DON WAMBA Y SU MARIDO

En los cerca de sesenta años que tengo no habré tomado más de media docena de aspirinas, y eso disimuladas en vasos de leche con coñac que calentaba la casquería y ayudaba a sudar las miasmas. Sí he sido, aunque tampoco tanto, proclive al remedio natural: aceite de hígado de bacalao, lavativas, la fresca sensación de la oquedad de la vieja llave del armario puesta al sereno para reparar el orzuelo, la castaña pilonga contra el dolor de almorrana y esas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas, que diría el cantante.
Como buen fumador, cuando tenía tos, hacía como mi tío segundo, don Wamba Higuero Martínez de Pisón, me fumaba un par de farias y si no me tenían que ingresar en la casa de socorro, terminaba sanando. Si me dolía el estómago me apretaba una buena ración de callos a la madrileña, sin picante –claro- pues se decía que la gelatina de los mismos era mano de santo para el duodeno. Remedios y recursos que, sobre ser más sanos y apetitosos que la química, curaban igual de bien y, además, no contaminaban el bandujo.
Mi tío don Wamba Higuero Martínez de Pisón era, en realidad, tío en segundo grado. Vivía en la calle del Almirante, de Madrid y murió en la taberna del Comunista a resultas de un botellazo de Anís de Las Cadenas en una reyerta entre travestidos. Don Wamba se pasó la vida tomando medicamentos alternativos y renegando de la bebida blanca. Mi tío siempre decía, no toméis bebidas blancas que tienen muy mala borrachera. Algún día os pueden matar. ¡Toma profecía!. ¡Para que te marches con los soldados!.
Mi tío don Wamba estaba casado con don Tancredo Pozuelo Fernández, natural de Villaconejos, en la Diócesis de Madrid (desde 1480, ya que antes pertenecía a Segovia) y era descendiente, en línea directa que esto lo ha estudiado el famoso heraldista don Santigo, vecino mío que es y buen amigo, de don Márgaro Martínez que, para quienes no lo sepan, era un famosísimo bandolero nacido y residente en Villaconejos.
O sea, don Matías, que el don Tancredo era la pareja de su tío segundo ¿no?
Pues no, exactamente. Si observa usted el hablar actual de la gente ya sólo tienen marido en este país los homosexuales. Ahora las mujeres tienen pareja y los hombres “mi chica”, o lo que es lo mismo la mujer con la que comparto las tareas de la casa. A esto se le llama conciliar la vida familiar con la gilipollez más oronda y supina.
¿Y siguen casados o ya se han separado?
A mi tío segundo y a su marido les separó la noche de bodas y les volvió a juntar una botella de Anís de Las Cadenas.
¡Pero qué me dice!
Lo que usted oye. Después de pasar más de treinta años viviendo juntos y amontonados una tarde se casaron con el permiso del gobernador civil y, tras volver a casa, y después de la noche de bodas, don Tancredo dobló la servilleta víctima de un flato excesivo, o de un atasco en los bofes, mientras seguía con el miembro erecto.
¿Qué te pasa, Credo?
Don Wamba llamaba Credo a su esposo en la intimidad. Veinte años antes le llamó Credo en la cola del cine y una pareja de la secreta les obsequió con una quincena en la Dirección General de Seguridad y una multa de dos mil duros.
¿Y cómo quiere usted que le llame?, preguntó mi tío al comisario.
Pues Tanque, que es más varonil y castrense y no Credo que luego le denuncia la Nunciatura Apostólica.
Usted perdone, señor comisario. No se volverá a repetir.
Desde entonces mi tío segundo, don Wamba, llama a su esposo Credo tan solo al resguardo del hogar familiar.
¿Y cómo es que le dio ese flato mortal?
Pues mi tío segundo y su esposo tenían por costumbre tomar en la cama, tras la coyunda, un platito de torrenillos sorianos. Se conoce que se le atoró uno de los cueros en la tráquea y murió añusgado o de un flato que le dio al intentar hacerse a sí mismo la maniobra de Heimlich. Yo creo que lo que pasó es que se le trabaron los brazos al hacer la maniobra y se ahogo por no poderse desatar. El caso es que allí mismo cayó fulminado.
Oiga, don Matías, esa palabra; añusgar ¿existe?
¡Vaya que si existe!. Es muy empleada en Valladolid y Zamora. Sobre todo en la parte de Toro.
¡Qué bárbaro!
¿Don Tancredo?
No; usted. Parece el Larousse pero sin fascículos.
¡Bah!, no tiene importancia.
Pues como le decía, don Dimas; murió en el acto y tuvimos que enterrarlo en plena erección. ¡Vaya ocurrencia que tuvo!. La de chismorreos y críticas que tuvimos en la vecindad…
¿Y cómo lo consiguieron?
Pues gracias a que mi tío segundo, don Wamba tuvo, anteriormente, un amante ebanista que le hizo un féretro a la medida y, con un berbiquí, hizo un agujero bajo el mismo para poder cerrar la tapa sin problemas.
¿Y como lo enterraron?
Pues boca abajo. ¿Qué quería usted, que lo enterráramos boca arriba, como si fuera un espárrago triguero?
¡Qué bárbaro!
¿Quién yo?
No; don Wamba
Pues qué quería usted que hiciéramos. Era eso, o el desmembramiento.
Quite, quite. Da una grima sólo de pensarlo…
¡Ya lo creo!
El caso es que finalmente murió como un pajarito el pobre tío segundo don Wamba.
¿Pero no murió de un botellazo de anís de Las Cadenas?
Si, pero eso no quiere decir que, de haber estado mejor alimentado, no hubiera sobrevivido al botellazo. En mi familia, sólo hay que verme a mi, siempre hemos sido generosos con el tamaño y la dureza de las cabezas. En cambio el tío segundo, don Wamba, tenía la calavera blanda como la de los pajaritos fritos y así, claro, no hay quien sobreviva a un botellazo bien tirado.
Pues si estaba tan consumido no tendrían ustedes mucho problema con el entierro, ¿verdad?
Naturalmente. Al marido de mi tío segundo, don Wamba, o sea el don Tanque y en la soledad del tálamo don Credo, lo tuvimos que enterrar con un agujero como una gatera en la caja, pero a don Wamba, no. A don Wamba lo enterramos en un talego. No hizo falta ni caja. Fíjese lo poco que abultaba que la funeraria nos devolvió parte del seguro de entierro.
O sea, que les salió a devolver, como la declaración de la renta.
Pues sobre poco más o menos.
Tocamos a doce euros cada sobrino. Lo invertimos en unos tintos y una ración de chuletas de cordero en un aguaducho que hay de vuelta del cementerio, cerca de la plaza de toros de Las Ventas del Espíritu Santo.
¿Y don Wamba que hubiera pensado de haberles visto celebrar su entierro?
Pues don Wamba era, de natural, optimista y algo desprendido. A él le hubiera encantado que nos gastáramos su herencia en hacer una fiesta. No creo que nos reclame nada desde el otro mundo.
¿Y no les da miedo que se les aparezca ahora, en sus casas, como un fantasma enfadado y reclamador?
Pues no creo que lo haga. Además…, de hacerlo lo haría desde la acera de enfrente ¿no cree?
Pues también es verdad, don Matías. También es verdad.

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