EL TIERNO Y APASIONADO ASESINATO DE MADEMOISELLE BERNADETTE

coiffure

Mon dieu ¡que les cheveux suce!
¿Mande?
Votre chaveux es très gago, decía mademoiselle Bernardette a sus clientas. Mademoiselle Bernadette arrastraba las eges para epatar a las aldeanas que venían a teñirse la permanente de color azulado.
¡Ay, madmuasel! Qué cosas dice usted, respondían las clientas agradecidas.
Bernarda Pamparacuatro, alias Mademoiselle Bernadette Quatrepain, nació hace ya muchos años en el pueblo jienense de Torredonjimeno. La Bernarda Pamparacuatro nunca admitió su nacimiento jienense pues le parecía que una coiffure era algo muy fino y delicado.
La coiffure c’est une question de belles dames et élégant…
¡Qué pico tiene usté, madmuasel!, ¿verdá usté que si, señá Usebia?
Pues para mi que esta gabacha lo que tiene es mucho jeta y muy poca vergüenza. Para mi que la gabacha está liada con el tísico ese de las lacas, y que él es un calzonazos. Si en lugar de estar todo el día mirandole a la cara le arreara con las tenacillas de los rizos en toda la boca, otro gallo le cantaría.
El tísico de las lacas era, en realidad, el sufrido esposo de mademoiselle Bernadette, el Tarsicio de las Heras a quien mademoiselle llamaba Alain, como si fuera el de El Tulipán Negro.
Es que yo me siento más cómodo como Tarsi que como Alain, Bernarda.
¡Que no me llames Bernarda! ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?. Tarsi, Tarsi, ¿no te das cuenta que tienes nombre de taxista…
Es que yo…
Tú a callar. ¿Entendido?
Vale, amor.
Y no me digas amor, hombre. Dime amour, poniendo morritos.
Es que yo no sé si sabré…
No sé si sabré; no sé si sabré… Poco espíritu es lo que tu tienes. Y pocas ganas de prosperar. Al final siempre serás un español.
¡Hombre Bernarda! es que para africano soy un poco pálido…
Bon jour, madame
Buenos días. ¿Me puede dar una coliflor?. Que sea grande que vienen mis nietos a comer.
Pego que dise esta mujeg. ¿Qui est una coliflog?. Aquí no se vende coliflog. Paga eso tendrgia que ig a una vergdulegia, madame.
Oiga ahí fuera pone coliflores así que sírvame usted una, y hable usted como una persona, y no como un cochinillo…
Pego… pego… ¡Alain! Mon chegui… Llevate de aquí a esta ogdinagia. Ahí pone coiffure, no coliflog. Buga; mas que buga, très buga
Eso lo será usted, tía franchuta. Que es más falsa que la nariz de la Belén Esteban.
¿Pego que dise esta mujeg?
Márchese, señora. Por favor, le pedía el Tarsicio
Si, mejor que me vaya, porque si no… a esta franchuta de pega la cosía yo las costuras. ¡Vaya si se las cosía!
El Tarsicio que trabaja en arbitrios de la diputación, quería pedir una excedencia para dedicarse al negocio de las lacas. En arbitrios, desde lo de las autonomías, ya nadie cuenta con él. Se ha quedado sólo en la oficina, y el presidente de la Diputación le ha cambiado, aprovechando el cartel de arbitrios, y le ha puesto a dirigir el comité de árbitros, de la copa de la diputación de fútbol.
Tu no dejes nada, majadego. Mientrgas caiga el sueldó tu tiga paga adelante.
Mademoiselle Bernadette había inventado una laca especial. Una laca que duraba mucho más tiempo que la tradicional y que, además se podía vender muy bien como ecológica, ya que olía a campo en lugar de oler a ambientador.
La laca c’est très bon. Lleva lavanda, savon de Magsellá, agoma mediteganeo y en el bote una fotó de le solei du la giviega de Saint Trgopé.
¿Y el gas, Bernarda? ¿Cómo le insuflamos el gas?
Con el bote del mechego, chegui.
Pero si no vale para eso…
Bah. Papaguchas. Llamaguemos a la laca «Laca Amarga», paga dagle un guecuegdo de la Pgrovans. De la Cote Blue.
¿De la Provenza?, preguntó extrañado el Tarsício.
Güi, chegui, de la Pgrovans.
Pero Bernarda, por qué no hablas bien en casa, al menos.
Pogque luego no me doy cuenta. Tu debeguias haceg lo mismo, chegui.
El Tarsício se presentó voluntario -a la fuerza ahorcan- para hacer de conejillo de indias con la laca. Al cabo de tres meses no tenía un solo pelo en la cabeza y, a la altura de la raya empezaron a salirle unos ronchones rojos y una especie de hongos en forma de brócoli.
Mademoiselle Bernadette, que no había vuelto por la coiffure después del affaire de la coliflor, quedó impresionada con los manchurrones rojos del cuero cabelludo del Tarsicio.
Esto va a ser nuestgra guina, Tagsi; le dijo mademoiselle. Lo mejog es que nos alejemos un tiempo, chegui, paga que no nos guelasionen al uno con el otrgo.
Cuando el Tarsicio quiso reaccionar y cerrar la boca, mademoiselle se había fugado con un tratante de cuñas para hospitales que solía darse reflejos blancos en las sienes.
Es para parecerme al Puma. Las canas dan aspecto de seriedad y tiene mucho éxito entre las enfermeras, se justificaba el corredor de las cuñas, que se llamaba Higinio.
El Higinio, que era un golfo de tomo y lomo y vivía de las enfermeras y de las auxiliares de clínica, vio el negocio enseguida y puso a la venta los bienes de mademoiselle.
¿El matrimonio tenía partición de bienes o eran gananciales?
Ganansiales, mon chegui
Pues ya está. La parte ganancial para nosotros y la perdicial para el Tarsicio.
Antes de dos meses el Higinio había vendido la coiffure, la casa del Tarsicio y las cuatro cosas que tenía el matrimonio. Ni que decir tiene que el dinero de la venta fue al bolsillo del Higinio.
El Higinio, además de pintarse las sienes con reflejos plateados, de zorro bandolero, se gastaban los cuartos en darle al Chartreusse.
¿Y el Calisay que es más barato no le hacía bien?
Pues no señog, decía mademoiselle. Es que mi Anatol -al Higinio le bautizó como Anatol- es muy delicado pour le liqueur.
Claro, claro…
Después de beberse el Chartreusse de las dos de la tarde el Higinio, que ahora se llamaba monsieur Anatol, como si fuera una pastilla para la tos, se dirigió al asilo de las Hermanas del Cuñado de Dios donde iban a cerrar un trato muy ventajoso de tres mil cuñas de plástico y dos orinales y un bidé portátil para las hermanitas.
Una vez cerrado el trato, el Anatol invitó a mademoiselle a un blanco con seltz en el bar de al lado. Ya iban a salir, cogidos del bracete, cuando un asilado muy delgado, barba de cuatro días y absolutamente calvo se dirigió a ella.
Mademoiselle… si’l vous plaît?
Güi, se volvió la peluquera
Al ver las manchas rojizas sobre la calva y las pústulas que le crecían en la cabeza, mademoiselle rompió a llorar.
Alain, mon amour
El Tarsicio se abrazó a ella y, sin darle tiempo a reaccionar rodeo su cuello con la goma del gotero y la asfixió, sin piedad, delante mismo de las monjas y de las cuatro visitas del asilo.
Al Anatol, que de golpe volvió a llamarse Higinio, se le secó el Chartreusse en el gañote y salió haciendo fú, como el gato, sin volver la vista atrás.
En el barrio, el diario de la tarde ha salido con una foto grande. Una foto que, verdaderamente, no hacía ningún favor a mademoiselle Bernadette. Una foto en blanco y negro bajo un titular que decía: “Peluquera asesinada por su esposo”. Más adelante se relacionaba su romance con el Higinio; chulo de personal sanitario y Charteusseadicto. Se hacía especial hincapié en la fabricación de laca y en las pústulas del Tarsicio.
¿Lo ven ustedes?. La gabacha esa era, como yo les dije, una golfa. Las francesas son todas iguales. Una perdida y el pobre imbécil de la laca ahí le tienen. Ahora condenado de por vida y el golfo del querido ese de las cuñas, levantando el culo a nuestros enfermos. Si ya no hay ni educación, ni formación del espíritu nacional ni dios que lo críe.
¿Verdad usted que sí?, doña Pánfila
Ya se lo dije yo a ustedes. Mira que vender coliflores en una barbería… Estos franceses son muy raros y muy poco extramangantes.

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