LA AMNISTÍA TEOLÓGICA

guerra

Don Alberto Camús, aquel pied-noir que cultivaba anacardos en su Argelia natal, se preguntaba si se podía ser santo sin Dios. Yo no sé si se puede ser santo o beato (que es un punto menos que santo) ni tan siquiera sé si existe Dios. Es más, tampoco sé si sé algo y, lo que es peor, tampoco me importa no saber nada de todo, o todo de algo. Igual ustedes no me entienden, pero yo sé lo que me digo…
Claro es que el ser santo tiene que ser más difícil que el ser beato, pues se precisa –además de haber muerto- haber llevado a cabo un milagro reconocido por la Santa Madre Iglesia. Para ser beato vale con ser pintoresco y algo terco en materia de fe. En la hagiografía, que es la ciencia que cuenta la vida de los santos, existe el santo, el confesor, el beato –que puede ser también confesor, si se ha confesado católico- y el mártir si se es demasiado terco y no renuncia uno a la propia religión, pese a las putadas que te hagan.
Quedamos pues en que, para ser beato –o santo-, además de morirse es preciso que le metan a uno en el santoral y no te tengan, años y años, en loor de santidad, como le pasa a un familiar de Mutriku quien, se conoce que por falta de enchufe in terris pax sigue sin viajar excelsis Deo y sin pasar el corte celestial. Su pariente aspirante a santo se llamó en la vida civil Gregorio Aguinagalde Aguirreche, y con nombre de cura Padre Atanasio del Sagrado Corazón de Jesús que fue definidor de la Orden Carmelita. Nació en Errezil, Gipuzkoa, el día 12 de marzo de 1870. Ingresó en el noviciado carmelitano de Larrea, emitiendo sus votos en 1886. Hechos sus estudios eclesiásticos, recibió el presbiterado en 1895. Fue elegido Prior del convento de Villafranca, Navarra. Luego fue Provincial, primer Definidor, Vicario provincial y Visitador de las casas religiosas del Carmen de América, Maestro de novicios, Superior de Colegio, Presidente de la residencia de San Sebastián y luego de Santander. Asimismo fue delegado para la reforma de las Constituciones del Carmen en Roma, y por último, cuando estaba en camino para la República colombiana en calidad de Visitador provincial, fue detenido y encarcelado en Santander; murió, según se cree, el 27 de diciembre de 1936, atado y precipitado al mar por el derrumbadero Cabo Mayor. Si algún día conseguimos que ingrese en el santoral o en el beateral (les regalo el término pues no existe uno para los beatos), están todos ustedes convidados a patatas revolconas con torreznos. ¡De nada!
La Iglesia, la institución católica, no obstante suele hacer, de vez en cuando, alguna excepción que deja patidifuso a los ejercientes y aún a los aficionados. Monseñor Guerra Campos, ordinario –en el mejor sentido del término- se lió, hace unos años ya, la manta a la cabeza y ofreció una particular y diocesana amnistía “como obsequio en honor de Francisco Franco, que acaba de morir y de Juan Carlos I, que acaba de comenzar su reinado, los señores sacerdotes a quienes corresponda quedarán dispensados del examen teológico previsto en la convocatoria del presente año 1975”. Se podía leer en el Boletín Oficial Diocesano de ese día. Mientras Monseñor obsequiaba a sus curas, servidor de ustedes estaba a la derecha de Franco (físicamente, no políticamente) velando el cadáver del ferrolano en el Palacio Real de Madrid. A mi nadie me examinó de soldado; se conoce que, como el valor, se me suponía; pero desde luego, lo que no hizo el capitán general de Madrid fue obsequiarme con la dispensa de velar al general. Es más; esa misma noche murió mi abuela y le pedí permiso al coronel de mi cuartel para que me permitiera asistir al velatorio. Me dijo el coronel que abuelas se tenían dos, mientras que Generalísimos (sic) sólo teníamos uno. Y, a continuación, me mandó a cumplir con mi obligación militar. Se conoce que el obsequio de Monseñor sólo alcanzaba a los curas y no a los pecadores, ya fueran contritos o redundantes. Los estudiantes tuvieron que examinarse de todas las materias; los trabajadores tuvieron que acudir a trabajar todas las horas laborales y, hasta El Viti, tuvo que torear sus dos toros sin que le alcanzara el obsequio de Monseñor. ¡Donde hay patrón –o su representante en la Tierra- no manda marinero!.
Ahora, unos años más tarde, los conspicuos y aplaudidos herederos de Monseñor –herederos no solo de la Fe sino, en algunos casos, del regalo de Monseñor por estar ingresados en el Seminario por aquellas calendas- han recuperado el invento de la amnistía teológica y se dedican a ofrecer amnistías de todo tipo. Amnistías escondidas bajo el manto de prescripciones judiciales; bajo el manto de errores judiciales; bajo otros mantos aún más difíciles de explicar como enfermedades terminales que, contra natura, hacen engordar al criminal en lugar de postrarlo en cama, como parecería lógico.
Policías autónomos que quedan libres con generosidad por el gobierno en aplicación de una ley que le permite, como a Monseñor, premiar a los penados indistintamente de que muera un generalísimo o no. Defraudadores que ven perdonadas sus penas si traen a España el dinero que no tienen declarado. En este caso el indulto es parcial, pues sólo tienen que pagar un 10% a Hacienda mientras que, el resto de ciudadanos pagamos, a toca teja, el doble o el triple que el defraudador.
Banqueros amigos que son perdonados, también por el ministro-monseñor de turno y al que, se le permite volver al banco para intentarlo de nuevo. ¡Vamos, don Alfredo!, que no hay dos sin tres. Corruptos; partidos políticos enfangados; constructores y promotores inmobiliarios; yernísimos; narcotraficantes a los que se les rebaja la pena por buen comportamiento; terroristas que están de viaje por Venezuela; alcaldes; concejales; diputados provinciales y aún nacionales… ¡Seguimos premiando, seguimos regalando!.
Estén ustedes tranquilos, mis queridos lectores. A ustedes, como son unos piojosos como yo, ni les tienen que aplicar el regalo-perdón de Monseñor ni tan siquiera saldrán mencionados en el Boletín Oficial del Estado. No saldrán, o sí, que diría el pontevedrés…
Si se les ocurre retrasarse en el pago de una multa de tráfico; en el pago del IBI; en el ingreso de las cuotas de la Seguridad Social, en el ingreso de IVA; o en cualquiera otro de los miles de impuestos con que mantenemos el chiringuito, entonces sí que es posible que salga en el BOE. Y además -¡loor y gloria!- embargado y con un 20% de recargo.
¡Qué se le va a hacer!. Haber elegido la Curia…

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3 Respuestas a “LA AMNISTÍA TEOLÓGICA

  1. Un post muy instructivo para mi don Ángel, ya que como usted bien dice, no estaba en España en esa época y no lo viví en primera persona como usted, ni tampoco hice la mili, por lo cual me salve de estar a la derecha o a la izquierda de Franco esa noche y de examinarme de teología. ¡De la que me salvé!, ¡Imagínese a un republicano y ateo como yo ese día en ese lugar, no quiero ni pensarlo!

  2. Venancio Buesa

    Don Alex,

    es usted un gran insensato. En primer lugar por ser republicano y ateo. Y en segundo por decirlo.

    Así no llega usted a beato ni a barato ni a concejal de UpyD

    Un saludo

    Venancio

  3. Gracias Venancio, me dejas mas tranquilo al saber que nunca seré beato, barato ni concejal de la cosa nostra.