PONGA UN CAJERO AUTOMÁTICO EN SU VIDA

CAJERO

La primavera, esa estación luminosa y germinadora, ha llegado de golpe, como las golondrinas becquerianas, sin que nadie sepa, a ciencia cierta, si es primavera, verano o el final del otoño. La primavera es la estación más cachonda y retrechera. Alegra las pajarillas del espíritu convirtiendo, a los más conspicuos caballeros, en zascandiles insensatos y libera, de su rebequita y su canesú, a las señoritas que vuelven de la doctrina.
¡Qué poético le encuentro, don Dimas!
Es que me he dado cuenta de que me he enamorado como un colegial.
¡No me diga! ¿Y quién es la afortunada?
Afortunada; no, don Matías. Afortunado
¿Queeeee?
¡Oiga; oiga! Que no es lo que está usted pensando. No me he enamorado de ningún ferroviario, ni de ningún ferrallista. Estoy enamorado del cajero automático de mi banco.
¡Anda!
Todo el mundo debería poner un cajero automático en su vida. Verá usted, don Matías; yo entiendo que los creyentes vayan a confesarse los días de precepto. Entiendo, también, que quienes no creen acudan, una vez por semana, al psicólogo. Esto es lo tradicional y lo consuetudinario; pero, la verdad es que, como una visita al cajero automático no hay nada en este mundo tanto para la paz interior como para sentirse realizado.
¿No me diga?
Pues sí. Fíjese. Uno va al cajero con ciertos miedos. ¿No me diga que a usted no le pasa? Acude uno con inseguridad. Lleva la cartera vacía y le es perentorio sacar dinero. Uno está seguro de que los números de la cuenta dan saldo a tu favor pero ¿y si se traga la tarjeta? ¿Y si el cajero está estropeado? ¿Y si Botín se ha largado a las Seychelles con Jordi, hijo? Pues bien, uno se acerca al cajero, con la misma contrición que lo hace al altar y, ¡chas!, el cajero, que está preparado para los ciegos de la ONCE te dice: Introduzca su tarjeta. A ver, don Matías, ¿usted cuando llega al centro de día alguien le dice que le introduzca algo?
Pues no; esa es la verdad.
Pues ya ve; mi cajero sí que me lo dice.
Introduzca usted su clave.
O sea, que introduce usted dos veces ¿no?
Efectivamente.
Buenas tardes, don Dimas. Elija la operación que usted desee realizar
Una vez realizada la operación, una voz susurrante pero firme y aduladora te dice. Muchas gracias por su visita, don Dimas de una forma impropia hasta para una máquina. Muchas gracias por utilizar su cajero, don Dimas.
¿Qué? ¿Qué le parece?
Pues qué quiere usted que yo le diga, don Dimas. Tratándose de usted que se enamoró hace unos días de la señorita que pedía para La Banderita…
Es que ¡cómo pedía! ¿Eh? ¿Se dio cuenta cómo me dijo aquello de, colabora usted con la Cruz Roja, por favor?
Sí, claro que me acuerdo. Pero es que la chica estaba muy bien educada; pero de ahí a pensar que le paraba a usted por su cara bonita…
¡Claro… como al señorito no le paró y le dijo aquella frase! Envidia. Mucha envidia es lo que tiene usted, que no le ha parado nadie por la calle desde el 36, cuando se lo llevaron a la cárcel de Porlier.
Oiga, don Dimas. Eso me ha parecido un golpe bajo. Tenga usted en cuenta que me confundieron con Gil Robles. De eso no tuve yo la culpa.
¡Vaya!, no sabe cuánto siento que se haya molestado. No era mi intención.
Nada, hombre. No se preocupe. Si, además, tiene usted razón. Pero cuente; cuente.
Pues nada; que como le estaba diciendo uno sale con el ego bastante subido. Tenga en cuenta que, a la duda terrible de si me iba a dar el dinero o no, se une el placer de verse atendido por la máquina con tanta educación.
Fíjese que el día de mi cumpleaños, que como usted sabe es el día 9 de noviembre, festividad de Nuestra Señora de la Almudena, patrona de Madrid y de los santos Ursino, Agripino, Vitón y las santas Eustolia y Sopatra, fui a sacar dinero para comprar los huesos de santo con que les invité a ustedes. Pues bien, entré en el cajero y, nada más introducir la tarjeta va y me dice: feliz cumpleaños, don Dimas.
Oiga usted; aquello me llegó a lo más profundo del corazón. ¿Cómo sabría mi cajero el día de mi cumpleaños…?
Hombre, don Dimas. Sería por el chip
¡Qué chip, ni qué niño muerto! Si mi tarjeta me la dio don José María Aguirre Gonzalo, padre, cuando el centenario del Banesto. Hace ya más de cinco lustros…
Pues le haría ilusión ¿no?
¡No me iba a hacer ilusión! Imagínese que, agradecido como usted sabe bien que soy, me agaché sobe la pantalla y la besé, emocionado. Lo bueno viene ahora, don Matías. La máquina, y aunque a usted le resulte extraño creerlo, me devolvió el beso. En un principio pensé que podría tratarse de un pequeño calambre por la electricidad estática, o por un campo eléctrico o magnético; pero no. Le juró que aquella máquina me besó.
¿Entiende ahora por qué le decía lo de los curas en la confesión? Uno sale de misa reconfortado, pero también reñido y amonestado. Tiene que rezar un rosario y medio por un par de guiños a una chavala. Del psicólogo también sale uno confortado; pero sale con doscientos euros menos y, además, convencido de que tu padre te odiaba porque tomabas el pecho cuando bebé. Del gimnasio ¿qué decirle? Doblado, con agujetas, examinado con retintín por una tísica que llevaba un tanga imposible y pensaba que tú no te levantabas, no por el lumbago que te ha dejado engatillado, sino porque eres un voyeur asqueroso. En cambio, en el cajero, sales con la autoestima como nueva y, por si era poco, con 20 euritos, y la esperanza de que la anotación no se haya producido y no te lo carguen en cuenta…
No, don Dimas. Si al final va a tener usted razón.
¡Ya le digo! Lo que no entiendo es cómo no pone todo el mundo un cajero automático en su vida.

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