ESTAMPAS NAVIDEÑAS

El tren correo-expreso de Galicia, número 421, con destino Madrid hizo su entrada en la estación de Torre del Bierzo pasadas las 12 del mediodía, con casi dos horas de retraso sobre su horario oficial. El tren acumula un retraso importante y eso que viene remolcado por dos locomotoras. El tren, además de las dos locomotoras, está compuesto por doce coches y un total de 436 toneladas. Después de Torre del Bierzo, al final de la bajada de la rampa de Brañuelas, han tenido que perforar 19 túneles entre la propia Brañuelas y Torre. Al túnel número 16 le llaman El Lazo por la vuelta que, sobre si mismo, da el recorrido. El 16 tiene muy mala fama entre los maquinistas por su mala ventilación.
Don Trifón Espeja de Toral, perito en distintas mañas y oficinista ocasional, vuelve a casa, como dice el anuncio del turrón, por navidades. Lleva dos meses sin saber de Cirila, su esposa, y quiere darle una sorpresa. Don Trifón ha comprado un paquete de peladillas. Unas recubiertas de azúcar blanco y las otras de azúcar de color de rosa. También ha comprado un pequeño trozo de turrón de guirlache casero que hacen en Lugo. No importa que cuando lleguen no tengan cena. Con una lata de sardinas y un mendrugo de pan es suficiente. Eso y las peladillas se convertirá en una extraordinaria cena navideña.
¡Verás qué sorpresa se lleva Cirila!, pensó para sí, sonriendo.
Cirila está algo delicada y, el frío del húmedo cuarto donde vive, ha hecho mella en su pulmón. Eso, y la reuma que se ha cebado con sus piernas y su brazo izquierdo.
Seguro que me riñe por haber gastado tanto en el billete. ¡Es que es tan ahorradora y tan señora de su casa!. Pero dos meses sin ver a Cirila es muy duro; aunque -claro- la necesidad obliga; no son tiempos de renunciar a una peseta, como le dice su Cirila.
Don Trifón se asoma a la ventanilla y ve el campo. El campo está triste, desolado. Los charcos tienen una nata de escarcha producto de la baja temperatura. Los árboles desnudos, tiemblan con cada racha del cierzo húmedo y destemplado que cae de la sierra. Hay dos cuervos helados, tiritando de frío, que se han posado sobre el cable de la luz para aprovechar el mísero calor que desprenden los hilos. Hace casi tanto frío fuera como dentro del vagón.
El tren podría llegar a Madrid a eso de las ocho; si no se retrasa más, claro. Aunque, por estas fechas, ya procurará el maquinista aligerarse. Él será el más interesado en llegar a cenar a su hora. Sueña don Trifón con los ojos abiertos.
Don Trifón vuelve a repasar, uno a uno, al resto del pasaje que le acompaña. Frente a él, pegado al helador cristal, duerme un niño. Un niño sucio y desarrapado, un niño lleno de sabañones que le recuerda a los niños de Dickens que retrataban en aquella película sobre Oliver Twist que vio con Cirila en el cine Doré. El niño duerme apoyado en el cristal y su madre, que le sostiene en brazos, lo hace roncando de forma desaforada. Parece una imagen de La Piedad de los pobres. A su izquierda un cura de sotana raída; de sotana irisada, pardusca, que ha perdido el negro original por el uso, lee su breviario. De vez en cuando, eleva los ojos entornados al cielo y permanece en ese trance por una pocos segundos. Al otro lado de la bancada un rapaz algo sarnoso descansa, entre tumbado y sentado sin importarte el frío.
A la derecha de don Trifón viaja una gorda, encalada, de colorete y con el sombrero caduco y desfasado que tapa sus guedejas de pelo rojizo. Es, con toda seguridad, una vedette jubilada que vuelve a su pueblo donde será recibida con toda la indiferencia y la maldad del mundo.
¡Quién se habrá creído la golfa esta que es!. ¡Habráse visto la muy descarada, volver a este pueblo de gente honrada!.
Don Trifón no le arrendó las ganancias a la pobre cabaretera.
Junto a ella un viajante que no se desprendió, en ningún momento, de la maleta con los productos que corría.
Serán medias de seda o, ¿por qué no?, agujas de coger punto a las medias. Igual son Biblias; o Don Quijotes escritos en esperanto, fabuló.
Finalmente un rústico campesino; cesta grande de una sola asa que llevaba sobre el regazo. Dentro de ella dos talegos negros con un pollo saltabarderas ya asado y un par de perdices todavía vivas que serán, más que seguramente, la cena y la comida de esta Navidad. La gorra de pana echada sobre la nuca y, en la comisura de los labios, una pequeña toba de un cigarrillo de caldo de gallina a medio consumir. De dentro de la cesta sale un aromático, salutífero y rotundo aroma a queso de cabra y a chorizos curados. Al grupo de viajeros del departamento, excepción hecha del durmiente rapaz, se les hace la boca agua con la sola imaginación de aquellas viandas.
Don Melquíades Buenadicha Quesada viaja, también, en el tren correo-expreso de Galicia, número 421, con destino Madrid. Al llegar a la estación de Torre del Bierzo se ha asomado también por la ventanilla, como don Trifón. A través de la ventanilla ve el campo. El campo está precioso; en su totalidad aparece nevado, con una capa de albo armiño que lo cubre todo. Es un precioso paisaje navideño. Agunos abetos están adornados por guirnaldas y luces de múltiples colores. En las puertas de los bellos chalets que semejan viviendas alpinas, unos niños tocan villancicos con sus panderetas y zambombas. Sus padres están apilando maderas y enseres viejos para hacer una gran hoguera navideña. Todo es alegría en esta estampa de cuento de Navidad.
El tren podría llegar a Madrid a eso de las ocho; si no se retrasa más, claro. No importa, piensa don Melquíades. A fin de cuentas mi amor me estará esperando. Me imagino que habrán llevado, desde Casa Mira, los turrones y los mazapanes que encargué. También les pedí que llevaran champagnes y una anguila de mazapán. Todo será poco con tal de hacer feliz a mi amor.
Don Melquíades es el jefe de don Trifón y, aunque también ha viajado hasta Galicia, no lo ha hecho para ir a la fábrica, sino que viene de pasar un mes en el balneario de La Toja, donde ha estado descansando junto con su esposa. La esposa de don Melquíades se ha quedado en La Toja y él, ¡a los esfuerzos que obliga el negocio!, ha tenido que venirse a Madrid rápidamente, pese a ser estas fechas tan señaladas.
Don Melquíades echa un ojo al departamento que ocupa en el tren pero viaja sólo. En el departamento de don Melquíades no hay nadie que ronque, ni que huela a queso, ni a chorizo. Tampoco hay vedettes jubiladas que vuelven al pueblo tras dejar el espectáculo. No; en el departamento de don Melquíades no hay curas de sotana raída. En el departamento de don Melquíades viaja él solo y hacer calorcito.
Se me olvidó reseñar que, las diferencias que hayan podido observar en el relato entre un coche y otro, entre una imagen exterior y la otra, son las lógicas y normales que existen entre un coche de primera y otro de tercera. ¡Qué le vamos a hacer!.
Don Trifón salta en la estación de Príncipe Pío y llama, desde el Bar Soria -en la Cuesta de San Vicente- por teléfono a Fermín, el portero de su casa. No quiere que le diga nada a Cirila pues es una sorpresa. Le pide que deje esta noche un poco más de tiempo la calefacción puesta, ya que él y Cirila se acostarán tarde. Fermín calla y asiente.
¿Le ocurre algo, Fermín?
Bueno, señorito Trifón, cuando venga usted le cuento.
Don Trifón ve cómo la ficha telefónica se cuela sin darle tiempo a preguntar nada más. No le queda nada suelto y, en el bar, no le fiarían una ficha más. ¡Ni se atreve a preguntarlo!
Preocupado sale del bar y, corriendo más que caminando, se llega hasta la calle de las Pozas, donde vive. Con la carrera y las prisas por llegar no se ha dado cuenta que se ha dejado encima de la barra el paquetito con las peladillas y el guirlache. Vuelve corriendo y con pavor, pensando en que alguien se lo haya llevado.
No. Ahí está. Dios es justo y necesario, piensa. ¡Menos mal!. Vaya disgusto que se habría llevado al no tener postre para ofrecerle a su querida Cirila.
Por fin llega al portal y, tras abrir con su llave, llama en el entresuelo, donde vive Fermín.
Buenas noches, señorito Trifón.
Muy buenas, Fermín.
¿Qué cuentos son esos que me has dicho por el teléfono?. ¡Vamos!, desembucha.
Pues verá usted, señorito. Es la señorita Cirila
¿Qué ocurre?
Nada, nada; señorito Trifón. Es que se ha marchado y le ha dejado a usted esta carta.
Don Trifón abrió la carta con evidentes síntomas de mareo. La frente helada y el sudor frío cayéndole por las sienes.

Estimado Trifón:

Lo nuestro no iba bien. Siento dejarte así; en plena Nochebuena, pero lo nuestro no tiene futuro. Me marcho con don Melquíades; tu jefe. Esta que te quiso, y no te olvida.

Cirila.

P.D.- Dile a Fermín que riegue el geranio una vez a la semana.

Por la calle de las Pozas un grupo compacto; un grupo numeroso de niños y padres, armados de panderetas y zambombas; de panderos y guitarras sale de la iglesia de los Santos Justo y Pastor, la que llaman iglesia de Las Maravillas, junto a la Plaza del Dos de Mayo. Van cantando de un portal a otro una lírica; una armoniosa y conocida cancioncilla navideña:

Adeste, fideles, laeti, triumphantes,
Venite, venite in Bethlehem:
Natum videte Regem Angelorum…

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Una respuesta a “ESTAMPAS NAVIDEÑAS

  1. Que triste Navidad pintas.