AQUELLAS TARDES DE GREDOS…

FALANGELa tarde se envolvía con el anaranjado rebozo del viento sur. Unas ingrávidas nubes colgaban del pico más alto de Gredos. Por el valle del río Pelayos, que no es tributario de río alguno ni falta que le hace, corre un agua leve y fría que despierta al más pintado. Sobre una de las peñas, desnudo y bello, como Antinoo en el dintel de la alcoba de Adriano; Urbano, el carbonero de Ramacastañas, tenía el cuerpo untado del albo jabón Lagarto. La blanca espuma destaca, especialmente, entre las piernas negras, por el carbón y el sol. Las chicas de la Sección Femenina, escondidas tras una alta mata de piornos, observaban como el Urbano se frotaba el sexo con delectación. En un momento dado el Urbano se empina, de puntillas, sobre los dedos de ambos pies y salta, en un plongeón perfecto, clavando ambas manos y curvando el espinazo como una trucha. Según avanza de un lado a otro de la charca una estela de jabón va quedando atrás.
Las jóvenes púberas corren como si fueran corzas perseguidas por el anunciado y amenazante macho cabrío con quien Sor Teófila las asusta en las noches tormentosas del albergue. Corren pensando que Satanás podría cogerlas de la cola de caballo para llevarlas hasta las calderas del cráter de Cumas. No pararán de correr y gritar hasta llegar al albergue falangista. Allí, la hermana portera, una manchega de Torre de Juan Abad, provincia de Ciudad Real, las reñirá convenientemente concluyendo con un ¡Ay, Jesús!, que va a ser de estas señoritas…
Los flechas han concluido la marcha tras coronar el Almanzor y bajan la cuesta que lleva al campamento cantando canciones de lascivo ardor guerrero. Canciones que hablan de rutas imperiales; de montañas nevadas y de una España donde empieza a amanecer. El falangista a quien llaman “mando” ha ordenado detenerse y romper filas. Los jóvenes corren de un lado a otro como una bandada de patos confundidos. Algunos –los menos- se dirigen al río para refrescarse; otros se arremolinan en torno al mando esperando su terroncillo de azúcar, como los caballos tras hacer las cabriolas para las que están entrenados.
Los jóvenes que se bañan en el río cantan ahora otra canción. Es una canción hiriente y zafia que dice así:

Para guapas, en Guisando.
Para chulas, en Arenas.
Para guarras en Poyales…
¡Y putas en Candeleda!

El Urbano, que se ha escondido tras una peña para que no le puedan descubrir los falangistas ni los guardias civiles que, paseando, se han llegado hasta el campamento. A los vecinos del pueblo les está prohibido acercarse al campamento. Algunos, como el Urbano, pese a que los terrenos sean propiedad de sus padres. ¡Donde hay patrón… ya se sabe!
Esta tarde hay baile en la piscina natural. En una de las charcas, el ayuntamiento ha construido una poza y, en una pequeña explanada de estribor, han colocado gallardetes y cadenetas y, con la ayuda de un acordeón y un par de bandurrias, tocan valses y polcas; tangos y pasodobles; jotas y rancios boleros de cubana naftalina. El Urbano se ha perfumado y se ha calzado el pantalón blanco y la boina nueva. Fuma tabaco de liar y bebe cerveza clara, con gaseosa, de un porrón, con mucha habilidad.
La orquestina se arranca por Marcial y el Urbano se atreve, más por la cerveza que por decisión, a sacar a bailar a una de las falangistas. La joven duda pero se deja coger de la mano. Una monja se abalanza sobre la pareja impidiéndoles salir a la pista. La joven se rebela y, dando un leve empujón a la monja, sale a la pista y, de costadillo y con mucho aparato de codos y demás prevenciones, baila el pasodoble. El Urbano baila sin hablar; con la cigarrillo prieto entre la comisura de los labios. La boina un tanto ladeada y la camisa abotonada hasta el cuello. Las alpargatas, arrastradas por la pista, levantan una ligera polvareda.
La monja se ha repuesto del empujón y sale, escopetada, hacia el puesto de mando que, bajo el mástil de la bandera falangista, aloja al responsable del campamento. De inmediato reúne una escuadra y, a paso ligero, avanza hasta la improvisada pista de baile. A ambos lados se encuentran los vecinos y los falangistas que cantan el Carrasclás y Margarita se llama mi amor implados de amor patrio. Las chicas, por su parte, miran hacia la tropa –la propia y la ajena- esperando su turno para girar como locas a los compases del Danubio Azul. Los vecinos, por su parte, cantan una jota que dice así:

Quien estuviera, moza
Como los pies del Señor
El uno encima del otro
Y un clavito entre los dos

La escuadra agarra al Urbano y arranca, de entre sus brazos, a la joven falangista. Los vecinos del pueblo, al ver al grupo atacar a su vecino se lanzan sobre ellos. Lo que sigue, como muy bien relató Federico, ya lo pueden imaginar: fueron escalabrados cuatro romanos y cinco cartagineses.
La brisa de la noche comenzó a caer, heladora, sobre las orillas de la charca. Las luces se apagan y la luna se asoma al alfeizar del Almanzor. Las ranas croan, las nutrias chapotean. Una garduña huye en dirección a los tejos. Una raposa saltará las bardas del gallinero y las cluecas correrán, sin solución, de un lado a otro. Bajo el manto argentino de las estrellas un bando y otro restañan sus heridas. Corre el porrón, y se intercambian la petaca del tabaco. Las chicas se han retirado tras la hermana portera. De ambas filas surge una canción:

Al que no le guste el vino
es un animal, es un animal…

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