VECINOS

TR FRANCOS RODRIGUEZ (1)

La Ursa Arriba, viuda de España, no era –pese a lo que pudiera parecer por su apellido- una folclórica; no. Tampoco era esposa de torero. La Ursa Arriba, era viuda de España por su marido, el Escolástico España, quien estiró la pata mientras tomaba la fresca, después de cenar, a finales del mes de junio. Al Escolástico se le fue torciendo la boca y, en lugar de hablar, profirió un gruñido que alarmó al resto de la tertulia.

¿Roncas, Escolástico?, le preguntó la Ursa.

La esposa y el resto de vecinos bajaron la voz para respetar el sueño placentero del Escolástico. ¿Quién iba a imaginar que era su última cabezada?. Los vecinos comenzaron a retirarse hacia las dos de la madrugada. Uno a uno fueron recogiendo sus sillas de enea y algunos -los del primero derecha- recogieron también el botijo y la botella de anís La Castellana que habían bajado para convidar a los vecinos. La Ursa retrasó la retirada por si el Escolástico se despertaba. No tenía prisa, pues era víspera de festivo y ellos vivían en el piso bajo.

Cuando la Ursa quiso levantar al Escolástico, éste estaba rígido como el hueso de un jamón y hecho un cuatro. Al señor juez y a los empleados de las pompas les costó un Perú estirar al Escolástico para introducirlo en la petaca de pino. ¡Qué cosas tiene la rigidez! ¿verdad usted?. Lo que es la fisiología de los cuerpos, dicen que dijo don Gregorio Marañón, mientras observaba un chopito rebozado que le sirvieron de pincho con el vermú.

¿Usted cree que la cita es cierta?

Eso decía el Abelardo, el de la tienda del tío Higes, que es muy leído y puntilloso.

Vaya cuerpo más poco aparente se le ha quedado al señor Escolástico, ¿verdad señora Julia?.

Ya lo creo, hija. Ya lo creo

La señora Julia era la esposa, y también viuda, del señor Moriles. Al señor Moriles no le correspondía ni el tratamiento de don ni el de señor, pues era muy burro y violento. Casi como un rifeño con picores en las turmas; pero en aquellos tiempos, a nosotros nos obligaban a dar el titulo de señor y señora a todos los mayores. Pues bien, la señora Julia, pese a ser viuda del señor Moriles no tenía el título de viuda de Moriles.

¿Y eso?

Pues por la misma razón que al compañero de mus del señor Moriles no se le llamaba señor Rioja, sino señor Domiciano.

¡Ah!, vamos…

El señor Moriles y la señora Julia tuvieron un hijo, el Julito quien, una mala tarde –algunos las tienen casi a diario- y harto de ver cómo el señor Moriles calentaba los lomos a la señora Julia, le arreó tal golpe con el calentador de la cama, que la cabeza le salió despedida golpeando contra la pared, casi como en el frontón. ¡Qué tío, el Julito!. Bien podría haberse dedicado a la cesta punta, o al remonte. El señor Moriles, que presumía de tener la cabeza dura, resultó un fiasco y, al primer golpe, derramó toda la sesera por el papel pintado.
¡Jesús, que hombre!, se quejó la señora Julia al ver todo el papel pintado churreteado de sesos y de sangre. ¡Mira que fue siempre desconsiderado con las cosas de la casa!

La señora Julia, agradecida al Julito por haberle librado de la tirana violencia del señor Moriles, le metió en el bolsillo los cuatro cuartos que tenía en casa y le preparó un hatillo breve y escaso con un par de mudas, media docena de calcetines y unos moqueros. Para librarlo de sus responsabilidades penales le animó a tomar el tren y alistarse al Tercio de Extranjeros, que es como se llamaba entonces la Legión. Allí nadie te preguntará nada, le dijo. Mi abuelo se alistó en la legión francesa cuando le clavó una navaja en los ijares a un sargento del somatén que le detuvo por un mal vino. Al cabo de un tiempo volvió y todo se había olvidado. Vete pues y, cuando yo te avise, vuelves de nuevo a casa.

El Julito, que tampoco andaba sobrado de luces y hervores, asintió y, tras dar un par de ruidosos besos en ambas mejillas a su madre, salió como alma que lleva el diablo sin despedirse ni de los vecinos. ¡Vete y no vuelvas hasta que yo te avise!, le despidió su madre en el quicio de la puerta. Adiós, hijo mío; tesoro de mi casa; el único que me defendió, decía entre hipos la señora Julia -más por hacer una escena que por la despedida-. Pasados tres días llamó al juez quien tomó declaración a la viuda y mandó buscar, de forma infructuosa al Julito quien ya había firmado en Tánger el contrato con el Tercio. El Julito se puso como nombre de guerra José Moriles. El Julito desapareció en el desembarcó en Alhucemas y nunca más se volvió a saber de él.

¿Le habrá pasado algo a la señora Julia?, preguntó el señor Loreto a la señora Rosa, su esposa. Desde hace tres días no se la ha visto ni para comprar el pan. A ver si le ha pasado algo y no nos hemos enterado.

El señor Loreto y la señora Rosa tenían dos hijos, el Rosendo y la Mari Rosa y vivían con la madre del señor Loreto, la tía Atilana, quien sobre vieja era casi la representación de las cuatro parcas con su luto y todo. El Rosendo, el varón del señor Loreto, era algo feo y delgado. El Rosendo se dejó el pelo largo como si fuera un beatle.

¡Ese es un yeyé!, decían los viejos cuando salía por las noches.

¡Vete a saber donde va a estas horas!

En la vecindad se preguntaban si no sería algo delicado –sarasa o maricón decían unos-, pero no; el Rosendo no solo no era trucha, sino que le gustaban las rubias que bailaban dentro de una jaula en las discotecas, más que comer con los dedos. Con el paso de los años el Rosendo se rebeló como un guitarrista y cantante muy importante y, según algunos, llegó a liderar un conjunto (que se decía entonces a los grupos o bandas) que se llamó Ñu. Posteriormente creó su propio grupo al que llamó Leño porque, le decían que las canciones que componía eran un leño. Yo no puede asegurar que esto fuera así, desde luego, pero lo cierto es que el Rosendo, el hijo del señor Loreto y la señora Rosa, se parecía al Rosendo de los Ñu como una gota de agua a otra gota de agua…

¿No le habría quedado mejor aquí decir que eran como dos gotas de agua?

Pues sí; ahora que usted lo dice… Pero una licencia poética sí que me permitirá usted ¿verdad?

¡Ya lo creo!. Siga, siga…

La Mari Rosa, que también parecía algo babieca se largó una tarde, tras despedirse del barrio, con rumbo a Alemania. La Mari Rosa parecía medio lela, es cierto, pero como dice Requena “lo que hace el tonto primero, lo hace el listo después”. El caso es que, la Mari Rosa se adelantó a la pléyade de emigrantes españoles y turcos y encontró un trabajo muy bien remunerado en una cadena de fabricación de pucheros express; de esos que pitan cuando ebullen, como la locomotora del Tren de la Fresa. La Mari Rosa se lió con el encargado de la cadena, el Otto, quien primero fue nazi y luego socialdemócatra de los del Willy Brandt.

Desde luego, hay gente que sabe nadar y guardar la ropa ¿verdad usted que sí?

Ya lo creo, mi querido lector.

Como le decía, la Mari Rosa se quedó preñada del Otto y se casaron en la capilla de la empresa. La Mari Rosa no se dio cuenta y se casó por el rito luterano. ¡A mí que más me da!, decía la Mari Rosa. A mi me da lo mismo Lutero que putero, nos ha amolado. La dirección les regaló una hoya express y un juego de cazos y espumaderas de un acero inoxidable muy brillante y bruñido.

Si lo vieran mis padres, allí en Madrid. Fíjate Ottis –la Mari Rosa llamaba al Otto Ottis, como si fuera un negro de esos del soul- que aún se estilan en Madrid los cazos y los pucheros recubiertos de porcelana granate.

Joderrrr -dijo el Otto que arrastraba las erres y decía tacos como un arriero cuesta arriba- este serrrrr el secularrrr atrrrraso de la hispanien frrrrranquisten.

¡Qué pico tiene mi Ottis!, decía la Mari Rosa que cada día estaba más alelada con su germano; y le besó en la nuca aupándose apoyada en sus hombros.

El caso es que, una tarde, en pleno estío (¡qué palabra más de Pereda, el eximio escritor de la Montaña!) la Mari Rosa y el Otto se alquilaron un Opel Kapitan y se marcharon a pasar cuatro días a Madrid.

¿A usted no le parece, señora Lola, que la Mari Rosa está más hinchada y con más tetas?

¡Por el amor de Dios, Ursa!, no sea usted tan ordinaria. Parece mentira que una viuda tan joven y con un niño tan guapo y pequeño diga esas palabrotas. ¡Qué tipo de gramática es esa! Además, ¡cómo es eso de que tiene más tetas!, tendrá dos, como todas…

Digo más gordas, señora Lola…

Calle, calle y no sea usted ordinaria.

A la señora Lola, en las tiendas y en el mercado de Maravillas la decían Doña Lola, porque su marido el señor Rafael tenía un puesto de trabajo de funcionario. Bien es cierto que no terminó el bachiller, pero estuvo en el Seminario dos años y bien que aprovechó el tiempo.

¡Si no llega a ser por los latines!, solía quejarse el señor Rafael. Igual, a estas alturas, estaba firmando billetes de cinco duros y hasta de cien pesetas. Pero qué se le va a hacer. Algunos nacemos para trabajar y otros para figurar. Se quejaba amargamente.

El hijo de la Ursa se llamaba Isaac, aunque en la vecindad le decían el Sasi. En el colegio no; claro. En el colegio le llamaban ¡Viva Franco!.

¿Y eso?

Es que, como se apellidaba Arriba España….

¡Ah!, claro. Joder con la gente. ¡Cómo afina!

Ya lo creo.

Usted perdone, señora Lola. ¿Usted cree que habrá escuchado mis ordinarieces el señor Rafael?

Pues no creo, Ursa. El está a lo suyo. El trabajo, que se lo tiene que traer a casa, porque en la jornada normal no le da tiempo a acabarlo todo.

Claro; claro. Ya me hago cargo, dijo la Ursa con una risita algo burlona que le pasó desapercibida a la señora Lola.

Es que el señor Rafael sí que es un caballero, señora Lola. No como el tío Moriles que le daba para el pelo a la pobre señora Julia.

¡Ay, Ursa!, no diga usted esas cosas. No está bien hablar de lo que no se conoce, y menos todavía si la persona de la que hablamos no está presente.

Pues es lo que dicen, señora Lola. Una, dentro de su burrez no lo vio, o al menos, una no se dio cuenta, pero una tiene la sensación de que es cierto. Es lo que una dice; y a una cuando tiene un pálpito no hay quien la desmienta. ¿No le parece?

Tanta una, y tanto palique. Ursa; me cansa mucho. Mire a ver si el Sasi ha merendado, ande.

El señor Rafael, como ya se dijo, trabajaba de funcionario en la Casa de la Moneda. El decía la Real Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, que suena mucho más funcionarial y tecnocrático.

El señor Rafael salía todas las mañanas de su casa a las 6,43 horas y regresaba a las 14,57 horas exactamente. Al señor Rafael le llamaban en el barrio, don Justo Exacto y, según dicen las lenguas de doble filo, los tenderos y comerciantes, ponían sus relojes en hora al verlo. El señor Rafael volvía cada día con un cartapacio lleno de resmas de papel y otros archiperres propios de su empleo.

¿Qué, señor Rafael?, ¿nos traemos el trabajo a casa?

¡Calle, calle!, contestaba el señor Rafael. Son tan solo unas pruebas. Algo para comprobar las tintas y los hilos…

Ya, ya, decían por lo bajo los vecinos. Ya sabemos el mamoneo que se traen estos una vez en su casa. Así ya se puede vivir, comiendo jamón en tacos y empanadillas de atún todos los días…

¿Ha visto usted, le decía el señor Loreto a la señora Julia, lo que hacen el señor Rafael y la señora Lola toda la tarde y parte de la noche?

¡Quite usted!, tío marrano. ¡Bastante me importa a mi, con mis años, lo que pueda hacer una matrimonio en su casa!

¡Ay!, que inocente es usted, señora Julia. Que no me refiero a si matrimonian o no. Me refiero a lo que se traen entre manos tanto la pareja como los dos hijos.

¿La Mariloli y el Rafita también?

Naturaca, señá Julia. Aquí el señor Loreto habló en castizo, como un majo de verbena.

¿Y se puede saber a qué se refiere usted, señor Loreto?

Pues al trapicheo que se andan con los recortes y con el pegamento.

¿Pero de qué me habla?

¿No me diga que no se ha enterado?. Si es la comidilla del barrio. El señor Rafael se trae los recortes de los billetes a casa y, luego, con pegamín los van juntando entre todos. Están amasando un fortunón. Dicen que llevan más de veinte millones de pesetas hechos billetito a billetito.

¿Usted cree que se puede hacer eso?

¡Hombre que se puede!. Todo es cuestión de paciencia. Paciencia y pulcritud. ¿Conoce usted a alguien más puntual y puntilloso que el señor Rafael?

Pues no, eso es bien cierto.

¡Pues ahí lo tiene!

Pero tendrán todos los billetes rotos y llenos de pegamín ¿no?

Dicen algunos; Dios me libre a mi de pensar que es cierto ¿eh?…

¡Claro, claro!…

Pues dicen algunos, decía, que si tiene un socio en el Banco de España –ya sabe usted que estos funcionarios están todos conchabados y a la que cae para llevarse el dinero a sus casas- que le cambia los billetes rotos por otros nuevos y que se reparten los beneficios a pachas.

¡Qué bárbaro!, con lo fino y lo agradable que parece…

Para que se fíe usted de estos curillas rebotados.

Dicen que si lleva ya fabricados más de cincuenta millones de pesetas. ¿Qué le parece?

¿Pues no dijo antes veinte millones?. Mucho billete me parece a mi; hasta llegar a veinte o a cincuenta millones…

La paciencia es un don, señora Julia. Y el señor Rafael es el rey de la paciencia.

La calle era un hervidero. Varias furgonetas y coches de televisión habían tomado toda la calle. Algunos guardias de la porra, con su abrigazo negro y el salacot y el correaje de color blanco, dirigían el tráfico. Pipí-pipí. Pitaban con sus chiflos brillantes como la olla de la Mari Rosa.

Los vecinos estaban asomados a los balcones. Los niños habían salido a la calle y los padres los llamaban a gritos para que se enterasen de lo que ocurría.

¿Qué pasa, Sasi?, le preguntaban los vecinos al hijo de la señora Ursa.

Nada. Que parece que una revista de esas ha sacado una foto del Julito, el de la señora Julia, cuando era joven porque su madre le estaba buscando en la televisión. El Paco Lobatón, al parecer, le ha encontrado y viene hoy a encontrarse con la señora Julia.

¿Pero no lo habían matado en Alhucemas?

Pues parece que no. Como nunca habían encontrado el cadáver, explicó uno de los cámaras de televisión, la madre lo ha puesto en busca en “Quién sabe dónde”. El caso es que, ahora, ha aparecido. Estaba en Almería donde vivía casado y con dos hijos.

Pues mira por donde, ahora resulta que la señora Julia se ha encontrado con un hijo, una nuera y dos nietos.

Pues igual ahora le hacen devolver la pensión que le dieron ¿no te parece?

Anda, señor Loreto, que todo les vale para criticar. ¡Ya está bien!, le recriminó la señora Lola.

Oiga, no se ponga usted tan digna. ¡No te digo aquí, la tía finolis!. Mejor dedíquense ustedes a ganar el dinero dignamente en lugar de andar todo el día con el pegamín.

¿Pero qué dice este retrasado?

¡Huy lo que me ha llamado!

El señor Rafael y la señora Julia intentaron separar a la señora Lola y a la señora Rosa, la mujer del señor Loreto, que ya se habían cogido de los pelos.

¿Y usted qué? Le decía la señora Rosa a la señora Julia. Que ya sabemos cómo murió el tío Moriles. ¡Sinvergüenzas! Mucha televisión y mucha pensión falsa es lo que ustedes han disfrutado y ahora ¿qué?. Saquen ustedes eso, les decía a los cámaras de televisión.

Que se enteren en toda España.

La señora Julia se quitó la toquilla negra que cubría sus hombros y se abalanzó sobre la señora Rosa. El señor Loreto, al ver a su esposa en peligro trató de coger a la señora Julia de las muñecas, para parar la embestida. En ese momento un coche paró junto al portal y de él se bajo el Julito. Tenía los brazos absolutamente tatuados. De donde finalizaban las mangas cortas, hasta las muñecas, era un amasijo de letras y dibujos. ¡Qué bárbaro!. Tenía más letras y dibujos que El Quijote de Doré.

El Julito al ver a su madre cogida de las muñecas por el señor Loreto y a la señora Rosa tirando de su moño, se abalanzó sobre el padre del Rosendo y le arreo tal garrotazo en lo alto de la boina que le abrió la cabeza en dos, como una sandía.

Las cámaras de televisión grababan todo como si fuera una obra de teatro costumbrista. Los guardias de tráfico habían abandonado los silbatos y se abalanzaron sobre los vecinos. Uno de los guardias cogió al Julito y le puso a disposición judicial.

Habían pasado treinta años. El asesinato del señor Moriles había prescrito, es cierto, pero en esta ocasión –el cuerpo del señor Loreto acababa de recibir cristiana sepultura- no hubo ni Legión, ni madre, ni tierra que poner por medio.

Dos días más tarde del escándalo, el sepelio del señor Loreto arrancó calle arriba en dirección a Bravo Murillo. Al llegar al colegio Zumalacárregui –que ahora llaman, como antaño, Jaime Vera- el coche tuvo que esquivar a un grupo de chicos que jugaba al fútbol en plena calle. Cuatro montones de jerseys hacían las veces de portería. Las niñas saltaban a la comba y, otro grupo de ellas, bricaban metiendo las piernas entre una goma que sujetaban dos niñas.

Quisiera saber mi profesión:
soltera, casada, viuda o monja

Junto a la camisería Pingarrón una vieja mujer sostiene entre sus manos su pequeña cesta de mimbre con los tesoros que hacen alucinar a los chicos: pequeños caramelos Sacis y de violeta; chicles, paloduz, pastillas de leche de burra… De la mejillonera La Ría surge el aroma fresco y marino de los mejillones hervidos con laurel; en El Brillante han debido poner a asar los pollos en la máquina giradora, ya huelen. También huele a calamares fritos, a churros, a porras y a buñuelos. Un hombre pasa tirando de un carro de mano lleno de melones y sandías. Tiene el puesto junto al cine Bellas Vistas. El tranvía número 73, que hace el recorrido entre Cuatro Caminos y el colegio de La Paloma se acercaba. El conductor hizo sonar con su pié el hierro que, a modo de claxon, llevaba el tranvía. ¡Tranca, tranca!, avisan los futbolistas. Estos se apartaron pero, al pasar el tren, estiraran de la cuerda y sueltan el trole de la catenaria. El cobrador del tranvía baja y corre tras ellos. No consigue darles alcance. ¡Pues no son nadie ellos corriendo!.

El coche fúnebre avanza lentamente. Detrás de él la viuda y los huérfanos del señor Loreto encabezan la comitiva. El Rosendo se había arreglado –dentro de lo que cabe- y la Mari Rosa llevaba un pañuelo a la cabeza que denotaba su indisimulado origen patrio. El Otto iba vestido de tirolés y llevaba en la mano el chapiri de color loden con su plumita y todo, en señal de respeto. Detrás de ellos todos los vecinos. La vecindad tiene sus problemas; ¿quién no los tiene?, pero a la hora de la verdad no dejan de ser una familia. Todos y cada uno de ellos, acompañan a la viuda y a los hijos.

El sol sale y se mete todos los días y alumbra a todos, ya sean estos pobres o ricos, guapos o feos, altos o bajos. La luna alumbra la noche y el agua de lluvia moja los campos. El molino gira sus aspas y el río vierte sus aguas al proceloso océano (¡Vaya frase, Castelar!). Aquí no es como en caballería; no. Aquí todo tiene su explicación y sus pulsos y el vinagre, aunque amargo, conserva en sazón…

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