LA PRINCESA Y EL SAPO. UN CUENTO ACTUALIZADO

BESO

Los cuentos, los infantiles y añorados cuentos de nuestra niñez, se asoman, de vez en cuando a nuestras mientes devolviéndonos, por un instante, a los juveniles días pretéritos
¿Esto no le quedó un poco cursi?
Pues igual sí; pero como va a ser una historia de amor, vamos a dejarlo. ¿Le parece?
Claro que sí. Siga, siga…
Tras muchos años de tenerlos olvidados, una tarde, como quien no quiere la cosa, pasas junto a un bebe; junto a una madre que amorosa y dulcemente, cuenta al bebé un cuento con otro final, o con otro principio o, lo que es peor, con una presentación, un nudo y un desenlace, que dirían los antiguos novelistas, que nada tienen que ver con aquel cuento que tu recordabas, te contaban tu madre o tu abuela.
La calle de Sagasta, en Madrid, es una de las pocas calles que aún conservan sus viejas acacias a pesar de la capa mugrienta del veneno que desprenden los automóviles, por ese intestino delgado que es el tubo de escape. Las acacias están prisioneras en el cuadrado espacio del alcorque y -las que más o las que menos- tienen además, atada una cadena que sujeta una Vespa. Las parejas pasean del bracete y se miran a los ojos con ese gesto bovino que aún recordamos quienes nos enamoramos alguna vez. Algunas parejas, casi todas, son interceptadas y asaltadas por un rumano que enseña un miembro amputado y murmura una letanía irreconocible.
Una joven rubia, alta y muy bien arreglada –se diría que es una princesa- besa con parsimonia, casi ávidamente a un pequeño sapo; a una rana verde y viscosa. Al separar sus labios del batracio ¡plaff! una nube de chisporroteantes estrellas dan paso a un altísimo príncipe de rubios cabellos. Casi sin tiempo para recuperarse ¡plaff!, la nube vuelve a envolver al príncipe que ahora aparece como un chorizo de Cantimpalos. Como una roja y tersa vela de chorizo sin curar.
La princesa rubia, trastornada y algo confundida piensa que ha comido ancas de rana y un canapé de chorizo ibérico. ¿Qué habría pasado de haber comido rabo de toro? Solamente de pensarlo tiene una subida de bilirrubina y se marea y pierde el sentido.
De una botica próxima salen a la carrera el boticario, Ldo. Mochales, y su manceba la señorita Pilarín, que está haciendo las prácticas y que recién ha comenzado en la farmacia tras un año de Erasmus en Gante. La señorita Pilarín, al contrario que el boticario, nunca había visto un desmayo y no sabía que había que dar a oler a la enferma unas sales muy despertadoras y saludables que el Ldo. Mochales tiene en la rebotica.
La señorita Pilarín, en Gante no acudía a las clase, pues se enamoró como se enamoran las españolas por el mundo de un miembro, con perdón, del grupo músico vocal de música punk Erasmus pocos y parió la burra.
¿Se encuentra mejor? Princesa.
¿Qué me ha ocurrido?
Se ha desmayado usted. Estaba besando a un apuesto joven y, de pronto, se ha venido al suelo sin más ni más. Relató el boticario Ldo. Mochales.
¿Le hacemos la prueba del embarazo, don Restituto?, pregunta la señorita Pilarín, viendo el cielo abierto para vender un Predictor y ganar puntos cara al boticario.
No. ¡Déjese usted de embarazos!. La princesa no está embarazada, sino que, seguramente, se ha quedado sin resuello tras el beso. Mire usted, señorita, le dice el Licenciado, hay que tener mucho cuidado con los ósculos. Sobre todo en verano y por la calle de Sagasta, que tiene mucha polución y mucho tráfico. Ya se dice en la canción que cuando la española besa, lo hace de verdad. Sea princesa o limpiadora.
¿Y mi novio?, pregunta alarmada la princesa.
Pues yo creo que le ha salido rana…
Sí; dice la princesa. Ya lo sé; pero luego me salió chorizo.
Pues no sabemos qué decirle, princesa. La culpa no es del beso ni de vos. La culpa seguramente será de Nòos.
La princesa, al escuchar las últimas palabras del Ldo. Mochales, vuelve a desmayarse.
Por la calle de Sagasta, en dirección a la glorieta de Bilbao las parejas pasean cogidas del brazo. Algunas, a las que aún les quedan cinco euros sin empeñar, giran en la calle de Manuel Silvela y se toman un café con leche en el Bar Jerónimo. O se toman un corto de cerveza y se comen las cinco aceitunas verdes, con sabor a anchoa, que el camarero les deja, en cantidad impar, para que riñan por la de la vergüenza. ¡Los hay con mala leche!. La princesa y su frustrado príncipe que se convirtió en sapo y luego en chorizo ya no pueden pasear por la calle de Sagasta ni mirar los alcorques, esas fosas comunes de las acacias, que están cubiertas de colillas y de papeles que el viento trae aquí y allá…

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Una respuesta a “LA PRINCESA Y EL SAPO. UN CUENTO ACTUALIZADO

  1. alegría

    …y la princesa está triste ¿qué tendrá la princesa?, por ahí dicen que el chorizo le repite tanto que se le está haciendo una úlcera….pero ya se sabe “ulcera con gusto no duele” y al parecer el chorizo repite pero gusta.