LANGA DE DUERO. UN DOMINGO DE VERANO

El ser humano, y sobre todo el natural de la provincia de Soria, es animal racional –aunque algunos pongamos en cuarentena esta afirmación en algunos casos concretos- que precisa, cada vez más pronto que tarde, de períodos de sosiego y de calma. Estos períodos se utilizan tanto para el reposo y sosiego del espíritu como de la generosa osamenta de cada uno. El ser humano en general, y el soriano en particular, tiene como única meta en la vida el descanso mientras trabaja y el descanso eterno cuando fenece. Lo demás es tocar la balalaika de oído.
Escribo estas páginas en el exterior de mi casa –si es que se puede llamar casa a una estación de ferrocarril- en Langa de Duero, en el partido judicial de El Burgo de Osma, Soria, Spain. Escribo bajo la sombra fresca y acogedora de centenarias moreras que han formado una bóveda verde y que se mece de forma rítmica y agradable con los suaves soplos de viento. Las moreras, más concretamente sus frutos tricolor: rojo, negro y blanco se ofrecen como dieta a una miríada de mirlos. Mirlos negros; mirlos rayados; mirlos marrones y mirlos grises. Mirlos con color de mirlo y que cagan como mirlos. Mirlos que disputan el espacio aéreo -que es como llaman los historiadores al cielo de los países en guerra- a la zurita buchona de arrullo grave y potente; a la ladrona urraca de pelo bicolor y pluma irisada azul-verdosa en la cola; al jilguero escandaloso y glotón que no cesa en el recebo constante del nido. También disputan el espacio aéreo a la hedionda abubilla de penacho enhiesto, como de adolescente mohicano; se lo disputa, finalmente, al gorrión que, como un dominguero madrileño, resulta ser animal entre urbanita y campesino.
La paz se pega en las ramas frondosas de las moreras; descansa en las copas redondas de las acacias de bola. La rama de la acacia es uno de los símbolos más representativos de la masonería. Aquí el que no corre, vuela. Desconozco sin es por los pinchos que presenta. Los frutales, todos ellos, muestran sus frutos sin madurar. La higuera, el melocotón, el albérchigo, el cerezo… todos ellos están, aún, verdes y a falta de sol. Aquí, dicen los agricultores, todo viene más retrasado. Cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento.
La franja de terreno entre la estación del ferrocarril y el río Duero está ocupada por el dorado cereal. Parece una infinita lámina de pan de oro. En el camino que llaman de El Salcedo los saltamontes ensayan sus gimnasias y chingoletas. Los grillos, por el contrario, aburren a un muerto con su monótona canción. A lo lejos se escucha a la perdiz patirroja cuchichíar disfrutando de la quincena que le queda hasta que abran la veda. En la Argentina, al canto de la perdiz le llaman piñoneo. Desconozco el motivo y, la verdad es que, a la vera de esta sombra gratificante, he de reconocer que me importa un carajo.
La parra ha crecido mucho y, a falta de una poda importante, desparrama su supurante ramaje aquí y allá. En el andén de la estación, al calor excesivo del hierro de los raíles, echa su siesta la víbora de cabeza triangular. El orejudo topillo trata de evitarla. ¡A la fuerza ahorcan!.
Las avispas rondan, como una bandada de adolescentes con sobredosis de testosterona, las uvas minúsculas de los incipientes racimos en sazón. Las abejas pululan entre las flores malvas y frescas del romero; la hierbabuena se seca al tórrido calor del mediodía. La mosca, aquella inevitable golosa de Machado, toca los cojones en la mano que mece la pluma. Bajo la acacia que asemeja un paisaje del Serengeti frente al andén, una mantis religiosa ora con las manos juntas, como un San Antonio disfrazado de Robin Hood, mientras busca un macho de buen ver y mejor catar para zampárselo tras el coito breve y fatal. Dios Nuestro Señor, que siempre es justo y necesario, acertó poniéndonos cuerpo de humano en lugar de ponérnoslo de mantis macho y, aunque en lo que respecta a la sesera le salió la obra floja, al menos acertó con el exterior. ¡Albado sea el Señor!.
Escribo a mano, con mucha parsimonia y levantando la vista a cada renglón para plasmar todo lo que me rodea y trasladarlo al folio. Los agricultores que viven junto a la estación, forman un enjambre como los de las abejas. Entran y salen moviendo múltiples aparatos y arreos mecánicos. Entran tractores, salen remolques. Entran arados, salen vertederas… A todo ello existe un ir y venir de automóviles que asemejan a la entrada de la finca “Ambiciones” en Ubrique. No sé si cansa más el ajetreo de la familia o la faena inacabada. Para refrescarme y descansar del agobio de tanta actividad tomo un café helado. Al sentir el frío, las sienes emiten un pequeño pinchazo similar al que siento cuando tomo un helado. ¡Qué dolor!.
No gasto sombrero pues no lo necesito bajo las moreras. El sombrero debe llevarse sólo cuando se pasea por zonas de sol y en descubierta. Lo demás son ganas de andar cargando con un trasto más. Cuando el calor aprieta, el sombrero para lo único que sirve es para hacer sudar al portador del mismo. ¡Que se lo ponga su padre. No te digo…!
En la pocilla de la fuente que hay en la esquina de la estación los antiguos trabajadores ferroviarios cegaron la misma para que los muchachos no jugaran con el agua. Ahora pienso que hicieron bien. El alcalde no tiene de donde sacar los cuartos para servir convenientemente al procomún y se vale tanto del agua como de la ausencia de ella para subir las tarifas e impuestos. En la pocilla, decía, crece un jazmín de invierno que, cuando le corresponde, muestra sus fragantes hojas amarillas. Ahora no; ahora solo presenta unas pequeñas hojas brillantes y perennes.
La pradera que rodea la estación está perfectamente peinada y cortados todos los cardos, ajenjos y otras hierbas tapizantes y molestas. El responsable de ello es Alberto Sanz, un buen amigo que poda y corta las hierbas indeseadas. De su trabajo; de su amistad y de las largas horas de tertulias, abuso porque me reconforta y él lo permite. Alberto hace estos trabajos y yo, por compensarle de alguna forma, preparo unos almuerzos que come sin chistar. Se conoce que tiene buen saque y mucha educación; de lo contrario ya me habría tirado alguna tortilla a la cabeza.
El albérchigo esta lleno de frutos. No valen para comerlos. Se conoce que no está bien podado o que, por el contrario, lo que había que haber hecho es injertarlo en su momento. Estas son mañas y ciencias que me son totalmente ajenas. El nogal que me regaló Carlos ha vuelto a crecer. Debe tener buena encarnadura pues se ha helado los dos años anteriores y, bajo la guía principal, vuelve a mostrar renuevos. ¿Será otro milagro de la primavera?. El almendro sigue su curso a pesar de la poda que Teodoro le ha dado por su cuenta y riesgo. ¡Viva la república!. La encina silvestre y montaraz ha prendido como una jabata y se enseñorea entre cerezos medrosos.
Acabo mi café y pienso en lo poco que se necesita para ser feliz. A lo mejor se necesitaría alguna cosa o alguna propiedad más; no lo sé… una piscina que nunca usaría; un merendero donde convidar a los amigos que no tengo; un viñedo que no sé atender; una tira de alfalfa que me obliga a desmontar la valla para que entre la cosechadora (Manolete, si no sabes torear… ¡pa’qué te metes!). Pues sí, es posible que necesite todo esto y mucho más; pero me quedo con lo que tengo. Me vale y me sobra con mi vida sencilla y liviana. Una vida sin cargos, sí; pero también sin cargas. Una familia a la que querer y respetar y un hijo con el que compartir y a quien legar mi esfuerzo. Un tropel de amigos que te arropan como los mansos en los Sanfermines y te hacen avanzar entre el mogollón de corredores que van de un lado a otro, como pollos sin cabeza, y que nunca encontraran la meta. Y no la encontraran porque su ambición desmedida no tiene meta. Porque no saben parar y disfrutar de esa tela de araña que cuelga del alféizar de la ventana; del olor salobre de la tormenta; del brillo en los ojos inquisidores de un niño.
Sí; mi espíritu y mis generosas arrobas reposan y se reconfortan en esta población soriana que llamamos Langa de Duero. Las distintas vicisitudes de esta primavera y del olvidado invierno han traído este verano soleado y caluroso. También nos ha traído una pequeña decepción en forma de despido para Elena. Nada que no tenga reparación; aquello que se puede remediar dando un bandazo no tiene qué ser ni determinante ni doliente. Cuando se pierde un trabajo no se pierde una vida; se pierde la forma de ganársela; pero ya vendrá otro trabajo y otra obligación y volveremos a ganarnos la vida. Tenemos el hábito y la costumbre de trabajar; no necesitamos engañar a nadie para que nos refrenden nuestro empleo cada cuatro años. ¡Hasta ahí podríamos llegar!.
Por todo ello y por que aún me siento vivo y lúcido es por lo que he salido a escribir estos cuatro folios. Solo, pero con la compañía de la vida que me rodea. Con la vida que se desarrolla de forma imperceptible para otros pero sin la que yo no sabría vivir. Por fatigado que uno se sepa, por triste que uno se encuentre en un momento dado, siempre hay que estar alerta y en la brecha tomándose con sosiego el devenir de los acontecimientos, haciendo examen de conciencia y templando la rosa de los vientos, ahora que marca temporal con su aguja de marear. Tranquilidad y a barajar; que ya amainará.

Anuncios

5 Respuestas a “LANGA DE DUERO. UN DOMINGO DE VERANO

  1. La estación de Langa es inspiradora. Ya se ve en tus meditaciones, en tu observación del entorno próximo y lejano, en tu reflexión sobre los avatares y los palos que da la vida y el trabajo (o mejor la ausencia del trabajo), en las esperanzas que emergen también en estos tiempos oscuros. Esperemos que el verano nos de reposo y que podamos afrontar el otoño con renovada energía.

  2. La Aguela

    A sus pies querido Delibes soriano.
    Permíteme solo una apreciación que aunque posteriormente lo remedias tengo que hacerte, AMIGOS que no te quepa la menor duda que SIEMPRE tendrás al menos, a este que te contesta.
    Besos a los 3.

  3. Jose Maria

    Angel. solo decir una cosa: una de las grandes cosas que me han pasado en estos ultimos años de mi vida es contar con TU AMISTAD, y eso no tiene precio.
    Y me consta que asi tienes a muchos.
    Y ademas que leches !que escribes de puta madre y es un lujo leerte!.

  4. Venancio Buesa

    El 29 de julio paso al ladito de Langa. Cuando vea el torreón desde la carretera, le mando un saludo agradecido por los buenos ratos que he pasado (y que pasaré) leyendo este blog.

    Un saludo

    Venancio

  5. Reconozco tu valentía por seguir viniendo a tu estación, otros en tu lugar después de haber sufrido la incomprensión, hacia tu forma de ser, hubiesen tomado el camino más fácil: DESAPARECER DEL PUEBLO.
    Sigue disfrutando de la estación hasta que te canses.