EL DÍA INTERNACIONAL SIN RUIDO

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Uno, en su diario deambular por los alrededores del Parlamento ve, y entiende casi todo. Si además, como es mi caso, tengo que adentrarme, a diario, en el Instituto de la Mujer, me encuentro, de rondón, enfrentado a eslóganes y situaciones que terminan sorprendiéndome. “Me amenaza a mí y a mi hijo”, dice una señora con cara de circunstancias, la pobre, desde un cartel transmitiendo toda la pena de tener que aguantar a un cabrón con la mano larga. La situación, a pesar de su dureza, me transporta a los tiempos en que don Luis Lucas, mi añorado maestro infantil, nos decía: ¡el burro delante, para que no se espante! No nos amenaza a mi hijo y a mí; no. Me amenaza a mí y a mi hijo. Emisor, mujer; receptor, mujer. Complemento circunstancial: la cría de varón.
Uno, que se ha enterado que hoy es el Día Mundial sin Ruido, precisamente cuando  ha  comprobado  el  ruido  atroz  que  hay  en  la  calle,   se  acuerda  que –alguna que otra vez- se celebra el Año Internacional de la Mujer; el Día del Niño, el de la Mujer Trabajadora, el Día sin Tabaco y así hasta el infinito. Bueno; no. Hay dos colectivos (que se dice ahora como si habláramos del autobús) que no tienen ni año, si semana, ni día. Por no tener o tienen ni tan siquiera cuarto de hora que celebrar: los hombres y los políticos. ¿Se imaginan el Día Internacional sin Políticos? ¡Bah!, demasiado bonito para ser cierto. Pero… ¿y el Día Internacional del Hombre? Ese son todos, dicen mis amigas feminazis. Igual hasta tienen razón…
Pero hete aquí que me tropiezo –es un decir- con un pobre hombre; edad madura, presuntamente prejubilado que camina junto a su futuro perfecto. Un señor ricamente ataviado, que se decía en las crónicas de las bodas, con un pantalón pirata; dos cuartas sobre las sandalias franciscanas. Dos dedos gordos coronados de unas uñas como navajas suizas. La camiseta sin mangas, de color amarillo desvaído y un ribete azul en los laterales. Sobre el pecho un número 16 y la leyenda “Lakers”. Cruza su deportivo atuendo una pequeña bolsa de cartero amateur a modo de bandolera y, desmayada bajo su abultada barriga, una riñonera que, más que riñonera es ombliguera. El prenda va provisto de una gafas de sol grandes; de pasta también en color amarillo, y cubre su cabeza con una gorra beisbolera de un color indeterminado. Su supuesta esposa, no. Su supuesta esposa va muy limpita y bien arreglada. Una rebequita sobre los hombros y un conjunto camisero de lo más mono.
Pues bien. Uno que es un hombre normal; de los que se ponen para salir a la calle lo que le manda la gobernanta, se espanta al ver esto. Uno que es un hombre normal, y que cuando recibe la orden de salir a la calle pregunta, como es su obligación: ¿qué me pongo?; recibe siempre la respuesta, también obligatoria: te lo he dejado sobre la cama. ¿A quien reclama el varón cuando ve el traje de Pau Gasol desmayado sobre la colcha de moaré? ¿Qué Instituto oficial se encarga de recoger las llamadas angustiosas de los pobres adefesios?.
Claro, ustedes dirán: pues que coja él la ropa, que para eso tiene manos. ¡Sí hombre! ¡Hasta ahí podríamos llegar! Se empieza dejándoles ponerse la ropa que quieren y se acaba cediendo el mando de la nave. ¡De eso nada!
Mira, Mariano. ¡Mira qué camiseta te compré en el chino!. Es la del Gasoil
Gasol, Petra… Gasol
¡Ah!, es que yo de coches no entiendo.
Esto se terminará cuando el hombre, coja las riendas de su vida y, en un gesto desesperado se enfrente, cuan Gary Cooper en “Sólo ante el peligro” al dependiente de turno y le diga; así de sopetón.
Quiero unos calzoncillos de algodón de mi talla.
Claro que, para entonces, el dependiente le dirá: ¿slip, boxer, tanga, suspensorio…?
Y ya la hemos liado…
Pero no. No es por ahí por donde yo iba. Yo les quería hablar a ustedes hoy del Día Internacional sin Ruido. Resulta que, al encender el televisor, los programas informativos nos dicen que se celebra el Día sin Ruido. ¡Anda, mira qué bien! Voy a subir a decírselo a mi vecino; que está de obras y está levantando el suelo con una radial desde la hora de la siesta.
Déjate; me dice mi mujer. Que ayer se lo dije yo y daban los golpes aún más fuertes si cabe.
Bueno, qué se le va a hacer.
Sigo viendo el televisor y sale una señorita, que dice llamarse Anne Igartiburu quien, desde sus casi dos metros de perfecto y estilizado cuerpo serrano, melena rubia al viento, labios rojos turbadores y sonrisa fresca Profidén, informa de lo mismo. Anuncia un debate apasionante. Bueno, me digo. Vamos a escuchar este debate. No es que a mi, como ustedes bien podrán pensar, me guste esta señora; no. Es que tengo un amigo, Tomás, al que sí que le gusta y yo, pues claro, veo el programa por comentarlo luego con él…
A su vera tres mujeres, presuntamente periodistas, especializadas en la prensa de la placenta y el líquido amniótico. Junto a ellas tres personas del otro sexo. ¡O del otro!, por el aspecto. Dos de ellas parecen gemelos. Para mí que son algo tralará, por cómo se expresan y cómo se alborotan al hablar. Están discutiendo sobre el septuagésimo (bueno, ellos dicen el setenta) cumpleaños de no sé qué baronesa que antes fue viuda de Tarzán y más tarde viuda de un ascensorista y que, a lo que dicen, no es ni baronesa; ni bayonesa.
¡El guirigay que tenían en el estudio, todos ellos hablando a un tiempo era de escucharlo! Los gemelos alocados dando pequeños saltitos en la butaca y un relamido periodista al que dicen Josemi, impiden a la sueca de Elorrio, llevar una conversación entendible. Por si era poco, un pobre hombre aporrea un pianillo electrónico a sus espaldas. El músico permanece impasible, llevando un chundanchún al que nadie hace ni puñetero caso. Pero él nada. A lo suyo. Por si era poco, se acompaña de unos movimientos con la cabeza y con las caderas como si estuviera dando un concierto en el Albert Hall.
Cinco años de solfeo; ocho de piano; tres de dirección de orquesta y, cuando al fin consigue un contrato, el pobre Chopin, se encuentra acompasando el gallinero televisivo. Ni el público, ni las periodistas, ni la rubia, y muchos menos el telespectador podrían señalar qué canción, qué ritmo, o qué tipo de música estaba tocando. Nadie se enteraba. Eso sí. Del televisor salía un ruido molesto, nocivo, insalubre y peligroso que a punto me tuvo de tirarle un cenicero. Menos mal, pensé a tiempo, que puede apagarse el aparato. Puff… Menos mal; si no me contengo a tiempo me quedo sin partido.
Desde aquí, y ya para despedirme solicito a las autoridades patrias: ya sean locales, autonómicas o nacionales, que organicen no ya el Día Internacional del Hombre; no. Sino el Día Internacional del Pianista. A ver si el pobre, como quien no quiere la cosa, consigue hacerse entender.

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Una respuesta a “EL DÍA INTERNACIONAL SIN RUIDO

  1. ¡Amén! A todo lo dicho.