EL COMPLEJO DEL TIMOTEO JARANDILLA UCLÉS

loctite

El Timoteo Jarandilla Uclés nació acomplejado como otros nacen llorando y aún otros riendo o dormidos. El Timoteo Jarandilla Uclés, según fue creciendo, siguió acomplejado y así lo seguiría hasta el final de sus días.
El Timoteo Jarandilla Uclés estaba acomplejado por sus orejas. Las orejas del Timoteo Jarandilla Uclés ni eran más grandes, ni más pequeñas que las del resto de sus vecinos; pero sí que estaban más despegadas que las de los demás mortales. Se podría decir que el Timoteo Jarandilla Uclés tenía un par de castañuelas a cada lado de la cabeza. A al derecha los agudos y a la izquierda los graves.
Cuando el Timoteo Jarandilla Uclés llegaba al colegio, los niños se burlaban de él.
Aquí viene la Lucero Tena, gritaban.
El Timoteo Jarandilla Uclés, se refugiaba, entonces, en los lavabos y se ponía a llorar hasta que el secretario del colegio le rescataba y le llevaba a su despacho.
Dile a tus padres que te pongan una tirita en cada oreja por las noches, le aconsejaba don Pancracio, el secretario.
Ya lo hacen, don Pancracio, pero como si nada.
Cuando al Timoteo Jarandilla Uclés le llamaron a filas, le tocó el servicio militar, en el cuartel de Alcalá de Henares. El Timoteo Jarandilla Uclés creyó que la disciplina se impondría al gamberrismo pero, ¡quiá!. Fue acudir a la barbería para cortarse el pelo y comenzaron las puyas.
Ojo, barbero. No vayas a cortarle una oreja, que si lo haces te llevan a hombros hasta Valencia.
El Timoteo Jarandilla Uclés intentó, sin ningún tipo de éxito, darse de baja por depresión. Cuando se enfrentó al tribunal los médicos no encontraron motivo suficiente para darle la baja. Tan solo la psicóloga, la señorita Puri Cárcava Tortejada, se apiadó del Timoteo y le subió la autoestima.
Mire usted, Timoteo, la autoestima describe la necesidad de aprecio, que se divide en dos aspectos: el aprecio que se tiene uno mismo (amor propio, confianza, pericia, suficiencia, etc.), y el respeto y estimación que se recibe de otras personas (reconocimiento, aceptación, etc.). Yo sé que usted no percibe esa estimación de sus compañeros, pero no todo el mundo es así. Yo misma, por ejemplo, creo que si usted se dejase un bigotito fino ganaría mucho, pues se parecería a Clark Gable en Mogambo.
¿Usted cree, señorita Puri?
¡Vamos que si lo creo!.
Pues si a usted no le parece mal, señorita, yo podría invitarla a usted a tomar un chocolate con churros en San Ginés el próximo fin de semana, y así me dice usted qué tal me sienta el bigote.
¡Hombre Timoteo!, ya veo que ha recuperado su estima. ¡Qué tío!, vaya velocidad.
A la semana siguiente, el Timoteo Jarandilla Uclés se puso el uniforme de soldado primera del arma de Infantería y se calzó la boina color burdeos dándole una ligera y grácil caída sobre la oreja izquierda. Se miró en el espejo y se encontró hasta apuesto con ese bigotito.
Si me vieran en el pueblo, yo aquí; con este pedazo de uniforme y la señorita Puri esperándome en San Ginés. Guiñó un ojo a la imagen que se reflejaba en el espejo y, dando un pequeño saltito, se echó a la calle.
Al pasar por el bar El Calandrajo, justo al llegar al escaparate, silbó la marcha “Los Voluntarios” se miró de arriba abajo mientras desfilaba marcial y estirado.
¡Una de oreja!, se oyó gritar al camarero que atendía la terraza.
Fue escuchar lo de ¡una de oreja! Y al Timoteo Jarandilla Uclés se le cayeron los palos del sombrajo. Ya no desfilaba, la boina se le clavó sobre ambas sienes quedándose frenadas sobre las orejas. De refilón se miró en el escaparate de la panadería que había junta la bar y le pareció que hasta el bigote aparecía ladeado. Cabizbajo y descangallao se llegó hasta San Ginés. La señorita Puri le vio venir y sufrió una congoja.
Pero Timoteo, amor, ¿qué te ha pasado?
Así no podemos seguir, Purita. Tu tienes que casarte conmigo. Si no yo no puedo vivir.
La señorita Puri accedió al matrimonio con tal de no verlo tan abatido. Se podría decir que el Timoteo Jarandilla Uclés, más que echarse novia, la obligó a casarse para salvar a un naufrago.
La mañana de la boda los novios estaban nerviosos. Cada uno en su casa, como era preceptivo para que no diera mala suerte el verse los trajes antes del casorio. Llegado el momento la señorita Puri, ahora ya por el juzgado, Purificación Cárcava de Jarandilla, subió en el coche del comandante Recio, su jefe en el Tribunal Militar; un Opel Kapitan negro y blanco y se dirigió a la iglesia de San Fermín de los Navarros, al encuentro de su Timoteo.
Al llegar se dio cuenta que algo no funcionaba bien. Los asistentes, en su gran mayoría familiares y amigos de Purita, se agolparon junto a la puerta por donde descendía la novia.
¿Qué ocurre, Fernando?, preguntó Purita a uno de los invitados.
Que no ha aparecido, Puri.
¡Ay, Dios mío!. Algo ha tenido que pasarle. Pobre Timoteo ¿qué le habrá pasado?
Tranquilícese usted, señorita Puri. ¿Qué había de pasarle?
Dejen paso, por favor. Se oía a una persona gritando entre la muchedumbre. Dejen paso.
¿La señorita Puri? Dijo el viandante al llegar a la altura de la novia.
Yo soy, caballero. Dígame usted. ¿Sabe algo de mi Timoteo?
Pues sí. Pero no se preocupe ha sido un pequeño accidente casero que no tiene mayor importancia; pero el caso es que ha tenido que ser atendido en el hospital y está ingresado hasta dentro de 48 horas.
¿Pues qué ha tenido?, preguntó la señorita Puri, angustiada.
Mejor vamos a otro sitio, donde haya menos personas. ¿No le parece?
Vamos; vamos…
Dígame. Me tiene usted es ascuas.
Pues qué le voy a contar a usted, señorita Puri, que no se imagine. Usted sabe que el Timoteo Jarandilla Uclés tiene un complejo tremendo con lo de sus orejas ¿verdad?
Pues no señor; ya se ha curado. Desde que se dejó el bigote como el de Clark Gable se le pasaron todos los complejos.
Pues ahí es donde está el problema. Verá usted. Resulta que se estaba afeitando y, al repasarse el bigote, no sé que le ha podido pasar que se ha pasado la navaja por una de las guías del bigote y se lo ha cortado de cuajo. Al tener que igualarlo se dio cuenta que parecía a Hitler y, como no podía presentarse con esa cara a la boda, decidió quitárselo entero. El caso es que, al verse de nuevo sin bigote, las orejas le pareció que crecieron hasta ponerse como dos raquetas de ping-pong. El caso es que se ha ido hasta la caja de herramientas y se ha puesto tres gotas de Loctite en cada soplillo y, claro, con lo abrasivo del pegamento, se le ha puesto el cuello como el de un piel roja. Hemos tenido que llevarlo hasta urgencias y se las han separado a estirones vivos. ¡No vea cómo gritaba!.
Pues bien; me ha mandado venir hasta donde usted para decirle que se tiene que aplazar la boda. Que él no puede presentarse ante sus convidados dentro de unos días con las orejas a medio arrancar y con las quemazones del cuello.
¡Ay, mi Timoteo!, gritaba la pobre señorita Puri.
Hay que joderse, gruñó el comandante Recio. Si es que esto de meter médicos mujeres y además psicólogas van a volver mariconas a todos los quintos. ¡Vamos!, que le metía yo una lavativa de salazón que se iba a quedar más tieso que un junco.
Cuando la señorita Puri llegó al hospital ya no pudieron hacer nada por él. El médico, sin tener en cuenta el trauma que presentaba, le hizo firmar una declaración jurada en la que entregaba sus orejas para el estudio de la medicina.
Cuando la señorita Puri llegó al hospital lo que se encontró fue al Timoteo Jarandilla Uclés desorejado como un miura tras el arrastre.
¿Me querrás igual, Purita?
¿Pero tú sabes qué faena me has hecho Timoteo?.
No me hables de faena, Purita, que estoy desorejado y me acomplejo.

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