EL HOMBRE QUE QUISO SER GERANIO

GERANIO

Diosgracias Soteras Mancho, alias Nuestro Señor fue, de siempre, un hombre con muy mala suerte. El Diosgracias Soteras Mancho estudió, con mucho fundamento y pericia para tonto de pueblo, pero debido a su mala suerte, a la hora de examinarse, siempre se equivocaba y terminaba aprobando. Su familia, como el resto de las familias de todo el mundo le decía:
Dios -que era el diminutivo familiar- ¿qué es lo que quieres ser de mayor?.
Tonto de pueblo; padre
Este niño es imbécil, Leocadia, decía su padre. Ha debido de salir a tu madre.
Anda, Dios; coge la merienda y sal al patio, le consolaba la madre.
Mira, Fulberto, al niño no puedes tratarlo así. Si él quiere ser tonto de pueblo, pues ¡déjalo! No hay que darle importancia. Ya se le pasará. Pero no puedes coartar su libertad de expresión. Vas a terminar por crearle un trauma. Él ha de formarse en la vida y nosotros, que somos sus padres, tenemos la obligación de apoyarle en sus aspiraciones.
El Fulberto, cogía la petaca del tabaco y el chisquero y se marchaba para la cuadra rezongando. ¡Bendita sea la rama que al tronco sale…! ¡De tal palo, tal astilla…! Y repetía estos y otros refranes de manera inconexa.
El Diosgracias Soteras Mancho, que había venido al mundo en la localidad de Pobladura de la Sierra, en el municipio de Lucillo, comarca de la Maragatería y en la provincia de León, mal que le pese a Rodolfo Láiz, volvió una mañana cariacontecido y como temeroso.
¿Qué te pasa, Dios?, le preguntó su madre.
Es que ya he terminado la escuela y ahora tengo que elegir lo que voy a estudiar tras el bachillerato.
¿Y ya has pensado algo?
Pues sí, madre. Pero es que padre se va a enfadar…
¿Pues qué quieres ser?
Geranio.
¡Ay, madre!, exclamó la Leocadia. De esta me lo desgracia.
¿Pero cómo vas a ser geranio? ¿No sería mejor jardinero paisajista? Dile eso a padre, para que no se espante.
No; madre. Yo quiero ser geranio, para que tú me cuides y me riegues y me trasplantes de un tiesto a otro, como haces con los pensamientos y las alegrías; con las clavelinas y las petunias…
Déjate de flores que como te pille tu padre te saca los pies del tiesto a coscorrones.
El Diosgracias, para no liarla, dijo al padre lo del paisajismo. El Fulberto se tragó la noticia pensando en que, a lo mejor, volvía agricultor y le echaba una mano con las berzas, los perales y el huerto. A lo largo del verano, el Fulberto fue aconsejando al infante sobre terrenos, riegos, abonos, semillas y todas las faenas propias del campo. El Diosgracias, en su tontuna, aprovechaba para coger toda la experiencia y soñaba con trasladarla al cuidado de su cuerpo de geranio.
Pero, como todo en la vida, llegó la hora de partir hacia la capital, para iniciar los estudios. El Diosgracias marchó a Benavente, en el carro paterno llevando un hato con sus cuatro ropas y una cesta con unas vueltas de chorizo; unos tacos de jamón y un par de cintas de cecina de burro. En el andén, el Fulberto despidió al Diosgracias con algo de aprehensión.
¿Y si me lo desgracian en la capital?, pensó mientras un respingo le hizo brincar sobre las albarcas. Es tonto, es cierto, pero es mío… Una lágrima acre, dura y helada zigzageaba por entre los surcos quemados de su cara… Adiós, hijo. Escribe al señor cura, para que nos lea tus noticias.
Adiós, padre. Dígale a madre que ya tendrá esquejes míos.
¿Qué?
Nada, padre. Cosas mías.
El Diosgracias se instaló en la pensión de un paisano de Astorga, que tenía pescadería en La Latina. Por las mañanas se iba de madrugada hacia el paseo del Prado y, en cuanto abrían la verja del museo Botánico se colaba dentro hasta que lo echaban. El pescatero, cuando le veía venir, lleno de barro y con las ropas echas un ecce-homo le decía:
¿Dónde te metiste barbián?
En clase, don Trifón. Nos tiramos el día entero plantando y regando jardines. Mintió.
¿Y no os dan un mono o algo de ropa?
No, don Trifón. Cada uno trabajamos con nuestra ropa.
El verano había hecho su entrada en Madrid y, el ferragosto, calentaba que para qué. El Diosgracias fue cogiendo un color tostado que, con el paso del tiempo, llegó a ser casi zaíno.
Una mañana, en que el Diosgracias estaba metido dentro de un parterré, plantado hasta las rodillas y con una maceta de geranio en cada mano le echó el guante el guarda del parque. El guarda, al verlo de esa guisa, tiró de trabuco y le soltó tal perdigonada de sal en todo el culo que le tuvo sin poder sentarse más de una semana. El Diosgracias salió haciendo fú en dirección a la estación de Atocha y se escondió en uno de los trenes. Ya se dijo antes que el Diosgracias era gafe o que, al menos, más que los geranios le crecía la mala suerte. El tren salió arreando y no paró hasta llegar a la estación de Austerlitz, en París.
Amanecía sobre la rive gauche igual, como es normal, que lo hacía sobre la rive droite. Las plantas de París, como las del resto de Francia, hablan francés: la yerba vivaz, la verbena, la mostaza, el cáñamo y los juncos del río, hablan francés. También los pájaros pían en francés: el ruiseñor, el jilguero, el gorrión, el verderol y la urraca pían o graznan en el idioma de Voltaire que, como es natural en los habitantes de Pobladura de la Sierra, en el municipio de Lucillo, en la comarca de la Maragatería, León, Spagne, nadie hablaba.
Qui êtes-vous?
Sábado, sábalo, sábana, rábano, rábida, róbalo… Acertó a decir el Diosgracias, al que ya le fallaba el poco seso que le quedaba.
Huy, dijo el gendarme. Este negro –recordemos que el Diosgracias tenía un tono zahíno berrendo en negro- está como una cabra.
Alto. A ver… el pasaporte. Los papeles. Vamos.
Sábado, sábalo, sábana, rábano, rábida, róbalo…
No; si el idiota este nos va a dar la noche.
¿De qué país eres?
Pobladura de la Sierra, León
Llama al sargento Lopes, que habla medio español. Para mí que este negro es de Morocco.
¿Tú Morocco? ¿Mohamé? ¿Cus-cus?
Nada. Que no me entiende. ¿Has llamado a Lopes?
Sí, que dice que es de Sierra Leona.
¡Anda!, pues eso está más abajo. Al lado de Liberia… ¿Ahora qué hacemos?
Pues nada, lo deportamos. Dicho y hecho. Al día siguiente estaba el Diosgracias camino de Sierra Leona con otros sesenta morenos con los que no sabía entenderse y que le miraban con mala cara cuando les soltaba su letanía: sábado, sábalo, sábana, rábano, rábida, róbalo..
Cuando llegaron a Freetown le encerraron en un manicomio junto al resto de la cordada de presos. Allí, la poca comida y la menor agua, acabaron por volverlo loco del todo.
Una tarde, en que deambulaba por una de las calles de la capital, se encontró con un grupo de marineros vascos que andaban de chiquiteo por las tabernucias de Freetown.
¡Beltza!, le dijo uno, etorri onak.
¡Anda!, se dijo el Diosgracias. Este habla como el Macario, un vecino suyo que volvía en verano al pueblo desde Bilbao, donde estaba de ferrallista.
¿Sois españoles?, preguntó
Bueno, dijo uno de ellos. Técnicamente sí. Pero somos del mismo Bilbao, ¡anda la hostia!
Yo soy de León, les dijo
¿Tú?, con lo negro que eres
Es que soy un geranio.
¡Ah!, dijeron los vascos. Pues va a ser por eso…
¿Cómo te llamas?
Dios
¡Coño!, otro de Bilbao…
Me podías convidar a un vino y a un bocadillo. Hace más de dos semanas que no como nada.
Claro. A ver, Johny, se dirigió al camarero. Dale aquí al geranio un bocadillo y media botella de vino.
Bueno, Dios, que nos tenemos que ir. Toma, le dieron cincuenta euros. Para que vayas tirando. Y no te lo gastes en abono, se burlaron.
El Diosgracias se hizo el disimulado y siguió a los vascos hasta el Gure Ama V, que así se llamaba el barco y se embarcó de manera disimulada. A los dos días, con el barco ya en alta mar, se hizo ver y se acercó hasta la cocina donde, sin ningún tipo de disimulo, se calzó diez docenas de platos de marmitako. Cuando terminó soltó tal regüeldo que la marinería creyó que habían embarrancado.
Mecagüen el negro de los cojones… soltó el contramaestre. ¿Pero este, de donde sale?
Los cuatro marineros, que habían conocido al Diosgracias en Freetown rompieron a reír.
Ahivalaostia, Patxi. Si es el geranio.
Tras explicar sus peripecias sacó del bolsillo un puñado de diamantes que había comprado con los cincuenta euros y se ofreció a pagar su pasaje.
Joder con el geranio. Y vosotros decíais que era tonto…
Una vez llegados a Tenerife, donde tenía su base el Gure Ama V, se acercó hasta el chiringuito de un indio donde vendió los diamantes. Con los beneficios tomó una habitación en un hotel y, al día siguiente, se subió a un avión en dirección a Madrid. Una vez allí tomó un taxi que le llevó a Pobladura de la Sierra.
¡Fulberto!, ven aquí. ¡Mira quien ha venido!, gritaba la Leocadia.
¡Diosgracias!, hijo. ¿Qué tal te ha tratado la vida?
Bien padre. Mire usted lo que le traigo, y le enseñó un fajo de billetes del carajo de la vela.
Por fin sentaste cabeza, hijo.
Ya lo creo, padre.
¿Seguiste de jardinero?
No, padre. Aquello de ser geranio es muy duro. Es mejor ser ingeniero industrial. O pastelero, pero nada que tenga que ver con la agricultura…
¡Hay, madre!, que ha sentado cabeza, se dijo el Fulberto.
Desde entonces en Pobladura de la Sierra, municipio de Lucillo, comarca de la Maragatería, León, Spain no existen los geranios, ni las azaleas, ni las lilas, ni las jacarandas. En Pobladura de la Sierra, municipio de Lucillo, comarca de la Maragatería, León, España hay una casa indiana con un escudo de armas cuartelado. En el primer cuartel un diamante gordo y reluciente, como una bellota; en el segundo, un geranio marchito y, en los dos inferiores la imagen de Dios, Nuestro Señor, y un barco con una estela que dice: Gure Ama V. Y bajo los cuarteles una máxima que dice: ¿Geranios?… ¡Y una mierda…!

¿Oiga, don Dimas?
Dígame
¿No cree usted, que al Soria este del blog, con esto de la jubilación, no se le están aflojando los tornillos de la sesera?
¿Usted cree?
¡Hombre!, fíjese usted la historia que nos ha lanzado hoy.
Igual es autobiográfica.
Pues ahora que le dice… A lo mejor es así.
Quien sabe…

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Una respuesta a “EL HOMBRE QUE QUISO SER GERANIO

  1. Fresita Magenta

    … Te prometo que no vuelvo a querer ser nada raro… Aunque es verdad que la cosa no acaba mal… Yo, la verdad, prefiero la cecina de vaca D. Dimas.

    D. Matías:Yo creo que al Soria se le ha subido el urico de las mariscadas que se mete en Motriku sin contemplaciones ni conocimiento… ¡Dios Que dura debe ser la vida del Jubileta de postín!