ALCUBILLA DEL MARQUÉS. EL PUEBLO DEL NAVEGANTE

alcubilla

Bajo un peculiar cerro cónico y horadado de innumerables bodegas se encuentra Alcubilla del Marqués. El cerro esta coronado por las chimeneas que en Castilla llaman zarceras, por las que escapa el aroma dulce de sus vinos. El viñedo ribereño arranca, siguiendo al Duero y éste, en busca de Oporto, la marítima, donde al disolverse se entrega al océano. Así, como este Duero viajero y saltimbanqui, ahíto de soles y secanos, el Navegante salió una mañana, acompañado por su padre, un empleado de RENFE que aún no asimilaba qué le podría rondar por la cabeza a su hijo para quererse embarcar en una bañera de esas. Partió, decía, con dirección a Bilbao buscando una mar desde donde descubrir ese otro mundo que en Alcubilla descubría cada noche. Estrellas, luceros, carros de Santiago, Osas mayores y menores, fugaces estrellas que se perdían tras el horizonte de las cotarras próximas.
Alcubilla se apellida del Marqués pues del marqués de Berlanga dependía. Antes no; antes fue romana y árabe. Su topónimo, Alcubilla o Alcobiella deja patente la presencia de su atalaya. Alcubilla es una localidad cidiana. Es más, Alcubilla es la última tierra de Castilla; o la primera, si es que se viene desde fuera hacia Castilla. El Cantar dice:

De siniestro San Estevan, una buena çipdad,
De diestro A-lilón las torres, que moros las han;
Passó por Alcobiella que de Castiella fin es ya;
La calçada de Quinea y va la tras passar,

Así pues, Alcubilla era tierra de nadie; zona de frontera entre cristianos y musulmanes y bajo la influencia del rey de Castilla Alfonso VI. Lo cierto es que El Cantar, señala a Alcubilla del Marqués como el final de Castilla, aunque en la práctica la influencia castellana se extendía mucho más al Sur. En el cerro del Castro se encontraba, efectivamente, la fortaleza que atacaron las tropas de Abderramán III, en 920, junto con las vecinas Osma, San Esteban y Clunia que fue, en tiempos romanos capital de la marca, antes de dirigirse al campo de Valdejunquera, cerca ya de Pamplona.
Alcubilla pertenece al partido judicial de El Burgo de Osma y forma parte de la Diócesis de Osma y de la Archidiócesis de Burgos. En Alcubilla del Marqués se reza a la Virgen de piedra del Cerro que, según la tradición oral, apareció sobre una piedra y se bailan jotas y al suelto y algún que otro pasodoble de costadillo, el día de la Virgen del Espino y el de San Roque; el de San Roque y a su perro, ¡claro!. Madoz, aquel cotilla que todo lo contaba y todo lo inscribía transcribe, en sus diccionarios, una inscripción encontrada en el osario inmediato a la torre que dice:

Jovo Optimo Máximo. Valerius Sangonii Calletus Albeo. V.M.L.O

En los campos parduscos y pobres de Alcubilla amarillea la aulaga, huele el tomillo, enrojece el escaramujo, presume de nívea la rosa del espino y pinchan los verdiamarillos cardos borriqueros. En los huertos de Alcubilla se riegan, de San Isidro a San Ramón Nonato los tomates gordos y carnosos; se enrojecen los pimientos morrones de cuatro morros; crecen de forma exagerada los calabacines y se cortan demasiado grandes para el gusto de este relator, los pepinillos que luego nadan en el vinagre ácido y pegajoso que reposa en las bodegas.
Con el frío, los huertos cambian sus frutos por la hortaliza de hoja recia y abrigadora: coliflor, repollo, berzas. En un trozo pequeño se crían las alcachofas de flores azuladas; se atan los cardos para que no se hielen ni pierdan su albo color antes de la Navidad. En los barbechos asoma la remolacha. En los arbustos azulea el endrino, brillan de negro y rojo los frutos de las zarzamoras. Los membrillos con su amarillo abrigo se confunden, a lo lejos, con el manzano golden. De vez en cuando un nogal desmayada algunos frutos sobre el gris asfalto del camino.
En Alcubilla se caza el corzo, nunca la corza ni el corcino. Se persigue a muerte a la raposa y se confunden, frente al cañón de la escopeta, las largas orejas de la liebre con las pequeñas del conejo montaraz. Fuera de veda también se cazan la codorniz cuchicheadora y la patirroja perdiz . Se disparan a las zuritas buchonas y a los zorzales esquivos; sobre todo los cazan los italianos que vienen desde Roma durante una quincena. En el Duero cercano se pescan barbos y bogas; carpas y salvelinos. También, de vez en cuando, se pueden pescar –aunque no sé bien si esto se pesca o se caza- largas y escurridizas anguilas.
En el río Duero se pueden pescar, fuera de veda, los cangrejos señal. Ya no quedan, naturalmente los cangrejos autóctonos, pero aún se puede disfrutar de estos otros que, añorado el autóctono y rechazado el americano, pueblan el río. Una vez que escampan las cada vez más escasas lluvias en los alrededores de Alcubilla, salen los vecinos a coger el caracol y la caracola para la cena de nochebuena y las setas de cardo.
En Alcubilla del Marqués, como en los demás pueblos de alrededor, se come el lechazo, si es asado, y el cordero un poco más grande si va a ser puesto -como un San Lorenzo en la parrilla-  en costilletas o chuletillas. Se come un buen chorizo y una mejor morcilla. La mejor morcilla de Burgos, mal que le pese a Pilar M. Sancho, es de Soria. ¡Ah….! se siente. Con estos platos y el resto de aquellos de las matanzas del cerdo se bebe el ligero, claro y escasamente rojizo vino ligero de la Ribera del Duero. También es posible beber ahora esos nuevos vinos que han aparecido -como níscalos- de color negro y de graduación excesiva. No todo ha de ser bueno en la Ribera.
En Alcubilla del Marqués nacen aquellos burgenses que, en su modestia, prefieren el pueblo pequeño a la ciudad arzobispal. No todos, claro. Aquí también nació un burgense que tenía de todo menos modestia: Jesús Gil y Gil.
En Alcubilla del Marqués hay un museo etnográfico donde enseñan cómo se vivía en tiempos pretéritos. Desgraciadamente, en Soria no es extraño encontrar pueblos donde todo permanece como era antes. En algunos, incluso no hay ni personas para enseñarlos. Es la desgracia de una tierra que, por el olvido institucional y su cercanía a Madrid y Zaragoza, ha visto cómo los mejores de entre sus hijos han abandonado el pueblo buscando un dudoso El Dorado que, en el mejor de los casos, les obligó a vivir en condiciones, aún peores, que las que dejaban en Alcubilla. El oro es lo que tiene, que brilla; sí. Pero también deslumbra.
De este pueblo, que les recomiendo visiten, sobre todo entre las festividades de San José, esposo de la Virgen, y Nuestra Señora del Pilar, podrán encontrar todas estas cosas relatadas y otras muchas que se me escapan. Se las enseñarán esos dos vejetes que se llaman don Dimas y don Matías, y que viven en Soria bajo el disfraz de José María Aldea y Ángel Soria. Don Dimas –o sea, José María Aldea- nació en esta bella localidad. Su alcalde, seguramente, no lo sabe. De saberlo habría nombrado a José María Aldea Romero hijo predilecto del pueblo. Nadie lo merece tanto como él y, además, dudo mucho que haya otro hijo en el pueblo más viajado y mejor persona que él. Por si el alcalde lee esto aquí se lo propongo; y si no lo lee, que se prepare; cualquier día de estos me llego hasta Alcubilla y, entre chato y chato de vino, le convenzo para que ponga una placa en la casa en que nació. ¡Vamos!, por estas que son cruces. Estén ustedes tranquilos, que el día que esto llegue…, que llegará… estarán ustedes todos convidados.

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4 Respuestas a “ALCUBILLA DEL MARQUÉS. EL PUEBLO DEL NAVEGANTE

  1. Jose Maria

    Eso tiene el que tener amigos como Angel, que le abruman (jiji me recuerdo del chiste de la galleguiña) !gracias Angel!!!

  2. alegría

    Hombre me deja usted de piedra, ¿o sea Jesús Gil y Gil era paisano del Navegante?, sinceramente ese pueblo da hijos de gran variedad moral…….vamos como el día y la noche.

  3. No me cabe la menor duda de que sí don Ángel se encuentra con el Alcalde, le convence de que haga hijo predilecto a nuestro amigo José Maria.

  4. Fresita Magenta

    Bueno D. Matías me lo apunto, que una es muy pendona y la encantan las romerías…