EL NAUFRAGIO DE LA SAN JOSÉ MUTRIKUARRA

Dedicado a mi grandísimo amigo José María Aldea,
Navegante de firme timón, que me retó a escribir esto
mientras comíamos el Día de Acción de Gracias.

El sábado 26 de enero de 1901, festividad de san Timoteo, la costa guipuzcoana amaneció con un ligero viento del norte. Nada que un arrantzale mutrikuarra no hubiera padecido anteriormente y nada que no pudiera domeñar en los próximos días. El termómetro señalaba incluso calor, para esa época del año. El día 25 -si bien es cierto- la costa asturiana había sufrido un temporal de noroeste con mar gruesa e incluso nieves en la misma playa.
Dos buques que salieron del puerto de Gijón fondearon en Machichaco y dieron aviso de la tormenta que se avecinaba. Las lanchas que en Ondárroa llaman miriñaque tuvieron tiempo para volver a puerto pero no así el San José de Mutriku que se hundió frente a la costa del pueblo. Casi a ojos vista de las viudas y huérfanos de los desdichados marineros. Veintiún marineros perdieron la vida ante los ojos de sus familiares.
Si aquel día un telégrafo o un teléfono hubiese anunciado la intensidad de la borrasca desde Coruña, Gijón ó Santander, las lanchas de esta costa vasca que se fiaron en la altura barométrica, no hubieran salido a las calas y al borde del cantil, y se podría haber evitado tan horrible catástrofe. Pero la costa cantábrica no contaba con telégrafo ó teléfono directo, siquiera desde la vecina Cantabria. Las única señales existentes son a través de los faros, de la luz focal que tantos trastornos origina al cabotaje de altura. Además de ello las pequeñas traineras no ven las luces desde las calas donde se pesca el besugo, el txitxarro y la palometa. El mejor medio de comunicación, todavía, son las fogatas a intervalos que los marineros tienen convenidas con los puertos pesqueros. Pero era la hora de la amanecida y, ni el humo, ni el fuego, podían verse desde la lancha.
Los barcos tampoco son, todavía, los barcos que ahora conocemos. La gran mayoría todavía son lanchas atraineradas para la pesca invernal que no sirven para la navegación a vela. Pronto vendrán las lanchas cubiertas, pero a la San José le llegará tarde la modernidad. Los marineros suelen repetir un refrán: “lancha sin cubierta, sepultura abierta”. Ellos saben bien lo que se dicen y, desgraciadamente, una vez más se va a cumplir el refrán. No en vano, con los tripulantes de la San José van a ser 48 marineros los que perdieron la vida en naufragios en tan solo 33 años. Más de uno por año. Una sangría que un sector productivo y, lo que es aún peor, un pueblo pequeño como Mutriku, no se puede permitir, pero el marinero sabe que tiene la obligación ineludible de salir a faenar. En casa le espera una familia muy numerosa y, en la tienda, las compras a cuenta han engordado las deudas.
No es sólo la falta de telégrafo o teléfono. Desde la atalaya de Ondárroa fue vista la lancha que regresaba a puerto la primera de todas. A dos leguas un marinero anciano observaba con sus pequeños anteojos el regreso de la San José, pero el tiempo se metió en llovizna y el marinero se retiró para refugiarse en su casa. En Mutriku, al contrario que en Ondárroa, no hay atalayero. Aunque es bien cierto que aquella tarde de poco servían los instrumentos ópticos antedichos, pero sí que es cierto que un atalayero veterano puede hacer mucho para evitar un naufragio. ¡Mala suerte!.
La noticia, como no podía ser menos, produjo una consternación general. Veintiuna familias quedaban huérfanas y sin la protección de un padre para traer el sustento a casa. El Gobernador Civil y el párroco de Zumaya –mutrikuarra también y amigo de todos los fallecidos- trataron de consolar a quienes consuelo no encuentran.
El sepelio fue una manifestación de dolor como nunca se ha visto. Muchos marineros ondarreses han llegado caminando hasta Mutriku. No importa la lluvia; no importan los casi cinco kilómetros de barro y frío; no importa la noche ni el cansancio. Han sido veintiún compañeros de Mutriku que lo mismo podrían haber sido de Ondárroa. O ellos mismos. Por el camino van cantando la lenta, triste, y añorante canción que les acompaña en la partida desde el muelle. Una canción que se llama boga, boga y que, en la lengua vasca, dice así:

Boga, boga
mariñela
mariñela
joan behar degu
urrutira
urrutira
bai Indietara,
bai Indietara.
Ez det,
ez det,
ez det,
nik ikusiko
zure kai ederra
kai ederra
Agur,
agur,
agur,
Ondarroako
itsas
itsaso bazterra,
itsas
itsaso bazterra.
Mariñela,
mariñela,
boga!
mariñela.

O lo que es lo mismo:

Boga boga
marinero
marinero
tenemos que ir
lejos
lejos
a las Indias
a las indias
No veré
tu puerto hermoso
tu puerto hermoso
Adiós
adiós
adiós
a la orilla de Ondárroa
Marinero
marinero
Boga!!!
Marinero!!!

Durante el funeral la lluvia, la mansa lluvia shirimiri empapa a todos los asistentes. Las caras surcadas de salitre, de resecos resoles, de arboladas y de calmas chichas aparecen empapadas. Nadie sabría decir si eran lágrimas o el agua de la lluvia. Si Gabriel Celaya hubiera nacido una década antes quizás hubiera dedicado esta poesía a los náufragos de la San José:

La lluvia llueve.
La lluvia canta.
La lluvia suma
sin fin nostalgias.
¡Melancolía !
Vida apagada.
Luz submarina,
plata oxidada
de los espejos
y las arañas.
Grutas secretas.
Calles sin alma.
Pienso en mí mismo.
No pienso en nada.
Llueve igualando.
Llueve constancia.
Tras los visillos
una muchacha
está mirando
algo que calla.
La lluvia sigue.
La lluvia mansa.
Detrás presiento
mi fuerza vasca,
la luz de origen
contra la nada.
Trueno que truena,
vida que arranca,
caballo negro
sudando plata
visto y no visto
por mi nostalgia,
Urtzi galopa
por la montaña.
Rayo en la niebla,
ronca llamada
del olvido
dios que hoy me arrastra
mientras la lluvia
llueve sin alma.

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