HISTORIAS DE LA HISTORIA. HOY; SIGMUND FREUD

Sigmund Freud

El ilustre y famoso doctor Sigmund Freud nació, como todo el mundo sabe, en la ciudad de Torrepacheco, comarca del Campo de Cartagena, provincia de Murcia. Spain. En el acto de acristianarlo le pusieron Segismundo Calzadilla Bustos, aunque pasaría a la Historia con el nombre supuesto de Sigmund Freud.
El Segismundo era hijo de don Leoncio Calzadilla Cascajal y de doña Tránsito Bustos Torregrosa. Don Leoncio, el padre del insigne doctor trabajaba en la comarca de Cartagena como lañador y paragüero, haciéndose notar silbando un caramillo de cerámica. Tenía bien ganada fama de afilar el regatón de los paraguas y de pulir los lebrillos dejándolos como nuevos. Su esposa, doña Tránsito contribuía a aumentar los pingües ingresos familiares como sillera, reparando la enea de las sillas donde tomaban el fresco los cartegeneros al caer la tarde.
Oiga, don Dimas; ¿está usted seguro de esto?
¡Hombre! No lo he de estar
Es que, según la enciclopedia Larousse, don Sigmund nació en Freiberg, en el antiguo imperio austríaco. La actual República Checa.
¡Quite, hombre! Déjeme continuar y verá
Pues resulta que el joven Segismundo tenía sus más y sus menos con su padre, a quien el calor de las lañaduras ponía más cachondo que el Tenazas. Esta cachondez acababa pagándola la Tránsito antes de las gachas; en lo que viene llamándose la siesta del carnero. Cuando el joven Segismundo volvía del colegio tenía que esperar a que los padres finalizaran la coyunda para poder comer y volver al colegio. Al parecer, el padre, don Leoncio, gustaba de lavarse y rasurarse la barba, refrescando la toilette con un masaje de Floid, de donde, posiblemente le vino el apodo al futuro psicólogo.
¿Otra vez, madre?, le solía decir a la Tránsito.
Déjalo, hijo. Peor sería que se fuera a la taberna a gastarse lo de las lañas y los pucheros en vino y michirones.
Pero oiga, don Dimas. Este Freud ¿no era entonces austríaco?.
¡Quite, hombre; quite! Una tarde que el Segismundo volvió a casa y tras orinar se pilló con la cremallera y sufrió un desgarro en salva sea la parte que da hasta dentera recordarlo. Este acontecimiento, como veremos más adelante, marcó la vida del futuro doctor, quien tomó manía –por lo de las siestas paternas y el dolor del cremallerazo- al pene y a todo lo que supusiera gozar pecando contra el noveno.
El caso es que, harto del padre, se cogió el petate, a la Tránsito y se marcharon camino de Alemania, como un emigrante más. Al llegar a la ciudad de Pribor, en Moravia, encontró la Tránsito un empleo de tejedora que era, más o menos, lo que a ella se le daba bien; pues era, sobre poco más o menos, como entrelazar la enea. El Segismundo se inscribió en una universidad local y estudió en ella neurología. Como no sabía muy bien el idioma –ya que el alemán es complicado del carajo- se creó una especie de idioma propio que no entendía muy bien nadie –algo así como lo del Chiquito de la Calzada, pero en cultivado- pero que, tampoco nadie se preocupó de contrastar. Así, empezó a estudiar una sandez a la que llamaba la existencia de la sexualidad infantil perversa polimorfa. ¡Ya ven ustedes! Como nadie le hacía caso, siguió avanzando en los cursos, uno tras otro, hasta llegar a doctorarse.
Una vez doctorado se echó novia, la Martha Bernays, que sobre ser fea ejercía de ello y abrió una clínica privada –anda que, aquí el más tonto hace relojes- y se dedicó a investigar sobre los sueños oníricos y los de todo rango y condición. Es entonces cuando, con una beca de la casa Flex, que en alemán quiere decir colchón, escribe su “Interpretación de los sueños”.
Como la clínica le fue como el culo, porque se pasaba el día induciendo al sueño a los clientes y estos, una vez dormidos se piraban sin pagar,  tuvo que emigrar a Viena.
Pero oiga, don Dimas, ¿cómo inducía al sueño a los clientes?
Pues cómo había de ser. Con su libro. Les daba a leer el libro a los clientes y ¡zas! En la segunda página caían como chorlitos. Tan solo unos amigos de su barrio le interpretaban y le seguían la corriente. Uno era un vecino que tenía un carrito de esos de perritos calientes y hamburguesas de chóped, llamado Schopenhauer y otro que tenía alergia al polen, al que llamaban Nietzche, porque siempre estaba estornudando. En fin, un tal Marcusse, que tenía una tienda de lienzos y de cuadros… El resto no le hacía ni puñetero caso. Pues, a lo que iba, se marchó a Viena y, nada más instalarse allí, los nazis anexionaron Austria al Reich. Como el pobre Segismundo había sufrido aquella medio capadura con la cremallera, creyeron que era judío circunciso y quisieron darle matarile.
Escapó, junto a su madre a la que ya llamaban fräulein Tránsito y se quedaron a vivir en Inglaterra donde se tiró más de un mes haciendo cortes de manga al océano proceloso. Como tenía que seguir viviendo volvió a escribir otro libro. Esta vez en checo, que tampoco entendía nadie en Londres. Lo llamó Trabajos sobre metapsicología. ¡Ya ve usted!, como para enterarse de lo que iba el dichoso libro…
Pues el caso en que se lió con el Yo, en Superyo, el Ello y tal y no había quien le llevara la contraria.
¡Así, cualquiera!, ¿verdad, don Dimas?
Ya le digo…
¿Y los ingleses no le pedían cuentas de lo que escribía?
Pues sí, pero era peor. Se liaba con que si la fase oral, que si la fase anal, que si la fase fálica, que si el período de latencia y que si la fase genital y, claro, la aristocracia inglesa, que se la coge con un envoltorio de After Eight, no le hacía ni puñetero caso.
¿Y cómo terminó la cosa?
Pues con el Segismundo muy malamente. Le dio un paralís en el cielo de la boca y se quedó medio alelado. Pidió a su compañero de carrera, el doctor Max Shur que le diera un chute doble de morfina y se quedó como un espárrago triguero.
Finalmente, y siguiendo la máxima aquella de que, muerto el burro, la cebada al rabo, al Segismundo le llegó la hora del éxito y la Psicología le aupó al pedestal que merecía. Tras él se creó una escuela donde destacaron gentes como Sándor Ferenczi, Hanss Sachs, Otto Rank, Karld Abraham, Max Eitingon y Ernest Jones.
Pues qué quiere usted que le diga, don Dimas. A mí me parece que es más creíble lo que pone el Larousse.
Sí; haga usted caso a lo que viene en las enciclopedias y verá. Fíjese usted en Islandia. En las enciclopedias pone Icelandia; pero al transcribirlo en amanuense de turno, aquí en España, como el inglés dijo Aislandia, él escribió Islandia en lugar de Icelandia. Igual pasó con el doctor Freud; que como tenía el mote de Floid, por lo de la loción de su padre, acabó como Freud, que en realidad se dice Froid…
En fin, si usted lo dice…
Bueno, don Matías. Hasta la próxima.
Veremos qué nos trae usted para la semana que viene
Eso. Ya lo veremos…

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