JUVENTINO MORAGAS PAYA, ALIAS LANZAROTE DEL LAGO

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El Juventino Moragas Payá pasa hambre; mucha hambre. Hay quien dice que el Juventino Moragas Payá vive de los peces que pesca en el Lago de la Casa de Campo. También se alimenta de tagarninas, de los espárragos silvestres y de las setas que, en temporada, coge en el cerro Garabitas. El Juventino Moragas Payá, de haber nacido en un pueblo, con su río, sus montes y sus baldíos, estaría orondo y graso como una oca; pero nació en el paseo de Extremadura y, ya se sabe, aquí como no te comas las uñas…
Al Juventino Moragas Payá le dicen en el barrio Lanzarote, porque vive junto al Lago. El Juventino Moragas Payá leyó, en una ocasión, la historia del caballero de la mesa redonda y, desde entonces, se cree un personaje del mito artúrico. ¡Lo que no haga la falta de fósforo!.
El Juventino Moragas Payá dice que fue raptado por Nimue-Vivian, la Dama del Lago cuando era niño y que, al cumplir los quince años recibió el encargo de traer al rey Arturo a su amada Ginebra a Camelot.
No fue así, claro. En realidad uno de los putañeros que pueblan la Casa de Campo le encargó que avisara a una de las meretrices que trabajan la zona. En compensación le dio una botella de ginebra. El Juventino Moragas Payá, que ya llevaba más de ocho días sin ingerir nada sólido, mezcló la fábula con los hechos reales y, tras mojarlo en ginebra acabó enamorado perdidamente de la bella uzbeka que reclamaba el cabrito.
Una mañana, tras desayunarse una perca y media tartera de ajos porros y un puñado de bellotas como postre, el Juventino se acercó hasta Le Joyeux Garde, que era como llamaba a la zona del teleférico donde se colocaba la falsa Ginebra. Pero la uzbeka no acudió ese día; ni el siguiente, ni el otro, ni el otro. Sencillamente, su evanescente amada desapareció como por encanto.
El  Juventino  se sumió en una tristeza profunda y construyó una barcaza negra –en realidad un palé pintado de negro- que arrojó al Lago para que todo Camelot supiera lo que puede provocar Lancelot en las damas al no ser correspondido.
Abandonado por su amada, solo, hambriento y burlado por el destino, el Juventino Moragas Payá pensó que ya nada le quedaba por hacer en Camelot. Una tarde, mientras el sol se acostaba sobre la frontera de El Pardo, el Juventino cogió sus cuatro bártulos; la vieja sartén donde freía los peces del Lago; su retorcido y viejo cubierto, su arreo de pescar y la etiqueta de Larios de la botella de Ginebra y marchó M-30 adelante en dirección a la estación de Atocha. No sabía donde iba a encaminar sus pasos. La fortuna -esa puta con traje de sota de oros- decidiría por él. Sube a un tren de mercancía. Apoya su espalda sobre las maderas del vagón y, poco a poco, va durmiéndose arrullado por el traqueteo del tren.
Cuando el Juventino Moragas Payá despertó, el tren llevaba un buen rato parado. Por entre las junturas de la puerta entraba un gratificante solecillo que alumbraba el vagón a rayas. La temperatura era buena y soleada, pensó el Juventino, ¿qué mejor sitio que este para empezar la búsqueda de mi Ginebra?. Sin pensarlo dos veces abrió el portón y saltó a la vía muerta donde estaba estacionado el tren.
Frente a él, un mar de olivos se mostraba en todo su esplendor. Olivos al norte, al sur y a ambas manos. Olivos y solamente olivos. ¿Dónde estaré?, pensó el Juventino. ¿Será Jaén? ¿Tal vez Córdoba?. Sin rumbo fijo anduvo por entre el piélago de olivos hasta dar con un caserón. Una especie de cigarral con su tapial pintado de blanco y de azul añil.
A la paz de Dios, dijo el Juventino, que no sabía si eran tardes o días lo que tenía que saludar.
Quede usted con Él, contestó el aldeano.
¿Me podría usted informar?. Es que estoy haciendo el Camino –no quiso desvelar su verdadero destino- y creo que estoy perdido. ¿Me puede usted informar el sitio en el que me encuentro.
¡Cómo no!. Está usted en Malagón
¡Vaya!, se dijo para sí, el Juventino. Pasé de Málaga a Malagón, como el dicho.
Malagón, Ciudad Real, dijo el aldeano al ver la turbación en el rostro del Juventino.
¿Qué es lo que busca usted, si puede saberse?, se atrevió a preguntar el aldeano.
Pues verá usted, se sinceró el Juventino. Amo profunda y alocadamente a Ginebra. Yo sin Ginebra no sé vivir…
Pues por aquí, le contestó el aldeano. Como no quiera usted vino tinto, me parece que lo que es ginebra…
No es esa Ginebra, buen hombre.
Ah, lo siento. Pues entonces anda usted un poco perdido. Suiza está hacia el norte, y usted ha tomado la dirección del sur.
Tampoco es esa otra la Ginebra que yo busco.
Mi amada se llama Ginebra y está en poder del Rey Arturo
¿El de la CEIM?
No, el rey de Camelot. De él y de los caballeros de la Tabla Redonda. Tengo que encontrarla para devolverla a la Joyeux Garde.
¿A la jodía que…?
No; no. A la Joyeux Garde; nuestro hogar.
Oiga, perdone usted. No se habrá subido a ningún olivo ¿verdad?. El olivo y la higuera tienen un ramaje muy traicionero y, a la menor, se viene uno abajo y esos golpes no son buenos para la cabeza.
Ya veo que usted no entiende nada. El agro siempre abandonado en esta nuestra España y sus hijos presos de la ignorancia y la incultura. Voy a seguir la búsqueda de mi amada Ginebra. Muchas gracias por el agua y la información.
No hay de que. Tome usted, una visera de la Caja Rural. No vaya a darle el sol en las meninges que, me parece, que es lo que le faltaba a usted para el duro.
Muchas gracias, caballero.
No hay de qué darlas.
El Juventino Moragas Payá siguió el camino en dirección al sur. Poco a poco y, de forma cansina, fue ascendiendo y descendiendo el olivar interminable. La tierra rojiza de entre los árboles, refulgía con el calor. A lo lejos una figura que le era  conocida  tililaba  por  efecto  de  la calima. Según fue acercándose la figura –que en realidad eran dos- se le fueron haciendo cada vez más conocidas y visibles.
Buenos días, saludó el Juventivo.
A la paz de Dios, contestó uno de los guardias civiles. El más mayor y que llevaba un galón de  cabo sobre la manga. A ver, ¡los papeles!.
¿Qué papeles?, se extrañó el Juventino.
Su documentación.
Yo no tengo documentación.
¿Ah, no?
No señor. Yo soy Lanzarote del Lago, caballero de la Mesa Redonda en busca del Santo Grial y de mi señora Ginebra.
¡Vaya!, al menos es sincero.
Llama por el móvil al sargento y dile que tenemos a uno que reconoce estar grillado y hasta las trancas de ginebra.
¡Oiga, que yo no he dicho eso!
Claro; claro. Vamos tira para adelante.
El Juventino Moragas Payá, no volvió a hablar en todo el camino. Con esta gente, pensó, lo mejor es no dar pistas. ¡Serán burros!.
Después de dos días alojado en el calabozo del pequeño pueblo manchego, una ambulancia recogió al Juventino y le trasladó hasta un sanatorio en medio de la nada. El Juventino se apeó de la ambulancia y no dijo nada para no empeorar las cosas. Los celadores le llevaron, uno a cada lado, hasta la oficina del sanatorio. Allí, un administrativo rellenaba unos papeles.
¿Su nombre?
Lanzarote del Lago
¿Nombre de los padres?
El rey Ban de Benwick y Elena
El administrativo levanto los ojos por encima de la montura de las gafas. Las cejas arqueadas daban muestra de su sorpresa.
¿No tendrá usted que ver con el rey Arturo y Ginebra?, preguntó.
¿Conoce usted a mi amada? ¿Dígame dónde la ha visto por última vez?, se alteró el Juventino.
A ver, dijo el administrativo, celda 45, la acolchada.
El Juventino fue transportado, literalmente, por los dos enfermeros-gorilas, hasta la planta sótano.
En la soledad de la celda pasó el Juventino más de dos semanas. Regularmente le hacían comer un plato de sopa y algún alimento sólido que el Juventino no reconocía. La tranquilidad, y los alimentos, fueron asentando el cacumen del Juventino que ya no sabía bien si era Lanzarote, el rey Lear o Paquito el chocolatero.
Una mañana, de la misma manera que el cerrojo de la puerta se echó; se abrió de repente. Los dos enfermeros le pidieron que se levantara.
¡Vamos!, dijo uno ellos. ¡Al patio!.
El Juventino se encontró, de repente, en medio de un patio con el suelo de guijarros, un parterre simétrico, como un laberinto y unos árboles achaparrados y pintados, hasta la mitad del tronco, de blanca cal para evitar el ataque del gorgojo y otros insectos. El Juventino se dirigió al laberinto y comenzó a recorrerlo en toda su extensión.
¡Eh, Lanzarote!. Le llamó bajando el tono de su voz una persona desde detrás de un seto.
¿Es a mi?, preguntó el Juventino.
¿No eres tú Lanzarote del Lago?
Si; yo soy. Pero ¿quién eres tu?
Soy Palamedes, el amigo de Tristan ¿no me recuerdas?
Perdona, dice el Juventino, pero es que no sé qué me han dado a comer en este antro que he perdido algo de memoria.
Tenemos que escapar… Sabemos dónde están Ginebra y el Santo Grial.
¿Será posible?. ¿Dónde están?
En un lugar llamado El Burgo de Osma, en la provincia de Soria. Allí hay un personaje que los guarda en gran silencio. Es un navegante retirado que se dedica a la micología y a otras artes diabólicas. Dicen que si es nigromante y que, con la asadurilla de los corderos convoca a la cabra Rubal en la que se transforma él mismo.

¡La Rubalcabra!. ¡Dios…, que horror!
Continuará….

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Una respuesta a “JUVENTINO MORAGAS PAYA, ALIAS LANZAROTE DEL LAGO

  1. Bueno, bueno, bueno……..o sea que hay por el Burgo un navegante que se convierte en cabra……, me muero por conocer el final: A ver si lo escribes antes de que regrese nuestro micólogo favorito porque a tí se te puede caer el pelo por escribidor.