EL CALLEJERO MADRILEÑO

PONTE

La nomenclatura de las calles de Madrid es caprichosa e ignota. De no conocer, como conocemos, el paisanaje que puebla la Casa de la Villa, se podría pensar que el encargado de dar nombre al callejero de Madrid es un zascandil y un cachondo mental de tomo y lomo. Pues no. El encargado de dar nombre a las calles de Madrid ni tiene criterio, ni fundamento, ni capacidad; aunque, si bien es cierto que por sus obras lo conoceréis, cualquiera de los concejales podría muy bien ser el zascandil antedicho. En el rol de calles madrileñas hay nombres para todos los gustos y creencias. ¡Que se note!, sí señor, lo abiertos y cosmopolitas que “semos”. En la Ciudad de los Ángeles, frente a la popular barriada de San Cristóbal, por poner un ejemplo, está poblada de nombres de zarzuelas.
¿Y usted dónde vive, don Matías?
En la Tabernera del Puerto
¿Con la tabernera?.
Pues no señor; yo vivo con mi futuro imperfecto; no con una tabernera.
¿Y usted, don Dimas? ¿dónde vive usted?
Pues yo vivo en La Verbena de la Paloma.
¡Anda, mira!, como don Hilarión
El Ayuntamiento de Madrid, según dice the Major, Ann Bottle, no da nombres de calles a predifuntos, aunque estos sean de lo más ilustres. Véase, como ya dije anteayer, el caso de Alfredo Di Stefano, el foráneo que más ha hecho conocer el nombre de Madrid en todo el mundo. Pues nada; hasta que no entregue la cuchara, no hay manera. Y, como dice don Alfredo, “no empujen ustedes, que aún no hay prisa”.
¿Y a qué viene esto de hoy, don Dimas?
Pues verá usted, don Matías. Esta misma mañana, como hago cada día, me he dado mi pequeño paseo por el centro de Madrid. He atravesado, de sur a norte, la calle del marqués Viudo de Pontejos. ¿La conoce usted?
¡No he de conocerla!. Está a espaldas de la Real Casa de Correos. Es la favorita de las modistillas y las retoucheras. Toda llena de tiendas de telas, botones, fournituras de todo tipo, pasamanería, y cientos de chismes relacionados con la aguja y sus manualidades.
Efectivamente. Lo ha retratado usted a la perfección. Pero no iba por ahí mi comentario. Me he quedado mirando el baldosín que está sobre cada una de las esquinas de la calle –aprovecho aquí para pedir a quien corresponda, que rotulen  (por favor)  todas y cada una de las esquinas de Madrid y sus alrededores- y me han entrado varias dudas. En la placa dice: Marqués Viudo de Pontejos. 1834-1836 y en él se ve la efigie del marqués consorte. Ante la imagen y la fecha me han surgido varias dudas: ¿el marqués quedó viudo con dos años?; ¿la marquesa era de su quinta?; ¿tuvieron hijos los marqueses? (ahora con esto del ordeño controlado y la fecundación in vitro da para mucho); ¿era el marqués un poco tolay o toligo?, etc.
Pues verá usted, don Dimas. Creo que puedo contestarle a usted y verá como queda usted sorprendido. El caso más sangrante de modestia, en este país de fantasmas, lo representa el marqués Viudo de Pontejos, dignidad ostentada por un caballero coruñés, don Joaquín Vizcaíno, que casó con la propietaria de dicho título, doña Mariana de Pontejos y Sandoval. El señor marqués, tras pasar por un breve exilio, que parecía obligado a todo el mundo, en aquellos años iniciales del siglo XIX, llegó a ser alcalde de Madrid, mandó fabricar un plano coherente de la capital, rotulando sus calles, concluyó el paseo de la Castellana, plantó muchos árboles, empresas en que gastó gran parte de su peculio, algo totalmente incomprensible en nuestros días, y fundó el Monte de Piedad y la Caja de Ahorros de Madrid para mayor gozo de Goirigolzarri y el resto de goirigolfarris que le antecedieron. ¿Hay quién de más? La marquesa murió muy joven y quizás en honor a su memoria, don Joaquín ejerció de marqués viudo hasta el fin de sus días.
¡Qué ejemplo!, don Matías.
Ya lo creo, y como puede comprobar, perdió parte de su pasta, en lugar de embarcenarse. Por cierto, se le adelantó a usted dos siglos en lo que nombrar y numerar las calles. El período de dos años que usted dice desconozco a qué se refiere; él sólo fue corregidor –cargo anterior al de alcalde- en 1835, y al año siguiente fue ya Juan Losaña quien ocupó la primera alcaldía.
Pues muchas gracias, don Matías. Pero verá usted por qué se lo decía. El Ayuntamiento, en distintas casas y calles coloca unos triángulos informativos con “aquí nació”, “aquí vivió” o “aquí murió”, así como distintos acontecimientos acaecidos en esos lugares y que da una información rápida de lo más interesante. Lo malo, es que estas informaciones sólo se dan en el centro de Madrid, en los barrios es casi imposible encontrar nada de información. Y no es por que no exista; ¡que va!, es que no se informa. Mire usted, en mi barrio, por ejemplo, el de los Cuatro Caminos. En la calle de Bravo Murillo estaba el cine Montija. Hoy lo ocupa un supermercado Lidl y una galería comercial de esas de decomisos. Pues bien, el ayuntamiento, bien podría haber puesto una placa triangular de esas informando que allí estaba el cine Montija y que, en él, actuaba la sin par Amelia “la del Compás”, mujer de mucha fama en el barrio por sus trabajos precisos y preciosos.
¿Y quien era esa Amelia, don Matías, quizás una arquitecta o una delineante?
No; don Dimas. Era una pajillera.
¡Por Dios!, qué grosero y qué basto es usted…
Bueno, usted disculpe. Era perito agrícola experta en el ordeño masculino. ¿Le parece mejor así?
¿Y por qué la decían “la del Compás”?
Pues porque hacía sus trabajos de dos formas: de manera simple, a cuatro duros, y con las pulseras puestas, a cinco duros. Lo del compás se lo puede usted imaginar.
¿Y qué ritmo llevaba? ¿Boogui-boogui, vals…?
¡Vaya!, parece que al señorito ya no le importan las groserías ni las basteces…
Pues para que vea usted que lo que a usted le parecen ordinarieces, en el mundo son un negocio. Hoy viene en la prensa que un negociante japonés ha ideado un negocio, el club Soineya, que te permite, por diez euros, descansar una cabezadita de tres minutos, con la cabeza en las nalgas de una ninfa oriental y tal.
¡Qué me dice!
Lo que oye. Empezó con la tontería de que el hombre necesitaba abrazos y sentirse querido y, mire por donde ha terminado.
Hay gente para todo. Desde luego…
El caso es que, hemos iniciado esta carta hablando de las manualidades de la plaza del Marqués Viudo de Pontejos y lo vamos a acabar hablando de las manualidades de la Amelia la del Compás
Es que el bricolage está muy de moda. Además, en la variedad está el gusto.
Bueno, don Matías, eso del gusto, deberían opinar los clientes de la Amelia, ¿no le parece?
Pues va a ser que sí…

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2 Respuestas a “EL CALLEJERO MADRILEÑO

  1. Cuando voy a Madrid y tengo tiempo me encanta pasear por esa zona de “las costuras”

  2. Hace usted muy bien, pues es agradable e instructivo. Tómese un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor o unos churros en San Ginés y ya puede presumir de madrileña.