A SALTO DE MATA (y XI)

SOBRADOS DOS MONXES. El bosque animado

Estando nuevamente en El Bierzo, ya repuesto de tanto viaje, recibo en el teléfono una llamada de mi buena amiga Mane invitándonos a viajar nuevamente hacia Galicia. Afortunadamente El Bierzo no está en Cádiz y la distancia, por tanto, no es lo suficientemente grande como para rechazar el convite.
El viajero, ya creo que también quedó dicho, es hombre educado y agradecido y nunca dice que no a estas invitaciones, como no lo hace cuando es invitado a comer y beber de forma cumplida y generosa. Así pues, vuelve a hacer el hatillo y se desplaza, de mil amores, hacia Sobrado dos Monxes, etapa anterior en el Camino de Santiago, y previo a la meta de Compostela.
El viajero siempre quiso hacer el Camino de Santiago y así, un buen día, se plantó en Roncesvalles con todo el animo para llegar a Santiago. Afortunadamente en tierras francesa -Sant Jean Pie de Port- se enteró de que el Camino en sí ya estaba hecho y no era necesaria su ayuda para concluirlo. Por lo tanto, pensó, que lo mejor sería hacerlo de forma inversa; esto es el Camino desde Santiago. Es mucho más divertido pues se hace en solitario y se encuentra uno con los caminantes en dirección opuesta, de frente y por derecho. Para animarlos, ya que el caminante tipo precisa de animo y metas que cumplir, les va diciendo: ¡anda que no os queda nada!; ¡veréis la cuesta que os toca ahora subir! y cosas por el estilo. El caminante no lo hace por molestar, ni por mala leche, como bien pueden imaginar ustedes, sino por ofrecerles retos importantes que acometer. ¡Uno es así de generoso y cumplidor!.
Sobrado dos Monxes es un pueblo cómodo. Sobrado tiene un montón de cuestas, como es normal en esta orografía galaica, pero no son cuestas duras y prolongadas, sino pequeñas ondulaciones en el terreno. Los alrededores de Sobrado están poblados de eucalipto, de castaños, de robles, de fresnos y de avellanos. También está rodeado de muchos prados donde pasta un ganado rubio; la vaca limousina y alguna que otra frisona. Por sus caminos los abundantes riachuelos y torrenteras ahora secas, dan una aroma húmedo y benefactor al ambiente.
Nos alojamos en una estupenda casa restaurada dentro de un jardín de diez hectáreas tachonado de camelias y hortensias, las flores por excelencia de Galicia. También existe un frondoso bosque dentro de la finca. María Cervera y Javier –este a su pesar- han viajado con nosotros, o nosotros con ellos, pues el coche era el suyo, junto con Mise. Con Gonzalo y con Mane pasamos de la media docena de amigos en comandita. ¡Buen grupo para una buena semana!. La vivienda está situada a una legua de Sobrado dos Monxes, con lo que, las visitas al pueblo las realizamos a pie. Es un cuarto de hora de caminata que no parece mucho a través de un bosque animado.
A la vuelta paramos en una ermita abandonada y María y Elena, las traperas del grupo, paran para inspeccionar su interior. Mientras están enfrascadas en la busca doy un par de toque de campana, más por acongojar que por ahuyentarlas. No es buena idea, cuando estas dos se ponen a hablar, o encuentran un trasto que descubrir, ni un tiro de arcabuz las espanta. La noche se está echando y la niebla comienza a cubrir todo.
Llegamos a la casa y la oscuridad se ha adueñado del exterior. Cenamos y, tras la tertulia, llega la hora de ir a descansar. Gonzalo y Mane han distribuido los cuartos y a Javier y María les ha correspondido un cuarto con literas. María demuestra el porqué Odriozola no la convocó para los Juegos de Londres. Tampoco el borde ese que dijo que la selección de paralímpicos era “La Roja coja” la citó en su equipo. Esto último sí que no nos lo explicamos. ¡Menudas gimnasias tuvo que hacer para subir a la litera superior!. Javier, su esposo, todo un caballero, nos impidió el espectáculo de ver el ascenso a la cima de la cama. ¡Tenga usted amigos, para eso!.
En Sobrado se encuentra la hospedería monástica del Monasterio de Santa María de Sobrado, una impresionante construcción que, como es de imaginar, sirve para alojar a los peregrinos antes de su llegada a Santiago de Compostela, de la que sólo distan cincuenta kilómetros. En Sobrado también se puede ver el dolmen del Forno dos Mouros que el viajero no quiere ni imaginar a qué debe su nombre; y La Laguna; un lago construido en el año 1500 para facilitar el riego y la pesca de los habitantes de la zona. En esta laguna, toda llena de nenúfares cuya contemplación haría feliz a Juan Espino, se pueden ver ranas, patos, libélulas, nutrias y cuervos marinos. En su alrededor abedules, fresnos, alisos y sauces dan sombra a sus márgenes.


En dirección al vecino pueblo de Toques una impresionante cascada vierte sus aguas a un molino abandonado. Su torrentera es grande y bien surtida de agua, pese a la sequía también citada. Un poco más allá visitamos una pequeña iglesia románica que estaba junto a otro molino y que tenía, fruto de alguna restauración asesina, el nombre de la iglesia dentro de unos azulejos blancos sobre su fachada. Dios Nuestro Señor confunda al inmisericorde diseñador de los mismos.


Por estas mismas rutas montaraces pergeñó su Bosque animado, Wenceslao Fernández Flores. Atravesando sus caminos, inundados de niebla, el viajero creyó ver al bandido Fendetestas; a Marica de Fame; a Geraldo, el pocero cojo; a Hermelinda y a Fiz de Cotobelo, el mismísimo difunto, con cara de Miguel Rellán, que vaga por la fraga, junto a la Santa Compaña, en busca de una promesa que cumplir. El calor del hogar y la tertulia nos hace recordar la película y nos ameniza la velada.

A la mañana siguiente vamos a Betanzos, la Flavium Brigatium de Ptolomeo. Vamos a almorzar en el mesón restaurante La Pulpería. Estamos deseando probar el pulpo del que dicen, este restorán es uno de sus más acreditados ejemplos. El restaurante es pequeño e incómodo. Se accede al comedor a través de una escalera imposible de acometer. Tan solo María, que ya es una experta en gimnasias, lo hace de forma airosa. El resto subimos en posturas que avergonzarían al más pintado. Una vez en el comedor nos atiende el que debe ser maitre, o propietario del restorán. Un gallego fullero, algo metijón y bastante descarado que, enseguida, descarta darnos la carta. Lo que yo les diga está mejor que lo que viene en la carta, nos espeta. Mise reacciona rápidamente y le exige la carta como sólo ella sabe hacerlo. A mi, que soy su amigo, me dio hasta miedo el tono en que la exigió. Creo que al gallego se le aflojaron las tripas. No digo más.
Pedimos pulpo; unos chipirones de la bahía, -de la bahía que no existe pues Betanzos tiene ría y no bahía- pero bueno. Unas sauvinhas -parrochas- y poco más. Al gallego le parece un gasto escaso y enseguida comienza a duplicar las raciones para que nos llegue a todos. Le digo que si en la ración de chipirones entran cinco y nosotros seis –Elena no los quiere- que nos traiga seis y cobre seis. Imposible hacérselo comprender. Él tenía que cobrarnos dos raciones como sea. Cuando un gallego se pone en gallego y ejerce de gallego lo mejor es abandonar. No lo hicimos y así lo pagamos. De segundo plato Mise y Javier piden rabo de toro estofado. De haber estado en Valencia hubieran pedido una buena fabada. Yo no me muestro conforme pues había visto servir una ración en la barra y me parecía que lo que nos iban a servir era el fondo de la olla. Así fue. El caso es que a los que lo comieron les supo rico. Nada que objetar. Yo desistí de pedir un segundo plato para que no nos pusiera 6 lubinas, o 6 rodaballos. ¡Qué se le va a hacer!.
Mi consejo es no volver a este restorán hasta que se jubile el camarero. Aquí queda dicho por si sirve de escarmiento. El caso es que, pese a no haber comido el rodaballo a la gallega les doy su receta para quienes se muestren interesados.
El rodaballo se mete en un horno precalentado a 180 grados durante diez minutos. Ni uno más, ni uno menos que si no queda seco. Aparte se va haciendo la ajada que consiste en lo siguiente. Se fríen en la sartén unos ajos machacados hasta que estén dorados. A continuación se saca la sartén del fuego y se añade el pimentón dulce y se deja reposar. Seguidamente se añade un pequeño espíritu de vinagre y se vierte sobre el rodaballo. Como todo buen gallego que se precie se podría añadir, bajo el rodaballo, unos cachelos o patatas hervidas en rodajas gruesas. Esto es todo.
Las vacaciones llegan a su fin. Todo lo acontecido lo he contado en 32 páginas. Una por día. Abandonamos Galicia y paramos a comer en Villadecanes. Paramos a merendar en casa de unos buenos amigos junto a Benavente y dormimos en Langa de Duero. A la mañana siguiente salimos para Mutriku y, tras una semana de comidas y cenas vamos a San Sebastián, donde Mauro y Begoña nos invitan a comer en el Club Náutico de San Sebastián, emporio de la burguesía guiputxi. Desde allí salimos para Madrid.
Ha sido un verano intenso. Un veraneo de gorra, le digo a Billotti y éste –¡eso no se hace, Juan Carlos!- me dice que no ha sido de gorra, sino de sombrero mejicano. Con la sensación de haberme convertido en un Juan Charrasqueado borrachín y algo gorrón termino las vacaciones. Las habrá mejores, no lo dudo. Pero no las cambio por ningunas otras. Mis amigos no me lo perdonarían y, además, tendrían razón. Buenas tardes y muchas gracias si hasta aquí han llegado en su lectura.

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2 Respuestas a “A SALTO DE MATA (y XI)

  1. Fresita Magenta

    Me he deleitado con tu relato y haré alguna de tus estupendas recetas… Se me hace la boca agua de pensarlas….

  2. Jose Maria

    Angel, solo me queda decirte GRACIAS POR TUS RELATOS.
    Me los llevo todos juntos a mi muro.