EL ARCANO Y OCULTO MUNDO DE LA BOLSA

BOLSAS

La Bolsa está subiendo. Esto, según los periódicos, es la pera limonera; no la pera de Roma, ni la pera conferencia, ni tan siquiera la beurrè de Anjou, que es una pera cónica y con muchas lenticelas de color oscuro; no. Es la pera limonera, o del doctor Jules Guyot, que tiene las lenticelas a lo largo de la piel…
Bueno, don Dimas, a lo que vamos… déjese ya de divagar y arránquese con lo de la Bolsa.
Usted perdone, don Matías. Decía que es buenísimo que la Bolsa suba.
Quiá, hombre. Lo bueno es que baje, para que así también baje la prima de riesgo y se refuerce el euro frente al dólar y el ringgit malasio, que es la moneda de Kuala Lumpur, país muy emergente y desconocido.
El lector ingenuo y lego en la materia -tal el que esto escribe- se arma unos líos de padre y muy señor mío con la Bolsa y los derivados financieros. El lector, el cronista, y las tres cuartas partes de los ciudadanos, sean impositores o impotentes
Imponentes, don Dimas.
¡Qué más da!
Decía, que el ciudadano nunca sabe si lo que pasa en la Bolsa es bueno, malo o regular. La Bolsa, como la masonería, tiene bastante de sociedad secreta con sus dengues y su ineluctable –que significa, contra lo que no se puede luchar, a pesar de que suene como regüeldo- idioma. La Bolsa ha llegado a un punto en el que sólo la entienden unos pocos iniciados –viejos varones que se acodan en una barandilla mientras echan la mañana viendo pasar cifras en rojo y en verde- en la plaza de la Lealtad.
Nada por aquí, nada por allá. Muevo el cubilete, muevo el cubilete… ¿dónde está el garbanzo?
Y por arte de birle birloque se ha quedado usted sin Telefónicas, a usted le suben las iberdrolas y a don Trifón le engorda la cuenta con activos tóxicos, que son como pedos bancarios que le dejan atufado y sin una gorda.
¡Caray, don Dimas!, sí que es usted descriptivo.
Así es la Bolsa, don Matías.
Siga; siga…
A un abuelete se le pone la color cenicienta porque ha perdido veinte mil duros en un tris. A otro se le alegran las pajarillas de la cartera al ver que ha ganado un millón de petrodólares en diez minutos. El cronista, que sigue sin entender lo que pasa atiende a las explicaciones de un alma caritativa que le explica que, en realidad, ni el primer señor llevaba un chavo en el bolsillo, ni el otro ha visto un duro en su vida. Cosas veredes, Sancho…
¿Entonces?
Teléfono móvil. Teléfono móvil y órdenes al bancario de turno para que compre y venda. Pero guirigaya, lo que se dice pasta, ¡ni un real!.
Ya, ya… pero, entonces ¿a qué vienen aquí, si eso lo pueden hacer desde el café, o desde su casa?
El alma caritativa sonríe con ese tono displicente y de superioridad de quien está en la pomada. Enarca las cejas y suelta, como de pasada, ¡Ah amigo mío!… la emoción. No ha percibido usted el cosquilleo de la emoción y la intrepidez que da el jugarse el dinero…
Pues no señor. ¿Qué quiere usted que le diga?. A mi me ha parecido mucho más emocionante, por poner un ejemplo, ver cómo las amas de casa negociaban hoy con el verdulero el precio de las acelgas, o la habilidad del pescadero para hacer unas papiotas a un gallo de ración… A mi, se conoce que, como no entiendo, me parece que estos señores están en una partida de gilé, pero de mirandas, desde fuera de la timba.
El alma caritativa hace un gesto de ofensiva insuficiencia y se gira dejando al cronista más sólo que Carracuca. ¡Qué necio!, debió de pensar para sus adentros.
El cronista, desde aquel día, no ha vuelto por la Bolsa, aunque sigue día a día las vicisitudes del parqué –que dicen los expertos- en los diarios. El cronista sigue sin tener, ni puta idea, de los títulos, los activos y los pasivos y le sigue importando una higa si sube la bolsa porque los americanos compran maíz o si bajan las acciones de los quesitos La vaca que ríe porque los indios no se compran coches de segunda mano.
Pero el cronista, por más que lea en los periódicos las informaciones bursátiles, no consigue entusiasmarse como los abueletes del parqué. ¡Qué se le va a hacer! ¿verdad don Dimas?
No se preocupe usted. Mire, aquí viene el Telesforo, que tiene vacas frisonas en Las Navas del Marqués, entre la sierra del Guadarrama y las Parameras de Ávila. El Telesforo, como buen industrial sabrá explicarnos…
Buenos días, Telesforo
Con Dios, don Dimas. ¿En que puedo ayudarles?
Aquí, mis amigos, don Matías y el cronista, que no saben para qué diantre sirve la Bolsa…
Pues en eso no puedo ayudarles. Lo siento. Además, ¿qué es eso de la Bolsa?
Pues su propio nombre lo dice: la Bolsa…
Pues no caigo.
El cronista, algo más tranquilo, invita a sus amigos y al lechero a un vermú con seltz y una ración de berberechos de lata con su chorrito de limón exprimido, que es aperitivo deseable y de enjundia. Parece que no, pero el encontrarse a un semejante que tiene aún menos idea que uno, siempre tranquiliza y serena…
Entonces, a usted esto de que la Bolsa suba o baje ¿le trae sin cuidado?
Pues sí señor. Ya ve usted. Uno que es muy burro…
Muchas gracias, Telesforo. ¿Me permite usted que le de una beso en la boina?.
Siempre que sea sin libidinismos, bese usted lo que quiera…

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