EL LUCTOSO CRIMEN DE LAS ARREVUELTAS

La carretera que accede a Torezno del Páramo serpentea de una extraña forma antes de entrar en el pueblo. Se conoce que algún cacique se negó a que la carretera invadiera sus tierras. A la sierpe que entra en el pueblo, los naturales le llaman las arrevueltas.
Las arrevueltas son peligrosas para quienes no han transitado por ellas. Cuando el tiempo se torna frío y el rocío de la noche se convierte en escarcha, las arrevueltas se convierten en una pista de patinaje.
En Torezno del Páramo -como en aquellas calas de Finisterre y aún de la Bretaña francesa y de Dóver, en Inglaterra-, los márgenes de las arrevueltas se han convertido en el cementerio de los naufragios automovilísticos. Una banda de piratas se aposta tras los pequeños arbustos a la espera de alguna desgracia que les permita vaciar los maleteros y los bolsillos de los accidentados. Son gentes de puñalada y brinco que, en el transcurrir del día a día, parecen vecinos normales -incluso amables- que acarician las cabecitas de los niños sin que las madres sospechen que aquellas manos son las mismas que han despenado al accidentado para quitarle la cartera o para robar la caja de herramienta que luego venden al menudeo. En cada pueblo hay su campanario; su fuente; su panadería; su taberna y su hijoputa. ¡Qué le vamos a hacer!.
El hijoputa de Torezno del Páramo se llamó, mientras el resto del pueblo lo sufrieron, Ceferino Barragán Cidoncha, alias Malasangre. El Ceferino Barragán Cidoncha, alias Malasangre no era, por así decirlo, descendiente del pueblo, sino un mal parto de una sillera gitana que se acomodó en el pueblo para bastardear a todo su hato de criminales. De los once hijos de la gitana sillera, nueve acabaron sus días en reyertas, en el presidio o, rebanados y hecho filetes tras salir de la cárcel. Los otros dos, como pueden ustedes suponer, no llegaron a prosperar y murieron de sarna antes de tomar la comunión. Dios aprieta, pero no ahoga. Y no hay mal que cien años dure. O lo que es lo mismo, ¡angelitos al cielo!.
Juvenal Santos Rebozuelo es tratante de bisutería fina y aún de alguna joya de pequeño valor. El Juvenal Santos Rebozuelo tiene un muestrario, dentro de un maletín de skay, que es de lo más aparente. Cualquiera, al ver el muestrario del Juvenal Santos Rebozuelo, pensaría que se trata de un corredor de joyas judío de aquellos que salen en las películas de chinos en Hong Kong.
El Juvenal Santos Rebozuelo conduce un pequeño automóvil de la marca Dauphine que le da algún que otro disgusto cuando acelera de forma insensata ya que, al llevar el motor atrás, se empina con cualquier airón como si se encabritase.
Aquí tiene usted la versión más lujosa, dijo el vendedor. Motor tipo Ventoux trasero de 4 cilindros, 845 cc y una potencia de 26 CV, y una velocidad final de 117 Km/h nada menos. Como usted puede comprobar es un vehículo creado para la familia, ya que posee 4 puertas. Además de ello, y si es amante de la conducción deportiva, ha de saber que ha ganado, nada menos que el rally de Monte Carlo, entre pinares y nieve, conduciendo su piloto, tanto de día como de noche.
Al automóvil Dauphine del Juvenal Santos Rebozuelo y al resto de automóviles Dauphine la gente les llama “el coche de las viudas”. Se conoce que son ganas de hablar y de señalar de mala manera, dice el vendedor de la casa Renault, cuando el comprador coloca este pequeño inconveniente en el fiel de la balanza a la hora de plantearse su compra.
Ya sabe usted, cómo somos en España, caballero. Aquí, enseguida echamos por tierra el trabajo de los demás sin pensar en el daño que hacemos a quienes vivimos de este trabajo dignamente y sin meternos con nadie.
Claro, claro; dice el cliente. Pero es que la crisma es mía, ¿sabe usted? Y si me tengo que partir la crisma no creo que ustedes acompañen otra de repuesto al comprar el auto. ¿Verdad?
Pues en el modelo de serie no, desde luego…
El Juvenal Santos Rebozuelo, como hace muchos kilómetros en carretera para vender su mercancía, necesita un coche rápido, capaz y seguro. El Juvenal Santos Rebozuelo, además, es una pizca fantasma y le gusta ir a los bailes y salones de los pueblos con esa pinta de señorito de capital y girando el llavero del coche para epatar a sus jóvenes conquistas. El Juvenal Santos Rebozuelo, en esto del ligue al rececho, es todo un lince.
El Juvenal Santos Rebozuelo paró a hacer noche en la localidad palentina de Venta de Baños -Iglesia de Santa Rosa de Lima, fábrica de pasta y galletas, importante nudo ferroviario, etcétera, etcétera- y, tras apalabrar cama en una pensión y darse una reconfortante ducha, dirigió sus pasos al casino. El casino de Venta de Baños es, sobre poco más o menos, similar al resto de casinos de Palencia y aún de las tres Castillas (La Vieja, La Nueva y la que proponen los de UPyD). Como es día 23 de agosto se celebra la festividad de Santa Rosa de Lima y en el casino hay baile vermú. El Juvenal Santos Rebozuelo se corta el pelo y se lo peina con fijador como si fuera un ganster del cine negro. La raya en medio y los cuellos de la camisa por encima de la americana. También hace un doblez a los puños de la camisa para que queden por encima de las mangas de la americana. Se mira al espejo y se encuentra, mismamente, como el Elvis Presley. Antes de darse la vuelta da un golpe con la pelvis imitando la rockero. ¡Vamos a por ellas, Juvenal!, le dice a la imagen torcida del espejo. Una pensión que se precie, pensó el Juvenal, tiene que tener el azogue del espejo como Dios manda. ¡Sí señor!. Y este espejo es de primera.
¡Claro!, se dice, a si mismo, pero es que también la percha…
¿Qué va a tomar el señor?, pregunta el camarero del casino.
Vino clarete, del país, naturalmente.
Prefiere el señor un porrón o una azumbre
¿Cómo?, pregunta el Juvenal
La azumbre son 2,05 litros, eso en Castilla, ¡claro!. En el País Vasco, como todo lo hacen a lo grande, cada azumbre mide 2,06 litros. De cualquier forma tanto en un país como en el otro, se divide en cuatro cuartillos. Ocho azumbres forman una cantara. Le explica un cliente vecino que permanecía acodado sobre la barra.
No estoy yo tan seguro, rebatió otro cliente que bebía su botella de vino a la izquierda del anterior.
En Castilla existía el moyo que eran 16 cantaras o arrobas de vino; la cantara o arroba, 8 azumbres; la azumbre, 4 cuartillos; y el cuartillo, 4 copas.
O sea, dijo de forma ocurrente el Juvenal, que a razón de catorce, siete la media ¿no?
Efectivamente, contestaron los vecinos de barra del Juvenal entre risotadas.
Pues nada, póngame usted una azumbre de clarete. Y convide a estos señores de mi parte.
Es usted muy rumboso. Se agradece, dijo el más alto llevándose dos dedos de la mano derecha a la boina.
Aquí, mi hermano el Restituto y yo, el Ceferino Barragán Cidoncha, para servirle. ¿Cuál es su gracia?
Juvenal Santos Rebozuelo, corredor de bisutería fina y joyas de diversa índole.
Tras las presentaciones, el trío siguió trasegando azumbres de vino como si hubieran comido bacalao. Después del generoso aperitivo se trasladaron hasta un aguaducho en las afueras de la ciudad, junto a la estación del tren, donde comieron un botillo y dos lampreas cocidas en su sangre. Para terminar la comida se homenajearon con dos botellas de aguardiente y una caja de sobaos pasiegos.
Pasaron la tarde jugando al guiñote con el tabernero. Los hermanos Malasangre se dejaron ganar y pagaron, de mil amores, los cafés; las botellas de aguardiente y las entradas al baile. En la última mano, que se jugó al subastado, perdieron también un arrimón con La Portuguesa, una negra garrida y metida en carnes, que sentaba cátedra junto la centro cultural que llaman La Briquetera.
Oye, y a ti ¿por qué te dicen La Portuguesa?.
Por que soy de Cabo Verde
¡Ah!, claro…
Yo no puedo beber nada más, se quejó el Juvenal. Mañana tengo que ir hasta Torezno del Páramo para entregar un pedido.
¿Y me vas a dejar a medias, meu tesouro?. ¡Anda!, vamos hasta el cuarto y verás lo que es una alhaja…
La Portuguesa se llevó al Juvenal y un galón de ron de caña para ir apagando la sed. Tras aferrarse al cuello del joyero La Portuguesa puso el cazo en dirección al Malasangre que depositó diez duros en la rolliza mano de la meretriz.
El Juvenal se despidió de los hermanos dando algún que otro traspié. La Portuguesa le llevaba lo suficientemente bien amarrado para que no rodara por el suelo. La tarde fue apagando el sofoco del tórrido sol a la par que se apagaba el del Juvenal. Rayando la hora de la cena el joyero cayó fulminado por el sueño y los latigazos de ron.
El Malasangre y su hermano cogieron las dos mulas que no habían podido vender en la feria y regresaron a Torezno. Rayaba ya el alba cuando se apostaron tras unas encinas en las arrevueltas.
¿Tu crees que La Portuguesa habrá cumplido?
Por la cuenta que le tiene. Si no, va a saber cómo pica la hebilla del cinto nuevo, contestó el Malasangre.
¡Que mano tienes para las mujeres, Ceferino!, dijo el Restituto. Si yo tuviera la mitad de mano que tu con las mujeres…
Tu sigue fiel a lo que te diga y no te faltará una copa, medio cuarterón de picadura y alguna cabalgada los sábados con La Portuguesa.
¡Gracias, Ceferino!, menos mal que alguno hizo carrera en casa.
¡Ya lo creo!, contestó el Malasangre no sin cierto orgullo.
A las tres de la mañana, aún con el primer sueño, La Portuguesa la emprendió a golpes con el Juvenal.
¡Filho da puta!, bastardo. Sai da minha cama. Porco.
¿Qué ocurre ahí?, comenzaron a gritar los vecinos, mientras el Juvenal trataba de comprender algo entre el sopor y la resaca.
¡Policía!. ¡A mi la policía!; gritaba La Portuguesa.
El Juvenal, dio un salto y se escapó saltando por el balcón y cayendo sobre un velador del chigre donde cenaron. Los pantalones a medio poner y la camisa entre sus manos.
¡A ese; que se escapa!. Continuaba gritando La Portuguesa a través del balcón.
El Juvenal se metió en el Dauphine y aceleró sin importarle que el automóvil se pusiera de manos. Los 26 caballos de vapor se le quedaron cortos con tal de alejarse de aquella barragana medio loca.
Aún con el miedo en el cuerpo abandonó Venta de Baños. Desconocía si iba en la dirección precisa pero, en aquel momento, esta era la menor de sus preocupaciones. Ninguna tan perentoria como escapar de los gritos de La Portuguesa.
Saliendo de Venta de Baños no existe ningún cartel indicador hasta prácticamente el siguiente pueblo. Al Juvenal esto, desde luego, le traía sin cuidado. No sería él el que volviera sobre sus pasos. Pasado el primer puente sobre el Pisuerga, en dirección a Magaz, el Juvenal fue serenándose con la placidez que da el ver pasar los kilómetros en sentido contrario al problema. Además, por esas extrañas razones de la vida, el Dauphine había tomado la dirección correcta hacia Torezno del Páramo. Dentro de media hora estaría en la plaza del pueblo y, ya más tranquilo, echaría una cabezada hasta que se abrieran los cafés del pueblo. ¡Malo sería que no hubiera un barbero donde afeitarse y darse un buen baño!. A las malas, se dijo, me podría acercar a la casa de mis buenos amigos los hermanos Barragán.
¡Buena gente, estos castellanos!, se dijo en voz alta.
La noche estaba fresquita pero la resaca y el sudor aún sin secar del susto de La Portuguesa invitaba a llevar la ventanilla del Dauphine abierta. Algo más tranquilo disminuyó la velocidad para disfrutar del viaje.
Media legua quedaba para entrar en Torezno cuando vio, delante suyo, una luz que subía recta y a toda velocidad hacia el cielo. Por un momento pensó que sería un cohete de alguna feria cercana. Pero no había ningún pueblo por las inmediaciones. Pensó si sería una bengala que alguien habría lanzado para avisarle o avisar de su paso.
Tranquilo, Juvenal –se dijo- estás volviéndote un neurótico. ¡Qué gracia!, pensó. Mira que si se tratara de La Portuguesa disparando un trabuco detrás de mí. De forma maquinal miró por el retrovisor. La oscuridad más absoluta se cernía sobre él.
¡Qué cosas!. No obstante; acelera. Hay que llegar cuando antes a Torezno. Cuando antes estemos en medio de la civilización, mejor que mejor.
Rápido, ordenó el Malasangre a sus tres hermanos. Que el Quirce ya ha encendido la bengala. En diez minutos lo tenemos aquí. Tú; Restituto, echa el saco de tierra en el peralte de la curva grande. Y tu, Malaquías, riega con el aceite encima de la arena.
¡Vamos!, ¡vamos!, que ya se ven las luces por el Praderón.
Los tres hermanos Malasangre se apostaron tras las encinas mientras los dos haces de luz se acercaban por el asfalto. Con el ruido del automóvil enmudecieron los grillos. Un golpe de frío sacudió las encinas al pasar el coche a gran velocidad. Al llegar donde estaba derramada la arena y el aceite, el Ceferino soltó un perro dándole una palmetada en las ancas.
¡Tira chucho!.
El perro salió huyendo en dirección al automóvil. El Juvenal al ver invadida la calzada frenó de golpe para evitar el atropello. El Dauphine no se encabritó, como siempre temía el Juvenal, que lo llevaba con un saco terrero dentro del capó, sino que, tras un innumerable número de trompos, fue a dar varias vueltas de campana. El Juvenal sintió cómo la bóveda celeste, en su negritud más plena, se le venía encima. El Carro de Santiago; la Estrella Polar y las dos Osas, -la mayor y la menor- se le aparecieron girando alrededor de su dolorida cabeza.
Sintió un silbido y desde detrás de las encinas salieron tres sombras que se le vinieron encima. La cabeza le daba vueltas y la vista se le nubló. Además de ello los faros del Dauphine se habían apagado con el golpe. De entre las voces reconoció una de ellas. ¡El Ceferino!. Estaba salvado.
¡Ceferino; amigo!, gritó como si hubiera encontrado a la mismísima Paloma del Espíritu Santo. Socorredme, por favor.
¡Está vivo!, gritó el Restituto al Malaquías. ¿Qué hacemos Cefe?, preguntó este último.
Rápidamente el Ceferino armó el lazo de trampear liebres y se lo enrolló al cuello al Juvenal. Un solo tirón y bastaría para acabar la faena.
¿Qué haces, Ceferino?, atinó a preguntar el Juvenal.
El Ceferino tiró del cable, con la parsimonia y el regocijo del criminal. El Juvenal sacó la lengua como si anunciara que llevaba dos pitos en el mus. Con todo el desprecio y la sangre fía del mundo se burló del Juvenal.
Jugador de chica, perdedor de mus. ¡Señorito de capital!
El Malaquías y el Restituto vaciaron el capó. Las herramientas; una chaqueta bastante nueva; un par de zapatos con un agujero en la suela; el gato hidráulico y unas gafas de sol de pasta era todo el botín que presentaba el abollado Dauphine. El Ceferino, por su parte, cargó con el muestrario y, sin tan siquiera despedirse, se marcharon cada uno para su casa sin hacer el menor ruido.
A las seis de la mañana el pueblo se levantó al toque de a rebato de las campanas. Los vecinos, aquellos que ya se habían levantado para ir al campo, se dirigieron rápidamente hacia las arrevueltas. Cuando en el pueblo suena a rebato todos los vecinos saben que no es por fuego; ni por un temblor de la tierra; ni por ninguna otra cosa. Los vecinos de Torezno del Páramo saben que, el toque de a rebato siempre tiene que ver con las arrevueltas. Todos los vecinos se dirigen allí con prontitud menos una familia. Todos los vecinos de Torezno del Páramo saben que, cuando suena a rebato, todos los vecinos se concentran en las arrevueltas para echar una mano, menos los silleros.
¿Vinieron los silleros?, pregunta un guardia civil.
No; claro. Responde el teniente de alcalde. Ya sabe usted que cuando hay un accidente, siempre están durmiendo.
Algún día -y no tardando mucho- la Justicia hará su trabajo, dijo el otro número mirando para el cabo.
A ver si es cierto, y podemos descansar en el pueblo.
¿Quién ha sido hoy?, preguntó el alcalde.
No lleva documentación. Ya saben ustedes que esto es lo normal en este tipo de accidentes. Ni documentación, ni cartera, ni maletas, ni nada. Todo ha desaparecido.
¿Y si registráramos las casas de los Malasangre?, preguntó un forastero que pasaba la semana en el pueblo.
¿Para qué?, dijo el cabo, no encontraríamos nada.
Desde Venta de Baños llegó el coche el señor Juez que levantó el cadáver y ordenó su traslado al tanatorio municipal. Al no llevar documentación tendrían que aguardar por si alguien reclamaba el cadáver y esto, ya lo sabían por ocasiones anteriores, era una faena para las arcas municipales.
De una forma u otra habrá que acabar con estos accidentes, por decirlo de alguna forma, dijo el señor Juez.
Una semana después, el Ceferino Barragán Cidoncha, se llegó hasta el burdel de Venta de Baños. La Portuguesa le hizo un gesto y, cinco minutos después que ella, subió hasta la primera planta del garito. Allí, en la habitación, le esperaba La Portuguesa para darle noticias del estado de las investigaciones.
Todos saben que habéis sido vosotros. Pero, como siempre, se encuentran sin pruebas. De todas formas tened cuidado. La Guardia Civil está tras vosotros. Mejor sería dejar pasar un mes hasta el siguiente golpe.
Este no podíamos dejarlo pasar. Llevaba toda una maleta de joyas y alhajas. Mira, le dijo enseñándole el dedo meñique. En él, el Malasangre llevaba un anillo de oro con una piedra semifina. Un pequeño zafiro que, a primera vista, parecía bueno pero que era más falso que el virgo de La Portuguesa.
Como é maravilhoso. É para mim?
Calla, golfa. ¿Te has creído que te voy a mantener?. Yo soy demasiado hombre para ti, portuguesa del diablo.
La Portuguesa se encerró en el baño llorando desconsolada.
Homem mau. Assassino ¿Quie você pensa que é?
El Ceferino trató de hacerla entrar en razón.
Sal de ahí; tonta. ¿No sabes que el hombre tiene que ser muy hombre y no andarse con esas cursiladas?. Sal de ahí que te voy ha hacer el amor hasta el amanecer.
La Portuguesa cesó en su llanto. Un rictus de felicidad asomó a su cara.
Graças meu amor, agora eu vou… Espere por mim um pouco.
La Portuguesa embadurnó sus pezones con un líquido que tenía sobre la mesilla. La Portuguesa era una experta, según se decía en la comarca, en el denominado “beso del sueño”, en el que adormecía a sus clientes y les vaciaba la cartera.
Eu estou com você
La Portuguesa salió del cuarto con los pechos al aire. Enhiestos; retadores; turgentes y aún firmes para su edad y su oficio.
El Ceferino, lameruzo como un infante, se tiró a ellos como el oso a la miel. ¡Que pechugas tienes, Portuguesa!.
Lo que allí se desarrolló no ha de figurar en esta crónica. Estas páginas son muy decentes y muy limpias y no hay por qué competir con otras páginas más indecentes que por la Internet circulan. El que quiera leer verdusquerías y ordinarieces que ponga Tele 5.
Acabado el coito y los efectos colaterales –trae una Faria, Portuguesa-. La Portuguesa se arregló como para salir de fiesta.
¿Adonde vas tan arreglada?
A salir, dijo La Portuguesa sin dar mayores explicaciones.
El Ceferino, sin podérselo explicar, sentía un sopor extraño que hizo que se le cayera la Faria sobre el colchón. Sintió como La Portuguesa le riñó por su descuido. ¡Qué raro!, se dijo; si anoche dormí como un bebé. Serán las emociones y La Portuguesa y el sabor a almendras amargas de sus pezones. ¿Cómo?, se preguntó sin poder incorporarse. ¿Cómo que el sabor a almendras amargas de sus pezones?. De esa manera es como huele el cianuro.
Portuguesa, llamó sin que se oyera su propia voz ¿qué me has hecho?. Intentó levantar la mano para sacudirla y no pudo hacerlo. Tenía paralizado el cuerpo. Esta asquerosa me ha envenenado, pensó.
No es posible. Verás cuando se me pase este sueño que me atenaza.
La Portuguesa acercó su cara sonriente y le dijo con mucho mimo:
¿Queres chupar meus peitos novamente. Assassino de joalheiros?
Aún sorprendido, el Ceferino vio cómo La Portuguesa ponía alrededor de su cuello el lazo de cazar liebres.
¡No!, gritaba el Ceferino sin que su voz sonara. ¡Quieta!, que me vas a ahogar. ¡Qué haces!, hija de puta.
La Portuguesa cantaba un fado triste. Un fado que hablaba de un ahorcado y de la venganza de una negra que había sido maltratada por su novio. Era una canción misteriosa y lenta. Tan lenta como la agonía del Ceferino. El lazo se cerraba lenta y parsimoniosamente. Apenas ahogaba al Ceferino.
Quieme muito e toma o meu coração, decía el estribillo del fado.
Portuguesa, por favor…, rogaba desconsolado el Ceferino, mientras unos gruesos lagrimones resbalaban hacia las guías del bigote.
En Torezno del Páramo parece cómo si hubiera caído la lotería desde que hace más de un mes desapareciera el Malasangre. Sus hermanos, temiendo una represalia del tipo Fuenteovejuna, salieron escopetados del pueblo y nunca más se supo de ellos.
La Guardia Civil recibió un telegrama de sus colegas de Cabezón del Pisuerga. En el mismo decía que había encontrado un cadáver en el río con unas características muy particulares. Al parecer el cuerpo estaba metido dentro de un saco y con un lazo de furtivismo al cuello. Tenía el dedo meñique de la mano derecha cortado de cercén y metido en el ojo del culo. En el dedo brillaba una sortijita de oro con una piedra semifina; un pequeño zafiro.
El cabo telefoneó al puesto de Cabezón para pedir información sobre el difunto.
¿Llevaba papeles en los bolsillo?
No; contestó el cabo del puesto.
Algún rasgo o cicatriz que lo pudiera identificar.
Gastaba bigote poblado con guías. Era moreno y bien plantado y lo más significativo era el anillo que les anunciábamos.
El cabo sonrió feliz, para sus adentros.
Pues no tenemos ni idea de quien podría tratarse, mintió. Igual es el cuerpo de alguno de los asesinatos que suelen ocurrir en las arrevueltas de Torezno. Por si acaso, incineren ustedes el cadáver. No creo que nadie pida informes del cuerpo.
A enemigo que huye, puente de plata. Dijo el cabo frotándose las manos.
Habría que ponerlo en conocimiento de La Portuguesa, dijo uno de los guardias. Al parecer era algo novia del Malasangre.
Dejadla. Ahora que ha tenido ese golpe de suerte con el premio del cupón de los ciegos y ha abierto su propia prostíbulo, lo mejor es que la dejemos en paz. Al parecer el Malasangre también le calentaba los lomos a la pobre. ¡En fin!, muerto el perro se acabó la rabia. El Malasangre en el hoyo y nosotros… que en paz descansemos.
En Torezno del Páramo existe, desde entonces, una canción adaptada a la música de la Caballería Ligera de Franz von Suppé, que dice lo siguiente:

Le encontraron ahogao,
le encontraron ahogao
con un dedo metido en el culo.
¡Ay!, que dolor, ¡Pobre señor!,
no se lo pudo sacar.

Con lo bien que se está,
con lo bien que se está
con el dedo metido en el culo.
¡Ay!, que dolor, ¡Pobre señor!,
no se lo pudo sacar.

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4 Respuestas a “EL LUCTOSO CRIMEN DE LAS ARREVUELTAS

  1. Creo que deberías intentar publicarlo, ya sea en una editorial clásica o en una virtual, junto con otros cuentos que ya tienes. Y creo que los demás estarán de acuerdo conmigo.

  2. Alegría

    Caramba Angel, que historia truculenta !. ¿De donde sacas tanta fantasía?, lo de las “arrevueltas” me suena conocido,porque me parece que hace poco me perdí por unos caminos llenos de ellas entre Palencia y Soria, aunque sin muestrario de bisutería………. Preciosa narración que voy a recomendar a mis amigos para leer. Admiro tu prolífica capacidad de escribiente….y me da un poquitín de envidia.

  3. Jose Maria

    Yo estoy con Gonzalo, Angel tendria que publicar sus historias y sus cuentos.
    Por cierto, No se si sabes que yo vivi en Venta de Baños cuando a mi padre lo trasladaron al cerrar la linea del tren desde San Esteban de Gormaz a Ventade Baños. y para el pobre fue tal el cambio que casi se muere del cambio.De pasar un tren al dia a 200 .
    Otrosi en Venta de Baños (buen en el aledaño de Baños de Cerrato pueblo original y no el otro que es el añadido) esta la ermita Visigotica de San Juan de Baños y digna de citar.

  4. Me sumo a los comentarios anteriores. Muy bueno el relato.