SAN ANDRÉS DE TEIXIDO. UNA DEUDA CON MARU

Maru Outeiriño, mi buena amiga cariñensa me riñe por no haber escrito nada sobre el santuario de san Andrés de Teixido, el cual me llevó a visitar dado mi interés por conocerlo. Tiene mucha razón Maru y, por ello, voy a tratar de corregir este olvido.
San Andrés de Teixido –o san Andrés de Lonxe, o san Andrés do Cabo do Mundo”- está construido en un enclave increíble. La tradición popular le atribuye ser el punto donde se reúnen las ánimas del purgatorio y, por tanto, se convierte en lugar favorito para los paseos de la Santa Compaña. Da gusto el verlo todo rodeado de misterios y de conxuros, de trasgos y meigas.
La leyenda dice que san Andrés, celoso del Apóstol por sus múltiples visitas, se quejó a Dios y este le dijo: tranquilo, Andrés. Te prometo que, desde hoy nadie entrará en el cielo sin haberte visitado. Por ello, dice el refrán que “A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo”. También tenía San Andrés fama de casamentero: “A san Andrés van dous e veñen tres: milagros que o santo faes”.
Hoy, san Andrés es una especie de centro de souvenirs para turistas: pulseritas, rosarios, manos y pies de cera, chismes hechos con migas de pan, etc. No faltan tampoco las tabernillas con los sempiternos percebes y el viño do ribeiro.


En su interior, y junto al retablo, cuelgan ofrendas de todo tipo. Destaca un féretro infantil de un blanco inmaculado colgado de una cuerda y un reloj de cocina que, el viajero desconoce si es una ofrenda o está ahí para recordar la hora al párroco.
Cuando volvíamos al coche, un grupo de turistas se acercaba a la ermita. El suelo, al estar llovido, estaba resbaladizo. Una mujer perdió pie y fue a dar con la popa en el suelo. San Andrés no le libró de una buena culada, pero sí que hizo el milagro de que no se le cayera el cigarrillo de la mano ni se le apagara. Igual es que el santo es, a la vez, patrón de la Tabacalera. ¡Quien sabe!. Billotti aprovechó para decir por lo bajo: ahora vas y le pides algo al santo… Todo una humorada muy propia de Juan Carlos.
Dicen, yo no sé si será cierto, que los acantilados de San Andrés son los mas altos de toda la Europa continental, con una altitud de 612 metros sobre el nivel del mar. No sé si esto es así, pues yo creo que esto es la zona que existe entre Ortegal y San Andrés, pero el caso es que, para alguien como yo con miedo a las alturas, acojona lo suyo.
Decía al principio que no había querido escribir sobre san Andrés y ahora voy a declarar el por qué no lo había hecho. Algunos pueden pensar que es mentira; o que fue una alucinación. Algunos, los más sensatos, lo achacarán al vino de Juanín. No lo sé. Lo juro. Pero me pasó. Y ahí va el relato.
Estaba toda la noche sin poder dormir –Maru nos había obsequiado con un extraordinario revuelto de setas, gambas y algas- me levanté para abrir la parte superior de la puerta y, en un momento, lo vi allí. La niebla daba un aspecto argentino al paisaje. No era la niebla, como pude comprobar posteriormente, sino una especie de pátina gris que inundaba todo. Una hilera de personas, vestidas como en un desfile de figurantes de una película de terror caminaban suspendidos del aire, como van las medusas tras la corriente marina. Seguían a un señor orondo; una persona que, por su cumplida figura, parecía un prócer más que un difunto. Un señor que parecía comandar la procesión.
¡Un momento!, -quedé patidifuso-. ¡No puede ser…!
Cierre usted la boca, Soria. Me dijo el fantasma. Que parece el papamoscas de la catedral de Burgos.
Pero…, pero…
Sí, si. Soy yo. Camilo José Cela más en alma que en cuerpo porque así somos las animas. ¡Qué quiere usted que yo le haga!. Aunque ya ve usted que estoy bien servido de cuerpo para ser un fantasma grisáceo y medio transeúnte.
Pero don Camilo.
Diga; diga.
¿Qué hace usted andando por ahí?
Ya sabe usted, que lo ha leído todo sobre mi, que siempre fui algo noctívago y deambulatorio y me gustaba dar paseos, una mano sobre otra, y ambas dos tras la espalda. Los paseos a solas, sin rumbo ni aproximado, con las manos en los bolsillos, o tras la espalda, con el caminar lento, casi olvidado, son un barato placer que los dioses reservan y otorgan a los hombres de buena voluntad y escaso bolsillo. Yo, ahora, no tengo ni bolsillo; pero tampoco me quejo. ¡Para lo que me sirve!. ¡Ya no se puede ni fumar!.
¿Y qué hace usted con esta compañía de fantasmones?
Pues como le decía, se hace aburrido vagar solo por ahí. Además, la gente es espantadiza y, en cuanto les abordo, entre la fama y el susto no paran hasta estar a resguardo.
Dígame una cosa, don Camilo. ¿Por qué me ha abordado usted?
Pues por que sé que tiene usted interés en preguntarme algunas cosas. Ahora tiene la ocasión. ¡Vamos!; empiece usted.
Pues verá usted, don Camilo. Así a calzón caído…. Veamos.
Una cosa que siempre me llamó la atención es su amor a su patria chica; a Padrón; a Iría Flavia. ¿Podría usted contarnos algo de usted y de su tierra natal?. Algo de su niñez…
Pues verá usted, Soria. Mis primeros años transcurren a la sombra de Rosalía, como un queixumbroso sospiro en el corazón y los ojos poblados, igual que noite de brétema, de la tenue tersura de la flor del manzano. Aún tiemblo, por ventura, con aquellos recuerdos y aquellos primeros versos.
Recuerdo mis paseos vigilando las corredoiras por las que jóvenes gacelas corren para asistir a las romerías –pechugona peizola de jogo- a derradira rapariga do ferreiro Sanzón, a moza que tiña fervente a sangue.
Yo era, ¡válgame Santa María!, un poeta niño que jugaba a raros y civiles pasatiempos bajo las encarnadas bolitas de holly del jardín de la abuela, aquel jardín de mirtos verdecidos, agrios naranjos y cuidadas palmeras en el que vine al mundo.
O xeitego voar do vincallo, que me pintaba jeribeques en torno a la cabeza, iba y venía el cielo de Iría, por el carballal de Pedrera, por la piadosa nube de Hebrón, mientras unos versos dolientes golpeaban mis sienes. Unos versos que, ahora, en la tesitura en que usted me encuentra se me antojan cárcel, más que morada.
Aquellos versos que decían

O simeterio d’Andina
n’hay duda qu’e encantador,
c’us seus olivos escuros
de vella recordaçon

Aquel Padrón, aquella Iría Flavia donde San Pedro de Mezonzo –noso paisán- componía el Salve Regina Mater que brotaba por encima de los montes y, arropada por el orballo clemente, con los arrestos de una saltarina solfa de gaita.
En Padrón, donde Macías O’Namorado cantara su imposible amor, donde Rosalía, aquella voz doliente se despidió del valle del Ulla, de este valle de lágrimas. Ahora Padrón, mi querido amigo, tan solo se asocia a los pimientos. Padrón ya no se asocia a la poesía, o a su prima cercana la prosa. ¿Qué es lo que va a quedar a sus hijos, a los hijos de sus hijos…? ¿Los pimientos…?
En fin, como cantaba Rosalía

Todo é silencio mudo,
soidá, pavor,
ond’ otro tempo a dicha
sola reinou
¡Padrón!… ¡Padrón!
Santa María… Lestrove!
¡Adiós! ¡Adiós!

Caray, don Camilo, le encuentro algo morriñento. ¿Qué es, para uno de los gallegos universales la morriña?
Pues sí que lo estoy, ¿que quiere usted que le diga con el espectáculo que me sigue a todas partes?. Aunque este es uno de los topicazos que llevamos a nuestras espaldas. El de morriñentos, quiero decir. Verá usted, la morriña es una vaga e inconcreta sensación de vacío que no se apoya ni en los sentidos ni en el alma. La morriña es una enfermedad de la virtud, un mal sin posible ubicación. El gallego morriñento no echa en falta ni la juventud, ni los montes, ni el cielo que lo vio nacer. Lo que echa de menos es nadie –no es nada-: sino todo lo contrario y siente, como primer síntoma de su dolencia, un apacible y venenoso vacío.
Entonces, ¿tiene que ver con la saudade portuguesa o la añoranza castellana?
Mire usted, Soria. La añoranza es un echar de menos algo; un recordar con nostalgia. La añoranza puede tener corporeidad –añoranza física- y puede no tenerla –añoranza metafísica-. La saudade de los portugueses, que usted ha localizado muy bien, es más imprecisa que la añoranza y más concreto que la morriña. La saudade pudiera tener sus límites en lo puramente geográfico. No se tiene saudade, sino añoranza, del tiempo pasado, por ejemplo, pero sí se siente del paisaje que se perdió, del verde y amoroso –“saudadoso”- panorama que se teme no volver a ver en la vida.
De la añoranza pudiera decirse que es un sentimiento que anida en el alma o en la memoria; de la saudade cabría pensar que es algo que se esconde en los ojos o en el recuerdo.
Una pregunta más, si es tan amable. Recuerdo haber visto en la televisión una entrevista en la que usted se mostraba capaz de succionar por el ano, una palangana de agua enterita. ¿Lo recuerda?
Naturalmente. Mire usted, Soria, la televisión es una continuación del circense “más difícil todavía”. La señora que me entrevistó –creo recordar que se apellidaba Milá- buscaba trepar en la pirámide del espectáculo y yo (ya conoce usted que no soy capaz de desairar a una señora) cuando me preguntó si estaba dispuesto a llevar a cabo una bobada de este tipo, me uní a la mamarrachada sin darle importancia. Yo solo estaba allí, como Umbral, para hablar de mi libro, pero ella quería hacer de esta visita un espectáculo.
De cualquier forma, ya verá usted -que es más joven que yo- cómo, cuando la edad o la quemazón lógica por la exposición a las cámaras, deje a esta mujer sin programas cómo será capaz de enseñar el culo o las tetas, con tal de seguir dando carnaza al espectáculo.
Pues no digo yo que no, don Camilo. De hecho lo hizo no hace tanto…
¡Ah, la vida!. Si la experiencia cotizase en Bolsa, la prima de riesgo sería la falta de memoria.
Bueno, don Camilo, que muchas gracias por este momento. ¡Quien me lo iba a decir a mi!.
Se sorprendería usted, Soria. Nosotros los fantasmas leemos mucho. Sobre todo en Internet. No ve que podemos situarnos junto a los usuarios sin que se nos vea.
¿Y cómo supo usted de mi blog?, si puedo preguntárselo?
Pues a través de un muchacho soriano que fue navegante y que es como su agente; siempre habla maravillas de su blog. Un chico muy simpático que es de El Virgo de Osma.
El Burgo, don Camilo… El Burgo de Osma.
¡Cierto!, esta memoria… Se conoce que la humedad y el abusar de los paseos oxida el magín. Dé usted recuerdos de mi parte al Navegante y, sobre todo, a Maru Outeiriño y a Billotti. ¡Donde estén mis paisanas…!.

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4 Respuestas a “SAN ANDRÉS DE TEIXIDO. UNA DEUDA CON MARU

  1. Jose Maria

    Coño Angel, te has dejado lo mejor para el final.
    Dices que te han dicho que esa costa es la de acantiliados mas altos de Europa que no lo creo, porque por ejemplo en Noruega los hay “entabia” mas altos.
    pero lo que si es cierto es que todos los que hemos navegado y por alli hemos pasado (cablo Estaca de Bares, cabo Ortegal, Cabo Prior, Islas Sisasgas, Cabo Villano, Cabo Finisterre) las hemos pasado mas de una vez putisimas y de ahi que los ingleses lo han llamado la “costa de la muerte” porque ellos y todos los marinos de los paises nordicos lo conocen muy bien y a todos seguro que se les ha puesto los collons por corbata mas de una vez.

  2. Yo estuve una vez en San Andrés de Teixido y vi culebrear a varias ánimas que se acercaban al santuario. No me atrevía a preguntar por si acaso, pero tal vez debiera haberlo hecho. Quién sabe si alguna de ellas fuera el mismísimo Castelao o tal vez Rosalía. En fin, perdí la ocasión, aunque me alegro de tu encuentro con el gran Don Camilo.

  3. Juan carlos

    Me encanta!, y más aún que Don Camilo me haya enviado recuerdos……..tendré que vovlver a leer La Colmena en agradecimiento. Suerte has tenido Angel de ver a la Santa Compaña en el molino, porque yo lo más que he llegado a ver a sido al zorro amigo y a algún “porco bravo”, y estoy deseando descubrir a alguna buena ánima que me ayude a asustar a toda la fauna que nos joroban los jardines.

  4. Alegría

    Aclaración: el comentario anterior es mío, o sea de Alegría. No sé por qué me ha salido como si yo fuese Juan Carlos, pero juro que no lo soy……tal vez porque estoy en su ordenador…….