EL PILOTO

coruña

Algunos de ustedes, los más intrépidos -pues intrépida y audaz es la ignorancia- se cachondean de servidor de ustedes cuando dice y proclama que en El Burgo de Osma y sus alrededores se han producido, de siempre, los acontecimientos que transformaron una piara de monos en ilustres castellanos. Si bien recientemente publiqué un post sobre José María Aldea Romero, navegante de secano y almirante de Castilla, hoy quiero traer a estas mismas páginas el recuerdo de otro castellano –este burgalés- de los que han hecho del rectángulo formado por Lerma, Covaleda, Berlanga de Duero y Aranda de Duero cuna de intrépidos españoles que han dado fama y prez a nuestra comunidad allende river side.
En ese rectángulo se encuentran localidades tan importantes en la Historia de Castilla como Salas de los Infantes, con sus siete infantes de Lara; El Ucero y su Cañón del Río Lobos, patria de Alvar González y centro templario; Calatañazor y su Valle de la Sangre, donde Almanzor recibió para el pelo; Langa de Duero con su castillo cidiano o San Esteban de Gormaz frontera fuerte entre cristianos y árabes. Tierras pobladas desde antiguo y habitadas por pelendones, arévacos, iberos, celtíberos, árabes, judíos, cristianos…
En Coruña del Conde, localidad burgalesa rodeado, en unas pocas leguas por Langa de Duero, El Burgo de Osma y el Cañón de Río Lobos, y muy cerca ya de Peñaranda de Duero, ciudad castellana que dio a España dos de los primeros viajeros que acompañaron a Colón a las Américas. En Coruña del Conde, decía, nació Diego Marín Aguilera, hijo de Narciso y Catalina, agricultores y ganaderos, si es que al escaso ganado ovino de esta zona se le puede considerar ganadería. Diego, era el mayor de una nidada de siete hermanos quien se quedó, muy niño, como cabeza de familia. El joven Diego era ingenioso y tenía una gran inteligencia natural. Enseguida pergeño pequeños inventos como un artilugio para mejorar el funcionamiento del molino que aún se conserva en Arandilla, aldea próxima a Coruña del Conde. También inventó otro ingenio para los batanes o molinos de agua y otro para aserrar los mármoles en la localidad cercana de Espejón. Esto está muy bien, se decía el joven Diego, pero yo necesito algo más. Algo que me haga elevarme sobre la ignorancia y la molicie que atonta a mis compatriotas.
El Diego, ya se dijo, tenía muchas inquietudes y algún pajarillo en la cabeza, todo hay que decirlo, y estudió a fondo la mecánica del viento para afinar sus artilugios en los molinos. Una tarde, en que se le metió en el cuerpo las ganas de volar, como a los milanos y a las grandes águilas que brujuleaban por el castillo del conde, se puso a imaginar cómo sería aquello de llegar al éter aleteando y aprovechando las cálidas corrientes para ascender, y el planeo de las alas para bajar nuevamente al suelo. Mientras sacaba a las ovejas a pastar se le ocurrió fabricar un aparato volador con sus alas y su plumaje. Se pasó un año entero escondido en uno de los torreones del castillo para observar el vuelo firme y sereno de los buitres y poder estudiar sus alas y plumajes.
Una tarde, después de almorzar un par de medio lomo de orza y un azumbre de clarete de Langa, que es el mejor vino de la zona pese a lo que dicen los de Alcubilla, se juntó con el Alipio, el herrero del pueblo, y fabricaron un armazón y unas articulaciones de hierro de forja para las alas según el diseño del Diego. Poco a poco comprobaron su funcionamiento y tras conseguir hacer una alas con las que quedaron contentos, idearon que éstas deberían extenderse con la forma de los abanicos. Con unos tetones unieron los casquillos y estribos para poner los pies y, tras seis años de trabajo, decidieron que había llegado el momento de probarlo.
Una noche de san Isidro, concretamente la del año de 1793, en que hacía un pequeño relente pero que, sin embargo, estaba perfectamente clara la noche y despejada la ruta de El Burgo, el Diego, el Alipio, el Joaquín Barbero –su confidente y amigo- y la hermana de este que hizo de madrina de la nao y la inauguró rompiendo sobre su casco una botella de Mahou de un tercio, subieron el prototipo a la peña más alta del castillo. Los vecinos, al verlos subir el artefacto, pensaron que se habían vuelto locos.
¿Ande vais, insensatos? ¡Bajad de ahí que como se entere el señor conde os va a mandar azotar!.
Dejadnos campo libre, dijo el Diego. Voy un momento al Burgo de Osma a comer un torrenillo; de allí a Soria y volveré pasados unos días.
Bajete de ahí, idiota, le dijo el alcalde. Como rompas algo te majo el lomo a palos. ¡Burro; más que burro!
¡Jesús, que tropa!, debió pensar el pobre Diego antes de arrojarse al vacío. Contra todo pronóstico, el joven piloto voló hasta tomar tierra –mejor sería decir comer que tomar- al otro lado del río después, eso sí, de haber recorrido 431 varas castellanas, o trescientos sesenta metros, que viene a ser lo mismo.
El Alipio, el Joaquín y su hermana y una turbamulta de gañanes, aparceros y público en general se tiraron, ladera abajo, tras el ingenio volador y el Diego Marín.
¡Aquí!, gritaba el Diego, con un par de costillas rotas y un brazo mancado. ¡Aquí!, que no ha sido nada…
¿Qué pasó, Diego?, preguntaba el Alipio. ¿Qué ha fallado?
Un perno, Alipio. Un perno que se ha soltado.
Es que tenías que haber inventado, antes que el avión, la soldadura oxiacetilénica, Diego.
Ya; pero es que a mi lo que me gustan son los aviones, no los altos hornos, ni las fallas valencianas.
Pues entonces, ya sabes lo que te espera. Lo mejor sería inventar antes el paracaídas…
Deja, deja, contestó el Diego.
Cuando llegaron los vecinos el Diego ya se había levantado con la ayuda de sus amigos.
¿Qué?, le decían sus paisanos ¿Qué me trajiste de El Burgo?. ¿Has comprado tortas o te las has pegado todas?, decían los más ingeniosos…
Seréis ignorantes. No vais a volar en vuestra puñetera vida.
Ni falta que hace, burro. ¿Has visto alguna vez un burro volando?, le decía el alcalde.
El cachondeo, para qué decirlo, duró seis años con sus días y sus noches. Aquello no era vida. Los muy ignorantes, a la noche siguiente al accidente, prendieron fuego al artefacto y el Diego y el Alipio se encerraron en sus casas y ya nadie volvió a verlos.
La primera ruta aérea en el mundo –cosa de la que aún no nos ha hablado el Navegante- unió Coruña del Conde y El Burgo de Osma. Los sorianos, algunos sorianos y algunos burgaleses, desconocen esta historia, yo les recomiendo que se empapen de ello y lean, en la página web http://www.alpoma.net/tecob/?p=320 todo lo referente a este adelantado de la aviación nacido en nuestra comunidad autónoma.
El Diego Marín Aguilera, primer hombre de España y del resto del orbe, que voló en un ingenio inventado por él mismo, murió de pena y de dolor por la ignorancia y la burla de sus vecinos. El Diego Marín Aguilera nunca vio, ni nadie le habló, de los bocetos de Leonardo Da Vinci; nunca llegó a ver la máquina de volar de A.G. Trouvé, que la Academia de las Ciencias Francesa rechazó hasta en tres ocasiones; no. El Diego Marín Aguilera, hombre castellano de la comarca de El Burgo de Osma, tierra de intrépidos hombres a quienes no se les pone por delante ni la razón, ni la sensatez, voló como nunca lo había hecho nadie en el mundo. Hoy, por aquello de que nadie es profeta en su tierra, una vez muerto el perro han echado la cebada al rabo del castillo los naturales de Coruña del Conde, y han colocado sobre las almenas del castillo -¡que hay que ser brutos para hacerlo-, un aeroplano que el ejército del aire español regaló para conmemorar el ciento cincuenta aniversario del vuelo.

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