A SALTO DE MATA (I)

INTRODUCCIÓN

El viejo y contemplativo paseante se ha metido a turista al llegar el mes de agosto. Al viejo y contemplativo paseante le gusta la vida regalada y sin el proletario hábito de fichar cada día. Con la llegada de las vacaciones el paseante se ha puesto contento como un cascabel rociero y espera con ansia el amanecer del primer día de agosto para echarse al campo, que no al monte.
El campo, que siempre ha sido un lugar añorado por el paseante, se muestra acogedor y cálido como el regazo de una novia. La vaguada; el valle; el caserío; la pinada –o el robledal, que en Galicia dicen Carballal-; el alegre y cantarín arroyo de frescas aguas que cría el verde y picante berro; la pétrea crestería desnuda… se muestran frente a los claros ojos del viejo paseante, como un bucólico espacio abierto; sin fronteras ni obstáculos.
Las ciudades; sus calles y sus gentes -las bestezuelas que, sin saberlo, las habitan- desfilan también a los curiosos y gastados ojos del paseante. Por sus rúas y sus avenidas; por sus calles y callejas; por sus plazas y sus costanillas pasan, sin que acertemos a aprehenderlos, personajes y situaciones que son, en sí mismos, una historia a relatar.
Los restoranes; las tabernas; las recetas de los guisos que le sostienen en pie, son descritos por el viejo y contemplativo paseante en un pasatiempo honesto que a nadie hace mal.
Si quiere usted acompañarme, bienvenido sea; de lo contrario que Dios Nuestro Señor y el Apóstol Santiago guíen por otro camino, que eso es –afortunadamente- de lo poco que aún sobra en nuestra vetusta tierra de conejos. Siga usted, pues, su camino en paz, que todos y cada uno de ellos, a Roma conducen.

MUTRIKU. Todos los colores del verde.

Llueve sobre el verde paisaje de Mutriku; sobre los miles de tonalidades del color verde del paisaje de Mutriku. Llueve de forma pausada, constante, cansina. Sobre la verdinegra espalda del pueblo se ha instalado una especie de pellejo gris; una nube opaca y grisácea que moja los cuerpos y las conciencias de los mutrikuarras y del resto de paseantes. Los paraguas, esos inútiles bastones con incontinencia, empapan las casas y las tabernas; las tiendas y la iglesia; los interiores de los automóviles y las dependencias municipales. Los paraguas son bastones a los que no le funciona la próstata. ¡Que los operen de una buena vez!
Bajo la tormenta, el sauce, el frondoso desmayo, toma el aspecto de un desdichado paseante a quien el chubasco le ha pillado sin paraguas ni gabardina. El continuo goteo hace un charco sobre el alcorque que aprisiona su tronco. Las piñas del magnolio van abriéndose y mostrando, pudorosas todavía, las albas, las argentinas flores blancas como el liviano sexo de una vestal. Los dos cipreses, por el contrario, aguantan en pie, masculinamente enhiestos, el chaparrón veraniego. Los cipreses, cuando llueve toman la imagen de aquellos viejos retratos de la pareja de guardias civiles rurales embutidos en la estameña de su capote. Verde que te quiero verde…, cantó Federico a otra estampa, también verde.
En la otra orilla cromática se encuentra la vivaz y colorista buganvilla, a quien la lluvia parece que da vida. Altanera y desvergonzada muestra sus moradas flores sin ningún tipo de cortapisas. A borbotones. La hiedra se enreda en ella aportando contraste y otro centenar de matices del verde. Dios las cría y ellas se juntan.
La hermosa hortensia de distinto pelaje ofrece su gama de azulados afinados por el agua ferruginosa que alimenta sus raíces. Cuanto más óxido más variedad. La hortensia, cuando llueve, refulge y se muestra como una colorista botonadura imaginaria.
El esquilón del reloj de San Miguel da diez campanadas. Cinco pares de dolientes toques convertidos en herrumbrosas horas. Los prunos, son arbustos que parecen pintados por El Greco o por el Goya de las tauromaquias. Los prunos me disgustan. Me resultan árboles invasores; ajenos al paisaje. Donde estén los norteños arces, los recios plataneros y los álamos de cualquier color, que se quiten estos enlutados arbustos. Los árboles sin fruto y sin sombra no sirven para nada. Si acaso para ser meados por los perros garabitos y por los perros fifís de las señoritas que fuman y hablan de tu.
Pasamos el día con Juan Ignacio y Edurne. Juan Ignacio y Edurne no forman parte de la legión de amigos; sino del círculo más intimo, casi familiar. Comemos en su casa. Pimientos rojos caramelizados; merluza frita y ensalada de patata con atún asado y luego encebollado. De segundo plato una generosísima ración y media de cocochas. Las sabrosas, las exquisitas y apreciadas protuberancias carnosas de la garganta de la merluza. La untuosa gelatina se extrae al calentar el aceite en su punto justo y, tras sacarlas del fuego, se gira en una y otra dirección la sartén hasta hacer desprender la gelatina del pescado. El aceite, por supuesto, debe ser de oliva virgen; gordo y verde. A algunos comensales les parece que sirve cualquier aceite, y es verdad que el ligero sabor que ha de aportar la grasa al pescado puede hacerlo variar si el aceite es potente, pero donde esté un buen aceite de oliva… Me da lo mismo si es picual, hojiblanca, cornicabra o cualquier otra variedad. El caso es que sea de oliva virgen. En ese aceite se calientan, hasta que toman el tono ligeramente beige, unos dientes de ajo hechos filetes. Se apartan y se guardan para adornar el plato. Entonces se vuelca en ese aceite ligeramente caliente las cocochas. Se deja que suba un poco la temperatura y, se saca a un lado de la cocina, para comenzar los giros hasta que templa el aceite. Entonces se repite las veces que sea preciso hasta ver salir la gelatina y engordar la salsa. Cuando ya están hechas se ponen los filetes de ajo y se sirven en la misma cazuela donde se han cocinado. Obvio es decir que, para estómagos fuertes y poco remilgados, pueden añadirse un par de puntas de guindilla seca. Esto, como la música de las charangas en los pueblos, va por barrios.
Puedo asegurarles que, cuando una cococha está bien hecha y su salsa debidamente ligada, cada pieza que cae en el paladar se convierte en una comunión -civil a fin de cuentas-, pero comunión.
Un postre de tarta helada y varios cafés dieron paso a distintas copas de pacharán navarro con que, generosamente, nos fueron obsequiando. Yo a todas dije que sí; es lo mejor que debe hacerse cuando se está invitado por personas generosas y amistosas ¿No les parece?. La tertulia se alargó hasta las 20,00 horas ya que en la comida estuvo presente también, Andoni; el hermano pequeño de Edurne. Andoni volvía de una marea que había durado cuatro meses en las costas de África. Aprendimos lo que es un kili-kili y su presunta capacidad de dar buena suerte y curar enfermedades, antes incluso de que aparecieran estas y otras que, por mor del conjuro del hechicero, ni infligían dolor ni menoscabo al portador del mismo. Nos regaló, también, un colmillo de tiburón que, al parecer, también trae suerte. A este paso hasta nos toca la lotería…
Nos acostamos temprano para ser un día de vacaciones. Temprano es un término que no designa una hora, sino un estado de ánimo. Temprano, en día de labor, es sobre las 22,00 horas, pero en día feriado o de vacaciones, puede irse más allá de la media noche. El reloj, como muy bien pintó Dalí, no es sino una masa informe con dos agujas que se desvanece y se vierte en el espacio como el chocolate de cobertura cuando –calentito y golosón- se vuelca sobre el bizcocho.
La humedad y la ausencia de brisa se han instalado sobre el ático que ocupamos. El calor no me deja dormir. Bueno…, algo tendrá que ver también la botella de pacharán. ¡Vamos, digo yo!.

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Una respuesta a “A SALTO DE MATA (I)

  1. Jose Maria

    Un placer leerte de nuevo Angel y quedamos a la espera de las siguientes entregas.