MANOLÍN, GORRIÓN COMÚN

GORRION

Me llamo Manolín y soy un gorrión común. No soy una bella ave de esas que salen en los catálogos de los ayuntamientos, sino una mierda de pájaro de los que andan saltando y a la caza de migas y otras porquerías por las aceras y parques de Madrid. No soy un pájaro de canto canoro como el ruiseñor, el canario o el jilguero. Tampoco tengo llamativos colores en el plumaje como los verderones, los verdecillos o los petirrojos, ni la lúgubre capa negra del cuervo. No tengo fama de avara ladrona, como la urraca. No soy una curruca, una oropéndola o un herrerillo. Por no ser no soy ni tan siquiera un pinzón ni un piquituerto de esos tan llamativos para ver el domingo por la mañana. No. Mi capa es parda; rayada de negro y tengo el pileo y los obispillo grises. Mi babero es negro y la barra alar blanca. Soy ¡hay! menos esbelto que el gorrión Molinero, mi primo. El gorrión propone y Dios dispone…
No tengo la velocidad corriendo de la pajarica de la nieve; no. Tampoco la del andarríos. Yo camino a saltitos y de una forma bastante destartalada, es bien cierto. No vuelo de forma elegante como la paloma, o la tórtola turca; como el vencejo, el avión o la golondrina. No tengo el tamaño exagerado del tordo o el mirlo de pico anaranjado. Tampoco puedo presumir de ser un trabajador incansable como el pito real que tiene agujereados todos los troncos de la dehesa, el muy cabrón.
No soy, y es cierto, un cormorán, una garza o una gaviota gris del Manzanares. Esas aves turisticas que hicieron preguntarse al Caco Senante qué coño hacían en Madrid. No soy tampoco un azulón de los que enseñorean el lago de la Casa de Campo ni ningún otro ánade a los que echan migotas de pan duro los niños mientras intentan pisarles el pico. No soy una gallineta o una de esas cigüeñas alcalaínas mimadas por las autoridades locales y autonómicas. Por no ser ni soy una de esas extravagantes invasoras como la cotorra de Aluche y Carabanchel.
Soy, ya lo dije antes un gorrión. Un gorrión común que nació y vive, desde entonces, en el pinar de la Venta de la Rubia, al lado de Alcorcón y Cuatro Vientos. En el pinar que las autoridades autonómicas madrileñas quiere vender a un anciano norteamericano para montar un putiferio donde los extranjeros vengan a dejarse los cuartos jugando al póquer, a las tragaperras y otros juegos reunidos Geyper.
En el pinar que quieren talar tengo mi hogar y el hogar de mis hijos. Ya sé que los humanos también lo están pasando mal. Ya sé que unos pájaros a los que desconozco, y que llaman banqueros, están echando de sus viviendas a los humanos. También quieren hacerlo conmigo. Yo sé que si fuera una de las cigüeñas que viven en los tejados de las iglesias y conventos de Alcalá de Henares no tendría que preocuparme. Las instituciones dan mucho dinero en forma de subvención a asociaciones que cuidan y construyen nidos y dúplex para que vivan las cigüeñas. Debe ser que los humanos son más proclives a una raza de aves que a otras. A esto, nosotros, en nuestro lenguaje pajarero lo llamamos racismo. ¡Fíjate!.
Si fueran las garzas o las gaviotas canalizarían el río y convertirían los márgenes en el Madrid Río y pondrían viviendas móviles junto al cauce para que viviésemos. ¡Qué le vamos a hacer si nacimos gorriones!.
Si fuéramos patos, los alcaldes y las alcaldesas llevarían a cabo obras específicas para que no sufriéramos agobios de los humanos y nos pondrían zonas húmedas y frescas a nuestra disposición. Por vigilar, hasta vigilarían que no nos comieran los rumanos que viven en la Casa de Campo, como han hecho con las carpas, que también deben de ser de segunda división, como los gorriones. Incluso si fuésemos las verdes y gritonas cotorras que han invadido la Casa de Campo y los barrios marginales de la misma, tendríamos árboles donde colgar los inmensos nidos. Pero no. Nacimos gorriones en lugar de cotorras. ¡Paciencia y a barajar!
Solo nos queda una oportunidad. Y es que, de entre los humanos, tengamos la suerte de que Viejecita, la bloguera de la talega, que es una ecóloga militante, se ate -como si fuera una baronesa- a uno de los árboles de nuestra Venta de la Rubia para impedir que nos talen los nidos. Ella, que es valiente y constante podría poner infinidad de burofaxes a la señora Botella y al alcalde de Alcorcón. Pero el problema es que yo, un simple gorrión, no puedo ponerme en contacto con ella. Nuestra existencia quizá tendría más razón si volvieran a permitirse la venta de pajaritos fritos en los bares. Volverían a vendernos a duro la unidad. Bien torraditos y acompañando a una caña o a un chato de vino. Los clientes, con los dedos índice y pulgar nos cogerían de una de las patas y ¡zas! de un bocado se nos meterían en la boca. No sé si no es una muerte más digna para un pájaro; para un simple gorrión común. ¡Quien sabe!

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