MERIDA, UNA TRAMPA MUNICIPAL

Parece ser que los vientos fríos y húmedos del otoño empujan al vagabundo, en este día de San Frutos, patrón de Segovia, a marear la perdiz por las dehesas extremeñas en busca de su capital, Mérida. La Marida de los árabes y la Emerita Augusta de los romanos.
El vagabundo, dejándose llevar, es posible que arribe con bien a la añeja capital de las Vegas Bajas; las tierras en las que jamás estuvo y en las que, piensa, podría encontrarse como en casa.
El vagabundo, como no tiene necesidad de vender sus textos va a contar aquello que le sale del teclado del ordenador, que es frase elegante y eufemística para no mencionar las criadillas. El vagabundo pasea Mérida, como antes hizo con Almendralejo, una mano sobre la otra y ambas dos tras la espalda, con algo de dolor en la nuca por mirar hacia arriba. El vagabundo no puede entender cómo los vecinos de ambas ciudades viven en vertical en lugar de hacerlo en horizontal que es como manda la razón y los cánones.
Mérida, como Almendralejo, son excedentarias de terrero útil para hacer casas “humanas”, en lugar de hacer feos edificios interminables y vivir, unos sobre otros, disfrutando de comunidades de propietarios y reuniones de escalera. Bien es verdad que cada uno es cada uno y cada seis media docena. Pero, ¡en fin!, así lo pienso y así lo digo.
El vagabundo se entrega a Mérida con los cinco sentidos del vagabundeo -que son puntales y exactos- aunque de difícil interpretación, como las medias y los cuartos en el reloj de sol y procura alejar de sí las historias oficiales que la oficina municipal de turismo vuelca, en Internet, para turistas de sofá y mando a distancia.
No me interesa tanto la Mérida de los monumentos como la Mérida que convive con esos monumentos. Lo mismo que no me interesa la Segovia monumental y sí la Segovia que contempla, los fines de semana, el vagabundaje del cochinillero o del tragapiedras. Me interesa la Mérida que bebe y la Mérida que cocina el ajoblanco; la ternera retinta y otros platos como la cojodongo, el zorongollo, los jilimojas o la carlincha de paleta de borrego.
¿Cuántos puentes romanos hay en España y aún en el mundo? ¿Cuántos arcos de Germánico o de Tiberio o de su… hay en el mundo?. ¿Cuántas alcazabas?. Esta es la Mérida de la oficina de turismo. La Mérida de recortable y documental en La 2, detrás de otro en el que un chinche se trajina a la chincha durante 45 minutos de bostezo y siesta. Para ellos. Para mi quiero la otra Mérida. La auténtica; la de el cojodongo y los jilimojas, la del zorongollo y la carlincha. Esa es la Mérida que me interesa.
Sí; de norte a sur, con el sol del atardecer declinando por estribor, el vagabundo, que es hombre de otras tierras y otras mitologías, piensa que ha de cerrar los ojos al arribar a Mérida y ver de golpe, igual que en un guiño, esta parafernalia oficial que se repite en Nimes; en Roma; en Saintés; en Perigueux y en tantas otras localidades. Mérida puede presumir de edad. Puede presumir de monumentos y puede presumir de una piel aún tersa, sin volverse de espaldas al calendario. Mérida está espléndida… pero es un decorado. Un decorado magnífico, es cierto; pero un decorado.
Con el fardel rebosante de buenas intenciones atropello Mérida antes de que la Mérida monumental me atropelle a mi y entro en una taberna para sorber con delectación y gula su vino joven, su vino tinto de la tierra que ese sí que es auténtico. En ese vino están los árabes, están también los romanos y toda la cultura acumulada. Pero está vivo. No es un decorado.
Mérida existe porque sí, para que la historia oficial, la historia de la oficina municipal de turismo y sus funcionarios nos la cuenten a través de coloristas folletos bellamente ilustrados. Para que un autobús con el techo capado nos lleve de un lugar a otro con un pastor ibero, como aquel Viriato, arreándonos de un lugar a otro sin tiempo más que para fotografiar aquello que ya viene fotografiado en el folleto.
Cuando el turista abandone Mérida recibirá, en el mejor de los casos, una bolsa de plástico, muy aséptica y elegante, en la que figurará el anagrama de la Junta de Extremadura, con un huevo duro, dos naranjas y un bocadillo de jamón. El turista irá feliz y notará satisfecha su ansia de cultura. Mientras, el vagabundo, como ante una dama, al llegar a Mérida, procurará simular inmensos asombros; abrirá la boca ante cada uno de sus monumentos y quizá le cueste trabajo; mucho trabajo; representar su pantomima de adoración artística para contentar al funcionario que le guía entre el trampantojo del siglo I antes de Cristo. Pero en realidad el vagabundo estará, por el rabillo del ojo, atento al movimiento de platos en este mesón; a la carta golosa y llamativa de aquel restaurante y al apretón ávido y egoísta de la bota de vino.
¡Qué le vamos a hacer, señora!. Así somos y así nos queremos mantener. Vaya usted a Mérida. Se lo recomiendo. Pero no se deje guiar, salvo por su libre albedrío y conozca la Mérida monumental, pero también la Mérida real. Usted misma se lo agradecerá.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.