NICÉFORO VERDUGUILLO. MÚSICO Y HÉROE PATRIO

MACHIN

¡Qué elegante, don Dimas!
A ver, el que vale, vale y el que no a UPyD
Diga usted que sí
Es que he quedado con el mulato que se alojó ayer en el hotel.
¿El de los zapatos combinados?. Pues si a usted no le parece mal me arreglo un poco y les acompaño
¡Como me va a importar!. Encantado. Le esperamos en el hall.
Cuando don Matías llegó al hall se encontró a los dos amigos en animada charla, con un daiquiri blues cada uno y al moreno con un puro habano de a palmo.
Aquí don Matías, mi buen amigo y compañero de aventuras. Aquí don Nicéforo Verduguillo de la Dehesa, cubano y español al cincuenta por ciento.
No. No, don Dimas. Al treinta y tres por ciento. Tengo un tercio de la sangre tagala.
¡Anda!, así que también es algo filipino.
Pues sí. Al final uno es casi de todas partes.
¿Y como así?
Pues si ustedes tienen un minuto yo les cuento…
Resulta que mi papá abandonó España de niño. Ya saben ustedes; cuando la guerra con Cuba.
Esto de las quintadas. Al que le toca, le toca…
No. En absoluto. Mi papá no era ni tan mayor, ni muy patriota. Fue una salida airosa al lío que se formó en su pueblo. Nosotros descendemos de Castuera, en la comarca de La Serena pacense. Mi abuelo era capador de guarros y, cuando tenía castrada a toda la cabaña de la zona se dedicaba a jugar al gilé por las tabernas. Una noche, después de ajumarse de aguardiente, fue sorprendido haciendo trampas. Uno de los jugadores -se conoce que enfadado. ¡ya ve usted!- le arreo con la badila del brasero y le abrió la cabeza como un melón. Nosotros éramos muy pobres y nos encontramos, de la noche a la mañana, sin casa y sin ingresos. Mi papá no encontró más solución que embarcarse rumbo a Cuba a buscarse la vida. Se presentó voluntario para sustituir al hijo de un terrateniente de Puerto Hurraco que le pagó tres mil pesetas para que fuera en lugar de su hijo.
Lo que hace el hambre, ¿verdad don Nicéforo?
Y usted que lo diga, don Matías.
Mi padre, pues, se encontró en la provincia de Puerto Príncipe, ahora Camangüey, con un fregado de aúpa. Allí coincidió con un compañero madrileño que, con el transcurrir del tiempo, tendría su relevancia: Eloy Gonzalo.
¡Coño!, el mismísimo Cascorro, el de la lata.
Efectivamente. Previamente, mi papá, que siempre fue muy suyo para el sandungueo, se había casado con la negra Obdulia Camastrón, natural de Bolondrón, en la provincia de Matanzas.
De ahí, es de donde le viene a usted su tono mulato, claro.
Pues igual sí. El caso es que mi papá, que tuvo otros cuatro hijos con otras tantas mujeres, y a los cuales no conozco, me dejó en Matanzas y marchó al puesto de Cascorro, a las órdenes del capitán Neila para hacer frente a unos mambises que se habían puesto chulos. Pues bien; Eloy y mi papá se ofrecieron voluntarios para quemar la casamata donde estaban los insurrectos. El capitán Neila eligió a Eloy y mi papá se quedó, un poco más atrás sujetando una cuerda que Eloy se había atado en la cintura para estirar de él por si caía herido. Cuando Eloy Gonzalo llegó a la altura de la caseta se dio cuenta que no tenía el chisquero y le hizo señales a mi padre para que le acercara el suyo. Entre los dos, el uno encendiendo la mecha, y el otro rociando de gasolina el techo de brezo y caña de azúcar, prendieron fuego al refugio. Los mambises salieron por piernas y los dos héroes volvieron con Neila estirados como juncos.
¡Qué tíos. Menudo valor!
El caso es que, tras el informe del capitán Neila, el generalato concedió, por su acción desesperada, a Eloy Gonzalo, la Cruz de Plata al Mérito Militar y al capitán Neila, la Laureada de San Fernando. Mi padre, con un cabrero mayúsculo, decidió marcharse de allí y se embarcó con destino a Filipinas, donde también había lo suyo. Al año de llegar, mi papá había tenido un hijo con la tagala Maricel Lubut, que en cebuano quiere decir nalgas. Así nació mi hermano Nicéforo Verduguillo del Campo. Pues bien, al año de nacer mi hermano, decía, se lió la de San Quintín en el pueblo de Baler.
¡No me diga que también fue uno de los últimos de Filipinas!
Uno de los últimos, no. ¡El último!
¡Qué bárbaro!
Y tanto. Pues resulta que, como ustedes muy bien sabrán estuvo en la iglesia de Baler, en la isla de Luzón durante 337 días, con sus noches, asediado por los filipinos que daban machetazos a diestro y siniestro. Claro es, que mi papá, que había cogido la maña de su padre con la doble luna de capar marranos, tampoco era manco. El caso es que, a los 400 pobres que allí estaban, se las dieron todas en el mismo carrillo. Hambre, mosquitos, disentería y paludismo hasta que se enteraron que había acabado la guerra y estaban haciendo el pardillo. El caso es que las autoridades filipinas aceptaron condiciones honrosas de capitulación y permitieron su paso, sin considerarles prisioneros, hasta Manila, con el presidente filipino Aguinaldo, que ya es nombre para un medio chino, emitiendo un decreto en el que exaltaba su valor. El caso es que, tras un recibimiento apoteósico en la capital filipina, los supervivientes fueron repatriados a España, salvo mi papá que se volvió a Cuba.
¿Y allí qué hizo? ¿Volvió a rehacer su vida?
Pues sí, señores. Mi papá siempre tuvo mucho ritmo y muy buen oído para la música se asentó en Sagua la Grande, en la provincia de Villa Clara, antes Las Villas, donde conoció a Antonio Lugo, un chico también muy pobre que tenía el ritmo en las venas. Mi papá le convenció para hacer una orquesta con él y Manuel Zaballa, también del mismo pueblo. Antonio tenía una voz ligera y algo gritona, pero que quedaba muy bien en los boleros. Mi papá le convenció y cambio su apellido por el segundo: Machín.
¡Andá!. Antonio Machín; el de las maracas.
El mismo. Si señores.
Antonio siempre quiso cantar ópera, pero claro, con su color, al final se dio cuenta que siempre quedaría encasillado en el Otelo, por lo que tuvo que dedicarse al bolero. Mi papá, que había tenido su tercer hijo, el Nicéforo Verduguillo del Río…
¿Oiga, su padre nunca dio el apellido materno a sus hijos?
No señor. Mi padre siempre ponía el segundo apellido en honor al sitio donde concebía a sus descendientes…
¡Mira, que original!
Pues sí. Como les iba diciendo, mi papá se marchó con Antonio Machín a Nueva York y de allí partieron hacia París. Al acabar el fregado del día de San Camilo de 1936, Antonio Machín, junto a mi papá, Don Aspiazu y Moisés Simons, que era un gran pianista, y el saxofonista Napoleón Zayas. ¡Menudo pedazo de orquesta formaron!. Al llegar a España se encontraron con el follón europeo y, a través de actuaciones en cabarets y programas de radio triunfaron con el denominado “Cuarteto Machín”.
¿Pero no eran seis?
Si señores; pero Napoleón y Moisés se marcharon a Sevilla para aprender el cante jondo. Aquí, mi papá, conoció a su última esposa, la Obdulia Garrafón de quienes les nació mi hermanito pequeño, el Nicéforo Verduguillo de la Bañera, también conocido como “Polvo de agua”, no sé muy bien por qué, la verdad. El resto, pues ya casi lo saben ustedes, quienes tuvieron que bailar lo suyo con aquellos Angelitos Negros y tantas y tantas canciones.
¡Vaya una vida la de su padre!.
Pues sí; es cierto. De acá para allá. Pero siempre muy entregado a sus mujeres y reconociendo los hijos como propios. Era algo golfo; es cierto. Pero muy cumplidor. A la Obdulia que era algo coqueta y muy celosa le compuso una canción el gran Osvaldo Farres. Se llamaba “No me vayas a engañar” y decía algo así como:

No me vayas a engañar
di la verdad, di lo justo
a lo mejor yo te gusto y quizás
sea bien para los dos

Soy tu refugio de amor
mis besos yo te daré
haré lo que quieras tú
mi dulce querer

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