. El navegante soriano, don Abdón, como no tenía carné de conducir tuvo que ceder la ocasión a El Fary, al que aún no se le había puesto cara de chino. El navegante soriano, don Abdón, presa de ira por la ocasión perdida, le dio tal patadón a la cesta de mimbre de una pipera que vendía su mercancía junto al Jardín Botánico que le mandó las chuchería y las bolsas de pipas hasta el Museo del Jamón, en la acera de enfrente. La pipera que, como todas las piperas es calladita pero con el moño muy alto y respingón, se atusó su mandilito blanco bordado y pespunteado con hilo de color azul desvarío y se encaró con el navegante soriano don Abdón.
Me voy a cagar en sus muertos y en la calavera de su puta madre; le dijo.
Al navegante soriano, don Abdón, nunca le habían dicho estas palabras o, si se las habían dicho, nunca las tomó como tal porque se lo dirían en tagalo o en mandarín y, claro, se le soltó el vientre.
Usted perdone, señora. Yo mismo le recojo la mercancía y le daré un dinero para compensarla.
La pipera que, en buena lid, no había sufrido más merma que el susto y el acaloramiento, perdonó al navegante soriano don Abdón quien recogió y sopló todos los caramelos, uno por uno, y los deposito con mucho mimo dentro de la cesta.
Para que usted vea, me va a dar dos duros de Sacis y otros dos de pastillas de leche de burra.
¿Y alguna bolsa de pipas?
Sí; pero que sean de girasol, que las de calabaza me hacen llagas en el labio.
En la tundra mogola sopla un viento del carajo. No es como la suave brisa de Benidorm, ni como el asfixiante calor del desierto del Kalahari. En el asfixiante calor del desierto del Kalahari sólo sopla la brisa fétida y repugnante de los pedos de las hienas que, como todo el mundo sabe, comen judías verdes que crecen bajo la sombra apaciguadora y maternal del baobab. En las selvas amazónicas del centro y del sur de América no sopla el viento como en la tundra mogola, ni hace un calor asfixiante, como en el desierto del Kalahari, pero hay mucha humedad y las flores multicolores y los pájaros que las liban están hasta los mismos cojones de los gritos de los monos, los micos y los titis que se pasan el día gritando mientras se la menean.
¿Usted cree que los monos, los micos y los titis gritan cuando les viene el orgasmo?
Todo es posible en una selva tan frondosa y húmeda como la selva amazónica. Ahora bien yo, como no fui nunca a la selva no podría asegurar que los monos, los micos y los titis gritan en el momento del clímax. Pero si quiere usted se lo puedo preguntar a Pedro Requena, que tiene un abono del zoológico de Madrid.
¿Y usted cree que un zoológico, que una casa de fieras, es igual que una selva oscura y húmeda como la que hay en el Amazonas?
Pues depende de la hora. Si le toca a usted cuando enchufan los aspersores aquello se pone como San Salvador de Bahía o como la selva de Curambá.
Ya viejo y cansado el navegante soriano, don Abdón regresó a su tierra. Los navegantes sorianos ya sean don Abdón, Aldea o el mismo capitán Anchoa, que patroneó la Sotera durante quince temporadas por todas las regatas del Cantábrico, no ven reconocidos sus méritos con una calle, una placa en el casino provinciano o una cita los domingos, después de que el misacantano hondureño ofrezca la Paz. Los navegantes sorianos, una vez que se aproximan las cuatro Parcas enfilan su aguja de marear con destino a Soria y, entre trago y trago del suave clarete de Langa, ven pasar los días y las grullas por la margen izquierda del río Duero. Algunos, los más solitarios y meditabundos, recrean travesías, cuentan los fardos descargados en tal o cual puerto y añoran, con un rictus serio y circunspecto, las alegres tabernas portuguesas, las casas de opio de Macao y la fonda sucia y bullanguera del estado indio de Andra Pradesh.
El navegante soriano, don Abdón no pudo con su tristeza y, una tarde mientras la campana de la ermita de la Virgen del Paúl, que es patrona de los llorones, tocaba a muerto, se metió dentro de una cámara de rueda de un viejo tractor y se echó al río con un bidón de gasolina del mechero. Al llegar al meandro que hace el Duero a los pies de la fortaleza califal de Gormaz se roció de gasolina y, con un mixto, se prendió fuego mientras avanzaba sobre los barbos y los cangrejos; sobre el mejillón de río, que en La Mancha llaman náyade, y sobre las ovas y ratas de agua que, de vez en cuando, sacan la cabeza en busca de un pez distraído. El navegante solitario, don Abdón murió, pero no por la quemazón de las llamas, sino por la explosión que sufrió la cámara de la rueda que le reventó los pulmones. ¡Vaya por Dios! Ni para morirse uno puede hacer su santa voluntad.

Anuncios

3 Respuestas a “ANDANZAS Y DESVENTURAS DE DON ABDON, MARINO SORIANO

  1. Alegría

    Don Abdón me recuerda a un navegante que conozco de esos lares, Casualidades no ?

  2. Nefestivamente, doña Ale.

  3. Alegría.

    Don Angel: resulta que el comentario anterior no lo hice yo sino un italiano con el que comparto muchas cosas, incluso ADSL, pero él lo hizo desde su ordenador y entrando desde su face….¿por qué aparece como si fuera yo…?, aunque esté de acuerdo con su comentario , yo soy yo …….