EL GENARO VUELVE AL PUEBLO DE VACACIONES

¡Las vacaciones!. ¡Ya están aquí las vacaciones!
¿Pero qué vacaciones, ni qué vacaciones?, dice don Genaro a su hijo Genaro. Si estáis tu mujer y tu mismo en el paro y con más peligro de extinción que un urogallo y aún estáis pensando en tomar vacaciones.
¡Da igual!, padre. Agosto es el mes de vacaciones aquí y en Sebastopol; tengas dinero o no lo tengas. ¿Qué no tenemos dinero para recorrer el mundo?. Pues no nos vamos. ¡No te digo!. Para eso está el pueblo; padre. Para eso está.
¡Anda!, que no tenía yo ganas ni nada de volver al pueblo un mes entero, dicen los nuevos pobres -aquellos que hace tan solo unos meses eran los líderes de la championlig– aún avergonzados por volver al redil tras tres décadas de enviar postales a todos los vecinos desde los lugares más recónditos y extravagantes del planeta.
Es lo buenos que tiene la crisis; que nos hace descubrir que los padres no son, en realidad, los canguros de fin de semana y la caja de ahorros –mejor la caja de resistencia- cuando se acerca el final de cada mes. Que los padres no son, tan solo, el hostal donde reponer fuerzas y el economato donde se pueden cargar alimentos para el resto de la semana.
¿Dónde va a ir usted de veraneo, señora Soledad?, le pregunta el pollero a la nuera de don Genaro.
Pues ya ve usted, responde. Al pueblo de mi marido.
Y es que la Soledad no puede engañar al pollero. Aún le debe las alitas y las mollejas del último mes.
Este año nos tocan vacaciones gasoil.
¿Vacaciones gasoil?
Si. Ya sabe usted… andar mucho y gastar poco. Por mantener la línea y rebajar el colesterol.
Claro, claro, asiente el pollero con la cabeza como quien ha escuchado esa misma respuesta varias veces a lo largo del último mes.
¡Eso!, dice el pollero cachondo él. Andar y beber mucha agua. Agua fresca de los manantiales del pueblo, que es mucho más sana que la mineral ¡Y encima gratis!. Hay que aprovechar lo bueno que tienen los pueblos, señora Soledad…
Y tanto, Rufino. Y tanto.
El Genaro y la Soledad, junto al Genarín y la Solecita, los hijos del Genaro; y el abuelo don Genaro, suben al automóvil. Delante el matrimonio, y detrás el abuelo con los nietos y el Moro; un perro garabito que es propiedad del Genarín.
Yo no quiero ir al pueblo, protesta don Genaro. Ya sabéis que desde que murió tu madre no me gusta ir al pueblo.
¡Calle, padre!. Si se lo va a pasar usted cumbre (ahora se dice cumbre en lugar de decir bien, que es término mucho menos gregario y pedestre que cumbre. ¡Donde va a parar!). ¡Ya verá usted cuando le vean el Capaguarros y el Torreznos!. ¡Verá usted que alegría se llevan!.
El Capaguarros se murió hace seis años, contesta don Genaro, y al Torreznos le metieron en el asilo sus hijos tras quitarle la cartilla y venderle la casa y las tierras para que entrara como pobre.
¡Hay gente para todo!, dice la Soledad. ¡Vaya unos hijos! Meter a su padre en el asilo… No como nosotros, don Genaro, que le sacamos de vacaciones y estamos siempre pendientes de usted.
Sobre todo a final del mes, dice picajoso el don Genaro.
No se preocupe usted, padre, le dice el Genaro. Si no tiene usted amigos en el pueblo siempre estarán sus nietos. Así los puede usted enseñar los sitios donde jugaba usted de niño; el río; la era y esas cosas.
Eso; y así vosotros podéis ir todos los días a cenar a la bodega; salir a comer fuera con vuestros amigos y todo a cuenta mía.
¡Hombre, padre! Que nosotros, mal que nos pese, venimos al pueblo de vacaciones por usted. Que a nosotros lo que nos gustaría es quedarnos en casa, tan tranquilitos…
Si, si…, en Madrid, dice.
Ya sabe usted lo que dejo dicho el marqués de la Valdavia, que Madrid en verano, y con dinero, Baden-Baden.
Con el dinero de su padre, querría decir el marqués ¿no?
¡Caray, padre!, lo interesado que se ha vuelto usted con el dinero desde que falleció madre.
Claro, asiente don Genaro acordándose de la infinidad de discusiones que tuvo con su Aurelia a cuenta del dinero que les daba a los chicos.
Y se puede saber, dijo don Genaro cambiando de tercio, ¿por qué me habéis traído vestido de coronel del ejercito Boer?. Que yo recuerde, para ir a Tomelloso no hace falta vestirse como John Wayne en ¡Hatari!. Que solo me faltan las pastillas potabilizadoras y las postas para matar el rinoceronte.
Todo el mundo va ahora así, padre. Dice la Soledad. Esta ropa del Coronel Tapioca es de lo más barata y cómoda para hacer turismo. ¿Verdad que se encuentra usted cómodo con ella?
Pues no. Resulta que las cremalleras estas de dividir las patas en dos, me pillan los pelos de las canillas y me las tienen peladitas de tanto estirón. ¡Coño, ya!, con las dichosas cremalleras. ¿Qué creías?, que me iba a pasear como Puskas por el pueblo, en calzoncillo picado.
Mire que es usted, dice la Soledad. Encima que le sacamos…
El dinero, eso es lo que me sacáis.
Vale, padre; dice el Genaro cambiando de tercio antes que la Soledad se encabrite.
Vamos a ver padre, dice el Genaro parando en una gasolinera. Vamos a desayunar aquí y a repostar. ¿Ve usted este bolsillo de aquí arriba?. Bueno, pues es para que usted guarde el bonobús.
¿Pera ya llega la EMT a Tomelloso?
Calle. Calle. Siempre tan burlón… Aquí, en este otro bolsillo, las pastillas de la tensión y las de la próstata y la cartilla de la Seguridad Social. Así lleva todo junto lo del médico.
Aquí, en este mosquetón que cuelga del cinturón de loneta, puede usted colgar las llaves de casa; esta linternita y la brújula que nos han regalado con la ropa. Y en este bolso que va en la otra parte del cinturón, lleva usted metido el mapa de carreteras.
¡Pues anda!, si te digo que lo de ¡Hatari!, va a ser poco.
¿Y la cartilla de la Caja Rural?, dice don Genaro.
Esa la llevamos en la guantera. Es para que no se pierda ni se estropee.
Bueno, va. Entre usted al baño que si no luego nos hace parar otra vez. Díganos qué le vamos pidiendo mientras.
Un cortado, dice don Genaro.
Pero descafeinado ¿eh? dice la Soledad; que luego no puede dormir.
Vale; vale. ¡Como os dé la gana!, se marcha murmurando.
Don Genaro entra al baño y la Soledad, que estaba haciendo como que se metía en la gasolinera sale corriendo en dirección al coche, donde ya estaban los niños y el Genaro.
¡Corre!, Genaro. Que ya ha entrado al baño. ¡Acelera!.
El Genaro pisa el acelerador a fondo y el Citroën Picasso sale echando chispas por entre los surtidores.
El Genarín rompe a llorar y, en ese momento, se dan cuenta que, con las prisas, se han dejado también en la gasolinera al Moro.
El Genarín es un mar de lágrimas. La Solecita, sin embargo, mira al horizonte de su ventanilla lateral como si nada fuera con ella. Esta niña, piensa el Genaro, es igualita que su madre. ¡Que tía!, ¡que cachaza gasta!.
No te preocupes y deja de llorar ya, Genarín. Que papá te comprará otro.
Papa, hipa el Genarín
¿Qué?
¿Los abuelos también se compran..?

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3 Respuestas a “EL GENARO VUELVE AL PUEBLO DE VACACIONES

  1. Alegría

    En dos palabras: ¡Que horror!.

  2. Venancio Buesa

    Una pequeña precisión: “championslig” quedaría mejor si escribiera usted “championslí”, con acento en la última i. Yo creo que nuestro penúltimo y cuasisubnormalpresidente lo pronunciaba, tan poliglota él, así.

    Un saludo

    Venancio

    PD. ¿Alguien se quiere llevar a mi padre a la gasolinera este verano?

  3. Jose Maria

    Joer hoy el comentario muy triste D. Angel.