BAILE EN LA PLAZA

La plaza del ayuntamiento de la localidad soriana de Suellacabras está de bote en bote. Son las fiestas patronales en honor de San Isidro Labrador. Suellacabras celebra también la fiesta en honor de Nuestra Señora de la Virgen Blanca, pero eso ya es en agosto. La plaza está fortificada con carros y remolques. Todo el mundo sabe que hoy, día quince de mayo, en Suellacabras se están celebrando las fiestas patronales en honor al Santo Isidro, de no ser así pensarían que están defendiendo el pueblo del ataque de los indios Lakhotas de Sitting Bull.
Junto a los carros y remolques de la plaza del ayuntamiento de Suellacabras, en la diócesis de Osma y en la archidiócesis de Burgos, hace un calor asfixiante y pegajoso que se mezcla con el olor de los churros y los buñuelos del puesto del Morenito de Magallón, en el Campo de Borja. El olor de la fritanga se mezcla con el de las gallinejas y los zarajos del puesto limítrofe de la freiduría de El Tetas, de San Clemente (Cuenca). También huele a vino rancio, a pachulí y a los orines que se acumulan tras los carros. Huele al aroma dulzón del algodón de azúcar y al olor salobre de las berenjenas de Almagro, las variantes y los chochos –que en otros lugares llaman altramuces-.
La orquesta (medio charanga y medio orquestina) se arranca por el pasodoble “Puenteareas”, de Reveriano Soutullo. Las mozas, a los primeros compases, corren a emparejarse las unas con las otras y arrastran sus pies por la arena de la plaza levantando una polvareda que asfixia al espectador. Acompañan el compás del tambor con un movimiento de cadera y una cómica subida y bajada de las manos entrelazadas. Se diría que están sacando agua de un pozo.
Tantan-taran-taran-tan-tan…
Los hombres están en el bar escuchando una vez más –y van más de doscientas veces- la proeza del héroe local, el insigne ciclista Caprasio Tejada Toribio, alias Pedales, en la decisiva undécima etapa del Tour de France del año 1959, entre Bagneres de Bigorre y Saint Gaudens. En ella, el Caprasio, picado en su orgullo patrio, y al ver las dificultades que atravesaba el ciclista toledano Alejandro Martín Bahamontes…
Oiga, usted perdone, ¿pero no se llamaba Federico Martín Bahamontes?
¡Vaya!, ya salió el típico listo de capital. Vamos a ver ¿estuvo usted en aquella etapa: no ¿verdad?, pues entonces a callar y a pagar la ronda si no quiere ir al pilón de cabeza. Por chulo y por listo.
Ustedes perdonen, dice el capitalino pagando una ronda tras comprobar cómo se le arrugó el ombligo.
Pues como decía, prosiguió el Caprasio, al ver al Alejandro Martín Bahamontes desfallecer,  ataqué  en  la  subida del col de La Mongi y, confundido en un cruce -ya que yo, como el Navegante de El Burgo, no hablo francés ni nada que se parezca-…
Claro, claro. Asentía la tertulia en pleno.
Pues me confundí y en lugar de tomar la carretera que iba a Luz Ardiden, tomé la de Luz Saint Saveur y seguí, como alma que lleva el diablo escapado y sin perseguidores a la vista, hasta Clermont Ferrand, o lo que es lo mismo, 383 kilómetros de más.
¿Y a usted no le extrañó que se le hiciera de noche y no le dieran el avituallamiento?
Pues sí; pero es que ustedes no saben lo que es esto de las escapadas. Había días en los que algunos se olvidaban hasta de respirar para no ser atrapados.
¡Que tío!, aplaudieron todos.
Comí un par de manzanas y una pera, dijo el Caprasio y me llegué hasta Le Puy en Velay, donde pude parar para orinar y soltarme el culotte para aligerar el vientre. Entrando ya en Clermont Ferrand creí que el pelotón se me echaba encima. Aceleré y llegué a la meta –que estaba junto a la fábrica Michelin- donde me recibieron con vivas y me llevaron el volandas hasta la tribuna los espectadores.
Desgraciadamente, luego me contaron que quienes creí que eran perseguidores eran, en realidad, los del tercer turno de la fábrica; y el que creí el alcalde que me quería dar el ramo de flores no era, sino, el jefe de personal de la fábrica, que al verme tan entusiasmado para entrar a trabajar me ofreció un empleo y me nombró empleado del mes.
¡Qué bárbaro!. ¡Eso son hombres y no esos mierdas de gabachos!, dijo el capitalino antes de que le obligaran a pagar otra ronda.
¡Ya lo creo, gritaba el resto!
¿Y luego?, ¿se reincorporó al pelotón?
¡Que va!, se quejó el Caprasio. Cuando el grueso del pelotón -y aquí me refiero a la totalidad de ciclistas y no al más gordo del pelotón-, llegó a Clermont Ferrand, dos días después, tan panchos y tomando helados en cucurucho, dijeron que me habían descalificado por no llegar en la hora prevista. ¡Para que se fíen ustedes del Pierre de Coubertin y de la puta que los parió a todos!.
¡Sin me lo hacen a mi….!, decía el herrero moviendo la maza de un lado a otro, amenazante.
Y luego, preguntó un joven que seguía el relato, ¿se retiró usted del ciclismo?
¡Claro!, al hijo de mi madre nadie le hace un feo así. ¡Vamos!, después de batir el record de la hora y en la categoría de ciclismo nocturno, ¡me van a descalificar a mí!.
Pues bien, cuando me retiré me dedique a mi verdadero oficio que no era otro que el de zahorí. Me dedique al arcano oficio de zahorí por la Estaca de Bares, sitio que yo creí que era una zona de copas y resultó ser un cabo donde no viven más que los percebes, algún berberecho medio loco y, en días sueltos, un hombre y su esposa en el molino de Outeiriño.
¿Y qué tal se le dio?
Mal; esa es la verdad. En aquel país todo está lleno de agua, y al zahorí no se le toma en serio. Con decirles a ustedes que en el municipio de Cariño me tomaron por un vendedor del muñeco que dicen don Nicanor tocando el tambor.
¡Lo que hace la ignorancia!
Peor que la sarna y que la tiña juntas. ¡No se lo imaginan ustedes!. La radiestesia y la rabodmancia no son ciencias como la biología, que te paras un rato, escribes la vida de un par de futbolistas y ¡hala!, a ganar dinero.
Pero oiga, eso no es la biología, sino la biografía.
¡Ya está otra vez el listo!. Ahora va a pagar dos rondas, ¡hombre!. Así aprenderá a estar callado y a escuchar.
Bueno, bueno. Volvió a apoquinar el gil un par de rondas.
¿Y después?
Pues luego me volví a este, mi querido pueblo natal de Suellacabras, para terminar mis días como lampista. Quiérase o no, uno acaba ya cansado de andar de cagarrache por esos mundos de Dios.
¿Cagarrache existe en el diccionario?, preguntó el paga rondas por lo bajinis, para que no se le notara.
Pues claro que existe. Cagarrache es el emigrante de carácter temporal procedente de las sierras de Alba, en la provincia de Soria. El cagarrache se dedicaba a trabajar en los molinos de aceite como maestro. Tenía fama de ahorrador y de hacer fortuna a fuerza de ahorrar la parva paga. Procedían de localidades como Fuentes de Magaña, Oncala y Suellacabras entre otros.
Mucha gracias, dijo el pringao.
De gracias nada, lila. Si no quieres que lo diga en alto te tienes que pagar un porrón de clarete.
¡Hecho!, dijo el bocas.
El caso es que el lampismo tampoco era lo mío. Pero ¡vive Dios! que lo intenté.
Cuando  llegué a casa y se lo dije a la Pura –la Pura es mi señora, ¿saben ustedes?-…
Que sea por muchos años…
Muchas gracias.
Pues el caso es que me dijo la Pura. Nada de lampista y menos aún de fontanero. Eso es de pobres y de gañanes que nunca han salido del pueblo. Vete a Soria y te encargas unas tarjetas en la imprenta de la Diputación. Ahora te relleno el modelo para que las copien.
La Pura, que había asistido en casa del duque de Alba cuando Suellacabras era señorío, tenía una letra muy medida y bonita. Algo redondilla, como las de las señoritas, pero prácticamente sin faltas de ortografismo.
¿Será…?, supo callarse ahora a tiempo el madrileño.
El caso es que me hice unas tarjetas que decían:

CAPRASIO TEJADA TORIBIO
Pedales
Ciclista y zahorí
Técnico en fluidos (agua, gas y otros fluidos) Suellacabras                                             (Soria)

¿Y qué pasó?
Pues lo que tenía que pasar. La gente, que solo atesora ignorancia y desidia se choteó de las tarjetas y empezaron a decir que si el Pedales se ha amariconado; que si iba a ir a trabajar con la lamparilla y el chaqué y esas cosas…
¿Y usted?
Pues yo, ya ve usted. Me callé y le dije a la Pura que lo mejor era marcharnos de este pueblo. La Pura me dijo que lo mejor era que me fuera a trabajar a la capital, que aquí estos ignorantes no me entendían. Que yo había visto mucho mundo y esas cosas.
¿Y se fue usted?
¡Pues claro!. Hasta que la Pura se quedó embarazada. Luego ya volví y me quedé definitivamente en Suellacabras.
Y el niño, ¿ha elegido su deporte? ¿Ha seguido su carrera?
¡Que va!, mi hijo, como la Pura se quedó embarazada por teléfono, estudió ingeniero de telecomunicaciones y se marchó a Taiwán, donde hay mucho trabajo en ese ramo.
¿Cómo es que se quedó embarazada por teléfono?
Pues ya ve usted. Eso la dije yo. Pero dice que como yo la ponía así, ya me entiende usted…, tan jaranera y cachonda al oírme hablar, pues se quedó en estado medio año después de irme yo a Soria.
¿Y está usted seguro que el hijo es suyo?
¿Qué quiere usted decir? ¿No pensará que la Pura es una golfa? ¿Usted cree que la Pura dejaría que la llamara por teléfono alguien que no fuera yo?. ¡Vamos!, lo que hay que oír… ¡Que si fui yo quien la embarazó por teléfono… ¡Pues claro!, ¿quién si no?.
El madrileño se marchó acobardado y ya sin un duro en la cartera. Sin que nadie se diera cuenta se llegó hasta el descampado y, cogiendo el coche, salió a escape sin volver la vista atrás.
Cae la noche. Los mozos han conseguido separar a las mozas de sus primas y bailan con ellas. Algunos, los más intrépidos y sinvergüenzas, pretenden que las mozas les acompañen, alameda abajo hasta el río.
¡Sí hombre!, ¿está usted loco, o qué?. ¡Será fresco!
Los miembros de una peña están bebiendo una arroba de vino directamente de un cubete y a través de una goma de color naranja como las del butano. Los que esperan su turno aplauden y hacen chanzas con los ahogos del que está bebiendo. Un borracho, que discute con su imagen en un espejo y se habla de usted, casi llega a las manos consigo mismo.
Un murciélago vuela a tontas y a locas y acaba chocando contra las banderas nacionales y las de Tío Pepe que adornan la kermesse. Los niños le capturan y le obligan a fumar una tagarnina de cabo a rabo. El murciélago se les escapa pero no puede volar debido al mareo del puro.
¡Mira que son burros!, se dice el Caprasio. ¡Y el pobre bicho aún puede dar gracias al propio Drácula, príncipe de los murciélagos, de que no le hayan clavado de la puerta de la iglesia con dos chinchetas.
A lo lejos, un relámpago, seguido de un trueno anuncia lluvia. Un airón levanta las faldas de las mozas y mueve las banderas de los tenderetes. El viento va en dirección a la sierra del Almuerzo.
¡Nada!, dice el Tetas. Falsa alarma.
¡Gallineeeeeejas!, ¡Zaraaaaaaajos!, churrascaítos. ¡Y bien fritos que los tengo!.

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