EL REFRESCO

latas

¡Qué tiempos aquellos, don Dimas!. Los estómagos, se conoce que por la oquedad que provocaba la falta de alimento, rugían entre comida y comida. Esta era una gimnasia muy entretenida y hasta divertida según en qué situaciones se producían los ruidos. Los estómagos, aunque vacíos, rechazaban aquellas cosas híbridas como la sopa de sobre. Las sopas se hacían entonces partiendo de cebolla y ajos y añadiendo un hueso. El pollo comía lombrices y cualquier cagarruta de oveja, cabra o de otro ungulado de mayor peso. El pescado -¡ha llegado el fresco!, cantaban por Castilla- se comía frito o rebozado el primer día y en escabeche los siguientes si ya no olía bien. Los atunes y bonitos picaban y la menestra, ¡ay, la menestra!, se rebozaba pella a pella y trozo a trozo. El chorizo se envolvía en tripa, en lugar de embutirlo en un condón y el aceite no se le decía de oliva, pues todo el aceite era de oliva. ¡Hasta los concejales, don Dimas, se elegían por sufragio universal! Para que aprenda el pontevedrés…
No se me ponga usted morriñento, don Matías.
No es eso, don Dimas. No es eso. Hoy he pedido un refresco en una terraza. En mis tiempos los refrescos servían para refrescar a las personas que lo tomaban. Ahora no. Ahora los refrescos sirven para eructar como un buey; sirven para aguar el coñac o la ginebra y para recuperarse de la dura batalla. También sirven, si leemos bien la composición del contenido, para conservar al ser humano en formol hasta los cuatrocientos años.
Ahora los refrescos están todos gaseados y producen flato. No cuescos, como las fabas o como el cocido madrileño; no. Flato. Saben a jarabe de paloduz y te quitan el sueño y te convierten en un sonado eufórico que se come no ya las uñas, sino los nudillos.
Los refrescos siempre han sido naturales y los frutos con los que se hacían baratos y de producción nacional. Horchata de chufa; agua de cebada; zarzaparrilla; granizados de limón y café; los zumos de cualquier sabor y, si se pretendía algo más duro siempre quedaba el porrón de clara y el tinto con limón.
Hoy, por ponerle un ejemplo, he tomado una lata de refresco que, además de quitar la sed, sirve para detener la pirrilera; para revitalizar a Filípides después de la carrera de Maratón y para rehidratar y recuperar sales minerales si uno ha tenido fiebres.
El refresco –se conoce que no refresca stricto sensu– me lo han servido con media docena de cubitos de hielo y, junto a él, me han puesto en dos pequeños platillos una variedad de fritos y frutos secos y unas aceitunas. Las patatas fritas saben a bacón; las cortecillas saben a jamón y las aceitunas saben a anchoas en salazón. También había un pepinillo con sabor agridulce en lugar de conservar su sabor al vinagre. El refresco sabe a agua con bicarbonato y, si apuro un poco más mis recuerdos, sabe al Efferalgan con que me curo las gripes y los constipados.
¿El señor va a querer algo para acompañar el refresco? ¿Unos berberechos? ¿unas gambas a la plancha?
¿Serán con sabor a morcilla de Burgos?
Pues no lo sé, caballero. Y bien que lo siento. ¡Qué me va a decir a mi!. Antes el vino sabía a agua, que era con lo que se le bautizaba; y un poco, también es verdad, a vino. Ahora no. Ahora viene un tío y te dice que tiene sabor a cuero y que el aroma le recuerda el sabor de la teja y del humus. Y el que lo está oyendo va y le dice: pues pídete este que sabe a frambuesa y a frutos rojos del bosque.

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