LA TRANQUILIDAD

La rica heredera del Santander, doña Ana Patricia Botín y su esposo, el hijo menor de los marqueses de Borghetto, plantearon -según informó en su momento la prensa-, una demanda contra el ayuntamiento de Carriazo, en Cantabria, porque “desde hace años padece las inmisiones acústicas (sic) provenientes de las campanas de la iglesia, que suenan de forma ininterrumpida desde las 7 de la mañana hasta las 22 horas, cada hora en punto y en las medias horas”. A la gente, como es de natural envidiosa y maledicente, esto les hace gracia y suelen decir aquello de “que se jodan”. Es la venganza del chinito; la dulce venganza por las mensualidades de la hipoteca que, a lo largo de toda la vida, les queda por pagar al papá de doña Ana Patricia. ¡Dios Nuestro Señor nos libre de la limosna del rico y de la revancha del pobre!
El caso es que doña Ana Patricia tiene razón. Sí señor; muchísima razón. ¿Por qué tienen, los ayuntamientos y la curia, la costumbre de anunciar todo aquello que les peta a campanazos o a golpe de altavoz? Que aparece un camión cargado de nísperos, pues nada; se encarga al pregonero del pueblo que, armado de una trompetilla o de un tamboril y a grito pelado, recorra el pueblo con aquel remoquete de “se hace saber…”. Que a sor María o al hermano Gustavo les da por ponerse mustios, hala: campanazo que te crió. Tolón-tolón-tolón llamando a primeras, a segundas y hasta a terceras. Que el lechero vende su mantequilla, sus yogures y su leche recién ordeñada de madrugada, pues nada: pitido va y pitido viene por todo el pueblo con el claxon del coche. A la media hora el pescadero. ¡Fresco, vecina!. ¡Cómo lo tengo de fresco!….
Y luego van y dicen aquello de que “como en el campo en ningún sitio”. ¡Menuda tranquilidad se respira en el pueblo!. ¡No se oye ni una mosca…! ¿Cómo se va a oír una mosca si entre las campanas, el reloj del ayuntamiento, el campanil de la ermita, y todo el que vende algo lo comunica a gritos o a golpes?.
En mi vida he tenido un reloj. Siempre me he negado a que me saliera en la muñeca esa verruga mecánica que va señalando, segundo a segundo, y de forma inmisericorde, como se pasa la vida, y como se viene la muerte, que diría el hijo del difunto Manrique. El reloj no es más que una entelequia que mide el tiempo que nos queda de vida, no el que llevamos viviendo y yo, al menos mientras pueda, me niego a darle carta de solemnidad a este engendro.
Los pueblos son ruidosos. Mucho más que las capitales, donde existe legislación oportuna contra los ruidos. En los pueblos los bares cierran cuando le sale de las narices a los dueños y a sus clientes; y si usted no puede dormir, pues se va a la ciudad que allí sí se controlan los ruidos y el sueño. En los pueblos los perros ladran a todas horas pase lo que pase o pase quien pase. Los perros de pueblo se pasan la noche llamándose unos a otros a ladrido limpio. A lo mejor lo que ladran es para no dejar dormir a ese vecino cabrón que les tira patadas cuando nadie le ve. ¡Quien sabe!.
Los vecinos de pueblo andan todo el día y toda la noche en motocicletas que reparan ellos mismos para que haga mucho ruido; contra mayor ruido, mejor. Si usted quiere dormir la siesta, o hacerlo de noche ¡váyase a la ciudad!, que allí sí que vigilan los guardias las motos trucadas y hasta les obligan a pasar la ITV. Los vecinos de pueblo suelen salir a cualquier hora de su casa con la ventanilla abierta y el loro a todo volumen.
En los pueblos a un tío le sale de los perendengues tener veinte mil palomas en un palomar alejado de su casa y lo tiene. A él le importa un carajo que esas veinte mil palomas te estén cagando tu tejado continuamente. A estos colombófilos de pacotilla nadie les obliga a pagar la limpieza y reparación de tus tejas. Si a usted no le interesan las palomas ¡váyase a la ciudad!, que allí sólo quedan urracas puesto que las palomas las castró y las inoculó un virus el alcalde tunelario para que no se caguen en Largo Caballero y en Pablo Iglesias que son las únicas estatuas que quedan sin retirar.
Tiene razón, muchísima razón doña Ana Patricia Botín con demandar al ayuntamiento de Carriazo. Los alcaldes suelen ser tiranos silvestres y pastoriles que no rinden cuentas más que ante su propio espejo cuando se afeitan. Los alcaldes suelen ser, además, una suerte de nacionalistas agrícolas, y si usted no está de acuerdo con sus ocurrencias, pues ya sabe… ¡váyase usted a la ciudad!, señorito. Que es usted un señorito. Que aquí no necesitamos ni de su dinero, ni de su compañía. Aquí, lo único que necesitamos en que me voten a mi, que soy el alcalde. Y el que no esté conforme ya sabe… que se vuelva a la ciudad.

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3 Respuestas a “LA TRANQUILIDAD

  1. buenísimo como siempre. Maite

  2. Mi tío Emilio (qepd) era el “boticario” de Mugardos, pero tenía casa en el pueblo donde yo nací y le gustaba pasar en ella temporadas hasta que al cura, por modernizar la torre de la Iglesia, se le ocurrió colocar un reloj que daba las horas, las medias y los cuartos. Desde que el reloj comenzó su andadura, Emilio aunque fuese a las 3 de la madrugada despues de una cena bien regada, cogía su coche y se iba a dormir a Ferrol, no sin antes largar una serie de insultos al cura, al reloj y al pueblo.

  3. Muy sensato don Emilio. Bendita sea la rama, Maru