LA EJEMPLAR HISTORIA DE SILVERIO CALZADILLA. NOVILLERO CIEGO

En el patio de la residencia geriátrica, justo en el centro, enseñorea su sombra fresca y tonificante, la olma de copa redonda. Al abrigo de sus múltiples hojas, un sinfín de pájaros reclama su desayuno. Piadores jilgueros y gimnásticos gorriones que saltan de rama en rama con un guirigay ensordecedor. Apoyado en su tronco infectado por el bicho de la grafiosis, que algunos llaman Scolytus multistriatus, don Casto, el hombre más viejo del asilo, apoya su barbilla sobre el dorso de las manos que sujetan, a su vez, una cachaba recia y de poco uso. Don Casto aún lee la prensa. La interpreta a su libre albedrío –es cierto- pero no pasa una mañana sin leer lo que el diario dice. Don Casto está al cabo de la calle de todo lo que pasa. En su juventud, don Casto fue capitán de la Marina Mercante española y viajó por los ochenta y tres mares y siete océanos del planeta.
Buenos días, don Casto.
Si son buenos, don Dimas. ¿Que? A buscar a don Matías.
Pues sí. Vamos a ver si damos una vueltecita. ¿No se anima usted?
¡Quite, quite!. Anda que di ya pocas vueltas por piélagos y procelosos océanos…
¿Qué traía hoy de nuevo la prensa, don Casto?
Pues nada nuevo. Lo de siempre. Este país nuestro está echado a perder. Nunca se ha reconocido el ingenio ni el afán aventurero de sus indígenas. Fíjese que hoy han dado el premio Príncipe de Asturias de las Artes y se lo han dado a un japonés que ha construido un teatro con forma de caja de hortalizas. Pues bien, para los artistas patrios; esos que han paseado el nombre de España por el extranjero ¿qué? Yo se lo digo. Nada. El oprobio, don Dimas. El oprobio y el olvido más absoluto.
Hombre, don Casto, yo creo que ahora, con esto de que tienen que salir los jóvenes al extranjero se irá reconociendo más el esfuerzo de todos.
¡Quite, quite!. Ahí tiene usted lo que le pasó al pobre Silverio Calzadilla.
No tengo el gusto. ¿Quién es?.
Es no; fue. Silverio fue un banderillero que, pese a ser ciego, se especializó en los rehiletes al quiebro. ¡Cómo banderilleaba el Silverio!. Pero ¿nunca le conté a usted la historia de Silverio?
No. La primera vez que escucho ese nombre.
Siéntese aquí, don Dimas. Llame si quiere a don Matías y que venga a buscarle a usted.
Cuente, cuente…
Silverio se marchó a Finlandia asqueado de que en España, su país, se le prohibiera ejercer su vocación taurina por un quítame allá esa visión. ¿Cree usted que eso es normal en un país que se precie?. Pues bien, tuvo que salir a pelo; nada de Erasmus, como ahora. No; a la aventura. Nada más llegar a Helsinki se puso al habla con un agente del espectáculo al que convenció para que montara una corrida de toros. Contrataron a Nacional II y otros dos toreros que se encontraban ya retirados y, junto con otros emigrantes echados para adelante, montaron las tres cuadrillas. Finalmente se suspendió la corrida y Silverio fue encarcelado hasta que, el cónsul español, pudo interceder por el.
¿Y por qué le encarcelaron?
Por el cartel de toros. ¡Ya ve usted!. Al parecer en Finlandia son luteranos y ortodoxos y claro, al Silverio no se le ocurrió otra cosa que anunciarse como The child of the nuns, o sea, el Niño de las Monjas. ¡Menudo escándalo se organizó!. Ya sabe usted que los luteranos y esos infieles del norte le tienen una tirria a España ¡que para qué!
Claro, claro.
Durante el encarcelamiento, el alcaide, que era un cabronazo como la copa de un pino, le negó el carretón para entrenar, y tuvo que hacerlo en seco. Pero nada, el Silverio tenía una afición a prueba de bombas y no pudieron con él. Finalmente, el cónsul consiguió explicarles que en España había habido ya dos toreros con ese apodo y todo se arregló. El Silverio se cambió a El pasmo del fiordo y los finlandeses le dieron el plácet y le dejaron torear. El caso es que, con la publicidad del encarcelamiento y tal, la gente se rifaba los boletos para ver al torero.
Bueno, don Casto, y ¿qué tal era toreando el Pasmo del fiordo?.
Un vendaval, don Dimas. Citaba de largo y cuando olía al toro, ¡chas!, la pata para un lado y el cuerpo para el otro. El toro seguía recto y ¡zas! un par de avivadores en todo el morrillo.
¿Y nunca falló?
Nunca. Bueno…, nunca no. Una vez sí que fallo. Pero no fue culpa de él ¿estamos?. Ocurrió que el arenero, un moro emigrante al que contrataron porque parecía nacido en Triana, se azaró y, al no conocer la lidia, se cruzó por donde no debía y se llevó un par recogido en toda la paletilla. Los nórdicos, como no se enteraban, al ver que no cayó ninguna banderilla le ovacionaron y le obligaron a dar dos vueltas al ruedo.
¡Que tío!.
Ya lo creo…
Oiga, don Casto, ¿y nunca necesitó ayuda?
Nunca. ¡Qué va!. Solamente, al hacer el paseillo tenía que entregar el bastón blanco a la par que el capote de paseo. El mozo de estoques se lo recogía y lo guardaba en el petate de los estoques. Pero, por lo demás, como si tuviera vista de lince, oiga usted…
¿Y nunca tuvo un percance, don Casto?
Tampoco. Bueno, sí. Una vez estuvo dos meses sin poder andar ni apoyar el pie en el suelo.
Por una cogida…
No, hombre. No había toro que pillase al Pasmo. No fue una cogida, es que un día en que lo sacaban a hombros, se le escurrió al millonario que lo llevaba a caballito y le dejó caer fracturándose el fémur.
¡Vaya, por Dios!
Y dígame, don Casto cuando se retiró qué hizo para seguir viviendo.
El Pasmo era mucho Pasmo. Cuando se retiró lo fichó don Matías Prats Cañete como asesor televisivo. ¡Anda que no han retransmitido corridas de toros ni nada entre los dos…!
¿Pero siendo ciego era asesor?
Como usted lo oye.
¿Y como le asesoraba?
Mire usted, los ciegos –como bien sabrá- desarrollan otros instintos para suplir la falta de visión. Pues bien, El Pasmo desarrolló un olfato y un oído que para qué. Él se sentaba a la derecha de don Matías Prats y le decía: Este recorta por la izquierda, Matias. Y don Matías, con aquella armonía que tenía en la voz, decía: el toro, que es hijo de Mandarino III, de Juan Pedro Domécq y pasta en las deeeeeehesas de Zahaaaaaara de los Atuuuuuuunes bizquea por la izquierda. ¡Menuda dupla hicieron en televisión!. Matías que este toro huele a chamusquina en el caballo. Y don Matías: el toro se viene arriba en la suerte de vaaaaaaaras. El torero de a cabaaaaaallo es Pimpi de Torrijos, hijo de Pimpi de Turégano que es la ciudad cuna del toreeeeeo a cabaaaaaallo en la vega del Eressssssma. Ya le digo, don Dimas, un espectáculo escucharles.
Pues bien, don Dimas. Si algún día visita usted Helsinki; la fría capital de Finlandia visite la la plaza Narinkka en el distrito de Kamppi. Allí, frente a una estatua que parece un montón de cajas, verá la plaza de toros. Es redonda y toda ella llena de cristales. Ya sabe usted, que allí se hace de noche a mediodía. Pues bien; en la entrada. En la puerta grande, verá una placa. Allí, si usted supiera finlandés, leería lo siguiente. En esta plaza de toros cortó dos orejas y un rabo el banderillero El Pasmo del Fiordo. Los espectadores, incrédulos con lo visto, le llevaron a hombros hasta Fuenterrabía, donde descansaron y subieron al banderillero en el Rápido de Hendaya con dirección a Madrid. Y para que conste –esto no lo dice en finlandés, sino en danés- aquí se pone esta placa para general conocimiento.

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