EL EXPOLIO

EXPOLIO

Ricardo G. es un jubilado de sesenta años. Un hombre que, desconozco por qué, se encuentra jubilado siendo más joven que muchos de los trabajadores a los que aún se les pide el esfuerzo de seguir un mes más por cada año que le falten hasta la cantidad de 65 años. Ricardo G. tiene mucho tiempo libre y no lo utiliza en el voluntariado, o en marchar a las excursiones de IMSERSO a Benidorm; no. Ricardo G. es un ladrón cultural y su banda, porque este ladrón tiene una banda de colaboradores necesarios, son los políticos de las comunidades autónomas y aún  del  Ministerio  de  Cultura (que desconozco si existe o no) y que colaboran –en el mejor de los casos sin saberlo- en estos despojos culturales. Unos políticos que gastan los impuestos de los ciudadanos en sus mamandurrias, en aeropuertos peatonales, en ciudades del medio ambiente y en viajes a Cataluña para reforestar la provincia (se lo juro, oigan ustedes, y si no lo creen, en unos días van a comprobarlo leyendo la prensa); en aeródromos como el de Soria y en cúpulas del vino y otras zarandajas que dejan mucha comisión y dan lustre a las cuentas corrientes. Unos políticos que no gastan los impuestos en defender el patrimonio, con un simple vallado de los yacimientos; no los gastan en conservar este patrimonio ni en dotar de medios –humanos y técnicos- a la guardia civil para que lo defiendan. Piénsese que el Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA) tiene una unidad adscrita a la Fiscalía de Medio Ambiente y Urbanismo y otra a la de Patrimonio Histórico de la Unidad Central Operativa (UCO). Todo ello para cubrir una extensión de más de medio millón de kilómetros cuadrados.
Ricardo G., pues, sabiendo que ancha es Castilla, coge uno de sus siete detectores de metales –debe ser que tiene uno para cada día de la semana- y se adentra en una necrópolis, en un yacimiento que está sin cercar y se lleva hasta la dentadura de Viriato y se queda tan pichi. Ricardo G. sabe que en esos terrenos, durante el verano, y para gastar los cuatro duros que sobraban, de vaya usted a saber qué mariscada o qué viaje de todos los diputados provinciales, han estado ocupados por jóvenes becarios, por estudiantes que, con más ilusión que profesionalidad, han gastado sus vacaciones excavando y barriendo piedras y arenas en cualquiera de los despoblados castellanos. Ricardo G. sabe que, con peinar el terreno con el detector va a conseguir unos resultados excepcionales.
En Soria hay tres grandes yacimientos Numancia, Tiermes y Uxama, y tan solo el numantino está vallado. A los expoliadores, como Ricardo G. no les cuesta mucho dar con fíbulas aquiliformes, puntas de flecha y espadas. Tampoco les cuesta encontrar corazas y pectorales, exvotos, joyas y otros tesoros que no son nuestros, sino de toda la Humanidad. El dinero para defenderlos, aunque sólo sea con una mínima valla, se ha utilizado para hacer las grandes estructuras alocadas que a los políticos les permiten salir en la prensa día tras día, por lo tanto, Ricardo G. puede dedicarse a sus expolios con toda tranquilidad.
En Soria hemos visto cómo se pretendía llevar a cabo la instalación de un polígono industrial en el mismo Cerro de la Muela, pegado a la ciudad arévaca de Numancia. Un polígono que gracias a la pelea de la familia propietaria y al apoyo decidido y fundamental de la profesora de Historia Antigua de la UNED, doña María Perex Agorreta, quien se batió el cuero como una jabata contra la carcunda política soriana, entre otros, consiguieron que la Justicia resplandeciera, tantos siglos después, a favor de los numantinos. Afortunadamente la cordura se implantó y hoy, la vicepresidenta de la Junta de Castilla y León, defensora a ultranza de aquella locura que, gracias a la crisis, se ha evaporado, ha pasado a mejor vida política –el Senado- y Numancia y los sorianos podemos descansar, aunque ya no hay quien recupere los daños infligidos al humedal del Soto de Garray. Un espacio único que el alcalde de Garray definió como un muladar. ¡Hay que ser bruto!.
El año pasado, por no retrotraernos más en el tiempo, salieron a la venta 18 cascos celtiberos únicos en el mundo y de valor incalculable. Según algunas fuentes su valor es superior al tesoro de la fragata Mercedes expoliado por la empresa Odyssey (véase http://arainfo.org/2012/03/el-expolio-conocido-y-permitido-en-aragon/) sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza. ¿Era Ricardo G. uno de los expoliadores?. Da lo mismo. Si no es Juan, será Pedro, y si no Ricardo G. pero lo importante es la falta de vigilancia de estos tesoros aunque, como diría aquella ministra, los tesoros públicos no son de nadie… Y claro que son de alguien; son de todos. Porque, algunos pensarán que las autoridades son responsables de este desaguisado, y tienen razón, pero no es sólo de las autoridades la responsabilidad; también nosotros tenemos la nuestra.
Yo sé lo que me digo. En mi pueblo soriano, Langa de Duero, vivo en una estación de tren que es un tesoro arquitectónico y un ejemplo de arquitectura industrial que debería estar defendida por las autoridades. No digo ya municipales –estas sólo se preocupan de defender el salario que ellos mismos se han concedido-, sino las autonómicas y las estatales. Se trata de una estación diseñada en el estudio de Gustav Eiffel en plena llanada soriana. Los puentes, los almacenes, las casillas, las elevadoras de agua, los gálibos, los semáforos y toda la línea son, en sí misma, un tesoro al alcance de los expoliadores. Este tesoro arquitectónico está siendo expoliado por gitanos, por rumanos y búlgaros –las autoridades señalan a estos colectivos-. Desconozco si es así, pero lo que sí sé es que estos expolios se están llevando a plena luz del día, mientras los vecinos miran para otro lado. Y hoy son los terrenos y las propiedades de ADIF, pero mañana serán nuestras casas, nuestros huertos, nuestras propiedades. Entonces será cuando nos echaremos las manos a la cabeza y nos preguntaremos ¿es que nadie los ha visto para denunciarlos?. Pues sí; claro que los han visto, pero… como no eran nuestras propiedades ¡se siente!.
Ricardo G., y así lo afirma la policía que lo ha detenido, es un ladrón habitual que ha robado tesoros en Numancia y en Tiermes. A Ricardo G. le habremos visto alguno –quizás yo mismo- con sus detectores de metales expoliando esos campos donde se exponían los cuerpos de lo soldados muertos tras las batallas para que las aves, al tiempo de alimentarse, se llevase sus almas al cielo. Ninguno hemos denunciado a Ricardo G., ¡faltaría más!, para eso está la guardia civil, y la policía, y los poderes públicos. Si no se los lleva él se los llevará otro, pensamos mientras nos encogemos de hombros. Ricardo G. no es un hombre distinto, ni especial, es uno más de los que pasean por el campo, junto a nuestros huertos y nuestras casas. Pues parecía un hombre amable, nos diremos… si hasta me dio tabaco y un trago de la bota. Efectivamente; Ricardo G. era un hombre más de tantos que pasean por el campo; pero la policía, cuando le detuvo le ha encontrado ¡cuatro mil piezas y siete detectores de metal!.
Ricardo G. se enfrenta ahora a un delito de apropiación indebida contra el Patrimonio y la pena puede ser de tres años, más multa. Quizás, como no tendrá antecedentes, no ingrese en prisión. No le ha salido mal el negocio a Ricardo G., porque, ¿cuántas piezas más habrá vendido hasta que le han pillado?. Pensemos en ello y hagamos un pequeño ejercicio de contrición, ¿hemos hecho lo debido cuando hemos visto a un hombre con un detector de metales por nuestros campos? ¿Hemos hecho lo que nos correspondía cuando hemos visto actitudes y personas desconocidas rondando nuestros pueblos? ¿Hemos cuidado, como corresponde a nuestra obligación vecinal, la propiedad de nuestros convecinos?. En la puerta de mi casa se han llevado las plantas que pongo cada día; se han llevado los ejes de las ruedas del tren; han robados los tiestos y cubetes que tenía junto a la puerta, han tirado abajo las puertas de un pequeño almacén para llevarse lo que se guardaba en el mismo. Algunos vecinos me han dicho quien es uno de los ladrones –el de las plantas-. Es un vecino del pueblo, jubilado antes de su fecha, como el tal Ricardo G. Un hombre que tiene una buena jubilación y a su familia trabajando. Un hombre que no necesita robarme a mi pero que, vaya usted a saber si es por vicio o por herencia genética, se dedica a robar mis cosas y los huertos de mis vecinos. Siempre pasea en bicicleta con su cajita de frutero y sus bolsas al aire. Sale con ellas vacías y vuelve con ellas llenas. Nadie le denuncia; incluso, cuando les he pedido a mis vecinos que repitan su nombre ante la guardia civil como testigos, se han negado aduciendo que, ellos tienen que vivir en el pueblo y yo no. Yo, como no tengo esos testigos que repitan lo que me dijeron no puedo decir su nombre. De lo contrario lo pondría aquí mismo, para que todos lo supieran, pero antes lo hubiera denunciado a la Guardia Civil. Pues muy bien; así seguiremos. Ellos robando y nosotros, rogando a Dios que no se fije en nuestras propiedades. Luego, eso sí, nos quejaremos del gobierno, de la policía, de los pocos medios que se ponen y de que la Justicia no hace nada… ¡Qué le vamos a hacer!. Como escribió Eduardo Marquina “España y yo somos así, señora!

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