DON MATÍAS Y EL INFOJOB

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Oiga don Mamés ¿ha visto usted a don Matías últimamente?
Pues no hace tanto; si señor. Pero igual no lo ve usted ahora porque está muy ocupado con lo de su trabajo?
¿Pero es que está trabajando a sus ochenta y tres años?. ¡Joder con Rajoy!.
Pues sí señor. Pero mire; por ahí viene. Ahora se lo contará el.
Muchas gracias, don Mamés.
No hay de qué, don Dimas.
Pero bueno, don Matías ¿qué es eso de que trabaja? Y además ¿qué le ha ocurrido para llevar muletas?. Si parece usted un cazador de elefantes.
Calle; calle. ¡Qué me ha de pasar!. La culpa es del inglés. No hay quien lo entienda.
Pues qué le ha ocurrido.
Verá usted. Siéntese, por favor, que es una historia muy larga.
Resulta que, como hoy es era el cumpleaños de la amiga Maleni San Vicente, había pensado en enviarla un detallito por su cumpleaños; y para ello me busqué un trabajo de esos que dice el presidente de la CEOE que teníamos que tener todos: un minijob. El caso es que, ni corto ni perezoso, me encaminé al diario El País, con idea de colocar un anuncio. Cuando llegué allí resulta que ellos mismos estaban buscando gente de confianza.
¿Y le colocaron a usted?
Pues sí señor. Pero no se me adelante.
Resulta que, tras los últimos affaires que están colocando a la prensa, en general, y a la escrita en particular, los diarios ya no se fían de nadie. Y están buscando colaboradores para actuar como notarios, que den fe de que lo que les llega es tal y como se anuncia o como se informa.
No me diga.
Pues claro que le digo.
Resulta que entre lo de la Amy Martín, que si escribía los editoriales a un pastón la letra y luego era un corta y pega de cualquier revista; lo de las notas autógrafas de Bárcenas y su contabilidad que luego no fue y otras informaciones, como el confeti de Ana Mato, que en realidad era del Getafe, o al menos al pobre Getafe se lo han colocado en el debe. Pues resulta que, con esos antecedentes, los periódicos ya no se creen nada y quieren que, antes de informar, o de ofertar servicios, estos estén bien probados y demostrados.
Pues no me parece mal. Pero, perdone usted… Siga.
Pues verá usted. Me preguntan en la redacción si yo estaría conforme en realizar unos trabajos para una sección específica y yo les dije que, bueno, que si podía, por qué no iba a llevarlo a cabo. A mi lado estaba una señora a la que le habían dado la misión de probar todas las recetas del dominical que pone el Martín Berasategui. Yo, me dije ¡tate!, esta es la mía. Y firmé un contrato de cuatro horas diarias, durante dos meses.
Un minijob de esos, claro.
Efectivamente. El caso es que, al día siguiente, ahí me presentó yo, todo trajeado, sin comer ni un churro, esperando el menú del próximo fin de semana. Iba con la ilusión de que me tocase algo de pescado. No sé… unos salmonetitos; unas gambas marinadas en crudo, alguna chuchería de esas. Ya sabe…
¿Y?
Pues nada. Que llega el redactor jefe y me dice. A ver, don Matías Carrasclás. ¿Quién es?
Servidor; le digo yo.
Se me queda mirando y me dice. ¿Usted cree que está capacitado para llevar a cabo el trabajo?
Yo, claro, me sentí hasta molesto y no le solté cuatro frescas por miedo a perder el chollo. Pero le dirigí mi mirada más desafiante. Ya sabe usted, esa que le pongo a la hermana portera cuando no nos deja salir al jardín.
Ya lo cojo. Pero siga usted, don Matías.
Pues bien. Me da una serie de direcciones y para allí que me marcho. Como eran bastantes, pues iba pensando en picar tan solo, en lugar de comer mucho. El caso es que, cuando llego a la primera cita, me sale al quicio de la puerta una señora morena; en enaguas y liguero, con un par de… ya me entiende usted, don Matías. Y un pedazo de…, por la parte de la popa que ¡vaya!. Yo le digo. Señorita Monique. Vengo de El País. Es por un anuncio que ha puesto usted diciendo: señora joven. Dominante. ¿Quieres que sea tu ama?. Látigos, enemas, etc. Pues sí señor; me dice, la señorita Monique. Yo misma. Ya me avisaron de el periódico que mandarían un inspector para que comprobara si se hacía todo lo que se anunciaba. Así que, pase usted, y póngase cómodo que ahora voy con usted.
¡Pero don Matías!.
Lo que oye usted. Me dio una zurra; que para qué. Al cabo de veinte minutos, y más suave que un guante, enfilé la puerta de la calle y me dirigí a la segunda visita. Otro tanto. Y así hasta la última que ya me dejó para el arrastre.
Pero hombre de Dios. Que se le va a reblandecer la médula y le van a salir más granos que un arroz abanda, como me decían a mi los Salesianos, cuando era chico.
Pues sí señor. Estoy más para allá que para acá.
Pero, ¿y lo de las muletas?
¡Ah, esto!. Es por lo del inglés. Yo creía que dominaba el inglés, pero nada. Resulta que me equivoque. Y bien que lo he pagado.
¿Pues qué le ocurrió?
Pues que llegué a la última dirección y en el anuncio ponía InfoJob, o al menos eso creí yo.
¿Y?
Pues nada. Que resulta que la señorita era como un luchador de sumo. Era más alta y con mucho más cuerpo que el ropero de la habitación. Con decirle que estuve mirando por sí tenía la boca torcida, pensando que era el mismísimo Stallone. Pero ¡qué va!. Era una señorita. El caso es que intenté hacer con ella lo que con las otras y me arreó tal tunda que por casi no lo cuento. Mire como me ha dejado las caderas. Estoy que ni me puedo tener en pie.
¿Y eso por lo del InfoJob?
¡Qué InfoJob, ni qué niño muerto!. Lo que ponía no era InfoJob era Infollable; y yo, que me había confundido lo intenté. Y ya ve usted el resultado.
Para que luego diga el Rosell que los minijobs son buenos ¿eh, don Matías?
Ya le digo, don Dimas. ¡Ya le digo!

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Una respuesta a “DON MATÍAS Y EL INFOJOB

  1. Y ¿qué ha pasado con el regalo?. Que lo del Infojob no iba a terminar bien ya lo sabía yo, esos de la nueva cocina hacen de todo menos dar de comer, pero lo de mi regalo… eso no podía tener el mismo final. Espero pacientemente una nueva entrega. ¿Tienes mi dirección postal?. En caso negativo me lo dices.