LA FAMILIA STANLEY. TODO UN EJEMPLO

GORDO

Don Arthur Stanley Jefferson no era, pese a lo que muchos piensen, un presidente norteamericano. No era un cantante funki, y tampoco era un empresario del aluminio. No. Don Arthur Stanley Jefferson era, en realidad y para que usted se aclare, Stan Laurel, el compañero de correrías de Oliver Hardy o, si así lo prefiere el más liviano de la pareja el Gordo y el Flaco.
¡Pues sí que lo sabía! Ya ve usted, don Matías.
Lo que posiblemente desconozca es la verdadera historia de esta pareja y, por ser más puntillosos, la verdadera historia de Stan Laurel y su familia.
Pues no. No la conozco. Pero espere que me siente que seguro que me la va a contar.
Stan Laurel había nacido en Inglaterra y era, en la vida real, un obeso mórbido. Por el contrario, Oliver Hardy era un actor extremadamente delgado a quien no habrían permitido desfilar por la Fashion Week, ni de coña.
¿Pero qué me dice usted?, don Matías. Si yo pensé que el gordo era Hardy y el delgado Laurel.
Pues no, señor. ¿Ve usted cómo se escribe la historia? Al Laurel tuvieron que ponerle a un régimen estricto para que quedase delgadito y juncal y al pobre Oliver le tuvieron comiendo un mes a pan y manteles para que engordase. Todavía se recuerda en Hollywood el menú: un balde de patatas con bacalao, 60 hamburguesas, otros 60 perritos calientes y, de postre, seis cajas de Mantecaditos de Reglero mojados en café con leche. Una barbaridad, no le digo más.
¡Anda!, ¿y por qué no cambiaron los papeles?
Pues porque en aquellos años el cine era mudo, y claro, los actores no hablaban. Les tocaba el guión y tenían que ponerse a dar el tipo como fuera.
¿Pero usted cree que los actores eran mudos también?
¡Anda, claro!. Y los hombres varones y las actrices mujeres. ¿Qué cree usted, que es como los azafatos de Almodóvar? Entonces había muy pocos actores, porque había pocos mudos. Charlot, Buster Keaton, Ion Chaney… La primera actriz que habló fue Sara Montiel.
¿Sara Montiel ya era actriz cuando el cine mudo?
¡Anda, claro! Sarita había conocido a los hermanos Lumiere que estaban haciendo el bobo con una cámara de cine. Que si grabando la llegada del tren, que si grabando la salida de la fábrica. El caso es que Sarita se acercó a ellos y les dijo: Auguste Marie, Louise Nicolas, vosotros lo que tenéis que hacer es el cine hablado, que el mudo ya lo hice yo en Hollywood con el abuelo de John Ford.
Bueno, don Matías, yo creo que me está metiendo usted una trola…
De eso nada. Déjeme seguir y verá como es todo verdad. Yo lo he leído en la revista de Eroski, que saca, además, recetas y las calorías de cada alimento.
Bueno, siga…
¿Usted nunca se fijó que Stan Laurel era igualito que Clint Eastwood?
Pues ahora que usted lo dice…
¿Lo ve? Pues eso tampoco lo dice nadie.
Pues resulta que este Arthur Stanley Jefferson era hijo de aquel otro Henry Morton Stanley que anduvo buscando al doctor Livingstone por el África Central.
¡Anda!…
Lo que yo le diga. Resulta que el padre del Stan Laurel, que se cambió el apellido porque su padre no era, por lo insistente y lo pesado, un ejemplo para ningún niño. Pues como le decía, el padre del flaco se llegó hasta Estados Unidos y, una vez allí, en Nueva Orleans, tomó el apellido Stanley al ser adoptado por un comerciante norteamericano. Participó en la Guerra Civil americana.. Al finalizar la guerra, comenzó su carrera como periodista, escribiendo como corresponsal desde el oeste americano. En 1868 acompañó como cronista a las tropas británicas a Abisinia, en la expedición que realizaban los ingleses contra el Negus Teodoro II de Etiopia, más tarde emprendió expediciones al imperio Otomano, visitando Grecia, Esmirna, Beirut y Alejandría; también es enviado a España, donde presencia la guerra carlista y asiste a la caída de la reina Isabel II y aprende un perfecto español.
Pues se movía más que los precios ¿No le parece?
Ya lo creo. El caso es que se instala en Almería y se liga a la Remigia Donifante, una mujer de la localidad de Las Cuevas de Almanzora que le hace alucinar con el color moreno de su piel. De la rama de esta Remigia nacería, en su momento el Clint Eastwood que viajó a Cuevas de Almanzora para conocer a sus parientes y, es allí, donde Sergio Leone le hace debutar en películas de vaqueros. Pero, en fin, esto ya es otra historia.
El caso es que Stanley recala en París, donde recibe el encargo del editor del New York Herald, James Gordon Bennett, de buscar al explorador y misionero David Livingstone, del que no se tenía noticia desde hacía algunos años, pero antes le encarga que asista como corresponsal a la inauguración del Canal de Suez, para luego ir a Jerusalén, Constantinopla, Crimea y llegar a la India a través del Cáucaso, Irak y el Éufrates. Tras este periplo Stanley viajó hasta la isla de Zanzíbar en 1871 y organizó una expedición para localizar al misionero escocés.
El objetivo de la expedición era la aldea de Ujiji, en el lago Tanganika, donde esperaba localizar a Livingstone. Lo encontró, gravemente enfermo, el 10 de noviembre de 1871. En el momento del encuentro fue cuando pronunció la célebre frase “¿El doctor Livingstone, supongo?”.
El doctor Livingstone, que era algo corto, se mostró sorprendido:
No, el doctor Livingstone Martínez de Luco. El Supongo que usted cita es primo mío, pero yo no llevo su apellido porque no me hablo con él. Mi primo Supongo es, en realidad, un gorrón, que no se paga un café ni a tiros.
Usted perdone, doctor, insistió Stanley. Decía que supongo que usted es el doctor Livingstone.
¿Pero está usted sordo o qué? No le he dicho que soy yo. ¿Cómo es que usted lo supone?
El caso, doctor, es que en el Imperio piensan que usted ha sufrido algún accidente o se había perdido y me han comisionado a mí para que le encuentre a usted.
¿A quién han comisionado? ¿A usted, que supone una cosa que yo le había ya aclarado? Desde luego el New York Herald debe tener cada vez menos lectores si tienen que recurrir a usted.
El caso es que quieren saber si ha encontrado usted las Fuentes del Nilo.
Pues no; mire usted. Las fuentes…, lo que vienen siendo las fuentes…. Pues no. He encontrado, eso sí, al Abdul Weng, que es el que tiene la llave de paso de las fuentes, pero el muy cabrón no las quiere abrir.
¿Y eso?
Pues porque dice que, hasta el 30 de mayo, día de san Fernando, en que las ponen en marcha también en La Granja de San Ildefonso, que él no le da a la llave de paso.
El caso es que yo quería hacerle a usted una oferta, dijo Stanley. Verá usted, quería preguntarle si quiere usted venir conmigo a Zanzibar.
¿Dónde está eso? ¿En Ondárroa?
No; no. En África.
¡Ah!, es que, como tienen tantas zetas, uno ya no sabe si es euskera o ceceo. Pues dígale usted al editor que yo me quedo aquí. Resulta que las churris de la tribu van como Dios las trajo al mundo.
¿Cómo si fueran del National Geographic?
¡Mismamente!
¿Y me podría quedar yo también?
Sí, hombre. Para que me levante usted el ganao
No sea usted machista, Livingstonne
¡Vaya usted a tomar por riau! No te digo aquí el Stanley este de las marices.
Stanley se volvió a América e informó al editor del periódico del resultado de su viaje. El editor le echó un broncazo de no te menees.
¿Pero no ha traído usted una sola fotografía para que podamos sacarla en portada? ¿Usted cree que la gente se va a creer su relato?
Pero señor Gordon Bennett ¿cómo le voy a traer a usted una fotografía si todavía no se ha inventado?
El caso es que al pobre Stanley ni le pagaron el viaje, ni le creyó nadie, ni tan siquiera la empresa de aviación le ingresó los puntos por volar con ellos. Nada. Cabreado se retiró del oficio de explorador y se metió en el negocio de los pantalones donde creó un pantalón de tela vaquera que llamó Livis, en honor a Livingstone. Pues nada que, al parecer, un judío que se llamaba Levy se lo copió y trucó el Livis en Levy’s y se apropió de la patente.
Asqueado se retiró de la vida pública y dedicó, el poco dinero que le quedaba en pagar a su hijo una cura de adelgazamiento para que pudiera trabajar en el guión que le habían dado para hacer de flaco en una peli con un gordo llamado Oliver.
¿Y eso es todo?
Bueno, usted se cree que la revista del Eroski es el Espasa. La semana próxima sacará el siguiente capítulo. Al parecer el Gordo, ya sabe, el que en realidad engordó siendo flaco, tuvo un hijo extraconyugal con una mujer venezolana. Cuando se rompió la pareja Oliver y Hardy, el gordo se marchó a Venezuela y le donó todo su dinero a su hijo, para que diera un golpe de estado y se hiciera comandante bolivariano….
¿No me diga que….?
¡Ah!, para eso tendremos que esperar a la próxima semana, cuando saque el Eroski la revista.

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