EL ESPELUZNANTE EPISODIO DEL OJO DE DON CALETRICO

Don Egidio Mengibar del Cascajal, se acodó en la barra del casino y, pidió una copita de Chartreuse.
El Higinio, el barman del casino, se quedó de una pieza. Desde hacía más de veinte años nadie había pedido Chartreuse en el casino. Justo desde que aquel don Egidio, el de la casa grande, se marchó del pueblo tras el espeluznante episodio del ojo de don Caletrico.
Pues verá usted; no sé si tendremos Chartreuse. Hace tantos años que ya no lo servimos…
Más de veinte, ¿verdad que sí, Higinio?.
El Higinio sintió cómo se le caía la servilleta que, perfectamente planchada, conservaba los dobleces sobre la manga del brazo izquierdo.
¿Don Egidio…?
Don Egidio ignoró la pregunta del Higinio y se volvió hacia el salón donde los socios habían interrumpido su partida de subastado para observar al forastero que entró en el casino.
Buenas tardes, señores. Dijo a voz en cuello. He pedido una copita de Chartreuse. ¿Hay algún inconveniente en que pida una copia de Chartreuse?
Los jugadores, todos a una, bajaron la cabeza y siguieron la partida como si nada fuera con ellos. Nadie se atrevió a decir ni pío.
Ya ves, Higinio. Siguen siendo el mismo rebaño de cabestros mansos de hace veinte años.
El Higinio sirvió el Chartreuse en una copia de cristal fino; una de esas copitas donde las señoritas solteronas toman el moscatel rebajado con agua. Mientras servía el licor, la botella chocaba contra el fino cristal de la copa. Tic-tic-tic…
¿Parkinsson, Higinio?
No, don Egidio. Acojonamiento.
Una leve sonrisa asomó a los labios de don Egidio.
Siempre te portaste como un valiente. El único de este pueblo, Higinio. No entiendo cómo los has soportado.
No crea, don Egidio. La procesión va por dentro…

Cuando ocurrió aquel espeluznante pasaje del ojo, don Egidio tuvo que salir por pies camino de las Américas. Gracias a un buen contacto en la Diputación pudo tomar un tren sin que le interceptara la policía. Un tren que le llevó hasta La Coruña y, desde allí, embarcó en un carguero hasta la isla de Guanaja, en Honduras, donde vivió entre manglares y fieras que hasta entonces desconocía. No fue fácil la vida para don Egidio; no.
Don Egidio, como hizo el servicio militar en la Marina, sabía manejar e interpretar los archiperres de la navegación –el sestante, el cuadrante de Davis, etc.- y, avispado como era, no tardó en capitanear un barco camaronero que, entre las Islas Caimán y los cayos hondureños, capturaban el camarón y la langosta. Don Egidio fue sobreviviendo entre marea y marea.
A don Egidio aún le suenan las tripas de hambre cuando recuerda su llegada a la playa Soldado, como un Cristóbal Colón redivivo, y el trabajo que le costó conseguir sus primeras lempiras para tomar un café y comer un chusco de pan duro como el alma de un criminal portugués. Sonríe cuando piensa en la pobreza absoluta que le acompañó en aquella isla y los millones que podría haber conseguido de dejarse lamer el olor a camarón y a langosta que llevó pegado a su cuerpo durante años.

El armador, un misquito caliente y oscuro como el aliento de una atarjea, le prestó unas lempiras y le dio unas ropas que le recordaron aquella poesía de Calderón que cantaban a un sabio que descubrió a otro que era aún más pobre que él. Agradeció al misquito las lempiras y los andrajos y se acercó hasta la única fonda de la isla para descansar. Junto al camastro, una silla desvencijada hacía de mesilla y sobre la silla una iguana inerte y a la expectativa, le miraba con un desprecio absoluto.
Oiga, en mi habitación hay un animal. Dijo a Rolando, el guarda.
Ya, mi amigo, dijo el empleado, es Lola, la iguana que le libra de los mosquitos. Está incluida en el precio.
¡Ah!, muchas gracias.
Perdone que le haga una pregunta. ¿Cómo es que se llama usted Rolando, como el sobrino de Carlomagno?
Pues verá usted. Hace dos años, como en Honduras no existían los registros el gobierno nos obligó a inscribirnos a cada uno con el nombre que más nos gustaba. Algunos pusieron el propio y otros su apodo o aquel otro que más les gustaba.
Y usted se puso el nombre del héroe legendario, claro…
No. Es que mi papá no sabía decir Ronaldo y me puso Rolando. Mi hermano se llama Cadillac y el más pequeño Telefunken. La niña eligió Leididí. Ya sabe usted…, ¡cosas de chicas!
Una tarde, cuando ya Don Egidio capitaneaba el barco del misquito salió a faenar. El cielo amenazaba lluvias y una gran ventolera. El huracán Mich, lo llamó la televisión. El barco se escoró y fue alejándose de su ruta. Pasaron tres días a la deriva y, finalmente, fueron rescatados por una lancha de las aduanas norteamericana.

Los aduaneros hablaban un inglés muy particular. No contestaron a ninguna pregunta. La verdad, pensó, don Egidio, esto no tiene buena pinta. Pasadas dos horas llegaron a puerto. Don Egidio leyó en un cartel que entraban en el puerto Dante B. Fascell de Miami-Dade. En el pantalán acomodaron la lancha y, antes de bajarlos, los encadenaron. Fueron bajando mientras las cámaras de televisión grababan las imágenes de la cadena de presos. Una docena de emigrantes ilegales llegan al puerto de Miami, decía el noticiario.
Fueron encarcelados en los calabozos del departamento de inmigración de Miami. Los carceleros, ahora sí, hablaban un hispánglis bastante curioso.
¿Aló?, contestó uno de ellos al teléfono. No ejpikinglis, pendeho, aquí se habla solo ijpanish.
Sobre el sucio suelo del calabozo, un gran cubo recogía los excrementos de las dos docenas largas de detenidos. Pasaron más de quince horas en las que no se les facilitó ni alimentos ni agua. No tenía buena pinta; no, como decía don Egidio.

Al clarear el día el responsable de la oficina de emigración fue llamando, uno a uno, a los detenidos. Cuando le tocó el turno a don Egidio observó que estaba presente una persona vestida de forma distinta. Un hombre aún joven que no tenía aspecto ni de policía, ni de norteamericano. Un hombre que iba vestido a la europea.
¿Nombre?, reclamó el funcionario
Egidio Mengibar del Cascajal
¿Edad?
Cuarenta y dos años
¿Raza?
Blanca
¿Cómo que blanca? ¡Qué más quisieras tu, pendeho!. Tu eres hispano, como estos.
No; perdone usted. Yo soy de raza blanca. Yo soy español de Europa, no hispano.
¡Anda, coño!. Entonces… ¡usted es de raza spaniel!, dijo triunfante.
No, oiga, que spaniel es la raza de unos perros…
¿Y qué sino perros son ustedes?.
Spaniel. Ponlo ahí, le dijo al negro que hacía de amanuense.
El extraño que iba vestido como un europeo se interpuso entre don Egidio y el funcionario. Extrajo de su cartera una tarjeta de visita que el funcionario leyó con dificultad.
¿Qué caraho es esto de agregado cultural?
Es mi cargo en la Embajada española. Aquí tiene usted la orden firmada por el juez de guardia para que proceda a la liberación del detenido. Queda bajo mi custodia y responsabilidad.
Vale, vale. No te digo el caraho, tonto la verga…, continuó el funcionario maldiciendo al delegado español.
Vayámonos de aquí cuanto antes. Sígame.

Don Egidio no se volvió ni a despedirse de los compañeros. A quien san Juan se la de…, pensó para sí, y salió de aquella siniestra oficina como alma que lleva el diablo.
¿Cómo es que supo de mi?, preguntó a don Pablo de Fuenfría, que así se llamaba el agregado.
Pues de la forma más inverosímil. Estaba mirando el televisor, mientras mi esposa se arreglaba para salir a cenar, y me di cuenta que uno de los detenidos por los guardacostas llevaba zapatos. Este no puede ser hispano, me dije, y por ello me acerqué hasta el juzgado donde me informaron de que aún no se les había identificado. Por ello solicité su extradición, si es que era español, y mañana, sin falta, debo sacarle a usted del país deportado bajo mi responsabilidad.
¿Deportado a donde?
A España. Al lugar de donde proviene
Yo no venía de España, sino de Honduras
Pero es a España a donde tiene que ser deportado
Mire usted, don Pablo –se sinceró don Egidio-, yo no puedo volver a España. Un problema con la Justicia, ya se puede imaginar, no fue un asesinato sino un problema con el sexo opuesto, mintió don Egidio. Don Pablo, todo un caballero, comprendió y no hizo más preguntas. Mañana, mientras le traslado al puerto para embarcarlo, quedará al cuidado del sobrecargo. Hablaré con él para que le permita saltar al agua desde el barco y, a nado, llegue usted a la costa. Una vez allí tendrá que buscarse la vida, pero ya no podrá volver a contar con nuestra ayuda. Usted decide si lo acepta o se vuelve a España.
Muchas gracias, don Pablo. Correré el riesgo.

Don Egidio se tiró al agua cálida del puerto de Miami. La primera capa del agua no era tal, sino de cálido y pegajoso chapapote. Una capa de fuel-oil derramado por las gabarras y los viejos cargueros. Bajo ella una segunda capa de agua turbia y algo más fresca le recordó la probable presencia de algún tiburón hambriento; de alguna barracuda con sus dientes de sierra o de algún pulpo gigante como los de los antiguos libros de aventuras. Braceó con toda la fuera que le fue posible y se alejó hacia una zona protegida y sin luces. Escaló por los cubos pétreos que formaban el rompeolas y apoyado en un fardo que traía la marea subió hasta tierra firme. Descansó un rato largo subido encima del fardo.
A escasa distancia, una patrullera de vigilancia aduanera patrullaba con sus focos el agua en busca de algún prófugo o de algún bulto sospechoso.
¿Qué contendrá este paquete?, pensó mientras soplaba sus manos para hacerlas entrar en calor. La suave brisa que corría secó sus ropas casi al instante. Trató de frotarse las manos contra el pantalón pero era imposible quitar el petróleo pegajoso de las mismas.

Oye, hermano, le gritó un negro desde la estrecha callejuela, ¿cómo es que cogiste el fardo sin que te vieran los polis?
Es que vi que lo estabais buscando y me tiré al agua a por él; mintió don Egidio, que ya se estaba haciendo un perito en estas lides.
Muchas gracias, hermano. El negro pensaba que él, impregnado como estaba de petróleo, también era negro.
Ven con nosotros. Johnny “Chévere” Doyle sabrá agradecerte el chapuzón que te diste.
Viéndose perdido, don Egidio siguió a los dos negrazos hasta el coche. Además, pensó, peor no me pueden ir las cosas. Lo malo es que, cuando me lave, se darán cuenta que no soy negro. Ya veremos, se dijo, que invento para entonces.

Johnny “Chévere” Doyle ni se llamaba Johnny ni se apellidaba Doyle. Aquí, pensó don Egidio, como en Beau Geste, nadie pregunta por nada. Lo mejor es dejarse llevar.
Te agradecemos el que hayas rescatado el fardo, le dijo Johnny. Aquí hay más de un millón de dólares que nos mandó nuestro contacto en Colombia. Te daré un par de miles, como recompensa. ¿Te parece?.
Me parece muy bien, Johnny, pero tampoco me iría mal un empleo o una ayuda para instalarme en este país o en cualquier otro de sudamérica. Estoy huyendo de los oficiales de inmigración que querían deportarme a España.
Eso está mejor, dijo Johnny. Estamos buscando un delegado para nuestros intereses en Honduras. ¿Te gustaría representarnos en Tegucigalpa?
¿Qué tendría que hacer?
Ya te lo iríamos diciendo. ¿Te hace?
Me hace. Ahí va mi mano.
Johnny estrechó la mano de don Egidio
Ahora, si te parece bien, y dado que ya somos socios y amigos ¿por qué no me cuentas qué te pasó con aquella vaina del ojo?

Lo del ojo ocurrió mientras don Egidio, tomaba su Chartreuse con sifón. Don Egidio, don Caletrico y otras fuerzas vivas del pueblo estaban cambiando impresiones en la tertulia literaria, como hacían cada tarde. Aquella tarde la cosa se enzarzó en una discusión con don Caletrico acerca de la métrica en los endecasílabos de Gracilaso de la Vega. Don Egidio mantenía que la sinalefa en la métrica de los versos consiste en pronunciar en una sola unidad la última sílaba de una palabra acabada en vocal y la primera de la siguiente, mientras que don Caletrico opinaba que el elisión es, en fonética sintáctica, el tipo de metaplasmo que consiste en la pérdida de una vocal o grupo de vocales en el final de una palabra situada ante otra palabra que empieza por vocal.
Allí se lió la de San Quintín. Tras la sinalefa y el elisión vinieron los tu padre, los tu puta madre y zas, el don Caletrico que le arrea con el sifón entre los ojos a don Egidio y clavándole el grifo entre las cejas. Don Egidio que sintió cómo le cegaba la sangre, notó que se le aceleraban los pulsos y ¡zás!, le clavó la estilográfica en el ojo.
Pues a mi, qué quieres que te diga, dijo Johnny a don Egidio, me pareció justa y medida la respuesta que le diste; pero claro, yo como no soy jurista, tampoco podría aseverar si fue una respuesta en condiciones o quizás hubo exceso. ¡Pero qué coño!, eso ya pasó. Ahora de lo que se trata es de hacer dinero y volver a tu país con la frente alta y de forma gallarda. ¿No te parece?
Esa es mi intención, desde luego. No es normal que un hombre, en una discusión acalorada, tome una decisión por la aceleración propia de la sangre y que, por ello, tenga que huir toda la vida como si fuera un delincuente. ¿No te parece, Johnny?
Pues eso es lo que creo yo. El Derecho y la Justicia no siempre van de la mano; filosofó el mafioso.

Pasaron varios años en los que don Egidio veló por los intereses de Johnny “Chévere” Doyle en Tegucigalpa. Gracias a sus certeros consejos el mafioso trigueño fue engordando su cuenta al mismo ritmo que lo hacía también la de don Egidio. La San Pedro Sula Fruit Company, dio paso a la Cocoonut Fruit Company, así como a otras empresas menos “aseadas”. En las islas de la Bahía don Egidio montó un complejo hotelero entre los Cayos Cochinos y la bella playa de Roatán. Tras fundar otro hotel en el río Plátano, habló una noche con Miami y reclamó su derecho de volver de nuevo a España.
Johnny temía este momento pero, comprendía que un hombre no puede huir continuamente de su destino o de su origen. Para Johnny era una pérdida irreparable pero, antepuso su amistad a sus intereses.
Muchas gracias, Johnny, le dijo don Egidio. No esperaba menos de ti.
Escríbenos dando noticia de cómo se toma la gente de España tu vuelta y, sobre todo, escríbenos diciendo cómo se toma don Caletrico tu vuelta.
Así lo haré; gracias por todos estos años Johnny.

Esa misma noche don Egidio tomó un vuelo con destino a New York. Johnny le había facilitado un contacto en la prestigiosa joyería Tiffany&Co. de la quinta avenida. Don Egidio había solicitado que se le hiciera un ojo de vidrio, con una incrustación de diamantes en el iris.
Es lo menos que puede hacer para compensar a mi amigo don Caletrico por la pérdida del ojo.
Claro; claro, contestó comprensivo el dependiente de la joyería.
Don Egidio no recordaba si el ojo original de don Caletrico era azul o verde o tal vez -se dijo- era negro. Ante la duda compró uno de cada color. Así, pensó, si él quiere puede cambiar de ojo en función del color de la corbata. ¡No hay mal que por bien no venga!
Una semana después, don Egidio hizo su entrada triunfal en el casino y pidió una copa de Chartreuse. Tras saludar a Higinio y tomar su copa de Chartreuse salió con dirección a la casa de don Caletrico.

Cuando llegó hasta el viejo pazo ya estaba el tuerto esperándole sobre la escalinata que conducía a la puerta principal.
Buenas tardes, don Caletrico. Me imagino que ya está usted al tanto de mi llegada.
Así es. ¿Qué quiere de mi?
Vengo a traerle estos presentes. Yo sé bien que no pueden sustituir al ojo original, pero junto a ellos quiero presentarle mis respetos y solicitar su perdón por la ofuscación de aquella tarde.
Pase usted, don Egidio. Su visita le honra. Efectivamente, aquella tarde perdimos todos los nervios. Ya sabe usted… esto de la literatura es lo que tiene, que ofusca y pone los nervios de punta. Yo le arreé con el sifón y usted, en justa respuesta, me clavó la estilográfica. Además, no hay de qué preocuparse, afortunadamente no la llevaba cargada y no se produjo infección.
Pues sí; menos mal, dijo don Egidio.
Don Caletrico se probó todos los ojos y, menos el de color azul, que le raspaba un poquito en la córnea todos le venían bien.
No hay problemas, don Caletrico. En Tiffany me han dicho que puedo enviarlo a Madrid para que se lo lijen. En un par de semanas lo tiene usted aquí como nuevo.
Pues muchas gracias, don Egidio.
No hay de qué darlas, don Caletrico.
¡Blasa!, llamó don Caletrico a la anciana mucama mientras hacía sonar una campanilla.
¿Diga, señor?
Traiga usted una copia de Chartreuse a don Egidio.
Muchas gracias, don Caletrico.
No hay de qué darlas, don Egidio.

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Una respuesta a “EL ESPELUZNANTE EPISODIO DEL OJO DE DON CALETRICO

  1. Venancio Buesa

    Don Egidio debería visitar a Arturico Mas para discutir de literatura, o del sistema métrico decimal. Que lleve la pluma cargada.

    saludos a tots

    Venancio