DÍA DE LOS FIELES DIFUNTOS

El santoral católico celebra hoy, día 2 de noviembre, el Día de Todos los Fieles Difuntos. Desconozco el motivo por el cual los católicos –y los que no lo son tanto- acuden a los cementerios el día 1, festividad de Todos los Santos, en lugar de hacerlo el día 2 que se celebra el de los Fieles Difuntos. No soy yo especialmente amigo de acudir a los cementerios en estas fechas. Tampoco en otras salvo -cuando no sé por qué-, el cuerpo me pide acudir a uno de ellos y pasear, de forma reposada y tranquila entre lápidas y panteones.
Cuando visito un cementerio lo hago con mucho respeto. No con temor, sino con respeto a quienes allí yacen. Me gustan los cementerios de pueblo. Y me gustan, especialmente, los cementerios norteños. Todos ellos, con su aspecto decadente y asilvestrado. Cementerios donde conviven la flor y el musgo; el césped y la yerba; el laurel y el ciprés…
Cuando no puedo acudir a uno de estos cementerios me refugio en un libro; generalmente de alguna obra de uno de esos escritores gallegos que aúnan, como nadie, el respeto a los difuntos y el morriñento relatar de sus obras. De entre todos estos escritores gallegos, tres: el marqués de Bradomín, o don Ramón María del Valle Inclán; Rosalía de Castro, la escritora medio poeta y medio bardo que tan maravillosamente nos relataba la morriña y, para mi, el más completo de todos; don Camilo José de Cela y Trulock, don Camilo el de los tres premios.
En uno de sus libros, Mesa Revuelta. Julio, 1945, Ediciones de los Estudiantes Españoles. Col. Sagitario, escribía: Santa María la Mayor de Iria-Flavia, enlosada de epitafios, espantada en sus hieráticos santos románicos y rodeada de un cementerio –el tierno cementerio de Adina, de Rosalía- donde los muertos se cubren con dulce tierra, la madreselva olorosa y enamorada se cuelga por los muros y el olivo es el árbol funerario, alza su arquitectura al borde mismo del camino real.
En esta tierra ubérrima, ni la manzana es fruta prohibida ni se priva de las fresas a nadie que quiera hacerlas suyas. El agua corre a ambos lados del camino, y los verdes pastizales se extienden hasta donde alcanza la vista, que pronto acaba, como todo el paisaje gallego, en su quizás demasiada íntima decoración.
El naranjo es el árbol de adorno de los señores: alto, copudo y sin naranjas. El olivo es el árbol mortuorio de los señores: ancestral, ventrudo y sin olivas. El magnolio es el árbol –secular, florecido, aromático- a cuya sombra los señores escriben las dos únicas cosas que merece la pena escribir: cartas de amor y ejecutorias.
¿Hay una forma más íntima de relatar el cementerio, la iglesia junto a la cual se encuentra y el paisaje que lo rodea?. Bajo uno de esos olivos, hoy reposan –para siempre- los restos de don Camilo José, por expreso deseo suyo.

Don Ramón María escribió:

Cantan las mozas que espantan el lino,
cantan las mozas que van al molino,
y los pardales por el camino…

…¡Fun unha noite a o muiño cun fato de neñas novas
todas elas en camisa, eu n’o medio sin cirolas!

Y, finalmente, Rosalía dejó estos versos para la Historia de la Literatura, así; con mayúsculas:

O simiterio d’Adina
n’hay duda qu é encantador
c’os seis olivos escuros
de vella recordación;
co seu chan de herbas e frores
lindas, cal no’outras dou Dios;
cos seus canónegos vellos
que nel se sentan ó sol;
con meniños que ali xogan
contentos e rebuldós,
can lousas brancas que o cruben,
e cos húmedos montóns
de terra, onde algunha probe
ó amañecer se enterrou.

¡Padrón…! ¡Padrón…!
Santa María… Lestrove…
¡Adiós! ¡Adiós!

No existe mejor recordatorio de nuestros difuntos que aquel que hacemos de forma íntima, sin alharacas y sin floreados tiestos. En la intimidad de la casa; sentado en el cómodo y familiar butacón de oreja y con un libro entre las manos.
Cuando el poema, la prosa ricamente medida, te transporta a la fría humedad, al aromático corte de la hierba o del heno a la verde línea que se junta en el horizonte con el azul del cielo o de la mar, nuestros difuntos nos son más próximos; los sentimos más cerca.
Entonces, abro el libro y lo coloco sobre la boca y la nariz y aspiro el aroma de sus páginas. La calma; la dulce calma y la paz del hogar se hacen, entonces, plenos y cercanos.

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3 Respuestas a “DÍA DE LOS FIELES DIFUNTOS

  1. Rocío me envió esta página. Se lo agradezco porque la he disfrutado punto a punto, coma a coma.
    En estos días especialmente en los que, los cementerios campan por todas los caminos de estos paisajes nuestros. Quizás no sean los propios cementerios sino la Santa Compaña…, es posible, entre el musgo, los olivos los naranjos (con frutos tardíos y ácidos), los magnolios y, sobre todo, las páginas de esos hombres y mujeres que, morriñentos, reflejaron todos los sentires de esta tierra.
    Gracias por tus hermosas palabras.

  2. De las veces que más he disfrutado con su lectura, Don Ángel.

  3. Que bonito, don Angel……; acabo de leerlo porque precisamente he estado unos días meditando y visitando uno de esos cementerios con musgo. Me fuí para no ir al cementerio donde están los restos de los que fueron mis padres en esos días en los que los cotos de los muertos parecen convertirse en ferias de exposiciones florales. Mañana que ya ha pasado la euforia y posiblemente se estarán secando los clásicos crisantemos en macetas compradas en Carrefour,llevaré las hortensias que he traído del norte con un poco de ese olor a mar que tanto le gustaba a mi madre.