CÁDIZ… CÁDIZ

Don Dimas y don Matías, nuestros queridos abueletes están hartos ya de pasear, arriba y abajo, pelados montes saltando quebradas. Hartos de cruzar barbechos en esta Castilla fría y desangelada del Navegante, y se han embarcado en un viaje por el último rincón de España. Los dos ancianos han partido –el horizonte azul y la luz temprana y cegadora- para tierras gaditanas.
Cádiz la marinera; la que invita a visitar sus ventas, sus palacios, sus pueblos encalados y refulgentes, sus bodegas, sus plazas… Cádiz la de las tapas y las medias raciones. También, ¿por qué no?, la que invita a pimplarse sus buenos vinos generosos; sus manzanillas y olorosos. Cádiz; Cádiz… ¡Qué bien me acompañas!
Un viaje en el que van descubriendo, cada día, la suave marina que besa, agradecida, la duna que aún desconoce; la gaviota que sobrevuela la espuma del mar; la equilibrista araucaria de ramas separadas como peines al viento y la morada jacaranda…
Sobre el viejo caserío gaditano soplaron, no ha mucho, vientos bélicos que traían olor a pólvora y destrucción. Vientos que, unido a su sempiterno Levante, servía a las gaditanas para hacerse tirabuzones. Pasaron los vientos bélicos y vinieron otros de libertad. Vientos de Constitución. Vientos de Viva La Pepa. Finalmente amainó ese viento y perdieron los que ganaban y ganaron, ¡siempre igual!, los que perdían. De aquellos barros, estos lodos.
Hoy, los dos viejos, pasean por este Cádiz cada día más alejado de los toros y del garrotín; de los bandoleros famosos y de los bailaores gitanos. Cádiz conserva sus esencias, naturalmente, pero ya no es esa tierra de turbulento aire de desgana, de cigarreras bravías y de banderilleros con la faca en la faja y la patilla en forma de hacha. Cádiz es hoy, más que nunca, la ciudad de los poetas, el Cádiz que no ha nacido –triste sino el de Catalunya- para ser entendido, sino para ser disfrutado, como se disfrutan sus vinos, como se disfrutan sus paseos, como se disfrutan cada uno de sus rincones.
Cádiz ha enamorado a los dos veteranos y ahora, piensan, si no sería mejor naturalizarse gaditanos y cambiar, aunque sea durante los fríos meses del invierno, esa Castilla de adobe por este éste Cádiz de adobo; esa Castilla de gregoriano por este Cádiz de la Venta Gregorio.
Mientras se lo piensan siguen disfrutando de cada rincón, siguen escuchando en cada paisaje un verso y siguen encontrando en cada persona un amigo.
¿Qué tal, don Dimas?
Cumbre, don Matías
¿Hace una manzanilla?
Pozi. ¡Ea!.

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