A SALTO DE MATA (VII)

VERÍN. El Bierzo en llamas

El viajero se ha enterado que parte para Verín, en la frontera con Portugal, una expedición de vinos bercianos. El viajero se apunta a esta expedición solo por echar un ojo a los paisajes fronterizos de ambos países y conocer, de primera mano, el oficio de transportista. El camionero se muestra encantado con la compañía y el viajero, fiel a la palabra dada está, como un clavo, a las cuatro de la mañana junto al camión cisterna. Hay fuego en El Bierzo. Se nota por el olor a pino quemado y por algunas cenizas que el viento ha transportado hasta nosotros. A lo lejos, tras un oscuro monte, se ven las luces de las llamas. Por el humo, dice la canción, se sabe dónde está el fuego. Mejor se entera uno si ve las llamas.
Desde Ponferrada tenemos que atravesar la comarca de Valdeorras y llegar a La Rua. Estos pueblos han crecido mucho desde anteriores visitas del viajero. El viajante, convertido ahora en mozo de transportista, cuando pasa por estas tierras siente que se le parte el alma con el recuerdo del amigo muerto. El viajero ya vino de boda a estas tierras y aquí vio casarse a su amigo Vitín; al que luego nos arrebató una cruel enfermedad. Que la tierra te sea leve; amigo.
Tras unos kilómetros llegamos al orensano País de Bibey. Viana es la cabeza de la comarca y vive de la agricultura y de la ganadería. La castaña y el pino –cuando no arden- pueblan sus bosques. También pueden verse robles y abedules. Viana no tiene más industria que la transformación eléctrica y una pequeña industria de transformación agraria. En Viana presumen de la invención de la Androlla, un embutido elaborado a base de costilla de cerdo adobada y curada al humo en las lareiras del pueblo. Llegan a saber, incluso, el nombre del inventor; un tal Petrus Petri. La androlla se presenta en tripa gorda, ahumada como si fuera un chorizo y rellena de costilla troceada con carne; todo ello sazonado con sal, pimentón dulce, pimentón picante y ajo. Tras el proceso de relleno le corresponde pasar unos diez días ahumándose y unos veinte días de secado.
Este embutido recuerda un poco al botillo de El Bierzo, aunque existen dos diferencias entre ambos manjares: para la androlla se utiliza la tripa gorda y para el botillo se utiliza el estómago; además, la androlla se rellena de costilla de cerdo adobada y troceada, mientras que el botillo se rellena de huesos y carne de la cabeza del cerdo.
La receta es muy simple. Coged una androlla por persona, y la ponéis a cocer (sin nada de sal) durante una hora. En una olla aparte ponéis a cocer un manojo de grelos, o de nabiza, o repollo, o berzas; tal como se prefiera y un par de patatas enteras por persona. Cuando estén cocidas se mezclan con las androllas y se sirve caliente. Es un plato contundente, de los invernales, que resulta muy sabroso. Hay que comer este plato con los vinos verinenses de la variedad Mencía y Tempranillo, agrupados en la DO Monterrei.
Tras pasar por A Gudiña llegamos a Verín cuando empezaba a clarear el día. Verín es una ciudad grande a orillas del río Támega en la que destaca el castillo y el parador nacional. Del río Támega son afluentes el Abedes, el Búbal, el Rego Novo y el Rego dos Gondulfes, aunque este vierte a la cuenca del Duero. Con tanta agua no es extraño que Verín cuente con tres de las mejores empresas embotelladoras de agua del país. Sus fiestas mayores se denominan Entroido (o Carnaval), del latín Introitus, que significa entrada –de la primavera-. El santo patrón de Verín es san Trifón, cuyo nombre significa aquel al que le gusta la vida de forma regalada. Así, cualquiera es santo, ¡no te digo!.
El traje típico de Verín, ciudad de la que es hijo predilecto el modisto Roberto Verino, es el de cigarrón; una especie de botarga de Carnaval muy aparente y cuidada.
Los paisajes en torno a Verín no son, para mi desilusión, nada del otro jueves. Mucho monte bajo y, en la cercana Portugal –Vilarinho da Raia, Chaves…-, terrazas sobre laderas cubiertas de cepa. Nada de agua o de bosque; tan solo la repetida vid que da lugar al sabroso vinho verde.
El camionero ha descargado su preciada carga y tenemos que volver grupas –o popa, o caja- hacia El Bierzo. El madrugón ha hecho que en las tripas revoloteen las pajarillas del hambre. El camionero anuncia una parada para almorzar y el viajero, de forma disimulada, reza al apóstol por su generosidad. El camionero pide un bocadillo de filete y, el viajero, por no desentonar, aplaude la petición y se suma a ella. La camarera, ¡bendita sea, entre todas las mujeres!, nos trae una fuente por persona, con casi un pan entero y dos filetes de ternera grandes, como el mapa de España, en su interior. Una botella de vino del país acompaña los bocadillos que, misterios insondables aparte, desaparecen en un plís. Yo  creo que los secuestró algún OVNI…
Algunos montes bercianos siguen ardiendo como arde Castilla desde hace siglos. El fuego brotó del pasto seco, de las brozas bajo los árboles descuidados, como un lobo de paso silencioso y seguro. La melena del león de fuego quema todo lo que toca, haciendo ascuas tanto de los pinos como las viejas esperanzas de quienes viven del bosque. El lobo del fuego, desmelenado y hambriento ha acabado con los pinos resineros y con la vida de todos y cada uno de estos pueblos. Castrocontrigo, Villamanín, Carmenes y Soto, Amio… arden después de que el fuego, rompa la paz estática, la quietud de siglos de estos pequeños municipios.
El hombre que habita estos pueblos no mata el fuego con el agua que no tiene, sino a palos, como si el fuego fuera una alimaña roja de llamas y negra de humos. El hombre que habita estos pueblos, religioso a machamartillo, alza su azadilla contra el cielo, no amenazando el Reino de Dios con su herramienta y la rama de pino con que apalea el fuego; no, sino al viento que no cesa de avivar el fuego. El hombre que habita estos pueblos pregunta a su Dios; pregunta a sus santos patrones y vírgenes el por qué de este desastre. El fuego puede con los pinos, puede con el hombre, pero no puede con su Fe. El fuego casi todo lo puede. El hombre que habita estos pueblos, a pesar de los incendios, continuará ayunando en Cuaresma y hartándose en las Romerías. ¡Agradecidos los quiere Dios!. El hombre que habita estos pueblos, cuando el demonio del fuego haya satisfecho su apetito de pinos y resinas, olvidará la asfixia del humo y las pavesas volando hasta sus hogares; olvidará el calor de las llamas y las voces de ¡fuego! en cada una de las gargantas de sus vecinos. El hombre que habita estos pueblos olvidará el rostro aterrorizado de sus vecinos; olvidará el sonido de las campanas tocando a fuego; olvidará el peligro de quemarse vivo en una encrucijada entre dos llamas.
Lo que el hombre que habita estos pueblos no olvidará nunca es que sus vidas han cambiado; que la actividad a la que dedicaban sus vidas –la resina- se ha perdido para siempre. Entre tanto el hombre que habita estos pueblos habrá vuelto a Misa; y pedirá a su patrón, a la Virgen de su pueblo, al Santísimo Cristo que venera que, cuando mueran, les transporten directamente al Cielo. El hombre de estos pueblos seguirá, como ha hecho siempre, orando y laborando, y pedirá a su patrón, a su Virgen o a su Cristo que tenga en cuenta que ellos ya conocieron el infierno; fue un mes de agosto 2012 en León, y como penitencia para alcanzar la Gloria ya fue suficiente.

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