ATILA, UNA DEUDA CON LA HISTORIA

ATILA

La Historia es un baúl en el que viven, en absoluto desconcierto, paradojas, realidades y ficciones. Personajes, hechos, citas y fechas conviven en un absoluto totum revolottum para utilizar al libre albedrío de aquellos que lo necesiten. Hoy vamos a hablar de Atila.
Atila, quien pasó a la Historia como Rey de los Hunos, o como Azote de Dios fue, en realidad, un personaje mucho más liviano e incluso cercano de lo que pudiera colegirse de esos apodos. Atila se llamó Eutiquio Callejón Andújar y era natural de Bujalance, Córdoba. Su padre, un cantero que trabajó en las obras de la Mezquita, trató de emplearlo como capataz, pero Eutiquio era muy flojo y no prestaba atención. Harto el padre de llamarle la atención le mandó de Erasmus a Estambul –que le den por el bul en Estambúl, parece que dijo-, que por aquellas calendas estaba cambiando su denominación de Bizancio a Constantinopla. Por aquellos parajes, caldo de cultivo de todas las guerras, Eutiquio se hizo militar. Ingresó en una unidad de élite, los turbantes verdes, y se dio a la invasión y el desenfreno por toda la estepa chino-rusa. Pronto sus huestes comenzaron a llamarle Atila, que en mogol quiere decir “para ya, hombre, que llevamos dos días a caballo y tenemos almorranas de la puñetera silla”.
Una circunstancia, desconocida para el gran público, hizo que Atila –más que Atila su caballo- pasara a la Historia como una bestia alocada: por donde pasaba su caballo no crecía la hierba. Pues bien, tampoco en esto Atila tuvo culpa. El caballo que Atila trajo desde Hispania, Othar era, en realidad jaca y no caballo. Esto, que ahora podría parecer una opción, en aquella época era visto como una debilidad del guerrero. Atila mandó llamar a su domador, Rafaelito Peralta, un español de Puebla del Río, en Sevilla, que tenía muy buena mano con los caballos, para que le solventara el asunto. Pues bien, Rafaelito, visto que no podía con la yegua mandó que le trasplantaran los órganos sexuales de un alazán. Esto, para aquella época, fue como lo de la oveja Dolly, pero sin televisión: una revolución. Al principio, Atila estaba conforme, pues quería al caballo. Pero, claro, Othar era blanca y el aparato del alazán, negro. El pobre equino sufría mucho con el resto de caballos que le tomaban el pelo y los mogoles, que sabían mucho de caballos pero no entendían su idioma pues aún no se habían inventado el inglés para decirles aquello de “sit” y “down” o “platz”, no sabían ya qué hacer con la yegua Othar.
Atila, que estaba más cabreado que una mona invadió todos los Balcanes, llegando hasta Grecia, donde dejó todo tal y como puede verse hoy: hecho unos zorros, al decir de Gila, como muy bien recuerda La Agüela. Rafaelito Peralta le aconsejó vender a Othar pues le estaba haciendo agriar el carácter. Mira chico, le dijo, tengo una mujer que se ha encaprichado de ella y te va a hacer precio. Es una chica que canta por Cádiz y que le gustan mucho los caballos. Atila, como era habitual, hizo caso a Peralta y le vendió la jaca a Estrellita Castro, que la dedicó a pasear al galope desde El Puerto de Santa María hasta Jerez. Allí Othar disfrutó mucho y llegó a ganar un par de veces las carreras que, en Bajo de Guía, organiza el ayuntamiento sanluqueño.
El caso es que, Atila, mucho más tranquilo, aunque pesaroso, pues amaba a su caballo, siguió invadiendo territorios y dando la murga por toda Europa. En el 451 invadió la Galia, donde le habían dicho que daban unas tostas de pan con hígado de oca que quitaban en “sentío”. Allí se fue de vinos con un tal Taras Bulba, que era un buen militar pero que se había quedado tarado con unas bulbas que cogió en el himeneo con un mogol en un baño turco, y según indica su nombre. Este Taras Bulba quería quitarle el mando, por lo que Atila, muy bien asesorado nuevamente por Rafaelito Peralta, le mandó a Egipto a invadir El Cairo. Allí conoció a una gachí que valía un imperio –el egipcio- y se casó con ella. Como seguía siendo un borde, sometió a todo un pueblo, el judío, y lo utilizó para amontonar piedras. Los judíos, que son aliados de los Estado Unidos, pidieron ayuda a Holliwood y los yanquis le enviaron a Charlton Heston quien, además de ser el baranda de lo del rifle, tenía mano con Jesucristo. Lo de la zarza y el pollo que le montó Heston a Taras Bulba ya lo saben ustedes y no es cuestión de repetirlo aquí. Así pues, sigamos con Atila.
El caso es que el ejército de Atila quedó muy mermado con la marcha de Taras y tras la venta de Othar. No obstante eso Atila decidió invadir la Galia entera y puso como un pingo al rey visigodo de Tolosa, una población que, en francés, dicen Toulouse. Que si el godo empina el codo; que si godo tralará, y cosas por el estilo. Claro; el godo echó la pata pa’lante y se montó la mundial. Atila arrasó Metz y Orleans, pero el godo que tenía entre sus filas a Vercingétorix, un cabo auvernés, que luego echó a todo Cristo de Francia, le dio un repaso en la batalla de los Campos Cataláunicos.
De esta batalla se cuenta una historia que no está sujeta a verdad. Al parecer, y según algunos historiados españoles –con perdón- de Cataluña, piensan que la Casa Real Catalana, a cuyo mando estaba el Rey Arturo y con Sant Jordi (Pujol, of course), de cabo furriel, vencieron con las tropas cataláunicas. Esto no es así, claro está, pero a ellos les hace mucha ilusión y por eso, yo aquí, lo dejo recogido. Total ¡qué más les da a ustedes!… Y si ellos son felices…, que diría Mariano.
Bueno, resumiendo, que al final nos vamos a quedar sin comer, que un año después, Atila, en su loca carrera, invadió el norte de Italia, arrasando Aquileya, Milán y Padua. Los italianos, siempre tan osados y valientes, huyeron a esconderse bajo la blanca saya del Papa León I quien detuvo la invasión pagándole una guirigaya del carajo de la vela a Atila. Este, satisfecho su ardor guerrero, se retiró a la Panonia, donde montó un banco suizo para meter el oro romano y, como buen guerrero, descansó en los brazos de una churri que le había apartado el gran Rafaelito Peralta. Atila la retiró del vicio y se casó con ella pero, quien la hace la paga, dice el refrán, y el pobre Atila entregó la cuchara en pleno acto sexual y sin llegar al culmen, palmando de una apoplejía y sin consumir el matrimonio.
Oiga don Dimas. ¿No sería sin consumar?
También, don Matías. También: sin consumir y sin consumar.

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